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Otra vez sopa

por Horacio Dall'Oglio
30 de noviembre de 2023

Frente al nuevo ciclo de injusticias legalizadas que se avecina, analizamos las implicancias en el futuro inmediato de los primeros movimientos del presidente electo y su equipo y rescatamos, pese al resultado, esa comunión de almas que se propuso frenar el avance de la "libertad".

 

"Cuando la noche es más oscura
Se viene el día en tu corazón"

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1996)

Tratamos por todos los medios de evitar esto, pero nada fue suficiente.  De evitar que este dolor que hoy sentimos por la patria, quienes no votamos al presidente electo, se expanda a gran parte de la población, inclusive a quienes sí lo votaron -y de paso, no habiendo asumido aún, ya comienzan a arrepentirse-. De evitar el goce patológico de quienes nos verán sufrir porque, tal como escribió Walter Benjamin hace casi un siglo (1928) en su "Alarma de fuego", era preciso "cortar la mecha encendida antes de que la chispa llegue a la dinamita". Lo intentamos, nadie podrá decirnos lo contrario, pero el incendio se acerca y ya no podremos evitarlo.

Sucede que tienen un plan. Claro que lo tienen. No tendrán experiencia de gestión, estructura territorial, intendentes, gobernadores, diputados, senadores, y tendrán que dejarse "infiltrar" por Juntos por el Cambio; no sabrán escribir comunicados, ni diseñar logos y no tendrán la oratoria de Cristina o de Alfonsín; no tendrán autocrítica, empatía, sensibilidad, tacto. Pero tienen un plan: la hiper individualización de los conflictos. Serán tantos los incendios que veremos día a día que, pese a que intentamos que la chispa no llegue a la dinamita, no tendremos manera de apagar tantos focos. En una reversión del "foquismo revolucionario" pero justo a la inversa; algo ya practicado por el macrismo entre 2015 y 2019, solo que en este caso con mayor crueldad, en una cirugía sin anestesia: "van a tener que sufrir, no hay más remedio, esto es una guerra". Incendiando todos los días algo diferente, lograrán que se instale la ley del "sálvese quien pueda", apelando a los instintos más egoístas de supervivencia  y a la pérdida de los vínculos.

No ha asumido el presidente electo y su lista ya incluye: privatizar YPF, medios públicos, trenes, Aerolíneas; derogar la ley de alquileres; continuar con el proceso inflacionario durante dos años (por los "precios reprimidos") y sumarle además "estanflación"; eliminar la Secretaría de Comercio Interior porque el control de precios (al igual que la justicia social) es "una aberración”; aumentar el boleto del transporte; detener la obra pública; escasez de energía eléctrica, gobernar por decreto, etc. En este contexto, ¿alguien cree todavía que el ajuste descomunal que planean -porque "el equilibrio fiscal no está bajo discusión"- lo va a pagar "la política", "la casta", y no va a tener incidencia en los "argentinos de bien"?

Nos lo han dicho en la cara durante la campaña y el presidente electo en su primer discurso lo ratificó: "los cambios que nuestro país necesita son drásticos, no hay lugar para gradualismos, no hay lugar para la tibieza, no hay lugar para medias tintas". Con los dientes afilados y frotándose las manos de satisfacción, como quien se apresta a engullir un plato delicioso, se preparan a cumplir con aquello que prometieron, mal que le pese a quienes lo votaron con la ilusión de que no cumpla con lo que propuso a diestra y siniestra, en una reedición del mito fundacional del macrismo: “si es empresario, no va a robar”; solo que ahora podría enunciarse como: “está loco, no va a hacer todo lo que dice”. Habrá  que ir a buscar a la literatura y en particular al cuento “Los crímenes de la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe, un clásico de los relatos de enigma, el ejemplo más paradigmático del potencial destructivo que puede tener, literalmente, un “mono con navaja” (un “loco” manejando un Estado, en este caso) y que el 55 % de la población, por los motivos que hayan sido, decidió elegir. 

Ya nos lo había advertido el ingeniero por entonces presidente, en marzo del 2019, en el 31° aniversario de la Fundación Libertad -devenido ahora en socio estratégico del presidente electo- y en medio de la naciente campaña por una reelección que no consiguió: "Voy a tratar de ir en la misma dirección que estamos, lo más rápido posible". Solo que su reelección quedó trunca y ahora, con una agrupación "fácilmente infiltrable", ve la oportunidad de continuar y profundizar su "obra". Pero si de continuidad y profundización se trata, deberíamos recordar un cuadro que ejemplifica la incertidumbre que nos espera a partir del 10 de diciembre del 2023, cuando retornemos sin escalas al tan anhelado siglo XIX: Sin pan y sin trabajo (1894), del pintor Ernesto de la Cárcova, donde conviven los tonos sombríos, la bronca del obrero en ese puño cerrado, las herramientas sin uso en una mesa vacía, el cuerpo desvaído y famélico de la madre con una criatura en brazos y la represión de la policía montada en una fábrica ¿Cómo es posible que creamos todavía que “nuevas” políticas de ajuste y austeridad van a redundar en mayor bienestar para la población, cuando tenemos incontables ejemplos históricos, por caso, de los últimos 50 años, en los que dichas políticas no sirvieron para el fin que supuestamente fueron diseñadas y, además, estuvieron acompañadas de las consiguientes represiones hacia quienes se resistían a ellas?

Por ende, ¿qué pasaría si, a modo de experimento mental, aplicáramos el mismo criterio insensible del presidente electo dirigido a la "vida temeraria" de quienes tomaron un crédito hipotecario UVA -promovido en 2016 por los mismos ex funcionarios de la casta endudadora macrista, antes denostada, que ahora muy alegremente copan su gobierno- pero aplicado al resultado electoral? En una de las primeras entrevistas como presidente electo y frente a la consulta de los periodistas respecto de lo que podría suceder en su gobierno con los tomadores de créditos hipotecarios UVA, sin dejar de llamar la atención -una vez más- en la violencia de sus palabras, respondió primero con una pregunta: "¿El gobierno le puso una pistola en la cabeza para que lo tome?" (repetida dos veces,  con claros signos de enojo); y luego con una afirmación tajante: "si usted tomó una decisión incorrecta, usted es el que se tiene que hacer cargo de la decisión". Con lo cual, de aplicar el mismo y cruel criterio, podríamos decir que nadie  intimó a los 14 millones de votantes  para que lo elijan y por esto mismo, tendrán que responsabilizarse de su decisión de apoyar el experimento que preparan los fundamentalistas del anarcocapitalismo.

Por esto mismo es que se perdió mucho más que una elección porque, otra vez sopa, lo que se avecina es un nuevo ciclo de injusticias legalizadas, similar a los anteriores pero con sus características propias, y por esta misma razón es que perdimos todos, incluso quienes el 19 de noviembre festejaron entre dólares falsos, motosierras de juguete y banderas amarillas con serpientes o leones.

 

La utopía siempre será nuestra

Y sin embargo, aunque estemos de luto por el país, en un duelo imposible de saber cuándo terminará, arrecie la tristeza, y la desazón, la bronca, la angustia y el miedo  se instalen en nuestras almas como nubarrones, hubo un 45 % que no apostó al suicidio colectivo. Y fuimos un montón que dejamos de lado todo tipo de egoísmos y sectarismos, que comprendimos que no había espacio para las "purezas", que era preciso embarrarnos hasta el tuétano, porque había un objetivo mayor que tenía que ver con intentar frenar el avance de la "libertad" y la ultra derecha fanática e intolerante.

 Y hablamos con familiares, con amigos y amigas, con compañeros y compañeras de trabajo, con desconocidos en una plaza, en la fila de un comercio, en una parada de colectivos; y apostamos a la circulación de palabra en ámbitos públicos; y pensamos, escribimos, editamos y volvimos a escribir; y explicamos, concientizamos, hicimos carteles, afiches, canciones, comunicados, memes; juntamos firmas, subimos historias, reels, posteos; pusimos la cara y nos expusimos a la intimidación en las redes y en las calles.

Y explicamos acerca del problema del individualismo "al palo", y que jamás es la respuesta para construir una comunidad política, sino que puede servir un rato nomás como placebo de almas desencantadas; y mostramos  las preocupaciones frente a los rasgos constantes de violencia de los candidatos; y llamamos la atención sobre las propuestas "falopas" como privatizar el mar o romper con el Vaticano, sobre la deshumanización de crear un mercado de órganos, sobre el peligro  de caer en los “cantos de sirena” de una novedad que no es tal y de volver a un sistema privatizado de jubilaciones, de eliminar indemnizaciones, de retroceder en los derechos laborales, de arancelar las prestaciones de salud, de los (mágicos) vouchers educativos, de una nueva reforma laboral o de desregular el mercado de armas; y señalamos la importancia de un sistema propio de ciencia y tecnología; y advertimos sobre el daño para la industria y el trabajo del ingreso irrestricto de importaciones.

Y fuimos sobrevivientes de los centros Clandestinos de Detención durante la dictadura o familiares de ellos,  y contamos nuestra historia -que también es la del país- de secuestros, torturas, desapariciones,  y pedimos que se reflexione acerca de todo lo que estaba en juego al momento de votar, siendo uno de los pocos países que juzgó y encarceló a sus genocidas. Y fuimos ex combatientes en el tren con una bandera argentina explicando quién fue Margaret Thatcher, y llenamos de contenido aquello de "los pibes de Malvinas que jamás olvidaré". Y fuimos médicos y docentes universitarios que nos subimos al subte y contamos nuestras experiencias en el ámbito público, y hablamos sobre el daño irreparable que implicaría privatizar la salud y/o la educación.

Y fuimos científicas y científicos con nuestros guardapolvos blancos que nos plantamos en los semáforos y levantamos carteles con la consigna “Ciencia sí, Educación, sí”. Y fuimos estudiantes en asambleas universitarias y dijimos “derechos, no derecha”. Y fuimos mujeres que colgamos pasacalles por “Una Argentina sin violencia”, y fuimos los feminismos y disidencias sexuales y reclamamos tener vidas vivibles, libres de odio y discriminación. Y fuimos pueblos originarios y pedimos vivir en armonía con la naturaleza y que se respeten nuestros territorios ancestrales; y fuimos pueblos fumigados y cantamos canciones urgentes para la tierra. Y fuimos cantantes líricos en la estación de Once entonando “Aurora”; y fuimos esa mágica trompeta del Teatro Colón que intentó la Marcha Peronista y fuimos todos los asistentes que rimamos “basura” con “dictadura”. 

Y gastamos saliva, como gastamos la suela de nuestros zapatos y zapatillas, gastamos plasticola y engrudo, gastamos guita en carteles impresos o en fibrones para advertir a mano alzada sobre lo que se venía. Y no nos cansamos de explicar que Massa no era la panacea, tal como entendían los antiguos griegos a aquella diosa (Panákeia) capaz de curar todos los males con sus plantas; y no escatimamos en críticas a un gobierno que se distanció de la base electoral con la que había asumido, que puso por delante su propia interna y las necesidades del FMI y que desperdició la oportunidad de mejorar la vida de la mayoría; pero sabíamos que muchísimo peor era entregarle el país por cuatro años a estos horcos del libre mercado.

Y llamamos a reflexionar acerca de la falsedad de frases como los "70 años de peronismo" o los "40 años de mantener vagos". Y cuestionamos la prepotencia de quienes dan por cerrada toda posibilidad de debate con frases como "agarrá la pala"  o "zurdos, van a correr". Y relativizamos aquello de "peor no podemos estar", sobre todo si se elegía una opción con el único fundamento de "cambiar", sin atender a las consecuencia de ese cambio. Y discutimos aquello de "qué me importa a mí la dictadura, eso es algo del pasado", y mostramos que el pasado sigue vivo si todavía no sabemos dónde están las y los 30 mil desaparecidos, si no sabemos la identidad de cientos de bebés robados, si las consecuencias políticas, económicas, sociales, culturales y las violaciones a la dignidad humana de un régimen de exterminio siguen vivas.

Y expandimos la imaginación política más allá de los límites del realismo y unimos peronistas con radicales; y fuimos las Iglesias evangelistas y los Curas en Opción por los Pobres y llamamos a no dejar el evangelio en el cuarto oscuro, y atendimos el pedido del Papa Francisco de no seguir a los flautistas de Hamelin y a los falsos mesías; y fuimos hinchas y clubes de fútbol profesionales y barriales en contra de las Sociedades Anónimas Deportivas y la privatización de la pasión; y fuimos rollingas y dijimos "Flequillo no vota peluca" y swifties unidxs contra la ultra derecha; y fuimos las “Chicas de Sandro” y los fans de Harry Potter; y recordamos al Diego y dijimos "siempre Pelusa, nunca peluca". Y citamos a León Gieco, Charly García, al “Flaco” Spinetta y a Los Redondos. Y fuimos empresas recuperadas, cooperativas de trabajo y PyMES tratando de evitar el "industricidio", la destrucción del empleo y explicando que no todo se trata de competir o "ir a la quiebra", que el apoyo y promoción por parte del Estado a este sector es imprescindible. Y fuimos medios de comunicación comunitarios, populares y autogestivos que nos unimos en defensa de la plurailidad de voces y una verdadera libertad de expresión.

Y trazamos vínculos simbólicos y materiales entre la dictadura, el menemismo, el macrismo y el avance de la "libertad"; y explicamos acerca de la necesidad de una vida que no esté basada en el odio, ni en el aniquilamiento de quienes piensan diferente; y mostramos las diferencias entre "que se vayan todos" del 2001 y la misma frase, vaciada de contenido, y coreada por quienes preferían un dar un salto al vacío, aunque en ese mismo salto desafiaran a la ley de la gravedad.

Fuimos una comunidad de almas tirando para un mismo lado,  y sin embargo, no nos alcanzó.

 

Hace algunas semanas preguntábamos por acá: ¿En serio vamos a hacerlo?, y la respuesta, finalmente, fue “sí, lo hicimos”. Y aunque quisiéramos cantar como Intoxicados que "el incendio está cerca y no voy a quemarme (no vamos a quemarnos) sin antes pelear",  no podemos en estas horas aciagas, después del baldazo de agua hirviendo que recibimos y con el que quedamos con la piel descarnada -nuda vida si las hay-, prometer ninguna resistencia heroica, por ahora… Solo sabemos que la distopía anarcocapitalista, la noche más oscura, recién ha iniciado y todavía tiene muchísimo daño por hacer; que de ellos será siempre el desánimo constante, la pesadilla, la euforia por la destrucción y el peor de los mundos posibles; y que nuestra será siempre la eterna utopía.