"La Catalina no es tibia, está prendida fuego"

por Agustín Colombo
Fotos: Juan Pablo Barrientos
15 de abril de 2019

Los hermanos Tabaré y Yamandú Cardozo, directores de Agarrate Catalina, hablan de Defensores de Causas Perdidas, el espectáculo con el que giran por Argentina y que les valió el rótulo de “tibios” por cuestionar la grieta en la sociedad. El rol de las mujeres, el giro a la derecha en la región y una murga cooperativa que se reconoce de izquierda, pero no dogmática. Y que admite: “Es un discurso incómodo dicho en un momento inoportuno”

Un motorhome para recorrer la mitad del país, para tirarse a dormir entre show y show, para hablar, para ensayar y, obvio, para tomar algún vino entre cantarolas mientras avanzan por las rutas del sur. Casi siete mil kilómetros. Diecisiete ciudades. Lugares a los que llegan por primera vez, que nunca habían visitado y que ni siquiera habían oído.

La enumeración podría ser la sinopsis de una road movie, pero es lo que por estos días está haciendo Agarrate Catalina en Argentina. La murga uruguaya recorre el país como si fuera el suyo, en buena medida porque lo siente así. Entonces lo que hizo en Uruguay durante marzo, cuando llegó a pueblitos de mil habitantes para cantar lo que había cantado durante todo febrero en Montevideo, ahora lo replica aquí: lleva su nuevo espectáculo, Defensores de Causas Perdidas, con el que salió segunda en el Concurso del Carnaval, a lugares impensados como Salliqueló o Aluminé.

En el verano, el show generó discusiones y críticas porque cuestionó la grieta o la “lógica binaria” que existe en Uruguay, en Argentina y en casi toda la región. Y eso, en un año electoral, fue tomado casi como una traición. Para algunas personas, la murga que era “tupa” y defendía al Pepe Mujica pasó a ser “facha” o, de mínima, pasó a ser “tibia”. “Nosotros no planteamos una reconciliación naif: ‘Somos hermanos, pensemos todos lo mismo’. No es eliminar la división por una suma, es eliminar la división por una multiplicación. Hay grieta pero no es única. Es múltiple”, dice Tabaré Cardozo, su director musical. “Ponemos nuestro arte al servicio de sacarnos los baldes de la cabeza. Lo vamos a hacer siempre, aunque nos lleve a que nuestra propia tribu se nos caiga arriba”, desafía Yamandú, el director responsable de la cooperativa. Los dos hermanos están sentados en un bar de Buenos Aires, a punto de iniciar un raid de más de 20 días que seguirá por México y que, antes del invierno, volverá a Argentina para completar la mitad pendiente: del centro al norte del país.  

—¿Cómo ven este amor no correspondido entre argentinos y uruguayos? 
—Tabaré: Lo definimos como una relación de amor-odio. Ustedes nos aman, y nosotros los odiamos.
—Yamandú: Es la conducta del petiso entre gigantes. Que nos lleva a reclamar la atención de hermano chico a hermano grande. “Argentina, es tu culpa que no te queramos. El día que vos nos odies, igual que odias a Brasil, ahí te voy a querer”.   
—T: O el amor del hermano grande al chico: “Ay, qué lindos los uruguayos”. Y Uruguay queriendo estar a la altura, queriendo ser clásico. Eso, que es en términos futbolísticos, se puede trasladar a lo social. Es un enano contra un basquetbolista. Pero lo detectamos como una capa epidérmica y superficial. Una vez roto ese primer approach, creo que sí hay un amor correspondido. 
—Y: En nosotros eso ya no opera. Porque tenemos la suerte de venir, conocer, de que nos quieran y nosotros quererlos. El público argentino es el único en el mundo que tiene la misma capacidad de entendernos que el uruguayo. Ese puente funciona y está vivo. 

"En la región hay un viraje evidente. Hace unos años el Pepe Mujica decía que cuando vos errás un recto de izquierdo, viene un gancho de derecha. En eso estamos" 

—Son una murga que además es una cooperativa. ¿Cómo funciona verdaderamente ese modelo en el día a día?
—Y: Es una cooperativa legal. Aportamos, tenemos obra social, vamos a tener una jubilación como artista, algo que para nosotros es un orgullo. Nos ha costado muchas horas de vida. De estatuto roto y vuelto a armar. Pero sentimos que vale la pena el laburo desde lo colectivo. Obviamente que vamos aprendiendo a cada paso. Cosas que nos funcionaban hace 15 años ahora no nos funcionan. Estamos todo el tiempo revisándonos. Tenemos la tranquilidad de que nadie, en todo este tiempo, se fue diciendo “estos me cagaron”. Este año, de los 17 que subimos al Teatro de Verano, 11 somos fundadores. Nos hemos sobrevivido a nosotros mismos, sin manual, sin librito, a los ponchazos. 
—T: Con los hechos respaldamos lo que pensamos. ¿Cuántos directores de conjunto, o letristas, o técnicos resignan su plata para cobrar lo mismo que cobra un utilero? En Carnaval, en la Catalina cobramos todos lo mismo: el director y el pibe que vende remeras. Durante el año es por un sistema de puntos.
—Y: Y no es que lo hacemos para pasar una auditoría. Lo hacemos porque sino nos morimos de vergüenza frente a nosotros mismos.

Juan Pablo Barrientos (Viojf)

Juan Pablo Barrientos (Viojf)

—Después de casi 15 años con el Frente Amplio en el Gobierno. ¿Pueden hacer un análisis retrospectivo de hasta qué punto condicionó a la Catalina y a las murgas en general eso? 
—T: Cambió el paradigma y el panorama. Hay una gimnasia, un acostumbramiento del cuerpo, de escribir desde “la comodidad” de la oposición. Hasta que te toca criticar al gobierno que vos mismo votaste. Entonces el género tuvo que adaptarse entre ese conflicto de intereses de sus mandatos internos. El de la coherencia ideológica o militante, y el de criticar la gestión del gobierno de turno. Ese conflicto entre el ser y el deber ser, las murgas lo resolvieron de manera saludable. Si vos analizas desde 2005 en adelante, vas a ver una progresión de críticas y de autocríticas interesantes, con diferentes matices y visiones. Cada murga tiene una cosmovisión diferente y es interesante ver eso socialmente. La murga pudo seguir fiel a su mandato de independencia artística, pero sin abandonar sus principios. 
—Y: Se resolvió bien cómo seguir siendo caricaturista y no transformarse en fabricantes de retratos y de alabanzas. Hay grandes ejemplos de cuplés. Sentimos esa satisfacción a nivel personal, y también como amantes de este género, a nivel general. Hay interpelantes frente al espejo de la izquierda, siempre hablando de nosotros como izquierdistas filosóficos porque no somos orgánicos. No tenemos un carnet ni estamos obligados a suscribir sin leer la letra chica a nadie ni a nada.

"Sabemos que nuestro discurso es peligroso, que es un berenjenal caníbal, pero nos metemos igual. Y es muy injusto que se te acuse de cómodo o de buscar la comodidad cuando vas a tu suicidio artístico" 

—Este año dejan en claro eso: que no quieren ser dogmáticos.
—Y: Estamos haciendo ese ejercicio desde hace muchos años. Desde 2007 con un cuplé que se llamaba Las Banderas, o los Viejos Militantes de 2008. De reirnos de la solemnidad del militante de izquierda, del protocolo casi religioso del militante de izquierda, que dice ser ateo además. Sin embargo, todo esto te puede condicionar: no por el Frente Amplio u otro partido. Nosotros nunca recibimos ninguna queja ni carta oficial de la izquierda o de la derecha. Pero las críticas más duras a nuestra caricatura, y las pieles más irritadas, fueron la de los izquierdistas. Descubrimos que nos bancamos mucho menos la autocaricatura que lo que pensamos: oh, qué certeza tiene la Catalina para definir esta foto social...mientras no estés vos en el foco. Y eso nos ha costado mucho.

—Con un público que, por lo general, está politizado y vinculado a la izquierda.  
—T: Claro. Durante y después de la dictadura se generó un público de resistencia porque la murga era casi la única expresión artística que no la habían podido prohibir. Entonces los conjuntos se empezaron a nutrir de escritores, poetas, actores, gente del teatro y del ámbito de la cultura, o intelectuales. Eso fue forjando un público izquierdista. Y no cambió hasta hoy. Es un público, una platea para la cual este espectáculo no es complaciente. Lo que tenemos para decir ahora sabemos que es un discurso incómodo dicho en un momento inoportuno.  

"Las pieles más irritadas fueron la de los izquierdistas. Descubrimos que nos bancamos mucho menos la autocaricatura que lo que pensamos"

—¿Reconocen que cuestionar la grieta en la sociedad, sobre todo en la situación actual de la región, puede ser peligroso?
—Y: Sí. La gente siente que se está jugando la final del mundo, y que no es momento para hacer autocríticas y reconocer errores. Nosotros sabemos que es peligroso, que es un berenjenal caníbal, pero nos metemos igual. Y es muy injusto que se te acuse de cómodo o de buscar la comodidad cuando vas a tu suicidio artístico. 
—T: El rótulo de tibio prendió mucho porque era funcional para todos. Del lado de la derecha, decían “estos no critican lo suficiente al Gobierno”. Sin mirar el espectáculo, por supuesto. Y del lado de la ultraizquierda, fogoneados también por algunas hinchadas o integrantes de otras murgas, nos descalifican y nos ponen en un lugar completamente injusto. Porque si algo no es Agarrate Catalina es tibia. Es ígnea: está prendida fuego. Es un harakiri lo que hicimos. Apostamos por un discurso humanista. Nosotros no somos complacientes con la platea, somos complacientes con nuestro propio gusto. Siempre escribimos lo que nosotros queremos escuchar.
—Y: Este planteo, además, lo hicimos teniendo en cuenta que la gente sabe quiénes somos nosotros y cuáles fueron nuestras causas perdidas defendidas desde que entró a caminar la Catalina. Teníamos espalda para decirlo. Suponíamos que nadie iba a dudar de nuestras convicciones. Además de saber que era un discurso incómodo, que era difícil de hacer esa autocaricatura, que probablemente fuera inoportuno, que no se correspondía con el pedido de “dame tranquilidad” de la platea. O el “criticame más o menos, pero después decime que me vas a votar, que seguimos siendo del mismo cuadro, ¿dale?”. 

"Este espectáculo no es complaciente con el público de murga. Lo que tenemos para decir ahora sabemos que es un discurso incómodo dicho en un momento inoportuno"

—¿Y cómo reaccionan ustedes ante esas críticas? 
—Y: El micromundo carnavalero a veces pone una cúpula en la que no entra el aire y uno a veces piensa que el universo uruguayo y toda la gente que vio el espectáculo piensa así. Pero en los tablados populares, en los barrios más humildes, no existía eso. La gente comprendía el manifiesto final, el momento en que hacemos un quiebre y cantamos que vamos a seguir parados ahí, siempre de este lado del mundo. Pero mucha gente, antes de eso, ya había bajado la cortina. Teníamos una intención que era la de ver en grises y en planos. En volumen, en 3D, 4D y 15D. Entender que hay vectores que atraviesan. Que no es así de binario el escenario ni la mirada nuestra. En el plano a escala peatón, no hay ninguna conveniencia a cerrarle la cortina a quien tiene una cosmovisión distinta, a quien yo no puedo entender que vote eso, pero lo reconozco como mi vecino o vecina, trabajador y que se que no es dueño de ninguna corporación. Ese no es mi enemigo mortal. 
—T: En la separación binaria y maniquea del bien y el mal, todo el mundo se endilga el bien. Entonces aparece una aglutinación de intereses múltiples que pasan a quedar reducidos al blanco y al negro. Es un tablero de ajedrez que no tiene sentido. Porque dentro de macroideologías se meten una cantidad de micros, preferencias o puntos de vista que quedan automáticamente borrados. Nosotros no planteamos una reconciliación naif: “Somos hermanos, pensemos todos lo mismo”. No es eliminar la división por una suma, es eliminar la división por una multiplicación. Hay grieta pero no es única. Es múltiple.

      

—¿Qué hace Agarrate Catalina para deconstruirse en un género que, como pasa en la sociedad, marca tantas desigualdades entre hombres y mujeres?
—Y: Nuestro caso es particular porque es una murga que nace mixta. Éramos un grupo de amigos y amigas. Para nosotros siempre fue orgánico que hubiera mujeres. El 8M, en el marco del paro de mujeres, Caro y Vito decidieron no ir a los tablados y visibilizar, a través de nosotros, la situación. Ellas tuvieron la primera y la última palabra de esa decisión. Fue una de las actuaciones más raras de nuestra historia. No hay Catalina sin ellas. Son un elemento constitutivo importantísimo para nosotros. A nivel general viene caminando: hoy son 13 en todas las murgas. Es poco, pero hay que tener en cuenta que hasta no hace mucho el número era cero.

—¿Y en cuánto a los contenidos de los cuplés? 
—T: Nunca es tarde para empezar a deconstruirse. Nosotros en 2003 hicimos un cuplé donde nos reíamos de las travestis. Que es un horror. Hay que decirlo: es un desastre lo que hicimos. 
—Y: En ese tiempo recibimos una crítica de un militante, que dijo “me parece que esto está mal”. Nuestra primera reacción fue: “Es carnaval, es humor”. Y hablando con nuestra madre, nos hizo recapacitar. Y así nos fuimos dando cuenta. Porque alguien nos hizo dar cuenta. Y a fuerza de eso, y de tener la cabeza llena de chichones, cambiamos. No por conveniencia sino por autoexigencia. Hacemos caricaturas humanísticas que tienen al bicho humano en el centro del destaque pero también en el medio de la mira. Ponemos nuestro arte al servicio de romper las barreras que podamos, de sacarnos los baldes de la cabeza, pero también de que nuestro humor no estigmatice nunca más minorías, de que nuestro humor libere o ayude a pelear por la igualdad. Eso lo vamos a hacer siempre, aunque nos lleve a que nuestra propia tribu se nos caiga arriba. 

"Nuestra murga nace mixta porque éramos un grupo de amigos y amigas. Siempre fue orgánico que hubiera mujeres. No hay Catalina sin ellas"

—¿Cómo ven políticamente el futuro de la región?
—T: Hay un viraje hacia la derecha muy evidente. Da mucha desesperanza y obviamente no nos gusta. Pero bueno, en el caso de Argentina, el triunfo fue democrático. La gente votó eso. En Uruguay hay elecciones este año: esperamos que no pase lo mismo, pero sabemos que puede pasar. Es también un ejercicio de libertad y de tolerancia respetar la decisión de las mayorías aunque uno no esté nada de acuerdo.
—Y: Creo que está bueno sentarse a ver, a escala humana, qué nos está pasando para que democráticamente vayamos locos de la vida a poner la cabeza en la guillotina.
—T: Hace unos seis o siete años yo escuché al Pepe Mujica decir que cuando vos errás un recto de izquierdo, viene un gancho de derecha. En eso estamos. 

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