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Dios los cría y el tiempo los amontona

por Horacio Dall'Oglio
03 de septiembre de 2016

A partir de todos esos grafittis que inundan Buenos Aires y tantas otras ciudades, un ensayo irreverente sobre la posibilidad de pensar la historia argentina.

Una imagen emerge en las paredes y en las banderas; en los tachos de basura y en los proyectores universitarios. Como un síntoma. Algo se agita en ella, algo que disloca cierta interpretación escolar de la historia como una línea y la corta en pedazos para rearmarla en un montaje de tiempos y de rostros relacionados entre sí por tres amplias flechas torcidas. Una imagen que –vista hoy–, es una denuncia del tiempo transcurrido desde su elaboración –en el año 2008, a manos del colectivo de artistas Iconoclasistas– y de los distintos tiempos que conviven en ella porque, tal como afirma el filósofo Georges Didi-Huberman, siempre que estamos ante una imagen estamos “ante el tiempo”, y ante una “heterogeneidad” de tiempos que forman “anacronismos” y cuya “fecundidad” nos permite pensar de manera crítica la historia del arte y la historia en general.

Veamos entonces si es posible pensar este “festival de anacronismos” en la imagen que nos convoca. El orden es arbitrario dado que las flechas forman un círculo donde no puede establecerse a priori quién o qué inicia el movimiento. El “primer" rostro, el que lleva una gorra castrense, de mirada pétrea y frondosos bigotes, ha muerto hace ya tres años encarcelado por los crímenes cometidos durante su tiempo en el poder. El “segundo” rostro, de labios gruesos, vastas cejas y patillas que adornan la periferia de su cara a modo de caudillo decimonónico, y el único que mira de frente al espectador y a su vez parece estar iniciando una mueca de sonrisa, es conducido actualmente a las mismísimas fauces de la vejez luego de su paso indeleble por la política doméstica como presidente, y aún hoy perdura, super-vive, como senador de la Nación desde hace más de una década. Finalmente, el “tercer" rostro de apariencia más joven que los otros dos y que porta una mirada extraviada en el vacío con la que explicita –quizás sin quererlo– que se encuentra abstraído del resto, rige actualmente los destinos del pueblo argentino y ya no posee ese bigote sobre sus labios aunque sí conserva la mirada perdida.

Por supuesto, alguien que desconociera la historia argentina podría imaginar que la idea de reciclaje que pone de manifiesto la imagen –es decir, la conversión de un desecho a través de un proceso en un material nuevo y por lo tanto aprovechable– podría relacionarse con la cantidad de vello que cada uno de estos rostros porta; donde de un frondoso bigote se pasa a unas salientes patillas y de allí a unos nuevos bigotes más estilizados. Sin embargo quienes habitamos estas tierras sabemos que uno fue un dictador que implementó un plan sistemático de exterminio de la población; otro utilizó la plataforma estatal para poner en venta el país entero y disciplinar a la ciudadanía a través del desempleo, la hambruna y la represión; y el último posee recientemente el mayor cargo otorgado por la democracia, luego de seducir en dos oportunidades a los habitantes de la Ciudad Autómata de Buenos Aires con su nuevo estilo de la “no-política”, y ha comenzado a aventurarse en el adelgazamiento del estado nacional y en el recorte de trabajo y derechos para beneficiar a empresas y sectores de mayor poder adquisitivo en el país y en el extranjero en pos de un supuesto ideal de “Pobreza Cero”.

¿Y qué tipo de relación establecer entre estos tres rostros si no hay una correspondencia directa de tipo condicional, del estilo de “si dictador entonces presidente déspota”, y además uno de ellos perpetró un genocidio que es incomparable con cualquier política neoliberal? Aquí es donde las flechas torcidas de la imagen, que no avanzan sin más hacia el horizonte en un camino recto y, por ello, desmienten el optimismo kantiano en el progreso y la visión escolar de la historia como una línea de tiempo, ponen de manifiesto que lo que se tuercen son los cuerpos de quienes habitamos este país, y que la característica compartida por los tres rostros, y lo que ellos representan, no es otra que la violencia. La violencia material de torcer y re-torcer los cuerpos como trapos de piso a los que hay que vaciar, a los que hay que quitarles todo el excedente para volver a utilizarlos, sin importar los costos de lo que se pierda en ese torcer. Por otra parte, es llamativo cómo las flechas reenvían a interpretaciones parecidas de la tristemente célebre frase “achicar el estado es agrandar la Nación” –tal como lo afirmó el ministro de Economía de quien en la imagen lleva una gorra castrense–, y cómo las políticas de endeudamiento y austeridad fueron, y son, el télos, la finalidad que guía este tipo de gobiernos que, como si fuera poco, para sostener en el tiempo el empequeñecimiento del estado (no ya del estado de Bien-estar sino del Porlomenos-estar) agrandan el poder de las llamadas Fuerzas de Seguridad, ¿o habría que decir de Aseguramiento, de “Atornillamiento”?

Pero la violencia también es simbólica porque en los tres casos –en los tres rostros de la imagen graffiteada en la pared de un supermercado chino en el sur del conurbano bonaerense– hay un hilo conductor que va de la “figura” de desaparecido como “incógnita”, que “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, de la conferencia de prensa de 1979 de quien en la imagen porta su bigote frondoso con orgullo; pasando por los indultos de los genocidas para “terminar con los conflictos del pasado”, dicho y hecho por quien en la imagen esgrime desde su rostro unas amplias patillas de caudillo decimonónico; hasta el “no tengo idea, es un debate en el que no voy a entrar”, de quien en la imagen aparece como el más joven de los tres. En todos los casos se trata de retacear la verdad, desde un “negacionismo” duro de las víctimas hasta el “irrelevacionismo” actual que fomenta, sin sonrojarse, la prisión domiciliaria de represores apelando a la “gerontofilia” y a los “Derechos Intestinales”. Se trata, una vez más, de restarle importancia a lo sucedido en pos de un espacio para la impunidad. Y para hacerlo es preciso sostener una visión escolar, para nada inocente, de la historia como una línea de tiempo. Como estaciones que van quedado atrás, y a las que no se puede volver porque “lo pasado, pisado”. En este sentido, tanto el “pasado” como el “presente”, son considerados como lugares estancos, y por lo mismo, estáticos, “puros” e imposibilitados de contaminarse entre sí, de mezclarse.

Por eso no extrañan los dichos sobre el terrorismo de Estado de parte de quien en la actualidad rige los destinos del pueblo argentino. Ya en 2007 –mucho antes de considerar a la dictadura cívico militar como “guerra sucia”– nos había deleitado, entre globos, bailes y papel picado, con la llamativa frase de si “el siglo XX fue el siglo de los derechos humanos, el siglo XXI será el de las obligaciones ciudadanas”. Entre una frase y otra hay nueve años de distancia, pero las únicas diferencias importantes son: a) en el 2007 se trataba de un pujante jefe de gobierno de una ciudad; b) en el 2016 de un presidente de la Nación; c) la falta del bigote en su cara.

Analicemos entonces el por qué de esta falta, de esta carencia de vellosidad que se dio en medio de esta meteórica carrera política, y que pide además una reactualización de la imagen por parte de Iconoclasistas. Llama la atención que quien hoy conduce el país con sus violentas políticas, paradójicamente, de la “no-política”, se haya quitado ese bigote estilizado que durante años se lo vio portar en programas periodísticos como empresario, o en los años de desempeño como presidente de un club de fútbol, o de diputado nacional, y aún durante su primera gestión como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. De hecho en la reciente entrevista para un medio extranjero, donde habló de “guerra sucia” y de “los derechos humanos del siglo XXI” como “las herramientas que necesita la gente para ser feliz”, la periodista le preguntó en un pingpong si “¿bigote o afeitado?”, y él respondió con seguridad: “No, afeitado, basta de bigote”. Incluso, es preciso recordar que en su último casamiento con quien hoy es la primera dama, en noviembre del 2010, cuando ya había desterrado ese bigote de su rostro, en una imitación de Freddie Mercury, se atragantó con un bigote postizo en medio de su performance.

Se podría pensar aquí qué tiene que ver esta digresión sobre un bigote-tragado-sin-querer con la imagen que nos convoca. Tiene importancia. Aquél primer extinto bigote, en el que la imagen nos recuerda el pasado de su dueño, se parece mucho, si tapamos la gorra castrense, al que porta el rostro de la izquierda de mirada pétrea. Por lo que habría que decir, entonces, que el rostro actual del personaje de abajo en la imagen es el producto de una estetización de la “no-política” que pretende mostrarse de cara fresca, impoluta, “pura”. Pero además, su ingesta del bigote falso nos habla de un “haberse tragado” literalmente toda relación que pueda establecerse tanto con unas patillas de antropoides como con unos bigotes militares. Es por esto que quizás algún asesor le sugirió extirpar esa vellosidad sobre sus labios, de forma tal que no se pueda –ni siquiera con una flecha torcida de la historia– poner de manifiesto algún tipo de relación con personajes funestos de nuestro pasado reciente.

Sin embargo sabemos que una vez más el poder ha logrado reinventarse, reciclarse, torcerse por nuevos caminos in-rectos, y que en su acción también tuercen aquellos cuerpos de los que se apoderan. Pero esta imagen –que se reproduce con diferentes técnicas y formatos, y en la que conviven también una heterogeneidad de tiempos que se agitan como un remolino de anacronismos– nos recuerda que ahí donde el poder se reinventa para doblar a los cuerpos y a los pueblos, en esos pliegues de la historia -“ruinas sobre ruinas, querida Alicia”-,  es justamente donde los cuerpos resisten. Y si seguimos en este punto a Walter Benjamin, sabemos que no importa en qué parte de las flechas nos encontremos: cualquier instante tiene ese potencial revolucionario/redontorio por el que puede detenerse el movimiento circular de este triste reciclaje.