Urraka Negra: rap mapuche, feminista y antiracista

por Mariano Pagnucco
Fotos: Federico Imas
26 de octubre de 2022

Es la voz de un linaje ancestral que el genocidio de ayer y hoy quiere borrar, artista de la resistencia de una generación que se rebela ante las estructuras coloniales de la sociedad argentina. Entrevista en la frontera entre el cemento y el río, entre la historia y el presente.

El ave joven sobrevuela la Ciudad de Buenos Aires. La mira con ojos extraños, ella que trae un vuelo nacido en otro tiempo y otra geografía, que ha aprendido el canto de sus ancestras en ceremonias de fuego y viento. El ave desciende con movimientos ágiles para esquivar tantos rascacielos que le roban el horizonte de río. En la primavera porteña, atravesando el cemento y con ropajes negros como su cabello, la Urraka Negra guarda las alas frente al portón de ingreso a la Reserva ecológica. Y dice, o canta, que es su modo de decir como ave rapera:

–Soy lo que nos han sacado. Es doloroso también reivindicarse desde ahí, porque no te reivindicás desde la fiesta, desde el divertimento que se plantea cuando uno habla de música. Eso también tiene que ver con un control cultural, que toda la música tiene que divertir y servir para distraerse. En la cosmovisión de nuestro pueblo mapuche la música no tiene nada que ver con eso. Reivindicarse desde las opresiones o desde lo que nos sacaron tiene que ver con no perder la memoria.

Urraka Negra nació en Puelmapu (al Este de la Cordillera), en territorio mapuche neuquino, y los vuelos familiares la llevaron a criarse en la capital. En el cruce de caminos de la búsqueda de la raíz identitaria y las influencias musicales que la marcaron se gestó su perfil artístico: se define como rapera, mapuche y feminista antiracista. Es una maestra de ceremonias (MC en la jerga del rap) que recita rimas que hablan de genocidio, extractivismo y mujeres luchadoras. Su último tema de difusión es “Las voces de la tierra”, donde canta que “con la boca cerrada no se dice nada”. 

En la frontera porteña entre el cemento y el río transcurre esta entrevista.

–Tu carrera artística comienza en 2015, que es el año de la irrupción del Ni Una Menos y, por otro lado, coincide con una época de un gran despertar de la identidad mapuche. ¿Te reconocés hija de esos procesos?

–No creo que soy hija, sino que tuve parte en eso. Cuando uno está en un movimiento y se generan cambios, también es parte de eso. Fui parte de eso, soy parte de eso. La violencia machista y patriarcal tiene mucho que ver con el racismo y el colonialismo. Son estructuras muy antiguas que construye esta sociedad y nuestras formas de vincularnos, lamentablemente. Empezar a levantar la voz en esa época ya era muy necesario. Había un grado de opresión hacia nuestras identidades como mujeres, y aunque nos lean como mujeres cada una elige su rol. Nuestro rol no era el de estar en la cocina y ser amables y agradables todo el tiempo. No queremos tampoco tener esa disminución ante nuestra palabra. El racismo se maneja de la misma forma: te invisibiliza, te infantiliza, te inferioriza. Con respecto a eso, el rap levanta la palabra y levantar la palabra en ese momento, decir que nuestras cuerpas son territorio recuperado, era valioso para cambiar un montón de cosas.

–¿Por qué nació Urraka Negra como identidad?

–Los pájaros para mí son muy importantes, porque son la unión entre la tierra y el cielo. La urraca es un animal muy inteligente que tiene su simbología para un montón de culturas: algunas traen buenas noticias y otras traen noticias que no son tan buenas pero alertan sobre algo que va a pasar. Tiene que ver con la palabra, el vuelo y el trascender.

–¿Y tu identidad mapuche?

–Mi identidad mapuche viene del genocidio. El genocidio fue un proceso de exterminio de generación tras generación después de la Campaña del Desierto. Han borrado un montón de nombres ancestrales, un montón de conocimientos de nuestros orígenes. El genocidio tiene que ver con eso, es el borramiento de la memoria. Ha hecho que se pierdan nuestros apellidos ancestrales, nuestro linaje. Yo vengo del genocidio, me reconozco en la violencia del exterminio que hizo la Campaña del Desierto a nuestro pueblo. Nuestros apellidos se han borrado y nuestro tuwün, nuestros orígenes y nuestras raíces de donde venimos, también se han borrado. Me reivindico y recuerdo la memoria desde ahí, desde esa violencia que nos borró por completo, hasta mirarnos al espejo y entender que no sabemos quiénes somos. Desde ahí viene el reconocimiento de nuestra identidad mapuche. Entonces, cuando preguntan de dónde somos, no sabemos, porque hay un genocidio impuesto que nos hizo olvidar de dónde venimos. Pero no es culpa nuestra, siempre es como que tenemos que estar justificando los papeles, pero sin embargo esos papeles están llenos de sangre. No sabemos de dónde venimos justamente por eso, entonces antes de preguntar de dónde venimos hay que entender por qué no sabemos de dónde venimos. Y tenemos que hablar del genocidio.

–Y el camino es ir en busca de esas raíces.

–Exactamente. Pero también hay que desandar y entender por qué hay un borramiento que todavía sigue perpetuándose en este presente. No hablamos solamente de pasado, hablamos de un presente continuo de apropiación de nuestras identidades, y al mismo tiempo que se apropian, se borra. Si no podemos entender eso, no podemos reconstruir nuestra identidad.

–¿Recordás algún episodio de tu vida en el que te haya aparecido la duda y la necesidad de ir a buscar las raíces?

–Siempre vamos a repetir lo mismo: viene del racismo. He sufrido racismo desde los cinco años, según recuerdo. Caminando por la calle, pasa una persona que no me conoce ni es del entorno familiar. Me dice: “¡Qué linda la rubiecita! ¡Qué rubiecita! ¡Qué linda que sos!”. Me di vuelta y le respondí: “¡Yo no soy rubia!”. El solo hecho de contestarle fue un cambio en la violencia que ejercen sobre nuestras identidades. Eso me llevo a buscar por qué me estaban pasando determinadas cosas, por qué me excluían de determinados lugares, por qué me criticaban de más cuando yo hacía algo. Si mis compañeritas hacían lo mismo no eran condenadas. Esa conciencia que pude tener desde chica me hizo entender que era diferente, algo estaba pasando. ¿Por qué no me trataban a mí de la misma forma que trataban a mis amigas? ¿Por qué en la ciudad era tan violenta mi existencia? ¿Por qué me seguían en los supermercados creyendo que yo iba a robar? ¿Por qué en los colectivos no se quieren sentar al lado mío? ¿Por qué me sexualizan? Empecé a entender un montón de cosas de lo cotidiano y me di cuenta que yo no era de acá. Ahí entendí el genocidio, el racismo... y la búsqueda de la identidad va por ahí.

–¿Qué es lo que te ayudó a encontrar fortaleza en esa diferencia? ¿Cómo hiciste para construir tu propia identidad con orgullo en vez de avergonzarte de tu origen?

–Siempre te subestiman, te quieren imponer que vos no servís, que sos inferior. Yo me daba cuenta que no era eso. En el colegio siempre sobresalía, en los deportes, en mi palabra, en mi físico siempre sobresalía. Me daba cuenta que no era lo que estaban diciendo de mí. A partir de ahí empezás a construir tu seguridad. En esta sociedad donde el racismo es estructural, no se ve, se naturaliza, también se vive en las escuelas. Eso te va formateando y desgastando tu seguridad, tu construcción de persona. Nuestras identidades ancestrales, mapuche, quechua... todas nuestras identidades están violentadas desde que nacemos. Las diferencias empiezan desde que nacen dos bebés con distinto color de piel en un hospital. No es lo mismo recibir violencia cuando sos adulta, porque tenés herramientas para manejarte. ¿Qué pasa cuando recibís esa violencia en la niñez? Te va destruyendo tu seguridad, tu confianza. Cuando entendés eso empezás a caminar otro camino, que es mucho más difícil, mucho más costoso, pero lo que cambia es levantar la palabra, decir “yo no soy eso”. Pero decís eso y a los demás no les gusta, el entorno se tensiona. “¿Por qué esta negrita me contesta?, ¿cómo se atreve a contestarle a la maestra?”. A cualquier rol de autoridad que le contestás cuando te aplica violencia no le gusta. Es la forma de contrarrestar... no, de reparar la violencia racista y colonial, por si queremos ir más lejos.

 

Cultura de la resistencia

Desandando las ramas de la genealogía musical de Urraka Negra aparece el heavy metal de Malón y también el momento fundacional del rap y el hip hop, con “los hermanos negros” al frente de ese movimiento. Urraka recomienda series que la movilizan:

Wu-Tang Clan. “Trae al presente todo el proceso rapero de construcción de su identidad. Fue un proceso costoso, por eso nos sentimos tan identificados. Los trataban mal, iban a cantar a determinado lugar, les prometían determinada remuneración y no se la pagaban o les aplicaban racismo cuando estaban probando sonido. Muestra muy bien el racismo que hay en el ambiente musical y, principalmente, el control de la cultura, esta cultura colonial, hegemónica hacia la blanquitud; y también la apropiación, porque gran parte de la música viene de este lado, de los hermanos negros: el candombe, el tango. Hay un montón de apropiación, pero como la cultura está controlada dentro de una sociedad racista y colonial, la apropiación es algo natural y se la toma así, a la ligera, aunque invisibiliza y no deja que se conozcan determinados artistas por su condición ancestral o por ser negros”.

Reservation Dogs. “Habla de las identidades dentro de los guetos, que ellos llaman reservas. Allá también tuvieron su Campaña del Desierto y los recluyeron a todos en reservas. Pero ahí quedó más fuerte la memoria y desde ahí están haciendo series que llegan a nivel mundial. Reivindican su identidad y también, lo más importante, hablan de racismo. Ese racismo que no se nota, que cuando van a buscar trabajo no lo consiguen, hablar de suicidio en las reservas. ¿Por qué? Porque han vivido un genocidio, están relegados a esas reservas y hay un montón de situaciones de violencia, violencia estatal, policial que sufren todos los días las adolescencias y las niñeces, que cuando son grandes no se pueden desarrollar. ¿Cómo te vas a construir como persona cuando te están violentando desde la niñez con el racismo? Una serie tipo hollywoodense está hablando de racismo. ¿Cómo puede ser que suceda en otros territorios y acá no?”.

–¿Por qué acá no sucede?

–Venimos de una educación sarmientista. La ideología de raíz de Sarmiento era “Civilización o barbarie”. Ese borramiento y esa criminalización hacia nuestras identidades logró esto, que en nuestro presente no se puede hablar de racismo. Y si uno habla de racismo se tensionan los espacios o se ponen en una situación violenta o les molesta la palabra ancestral, cuestionan ciertos comportamientos. Viene de ahí, por eso hay tanto recelo a querer hablar de genocidio. ¿Por qué no se habla de la Campaña del Desierto? ¿Por qué en los colegios no se habla de eso? Y entonces, ¿cómo se va a tolerar eso? Tiene que ver con una tolerancia de la sociedad hacia nuestras identidades. ¿Por qué no hay tolerancia de nuestras identidades ancestrales? Cuando decimos que somos mapuche, aymara o quechua, todo el entorno se empieza a tensionar o quieren que nos folcloricemos o quieren que nos victimicemos. Cuando no asumís ese rol que te quieren imponer, aparece esta condena a nuestro rol ancestral.

–El rap es un movimiento que reúne a ciertas minorías que dicen sus verdades con la música. ¿Qué te dio a vos como mapuche y qué sentís vos que le aportás al rap desde tu identidad?

–Cuando hablo del rap empiezo hablando de las hermanas y los hermanos negros, que es la raíz del movimiento del hip hop y el rap, de toda la cultura del hip hop. Ese movimiento surge de la necesidad de hablar de la violencia y el racismo que se está viviendo en los barrios y en los guetos, lo que se está ocultando. Por eso opté por esa herramienta y el rap mapuche tiene mucho que ver con eso: habla sobre el racismo, sobre la violencia que se está ejerciendo a la tierra, como las empresas extractivistas y un montón de situaciones que remiten mucho a las hermanas y los hermanos negros del origen del hip hop. El ambiente viene a traer un montón de palabra nueva, pero también hay mucho de comercio, obviamente que se ha diluido un montón.

–Te definís como rapera mapuche, feminista, antiracista. ¿Sentís que en esa suma de opresiones que te atraviesan está la fuerza de tu música o tu signo distintivo?

–Sí, soy lo que nos han sacado. Es doloroso también reivindicarse desde ahí, porque no te reivindicás desde la fiesta, desde el divertimento que se plantea cuando uno habla de música. Eso también tiene que ver con un control cultural, que toda la música tiene que divertir y servir para distraerse. En la cosmovisión de nuestro pueblo mapuche la música no tiene nada que ver con eso. Reivindicarse desde las opresiones o desde lo que nos sacaron tiene que ver con no perder la memoria. Se habla de la memoria, pero no es una palabra, un concepto teórico, la memoria se reconstruye y vive en nosotros mediante nuestras acciones. Si nuestras acciones remiten al borramiento o a no reivindicar nuestra identidad, vamos a borrarla aunque digamos que tenemos memoria. Identificarse desde lo que nos robaron o desde las opresiones nos trae memoria todo el tiempo. Me sumo a un escenario, canto y estoy volviendo a traer ese pasado con respecto a nuestro presente y todo eso se va tranformando y reparando.

–¿Cómo ves este tiempo en el que, en paralelo a las recuperaciones territoriales y el despertar de la identidad mapuche, la respuesta del otro lado es muerte, avasallamiento y resurgimiento de un pensamiento colonialista?  

–Es que eso nunca terminó, un tema mío dice “el genocidio nunca terminó”. Creemos que hay una relativa paz para desarrollarnos, ¿pero cómo podemos desarrollarnos genuinamente o con todos los derechos básicos si nos están violentando desde que somos niñeces? Hay un proceso de genocidio continuo, invisible. A veces parece que no está, pero nos siguen violentando. Con respecto a la violencia y la militarización que se está desplegando, eso siempre estuvo. En Gulumapu, en Chile, la Pacificación de la Araucanía nunca terminó, y acá tampoco. La impunidad cuando matan a un lamien siempre está, tienen impunidad. En el caso de Lucinda Quintupuray (NdR: un asesinato producido el 11 de enero de 1999 en Cuesta del Ternero, Río Negro, donde actualmente está la reivindicación territorial de Lof Quemquetrew, que también produjo el asesinato de Elías Garay el 20 de noviembre de 2021), la mataron a balazos en su cama y nadie dijo nada. No hay investigaciones, no hay nada. Eso tiene que ver con la impunidad, con la Campaña del Desierto. En los territorios todavía es como si fuera un Lejano Oeste.

–¿Creés que la presencia de artistas como vos pueden ayudar a las nuevas generaciones a mirar la realidad desde otro lugar? Pensar, por ejemplo, el 12 de octubre no como una fecha inmóvil y del pasado, sino con repercusiones en el presente.

–Ésa no es una fecha de fetejo ni de choque de culturas. Estamos hablando de un genocidio y de la eliminación de una cultura por otra. Y hay mucha sangre, no estamos hablando que pasa solamente en la parte teórica. Cuando hablamos de genocidio hablamos de sangre, asesinatos, muertes de mujeres, de niñeces. ¿Cuántas fosas comunes debe haber por acá, en la capital o un montón de territorios que todavía no han sido investigados ni se sabe? Sin embargo, caminamos por arriba de esas fosas. ¿Qué significa espiritualmente caminar por arriba de nuestros muertos sin saber dónde están? Es una tortura continua que también tiene que ver con nuestro presente. Para mí, hablar del 12 de octubre es hablar de violencia, de muerte y de dolor principalmente.

–¿Qué venís a traer con “Las voces de la tierra”?

–“Las voces de la tierra” viene a hablar de esto, de reconstruir nuestra identidad y no tener miedo de caminar nuestros pasos ancestrales, reconocerse, verse al espejo y no tener vergüenza de nuestro color de piel morocha, que tiene que ver con el color de la tierra, con linaje, con ancestralidad. (Con voz firme y apasionada.) Tener el color de la tierra en la piel es hablar de memoria, de resistencia, de nuestras ancestras y nuestros ancestros. Esta sociedad nos ha hecho que tengamos vergüenza, que nos demonicen por tener el color de la tierra en la piel. Siempre nos han criticado, nos ponen en un lugar de fealdad, cuando sin embargo tiene que ver con nuestro linaje y nuestra sangre ancestral y de esta tierra.

–Vos vivís en esta ciudad que cementa todo y captura el espíritu de la naturaleza. ¿Dónde encontrás el newen para seguir haciendo arte?

–El newen está en las ancestras que quedaron acá. Después de la Campaña del Desierto las trajeron acá como servidumbre. Han quedado historias tapadas en esta ciudad. Y después hay un montón de lugares que tienen la fuerza del río. El río para nosotros no es un recurso natural, es un ser vivo, en un ngen, lo que nos mantiene vivos. Aunque no quieras verlo, cuando abrís la canilla el agua que tomás sale de este río. Esta agua te nutre y te da vida. Esto es el newen, este río que a pesar de que lo han contaminado y le han tirado cuerpos en la dictadura, a pesar de la violencia, este río nos devuelve vida. Eso es el newen.

 


Sobre Urraka Negra

Nacida en Puelmapu, en territorio neuquino, creció en la Ciudad de Buenos Aires. Se define como rapera, mapuche y feminista antiracista. Su carrera artística comenzó en 2015 y desde entonces ha compartido escenario con grupos como Las Manos de Filippi, Cumbia Queers y Chocolate Remix. Sus rimas cargadas de mapuzungun sobre el genocidio originario y la búsqueda de la identidad suelen estar presentes en eventos en apoyo a causas feministas, antiracistas, de derechos humanos y de visibilización de injusticias sociales. En 2021 presentó su videoclip “Las ancestras”, producido por Malamute y con dirección de Abril Suárez Bueno. Además del constante lanzamiento de sus canciones (“Paredes Blancas", “Calle Pesada”, “Quemquemtreu”), viene realizando junto a la productora mapuche Kuru Kutral materiales audiovisuales anti racistas y anticoloniales como “Takuifi” y “Petu Mongeleiñ”. Su tema de difusión más reciente es “Las voces de la tierra”, con un videoclip en proceso de rodaje.
 

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