De dioses, hombrecitos y policías

por Horacio Dall'Oglio
29 de noviembre de 2014

Un libro inhallable que ahora, por suerte, está bien a mano. Humberto Costantini, un porteño universal.

 

Hablar de Humberto Costantini, en este caso De dioses, hombrecitos y policías, es hablar de lo inhallable que llegó a ser en algún momento su producción literaria, debido a un “ostracismo editorial” que lo mantuvo al margen de las reediciones, como a tantos otros escritores del “No-canon”, al menos durante los veinte años posteriores a su muerte en 1987. Tanto así que su literatura se convirtió en un mito sustentado, sobre todo, por revistas y suplementos culturales bienintencionados, por algún que otro escritor que regenteaba su taller literario con cierta dignidad, o por autoridades como Abelardo Castillo o Liliana Heker, compañeros en el oficio de común de la escritura. Recién entrado el nuevo siglo y gracias a los entreveros comerciales que, en buena medida, sostienen internet, tuvo la oportunidad este lector de hacerse de esos libros siempre bien recomendados y nunca bien encontrados. 

De dioses, hombrecitos y policías, que obtuvo el premio Casa de las Américas en 1979, es una novela coral y narra de forma paródica la historia de un grupo de poetas del “bien construido barrio de Villa del Parque”, en Buenos Aires, que se juntan todos los miércoles para organizar sus recitales y, a finales de 1975, se encuentran festejando el décimo aniversario de la Agrupación Polimnia. Pero sucede que los líricos protagonistas, protegidos por dioses del Olimpo como Atenea, Afrodita y Hermes, son el blanco de una venganza del temido Edes y empiezan a ser vigilados por la policía, al punto de preparar un ataque de parapoliciales donde unos “doce mortales” serán trasladados a su “oscura mansión”.

Escrita en 1978 de forma clandestina, realizando varias copias que distribuía entre familiares y amigos, en pleno terror, y cuando ya se sabía de la desaparición de su amigo Haroldo Conti, la novela -que debería ser de lectura obligatoria en la secundaria, si es que no solo queremos formar futuros empleados de call center-, pudo concluirse gracias a una cantidad de amigos que lo ayudaron a copiar los originales, conseguirle papel, o pasarla en limpia que, según el propio Costantini, “nunca una breve historia como esta pudo ser atribuida, con justicia, a tantos autores”. 

Por supuesto, emprender el viaje hacia el universo Costantini a través de su producción novelística, cuentística -ineludible para quien quiera cultivarse en el género de Poe por estos lares-, poética y dramatúrgica, puede llevar, y en mi caso así fue, a querer conocer su vida signada por el rebusque, las revistas literarias, la militancia, la solidaridad, el exilio, y el reconocimiento internacional. Pero ante todo está su literatura y, por suerte, ahora está ahí, bien a mano.

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