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“Esta crisis civilizatoria amenaza con la extinción del ser humano”

por Revista Cítrica
Fotos: Agencia Télam
05 de diciembre de 2020

La socióloga argentina Maristella Svampa, autora de “El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo”, habla sobre los temas urgentes de este tiempo marcado por la pandemia.

El CV de Maristella Svampa (Río Negro, 1961) dice que es socióloga, investigadora y escritora. Ella prefiere definirse como “una intelectual anfibia y una patagónica que piensa en clave latinoamericana”. Lo cierto es que algunos de sus libros (Las fronteras del neoextractivismo en América Latina; Debates latinoamericanos: indianismo, desarrollo, dependencia, populismo; Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y el despojo) han sido herramientas valiosas para pensar el devenir político, económico y social de América latina en las últimas décadas. 

El lanzamiento de su título más reciente El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo (Siglo XXI Editores), escrito en coautoría con el abogado ambientalista Enrique Viale, fue la excusa para invitarla a una charla abierta vía Instagram (@revistacitrica) sobre los asuntos urgentes de este tiempo: los escenarios post-pandemia, el daño ambiental irreversible, la situación del continente y los futuros posibles.

–Un grupo de intelectuales del que formás parte impulsa desde el comienzo de la pandemia el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. ¿Cuáles son los principales ejes de acción que proponen?

–Al calor de la pandemia, con Enrique Viale estábamos terminando el libro “El colapso ecológico ya llego” y veníamos pensando en la necesidad de apostar a una transición socio-ecológica integral, hacer una apuesta fuerte, porque en un contexto de crisis tan radical, también las salidas tienen que ser radicales. A nivel global hay mucha discusión acerca de la transición social, de hecho, en los países del Norte se viene hablando de un Green New Deal, con diferentes características, sea que lo encontremos en Europa o en diferentes actores. Una de las propuestas viene de la mano de Bernie Sanders y Naomi Klein en EE.UU. Acá en Argentina lo lanzamos con Enrique Viale en mayo. Tuvo tal repercusión que a nivel latinoamericano decidimos complejizarla e incorporar la dimensión intercultural con diferentes colegas y activistas provenientes de diferentes organizaciones sociales y culturales, campesinos, indígenas, feministas, grupos urbanos, rurales; con colegas de Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, entre otros. Lanzamos entonces, a fines de julio, el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, que tiene tres o cuatro ejes principales: la opción por un paradigma de los cuidados, la necesidad de articular la justicia social con la justicia ambiental y la transición socio-ecológica integral. Luego se pueden agregar otros más, sobre todo en la línea de la autonomía y la democracia pensando en los pueblos originarios.

–¿Qué es el paradigma de los cuidados?

–El primero de los ejes está muy ligado al rol que los feminismos populares, los eco-feminismos pero también la economía feminista, tienen en América latina. Promueve el desplazamiento de un paradigma antropocéntrico, que es el que ha generado, mediaciones y complejidades mediante, este desastre ambiental. El paradigma cultural de la modernidad es un paradigma binario, que separa la sociedad de la naturaleza, al ser humano lo considera externo a la naturaleza. Lo que plantea el eco-feminismo es el desplazamiento hacia un paradigma relacional que coloque la interdependencia, leída como eco-dependencia, en el centro: los cuidados, la complementariedad, todo esto que apunta a la sostenibilidad de la vida. Los cuidados tienen muchas dimensiones, pero efectivamente en esta centralidad que tiene la sostenibilidad de la vida, es fundamentar colocarlos en la base.

–¿Cómo se expresa la articulación de la justicia social con la justicia ambiental?

–Es demoler y destruir esta falsa oposición entre lo social y lo ambiental que se buscó instalar en América latina en los últimos 15 años con el boom de los commodities. Si hacemos un balance de lo ocurrido en los últimos 15 años, pese a que se justificó el extractivismo con la idea de reducir las desigualdades sociales, América latina sigue siendo la región más desigual del planeta, donde hay mayor concentración de tierras y donde además se asesinan más activistas de derechos humanos y ambientales. El boom de los commodities redujo la pobreza pero no la desigualdad. La concentración de la riqueza aumentó, esto es realmente problemático porque todos los estudios marcan con claridad que, en realidad, la riqueza producida por el boom de los commodities fue capturada por los sectores más ricos de la sociedad, que aumentaron entre 2012 y 2015 nada más y nada menos que el 21% anual su riqueza, comparado al 3,5% del crecimiento de PBI de los países latinoamericanos. Esto sirve para demoler la idea de que con extractivismo se redujo la desigualdad. Los sectores más ricos aprovecharon esta oportunidad, y encima a costa de la destrucción de los territorios, de la criminalización de las poblaciones, de la especialización y reprimarización de las economías. Para nosotros, el modo de demoler esta falsa oposición de lo social y lo ambiental es planteando un programa, un pacto más holístico, en el cual también tengamos en cuenta la agenda redistributiva. No podemos hacer solamente un pacto verde. El nuestro no es solamente un pacto verde, sino que apunta también a instalar la necesidad de pensar la agenda redistributiva a través de tres ejes.

–¿Cuáles son?

–El primero es el Ingreso universal ciudadano, la renta básica. El segundo tiene que ver con la reforma tributaria. Necesitamos una reforma fiscal. Los sistemas tributarios en América latina son sumamente inequitativos, ni hablemos en Argentina; no existe ni siquiera un impuesto a la herencia porque fue quitado de un plumazo en la última dictadura militar. Los que más pagan son los más pobres y los que más tienen son los que menos pagan. Miren qué difícil que es instalar en Argentina la posibilidad de un impuesto extraordinario a la riqueza. Nosotros no solo creemos que es necesario un impuesto a la riqueza, sino sobre todo es necesario reformar el sistema tributario en un sentido integral. Hay una reflexión de Rita Segato que me gusta mucho respecto de la desigualdad. Rita dice que en nuestras sociedades no podemos hablar de desigualdades, porque es insuficiente. Es tan obscena la brecha de la desigualdad, que es necesario hablar de un mundo de dueños. Estamos en un mundo de dueños, de señoríos. Desde ahí debemos pensar nuestras realidades. Estamos en un mundo de dueños, en un país de dueños. La dueñidad se ha cristalizado en esos súper ricos que controlan la economía y que efectivamente concentran la riqueza. Es necesario entonces hacer una reforma tributaria integral. Y por último, está la cuestión de la deuda, que no es solo social, sino ambiental y ecológica, que arrastran los países del Norte en relación al Sur. Es algo que tenemos que colocar en agenda. Todo eso implica pensar también o barajar y dar de nuevo en términos de multiculturalismo. Lo que murió en esta pandemia también es el rol central que tenía la Organización Mundial del Comercio, no podemos depender más de la OMC, que es la responsable de este modelo de globalización neoliberal. Debemos repensar la multilateralidad en un sentido de justicia socio-ambiental y sobre todo en la relación Norte-Sur. Ésta es nuestra agenda. El tercer punto es, por supuesto, la transición socio-ecológica integral, que incluye la transición energética, la productiva-alimentaria y también la urbana.

–¿Se puede pensar en la implementación de este Pacto desde cada país por separado o hace falta reforzar una idea de unidad latinoamericana para tener una estrategia regional? ¿Qué rol juegan los liderazgos políticos?

–Seguramente requiere de liderazgos y requiere pensar en términos de integración latinoamericana. Sabemos que el escenario latinoamericano está muy fragmentado, a la hegemonía progresista le sucedió una suerte de fragmentación que no sabemos muy bien cómo caracterizar, porque es dinámica y ha tenido muchos cambios en los últimos meses. Es cierto que al calor de la pandemia, organizaciones u organismos multilaterales como la Unasur han estado muy poco activos realmente, no han intervenido. Cada país ha hecho su propia política, con los límites que esto implica no solo en términos geopolíticos, sino en términos de capacidad del Estado; porque no podemos comparar la capacidad que tiene el Estado argentino, que viene de una larga crisis producto del macrismo, con los Estados europeos que tienen las espaldas más anchas. La Unión Europea ahora ha tomado un protagonismo importante y ya ha propuesto, por ejemplo, un plan de recuperación de las economías. El 30% de ese plan  estaría destinado a la producción de energías limpias, la transición energética. En América latina no se ha configurado un polo regional que esté pensando estas problemáticas. Los gobiernos tampoco, de manera aislada, han propuesto en ese sentido una alternativa de transición eco-social. El riesgo es que si no lo hacemos en términos regionales, seamos pensados y lo hagamos de manera obligada al calor de lo que el Primer Mundo decida. Por ejemplo, que el Primer Mundo apueste a una transición energética mientras que en América latina, y en Argentina en particular, sigamos profundizando el extractivismo, la destrucción de los territorios, la explotación del litio. Aseguramos la transición energética para los países del Norte, mientras acá atropellamos a las poblaciones y destruimos ecosistemas frágiles como los salares.  

–¿Qué oportunidades les trae la pandemia a los países de la región?

–Desde mi perspectiva, esta crisis es una oportunidad para pensar en términos regionales qué hacer con el litio, si podemos pensar una transición no corporativa, una transición justa, popular, que les dé a los pueblos del Sur la oportunidad de transicionar hacia energías limpias. Pero bueno, ni siquiera estamos en un estado incipiente, no se discute. Inclusive cuando escuchamos discusiones o a ciertos funcionarios del Gobierno nacional que retoman la idea del Green New Deal, lo hacen de manera muy  superficial y abusiva. Hasta bastardean el concepto. Escuchamos al ministro (Matías) Kulfas y cree que el Green New Deal se hace con Vaca Muerta adentro. No, está equivocado. El Green New Deal implica una descarbonización de las economías, implica desconectar nuestras economías y sociedades de las economías extractivistas, el paradigma de los combustibles fósiles, para ir transicionando. Sabemos que esto no se hace de un día para el otro, pero hay que tomar la decisión y orientarse con esa brújula de la que hablaba (José Carlos) Mariátegui, darle un sentido, que es la transición socio-ecológica. Eso no está en el horizonte de nuestros gobernantes, que siguen pensando y bastardeando inclusive la idea de Pacto eco-social o Green New Deal, que es lo que más conocen, pensando que eso se haría explotando combustibles fósiles, expandiendo la frontera sojera o avanzando también con la megaminería, el extractivismo urbano y tantas formas del extractivismo que destruye los ecosistemas. El problema es que los progresismos latinoamericanos todavía siguen siendo productivistas, extractivistas y están lejos de pensar en una transición socio-ecológica. Siguen apostando a las falsas soluciones, que son las que nos han llevado a esta situación, sin resolver tampoco el problema de la desigualdad.

–Vos hablás de “antropoceno”. ¿Qué significa ese término?

–El antropoceno señala que hemos atravesado un umbral, que estamos en una nueva era geológica en la cual la acción del hombre tiene impactos globales, sin precedentes, que ponen en peligro la vida. Uno de los indicadores es el calentamiento global, la crisis climática a partir de la emisión de gases de efecto invernadero. Pero no es el único. Otros elementos son la pérdida de la biodiversidad, la posibilidad de una sexta extinción que estaría ligada a la acción del ser humano. El antropoceno también está ligado al modelo alimentario y de consumo, y al aumento de la huella geológica. Está caracterizado por la inestabilidad climática y pone en vilo la vida humana y no humana. Hemos consolidado un vínculo destructivo con la naturaleza, debemos reformular ese vínculo con otros lenguajes de valoración del territorio. Hay un incremento del metabolismo social, esto quiere decir que el modelo de consumo que se consolidó demanda más materia prima y energía. Destruimos ecosistemas, explotamos la naturaleza, consumimos productos que recorren cientos de kilómetros para llegar a nuestra mesa. Tenemos que adoptar una perspectiva integral y holística para darnos cuenta de esta enorme crisis civilizatoria que amenaza con la extinción del ser humano. Destruimos las áreas de refugio, nos enfrentamos a algo diferente. Lo que viene ya no será como antes, los desafíos son enormes. El antropoceno nos coloca en un dilema: decidir qué tipo de salida proponemos. Debemos apostar hacia una sociedad post-capitalista, no queremos falsas soluciones que salvan al capitalismo con más capitalismo del caos. Ése es el caldo de cultivo de las extremas derechas, autoritarias y xenofóbicas que se instalan cada vez más.

–En la agenda ambiental del país, ¿cuáles son los principales temas a atender en el corto plazo?

–El capitalismo está en guerra contra la naturaleza y contra la vida. Es necesario tomar decisiones drásticas que impliquen cambios radicales en nuestros modos de vida, recordando que la solución no es individual, sino colectiva. Podemos cambiar nuestros hábitos de consumo, pero si no cambiamos el modelo de desarrollo que se ha consolidado en nuestro país y otras latitudes, es muy probable que no podamos sortear esta encrucijada civilizatoria. En Chubut, desde el 2003, luchan contra la megaminería. El pueblo le ha dicho al gobernador Mariano Arcioni que no tiene licencia social para atropellarlos. Tenemos que apoyar este tipo de luchas que apuntan a la protección de nuestros bienes comunes. No hay otra provincia en donde la resistencia a la megaminería haya generado tanto saber como en Chubut. Promueven una iniciativa popular y ciudadana, juntaron más de 30 mil firmas en medio de la pandemia. También debemos tomar medidas para combatir el cambio climático, un plan que apunte a la transición socio-ecológica integral. Nadie dice que sea fácil. Nos toca navegar en estas aguas turbulentas. No tenemos un manual de preguntas y respuestas, pero sí tenemos una guía, una brújula. Queremos una sociedad solidaria, democrática, igualitaria, resiliente; y para ello tenemos que transicionar. Es necesaria la articulación entre la justicia social y la justicia ambiental. Somos cada vez más conscientes de que estas dinámicas locales vinculadas a los modelos de mal desarrollo aceleran el colapso ecológico. Sabemos que hay responsabilidades geopolíticas. Debemos avanzar con leyes protectoras, mejorar la Ley de Bosques que no da resultado, cuidar la Ley de protección de los glaciares que ha sido atacada, sancionar una Ley de Humedales, dar herramientas a los estados provinciales –más allá del Gobierno nacional– para que se cumplan esas leyes. No hay voluntad política. El poder político es socio, sino es cómplice, de los grandes intereses que están en juego. No están a la altura de tomar decisiones, esto es un problema. No hay medidas para mitigar o adaptarnos al cambio climático.

–¿Qué hacemos con Vaca Muerta?

–Hay que abandonar el paradigma fósil, hay que abandonar Vaca Muerta y la explotación de energías extremas para avanzar hacia las energías limpias. Están dadas las condiciones para discutir seriamente qué hacer con el litio, si hay metodologías que impliquen la extracción sin avasallar los derechos de las poblaciones originarias. Hay que incorporar a las poblaciones que habitan esos territorios y a los sectores científicos que están estudiando la temática.

–¿Y en cuanto al modelo agroalimentario?

–Cuando hablamos del régimen alimentario, sabemos que el modelo productivo del agronegocio es dominante. Es el problema socio-ambiental más importante del país: implica concentración de tierras, es un sistema de agricultura sin agricultores, insustentable por donde se lo vea. El impacto del glifosato es incalculable. El modelo agroecológico no solo responde a una ciencia, es también un movimiento social, cultural y político que se extiende por toda América latina. Se basa en la experiencia, el saber y el conocimiento de pequeños y medianos propietarios de tierras; campesinos e indígenas que vienen recreando otra manera de habitar el territorio sin agroquímicos, sin depender del paquete tecnológico que manejan las trasnacionales. Hay sectores de la economía tradicional que ven que es rentable y que es posible producir sano. Es un modelo viable. Hay que apostar a un cambio en el modelo de agricultura. El 70% de los alimentos dependen de pequeños y medianos productores, que sólo tienen el 30% de las tierras. Gran parte de la insustentabilidad del modelo no está solo ligado al modelo de apropiación y extracción de la naturaleza, sino también al modelo de consumo, de distribución y circulación de bienes y al modelo de producción de desechos. La expansión y concentración de las poblaciones en las ciudades, lo exacerba. En el planeta, más del 52% de las personas habitan en ciudades; en América Latina, el 80%; y en Argentina, más del 90% viven en ciudades. 

–¿Cuáles son las experiencias de lucha que pueden ayudarnos a encontrar una salida?

–En Argentina hay unas líneas de acumulación de luchas no solo contra el extractivismo, sino por la soberanía alimentaria, y también cada vez más el animalismo, que tienen sus cosas para decir. Y en los últimos dos años se han sumado a este ambientalismo popular, los y las jóvenes, que tienen una gran potencia y que buscan instalar en la agenda, en todas las agendas, estas problemáticas ligadas a la justicia climática. Es necesario articular y hacer la lucha más interseccional, sobre todo articulando con las luchas feministas y sindicatos. Es necesario hablar con los sindicatos una transición justa, es necesario también cada vez más interpelar al campo llamado progresista y también de izquierda, que no se puede ser de izquierda o progresista, que no se puede ser feminista, sin ser ecologista también. Eso creo que es necesario interpelar. La narrativa ecologista es muy potente, es la que está construyendo, además, la idea de una transición socio-ecológica integral. Es necesario, en ese sentido, entablar una conversación, una articulación, con otras narrativas. Insisto: la narrativa feminista, sindicalista, la de los movimientos territoriales, urbanos y rurales… yo creo que hay que interpelar a todos los actores, no solo las y los jóvenes que cumplen un rol fundamental. En los últimos tiempos también gente del campo de la cultura, de la literatura, se ha incorporado a esta lucha y es muy bueno ver que cada vez hay más voces. Esas voces son muy plurales para dar cuenta de que, por ejemplo, no hay cultura sin mundo. Esto no es una cuestión de vanguardias, sino una cuestión de trabajo, de involucrar a toda la sociedad, porque lo que está en juego no es más ni menos que la vida y las posibilidades de reproducción de la vida. El capitalismo atenta contra la vida, está destruyendo la naturaleza y pone en riesgo lo humano y lo no humano. Esto es lo elemental que hay que comprender, y para esto es fundamental articular las luchas. Uno de los actores fundamentales que debemos incorporar rápidamente son los sindicatos, los sectores sindicales, que son los más renuentes, sobre todo porque ven amenazados puestos de trabajo que desparecerían en la transición energética hacia formas de energía limpia; cuando en realidad un mundo post-fósil augura también la posibilidad de creación de numerosos empleos de servicios ligados al cuidado pero también a las energías limpias, las llamadas energías verdes.