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"Somos las voces de nuestros hijos, porque ellos ya no se pueden defender"

por Revista Cítrica
01 de marzo de 2019

Se cumplen dos años de la masacre de Pergamino. Siete chicos murieron en la Comisaría Primera de la ciudad a causa de un incendio que los policías no hicieron nada por apagar. Sus madres piden justicia y defienden sus memorias.

Nota de Leandro Albani publicada por La Tinta

Este 2 de marzo, se cumplen dos largos años desde que ocurrió la Masacre de Pergamino. En esa fecha, pero de 2017, siete jóvenes murieron en la Comisaría Primera de la ciudad al producirse un incendio. Los policías que se encontraban en la seccional, incluido el entonces comisario Alberto Donza, estuvieron al menos cuarenta minutos observando cómo se consumían las vidas de Sergio Filiberto (27 años), Franco Pizarro (27), Fernando Latorre (24), Alan Córdoba (18), Juan José Cabrera (23), John Claros (25) y Federico Perrota (22). Los uniformados no llamaron a los bomberos ni al servicio de emergencia médica, como se explica en la causa judicial a cargo del magistrado de garantías César Solazzi. Cuando lo hicieron, los policías se abocaron a entorpecer, durante veinte minutos, las acciones de rescate de los bomberos, algo que también consta en la causa.

Los familiares de los siete pibes, junto al colectivo “Justicia x los 7”, comenzaron un año intenso que tiene como objetivo final el juicio –que todavía no tiene fecha fija- en el que se encuentran imputados Sergio Rodas, Brian Carrizo, Matías Giulietti, Carolina Guevara, Alexis Eva y el propio Donza, que podrían recibir condenas de entre cinco y quince años de prisión. El ex comisario y Eva se encuentran recluidos en el penal de la localidad de Campana, mientras que los otros cuatro responsables de la masacre fueron beneficiados con el arresto domiciliario, medida repudiada por los familiares de los chicos.

Estaban bajo la custodia del Estado, pero el Estado se encargó de matarlos. Eso estamos tratando de hacer entender a la gente. 

Para este 2 de marzo, en Pergamino, se realizará una marcha para denunciar el asesinato de los pibes y una jornada cultural en el Parque España. Al mismo tiempo, en la ciudad colombiana de Yumbo, de donde era Jhon Claros, su madre Carmenza también organizó una marcha para denunciar la masacre.

La tinta dialogó con Cristina Gramajo (madre de Sergio Filiberto) y Silvia Rosito (mamá de Fernando Latorre) sobre estos dos años de luchas, de dolores profundos, aprendizajes y de los desafíos inevitables en los días que vendrán.

--¿Qué balance hacen de estos dos años desde la masacre?

--Silvia Rosito (SR): Estamos con mucha expectativa que nos acompañe mucha gente y que cambie un poco el pensamiento de la sociedad. Queremos llegar al juicio bien, enteras, firmes.

--Cristina Gramajo (CG): Son casi dos años de una lucha desigual porque estamos luchando contra una corporación, en una ciudad muy conservadora, con muchos prejuicios, donde el estigma mata. Utilizamos la palabra “justicia”, pero, para nosotras, no existe, porque el ser más amado, que es un hijo, lo perdimos por injusticia. La justicia sería que no vuelva a suceder, pero, lamentablemente, la realidad nos muestra lo contrario. En cuanto a la ciudad, tenemos que seguir caminando muchísimo más para lograr que entiendan cuál es nuestra lucha. Nosotras no decimos que los chicos merecen un premio ni nada por el estilo. Al contrario, siempre decimos que ellos estaban cumpliendo con lo que la justicia les había marcado. Estaban privados de su libertad cuando para los jóvenes la libertad es lo máximo que tienen, es su máximo goce. Estaban bajo la custodia del Estado, pero el Estado se encargó de matarlos. Eso estamos tratando de hacer entender a la gente. Y que nadie está exento de ese abuso policial, de la represión policial, de esa política de Estado, porque es algo que vemos a diario.

--SR: Hasta que no te pasa, no entendés. Muchas veces, en las propias marchas, nos han dicho “¿dónde estabas vos?” o nos gritan que eran unos pibes chorros. Pedimos justicia a una justicia injusta, porque nuestros hijos no vuelven nunca más, por más que le den una condena ejemplar a los policías. Eso no me va a alcanzar, porque Fernando no vuelve más. Creo que, como me pasa a mí, les pasa a todas las madres. Nos quedó un gran vacío que no lo vamos a llenar con nada, ni siquiera con una justicia ejemplar. Cuando salimos a las calles y marchamos, mostramos nuestras caras y muchos dicen “ahí están las madres de los chorros”. Nosotras no salimos a defender la delincuencia, sino a decir que si nuestros hijos cometieron un error, lo estaban pagando y no tenían por qué terminar así sus vidas. A ellos tampoco les dieron una oportunidad porque murieron siendo inocentes, ninguno tenía una condena firme.

--CG: Detrás de cada uno de los chicos, hay una vida, en el que el Estado también estuvo ausente. En muchos de los chicos, había un común denominador que era la adicción o el consumo problemático. A veces, se pierde el horizonte y, en el menor descuido, cometés un error y ese error no debe ser pagado con la vida. Sabemos que no sólo nuestros chicos tenían ese problema, es una realidad que está muy inmersa en nuestra juventud y que el Estado no se hace cargo. Hay intereses creados a su alrededor que lo hace más difícil. El estigma mata, porque, al criminalizarlos, hace que los mismos chicos se auto-excluyan, porque los miran distintos. En cambio, si la sociedad empieza a ver esto como dice la Ley de Salud Mental, que es una enfermedad o una afección, sería mucho más fácil para los chicos poder rearmarse. En el caso de mi hijo, no pudo elaborar el duelo de su padre y eso marcó todavía más su problemática.

Aprendimos: a defender la memoria de nuestros hijos, que fue muy pisoteada. Por un error que cometieron, nadie puede poner en la balanza toda una vida.

--En estos dos años, ¿qué aprendieron?

--SR: En este tiempo, aprendimos un poquito de todo: a ser abogadas, a ser médicas forenses. Aprendimos a ver, a preguntar, a investigar, a leer la causa judicial. Tratás de imaginar todo lo que pasó, pero parás porque no podés seguir y al otro día volvés a leer. Quiero estar preparada, estar fuerte, firme. El día del juicio va a ser muy doloroso para nosotras al estar enfrente de los seis policías. No sé qué pasará por la cabeza de ellos al vernos a nosotras. Siempre pienso que no tuvieron un poquito de empatía con la vida para decir “están pidiendo auxilio, están rogando por sus vidas”. Imagino a mi hijo agarrado de las rejas pidiendo por favor que lo saquen de ahí adentro porque tenía familia. Los policías no tuvieron ni un poquito de respeto por la vida. A veces, me siento muy preparada para llegar a ese día y, a veces, fracasada por sentir que no estoy fuerte.

--CG: Otra cosa que aprendí es que, como mamá, no tengo que sentirme culpable por la decisión de mi hijo. A nuestros hijos los conocemos adentro del hogar, sabemos cómo lo formamos, pero la vida no está sólo dentro de la casa, sino que está en la calle y la calle está muy difícil. No sé si el Estado no se da cuenta o es su fin hacer todo más difícil para una franja de la población. Como mamás, aprendemos que nos queda un legado y que otras madres no pasen por lo mismo. Y hacer siempre hincapié en que la adicción es algo difícil y, para ciertos chicos, es más difícil, entonces, la sociedad tiene que estar ayudando. Me acuerdo que alguien me dijo “te animaste a salir”. ¿Cómo no me voy a animar a salir? Estoy defendiendo la memoria de nuestros hijos. Eso es lo que aprendimos: a defender la memoria de nuestros hijos, que fue muy pisoteada. Por un error que cometieron, nadie puede poner en la balanza toda una vida. Aprendimos a ser la voz de los que callaron.

--¿Cómo fue comenzar a relacionarse con familiares de víctimas del gatillo fácil?

--SR: No sé si es el sentimiento el que realmente te une, porque la otra mamá está sufriendo lo mismo que vos. Sentís ese abrazo diferente con una mamá que perdió un hijo en estos casos. Porque te arrancan un hijo de tu vida. El afecto es lo que más no une. Sandra Gómez (madre de Omar Cigarrán, asesinado por la policía en 2013 en La Plata) te manda mensajes o un audio diciendo “vamos, arriba las que luchan, no bajen los brazos, tenemos que salir adelante”. Hay muchas mamás que nos acompañan, como Emilia Vassallo (madre de Pali Alcorta) o María Viera (mamá de Fabián Gorosito). Al escucharlas a ellas, tomamos la fuerza para estar firmes, porque si no salimos nosotras a luchar por nuestros hijos, no lo va a hacer nadie. Como mamás, somos las voces de nuestros hijos, porque ellos ya no se pueden defender.

--CG: Lo que nos ayudó muchísimo fue que la Asociación de Derechos Humanos de Pergamino nos puso en contacto muy rápidamente con la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), que lleva cientos de estos casos. A los pocos días, la CPM llevó a Pergamino a familiares que estaban pasando por lo mismo y eso fue un abrir la cabeza. Siempre doy como ejemplo que, en los 28 días que le llevé la comida a mi hijo, nunca me fijé que la comisaría estaba señalada como centro clandestino de detención durante la dictadura. Aprendimos a abrir la cabeza y tener otra mirada. Empezás a analizar muchas cosas que tus hijos te dijeron y ahora lo mirás de otra manera.