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Santiago Maldonado no votó

por Horacio Dall'Oglio
16 de agosto de 2017

Desde que se lo llevó la Gendarmería, Santiago no sólo se perdió ejercer su derecho al sufragio sino también observar cómo el poder político intenta negar su desaparición.

Santiago Maldonado no votó, ni escuchó que su presidente de mesa, bien empilchado para la ocasión y con una bolsita de caramelos de miel a mano, le pidió el documento mientras dos o tres fiscales corroboraban los datos en sus respectivas planillas y repetían, algo aburridos, “Maldonado, orden 346”. Tampoco esperó para ingresar al cuarto oscuro con el sobre en la mano; ni, una vez allí, se paró frente a los bancos escolares donde se exhibían las listas con tantas figuritas repetidas y tantos nuevos monigotes; ni se dio vuelta y miró al pizarrón con el mensaje escrito con tizas que exigía: “Sin Santiago no hay democracia. El Estado es responsable”.

Santiago Maldonado no votó, ni consultó los padrones en la entrada de la Escuela N° 33 de 25 de Mayo, ni leyó el cartel que anunciaba los “Delitos electorales”, con penas de “uno a tres años”, para quien “con violencia o intimidación impida ejercer un cargo electoral o el derecho al sufragio”; o quien “prive de la libertad, antes o durante las horas señaladas para la elección, para imposibilitarle el ejercicio de un cargo electoral o el sufragio”; ni tampoco vio la bandera pintada con urgencia, bronca y esperanza, en la entrada de la escuela que decía: “Gendarmería: Acá falta Santiago Maldonado. Aparición con vida ya!”.

Santiago Maldonado no votó, ni se tomó un desayuno entre amigos, con un café lágrima y medialunas perfumadas con abundante agua de azahar, en la previa a cumplir con su derecho ciudadano, como el que se tomó la gobernadora bonaerense con los precandidatos de su partido; ni vio cómo, apenas le preguntaron por él, en su muy informal y muy coucheada conferencia de prensa, María Eugenia Vidal, con su pelo planchado y su sonrisa calculada, de pronto pasó el micrófono con gesto de no-me-tiren- a-mí-el-muerto-. Tampoco se comió un choripán a la salida de su votación, en alguna improvisada parrilla humeante a la vuelta de la escuela N° 33 de 25 de Mayo porque, además, como dijo su hermano Sergio, Santiago es “un vegetariano que no mata una mosca, porque es su filosofía de vida”.

 Santiago Maldonado no votó, ni estuvo en su casa del barrio Los Hornos, en El Bolsón, el día anterior a las elecciones, para abrirle la puerta al juez Guido Otranto y evitarle la molestia de romper la puerta para ingresar a su domicilio; ni para invitarlo a que se saque su bien abrigada campera azul inflada, sienta el cobijo de una pequeña casita humilde pero cálida,  y se tome un té o unos mates; ni para impedir un mega operativo con policías, perros y drones en la Biblioteca del Río lindante,  ni para pedirle a los efectivos que no se pasearan con sus armas largas mientras niños y niñas realizaban una actividad cultural. Como tampoco estuvo Santiago el día anterior en Esquel para pedirle disculpas al señor intendente de aquella ciudad, Sergio Ongarato, que se sentía afligido porque su desaparición (¡qué ganas de hacerlo en temporada alta!) “complica  desde el punto de vista turístico”.

Santiago Maldonado no votó, y tampoco estuvo en la multitudinaria marcha en Plaza de Mayo que reclamó por su aparición con su rostro impreso en miles de fotos que se alzaron durante toda una tarde, o se llevaron en el pecho, cerquita del corazón; ni escuchó a la gigante de Taty Almeida arengar a las miles de almas que allí se congregaron al grito de “Ahora/Ahora/Resulta indispensable/Aparición con vida y castigo a los culpables”; ni vio cuando la Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, desde el escenario, alzó también la foto, con sus manos curtidas por el tiempo y la lucha, hasta la altura del micrófono y, por un segundo, el rostro de Santiago se hermanó con el histórico pañuelo blanco. Tampoco estuvo allí cuando su hermano Sergio leyó un texto punzante de su autoría, ni cuando este pidió con su voz ronca de incertidumbre: “¡Que aparezca Santiago! ¡Lo antes posible!”.

Santiago Maldonado no votó, como tampoco estuvo unos días antes en Parque Patricios para escuchar a La Renga en el estadio de Huracán; ni coreó “Vamos La Renga, con huevo vaya al frente, que te lo pide toda la gente…”; ni saltó alegre en medio de “Cuándo vendrán los días de sol/y no tener más esa nube en el cielo”, ni hizo pogo con “Hablando de la libertad”; ni vio su foto reproducida en cuatro pantallas gigantes, con su barba y su pañuelo; ni escuchó a Chizzo Nápoli, con su “garganta con arena”, decir -justo después de “Lo frágil de la locura” y de “Ya que vas a escribir, dijo/ cuenta de mi pueblo, /pobreza y dolor solo trajo el progreso./  La cultura de la traición y los indios en los museos”-: “Para Santiago Maldonado, que aparezca por favor”; ni gritó “¡Es para vos, es para vos, Mauricio Macri la puta que te parió!”

Santiago Maldonado no votó, y tampoco anduvo por Entre Ríos haciéndose pasar de artista de circo; ni compró agua en un kiosco; ni se mudó a un barrio de Gualeguaychú “donde todos se parecen” a él; ni se “extravío”, como se ensañan en repetir todos los políticos, jueces y periodistas chupamedias y alcahuetes del poder real que se adueña de la tierra y de todo lo que haya dentro de ella; ni se encuentra orquestando, en la clandestinidad, una oximorónica  “república autónoma y mapuche en el medio de la Argentina”.

Santiago Maldonado no votó, y no sabemos si volverá a hacerlo, porque está desaparecido desde la última vez que se lo vio con vida, cuando apoyaba, como otras veces ya lo había hecho, a la comunidad Pu Lof en Resistencia del Departamento de Cushamen, y arreció una nueva cacería de Gendarmería Nacional sobre los territorios recuperados al empresario Luciano Benetton.

Santiago Maldonado no votó porque está desaparecido desde  el 1° de agosto, cuando se lo vio a la orilla del río Chubut, agarrándose de unas ramas y con un gendarme encima.