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“Nos golpean, nos rompen los brazos, y nadie dice nada”

por Mariana Aquino
Fotos: Juan Pablo Barrientos
06 de junio de 2018

Después de la feroz represión que sufrió en Flores de parte de la Policía de la Ciudad e Infantería, Kane Serigne Dame denuncia la violencia y persecución que vive diariamente la comunidad senegalesa. Él, tras ser hospitalizado, pasó la noche en la comisaría.

“Triste”. Así se siente Kane Serigne Dame. Eso es lo que nos llega a decir en las pocas palabras en castellano que habla cuando le preguntamos: ¿Cómo estás?, ¿Cómo te sentís?. A Serigne le duele ese brazo cubierto por entero de vendas, y los golpes que le pegó la policía, con sus palos, en la cabeza. “Me duele todo el cuerpo”, dice. Pero lo que más le duele es la tristeza. Le duele que no lo dejen trabajar. Le duele que cuando terminen los 15 días de reposo -o mucho antes porque las necesidades apremian- tendrá que volver a la calle a trabajar; le volverán a secuestrar la mercadería, lo volverán a golpear y otra vez el delito se lo endilgarán a él. Para los violentos, para los que pegan, para los que administran una ciudad con represión, para los que persiguen a los trabajadores y trabajadoras, todo seguirá igual.

¿Qué pensás ahora de Argentina?¿Vas a seguir haciendo lo mismo cuando te recuperes? “Sí, no queda otra”, contesta. Serigne vende zapatillas en Flores. Llegó hace dos años al país: al principio trabajaba en Liniers, donde la policía le secuestraba la mercadería; ahora está en Flores, donde debe escapar de la policía para poder trabajar.

Kane Serigne Dame está cansado. Más que de costumbre. Porque vivir como vive, trabajar como trabaja, debe cansar mucho: vive en Ciudadela, en una pieza al fondo de un garaje al costado de la estación de trenes del Sarmiento. No tiene ducha: se baña con ollas calientes. Junto a su hermano, que vende ropa, va a comprar la mercadería a La Salada. Y después la parte más difícil: venderla sin quedarse quieto un segundo: caminando continuamente. Porque si se frena, si se instala un rato en un lugar, la policía puede decir que su venta no es ambulante, que eso es un delito porque está “usurpando el espacio público”.

Estaba caminando simplemente y me empezaron a agredir. Me quisieron quitar las cosas.

“Descansé un poco pero me falta todavía, estoy agotado. Desde ayer a hoy todo fue muy largo”, reconoce acostado en su colchón, Kane Serigne Dame – así con los tres nombres lo llaman sus amigos- y nos cuenta lo que pasó: el violento accionar de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires que lo hirió gravemente y le hizo pasar la noche entera en la comisaría. A su imagen en el suelo, todo ensangrentado, que fue censurada por Facebook (además desde entonces la empresa de Mark Zuckerberg no le permite a Revista Cítrica hacer ninguna publicación) ahora le podemos poner sus palabras.

Kane Serigne Dame nos habla en su idioma, otro compañero senegalés escucha por teléfono, desde Flores, y mientras le vende algo a una señora, nos traduce: “Estaba caminando simplemente y me empezaron a agredir. Me quisieron quitar las cosas, salí corriendo, me agarraron, me empujaron y me seguían golpeando. Yo no le pegué a nadie, ellos me pegaron a mí. Me empujaron contra una vidriera. Tres policías me empujaron contra el vidrio de un local. Me golpean a mí, y me llevan detenido a mí. Sólo estaba trabajando. A mí solo me pegaban, todos juntos. Cuando me empujaron, me caí, y ahí me seguían lastimando y me lastimaron mucho el brazo. La policía es muy mala con nosotros. Si vendemos nos molestan”.

Una persecución al trabajo, sin dudas: “Nosotros no queremos quilombos pero la situación se complicó, antes trabajábamos tranquilos, ya no. Nos puede decir las cosas bien, no nos deben golpear. Nos quitan las cosas, nos golpean. Nosotros no vinimos para que nos golpeen, solo venimos para trabajar a la Argentina. Dicen que los negros golpeamos a la policía y no es cierto. No es para pelear que vinimos acá”, lamenta Kane Serigne Dame. Lamenta que no le queda otra alternativa. Debe trabajar aunque no lo dejen. Aunque no lo deje la policía, aunque sepa que lo van a golpear, aunque se vaya a lastimar, aunque no le pasé el dolor: “Cuando me recupere tengo que volver a trabajar porque no queda otra. Y si no me pasa el dolor igual tengo que volver, porque necesito”.

Tres policías me empujaron contra el vidrio de un local. A mí solo me pegaban, todos juntos.

“La policía lo golpeó y empujó. Queremos denunciar eso. No queremos que esto siga así. Nos golpean, nos rompen los brazos y nadie dice nada”, traduce el compañero senegalés del otro lado del teléfono. “¿Con qué siguen? No podemos seguir así…. No nos pueden lastimar más. Si dejamos pasar esta, va a ser cada vez peor. Hay que denunciarlo”, agrega y nos deja porque tiene que seguir vendiendo. Necesita trabajar. Y  Kane Serigne Dame necesita descansar, porque más temprano que tarde la necesidad lo apremiará. “Me duele todo el cuerpo, me duelen los golpes en la cabeza, el brazo, todo. Me cocieron el brazo. Duele”. Le duele el alma. Es gigante, es fuerte, pareciese que nada le puede doler. Pero sí. La injusticia de querer trabajar dignamente y no poder, le duele. Aún más que los golpes.