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La ciencia argentina: del ajuste macrista a la lucha contra el coronavirus

por Diego Lanese
20 de julio de 2020

Sistemas de testeos, un suero autoinmune, el plasma sanguíneo y hasta una posible vacuna son parte de los avances que científicos desarrollaron en el país desde que se declaró la pandemia. Luego de cuatro años de recortes y ajustes, la ciencia asume un lugar de protagonismo, y la sociedad comienza a revalorizar su necesidad para el desarrollo general.

Durante la gestión presidencial de Mauricio Macri, el presupuesto para ciencia y tecnología bajó un 38 por ciento en términos reales. Mientras que en 2015 el gasto en la materia era el 1,46 por ciento del presupuesto nacional, en 2019 apenas llegó al punto de los gastos generales. Lejos de la promesa de llevar los recursos científicos al 1,5 por ciento del PBI, el macrismo cerró su mandato con fondos equivalentes al 0,22 por ciento del Producto Bruto. Con esas bases debilitadas, con un ministerio degradado a secretaría y varias instituciones virtualmente paralizadas, este año la ciencia argentina se puso al frente de la lucha contra el coronavirus, en el marco de una pandemia histórica que todavía no se sabe cómo terminará.
 
Desde ese pozo presupuestario, que incluyó una feroz desfinanciación de centros claves como el CONICET o el instituto Malbrán, la ciencia argentina asumió el desafío de enfrentar al Covid-19. Los científicos y las científicas del país se pusieron a trabajar en distintos aspectos del virus, hasta ese momento desconocido en el planeta. En poco tiempo, los avances quedaron a la vista: al menos tres formas de testeos nacionales, dos sueros para tratar casos severos de la enfermedad, estudios del genoma y hasta un proyecto para desarrollar una vacuna propia. Además, se abrieron líneas de investigación que incluyen trabajos sobre el efecto del aislamiento y proyecciones sobre las consecuencias económicas y sociales. Todas coordinadas por el recuperado Ministerio de Ciencia y Tecnología, las universidades públicas y consorcios de colaboración con sectores privados.
 
Made in Argentina
La primera medida tomada por el gobierno nacional para enfrentar la pandemia fue crear la denominada Unidad coronavirus Covid-19. En este espacio, unos 200 científicas y científicos argentinos comenzaron a trabajar en las distintas ramas de investigación para enfrentar al coronavirus. Coordinada por la viróloga Andrea Gamarnik, de la Fundación Instituto Leloir, y el doctor en bioquímica y especialista en inmunología Jorge Geffner, su trabajo tomó rápidamente visibilidad, pese a los escasos recursos. La primera medida fue lanzar un programa de financiación de proyectos de investigación de 50 millones de pesos, puntapié inicial para la carrera de la ciencia argentina contra el Covid-19.

La vacuna nacional no será de las primeras en salir al mercado pero apunta a otro aspecto: a la soberanía sanitaria y científica.

Los resultados se pudieron ver de inmediato. En mayo se presentó el “Covidar IgG”, el primer análisis nacional para diagnosticar el mal, desarrollado por un grupo encabezado por Gamarnik. El “Covidar IgG” detecta en sangre anticuerpos del virus, a través de la técnica Elisa, usada para testear enfermedades como el Sida o la hepatitis B. “Esto es el fruto de la inversión del CONICET para generar recursos humanos. El criterio y la experiencia de nuestra ciencia no se compran de un día para el otro, llevan muchos años de formación”, destacó la investigadora.
 
Ese mismo mes, el presidente Alberto Fernández recibió los primeros testeos producidos por el país en base a muestras ARN, que a diferencia de los testeos tradicionales (que usan Reacción en Cadena de la Polimerasa o PCR) permite en dos horas resultados confiables. Además, por sus características es más barato, tanto en la producción como en el desarrollo. El “Neokit-Covid-19” fue uno de los primeros logros de la unidad. A las pocas semanas, llegó el tercer desarrollo nacional para detectar contagios: el kit Ela-Chemstrip, un producto creado por las universidades nacionales de San Martín (UNSAM) y de Quilmes (UNQ) y dos pymes tecnológicas. A través de un hisopado, se usa tecnología más barata que la RT-PCR, y se comenzó a usar en hospitales y laboratorios del interior.
 
Vacuna y soberanía
 Durante estos meses, las distintas estrategias para mitigar la pandemia fueron eje de discusiones y polémicas, y lo que funcionó en algunos países fue inútil en otros. Lo cierto es que hay coincidencia en que para volver a la “normalidad” es necesario lograr una vacuna efectiva. En el mundo hay unos 150 proyectos censados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), de los cuales 19 están en fase III, es decir, se están probando en humanos. El país tiene un proyecto de vacuna, en fase preclínica –estudios in vitro –que a partir de un subsidio de 100 mil dólares otorgados por la Unidad Covid-19 inició su trabajo, a cargo de Juliana Cassataro, investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas Dr. Rodolfo Ugalde de la Universidad de San Martín. Según explicó, el desarrollo “se basa en la producción de proteínas o regiones de proteínas presentes en la superficie de SARS-CoV-2 que son clave para el proceso de infección en el cuerpo, a través del enlace con un receptor de las células humanas”.
 
La vacuna nacional, se sabe, no será de las primeras en salir al mercado. Cassataro espera que la fase preclínica lleve de 9 a 12 meses, y luego se deberán buscar más recursos para seguir el desarrollo. Pero la importancia de continuar con el estudio apunta a otro aspecto: la soberanía sanitaria y científica. “Siempre es bueno tener estas iniciativas, lo que avancemos se puede acoplar a otros proyectos, y así contribuir al desarrollo científico. Los monstruos farmacéuticos tienen la capacidad financiera y el afán de lucro para avanzar más rápido, pero es importante lo que se está haciendo en el país”, sostuvo Lautaro de Vedia, ex presidente de Sociedad Argentina de Infectología (SADI).

Se están financiando 137 proyectos relacionados con la pandemia.

En los últimos días, la inclusión de la Argentina en el futuro ensayo clínico en humanos de la vacuna de los laboratorios Pfizer y BioNTech fue recibido como un espaldarazo a la labor de la ciencia en general. “Nuestro país avanzó mucho, tiene muy buen nivel de investigación, no con los recursos que uno quisiera, pero se ha trabajado muy bien”, afirmó De Vedia, que remarcó que los estudios de vacunas buscan, además de condiciones estructurales (hospitales, laboratorios), que haya pacientes de diversas características, otro punto a favor del país. 
 
Salir del pozo
 La recuperación del Ministerio de Ciencia y Tecnología fue el primer paso para salir de la crisis estructural en la que el macrismo puso al sistema científico del país, incluso a las universidades, que colaboran en la financiación del 70 por ciento de los institutos del CONICET. En 2019, el principal centro de investigación y formación del país vivía una situación crítica, producto del ajuste, que incluyó una caída abrupta de los ingresos, que en los cuatro años de gobierno de Cambiemos fue la más baja desde 2003. “Estamos muy contentos de cómo respondió el sistema científico a la crisis, hay una reserva de recursos humanos muy buena, en formación y en infraestructura que fue resguardada”, resaltó Juan Manuel Sueiro, de la junta interna de ATE en el CONICET. El dirigente destacó la gestión de Ana Franchi al frente del organismo: “Fortaleció programas y proyectos de investigación. En medio de la pandemia se dio respuesta mostrando la capacidad de desarrollo del sistema científico”.

 En tanto, el Instituto Malbrán –encargado de centralizar las muestras de coronavirus –también debió afrontar el enorme desafío con una mochila pesada, ya que entre 2015 y 2019 sufrió una constante desfinanciación. El Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) determinó que durante la gestión anterior “vio reducir su partida presupuestaria nacional en un 28,5 por ciento en términos reales”. “Sin dudas se demostró que sin inversión en ciencia y tecnología es muy difícil tratar de construir una matriz productiva, con valor agregado. En esto se demuestra la necesidad del conocimiento”, destacó Sueiro.
 

Además de los testeos y las vacunas, la ciencia argentina está usando plasma de personas recuperadas para tratar a otras con cuadros graves de Covid-19 –como sucedió con el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde –y desarrolla un suero autoinmune a través de caballos. También secuenció el genoma del virus, detectó cepas nuevas, desarrollo mecanismos de esterilización de superficies, estudió la presencia del Covid-19 en desechos cloacales o sobre el impacto en la vida de las mujeres. Todo en el marco del programa que financia desde junio 137 proyectos relacionados con la pandemia, con recursos superiores a los 90 millones de pesos. “El gran desafío es que como sociedad nos demos cuenta de la importancia que tienen la ciencia y la salud pública”, remarcó el infectólogo De Vedia.