Compartir

El peso de la gordofobia

por Florencia Da Silva
Fotos: Agustina Salinas
22 de mayo de 2021

Las empresas de alimentos dietéticos, el imperio Cormillot, las dietas milagrosas que proponen la salvación y los medios masivos contribuyen a la estigmatización de los cuerpos que no encajan con los estándares de belleza. Dos mujeres cuentan cómo sufrieron la gordofobia.

Anaclara Revori nunca se había sentido fea ni incómoda con su corporalidad. Pero a medida que fue creciendo, comenzó a vivir situaciones donde le decían que su cuerpo y su salud estaban mal. Empezó puertas adentro: a sus 10 años la comida ya era una restricción. En vez de frito, al horno; en vez de puré, ensalada; y en Pascuas el huevo de chocolate más chico. Ana se crió en Villa Gesell y durante los veranos mientras sus amigas jugaban en la playa, ella iba al nutricionista. Luego se sumaron las famosas semillas en las orejas -auriculoterapia-. Le daba vergüenza. Nadie en el curso las tenía, solo ella. Y el pelo suelto no era una opción, porque como tenía rulos le decían colita de chancho. Cualquier opción hubiera sido motivo de burla. 

Con 18 años y la presión por ser flaca comenzó a inducirse el vómito, a contar calorías, a incluir a la vaselina en sus comidas y a tomar el famoso café verde. Luego, llegaron los medicamentos para adelgazar. Ana quería perder peso rápido y esas pastillas se presentaban como la magia que lo lograría. Se lo había recomendado su psicóloga de aquel momento porque ella también las tomaba. Así que fue con una “médica estética” que era reconocida por hacer pastillas que sacaban el hambre. Y cumplió lo que prometió. Prácticamente no comía. Las tomó durante dos años y cuando dejó de tomarlas, vino el efecto rebote. No habían servido de nada. 

Después de pasar por mil métodos peligrosos, comenzó a ir a consultas médicas. Se hizo un análisis de sangre y la atendió una médica gorda. Lo primero que le dijo fue: “Todos los médicos nos ven así. Por ser gordos estamos mal”. Y Ana pensó: A personas delgadas no le cuestionan su estado de salud ¿Por qué por mi peso creen que voy a tener colesterol alto? Todo lo reducen a hacé dieta y dejá de comer. 

Cormillot no tiene idea de esto. Es un sistema fordista de dieta, industrial, desconectado de toda humanidad. Un delincuente.

Ahora Ana tiene 30 años y hace muy poco tuvo tres intentos de suicidio. Fue por un cúmulo de diversas situaciones que la afectaron pero la gordofobia influyó mucho. No aguantaba tantas presiones. En el trabajo de sus sueños la juzgaban por lo que comía y por cómo se vestía. Estuvo en rehabilitación y cuando se recuperó pensó en la posibilidad de hacerse una cirugía bariátrica pero se encontró con la cuenta de Instagram de @yesi_kreyes, quien había pasado por el procedimiento quirúrgico y contaba en sus redes cómo violentaron su cuerpo y cómo le afectó negativamente. Escucharla la ayudó a sanar y entender que esa cirugía no sería una llave mágica a la felicidad

Pasar por cada intento de ser flaca la había destruido. Pero Ana se dio cuenta: la sociedad la había convencido de que era una gorda enferma. Así que finalmente decidió callar a esa voz gordo-odiante. A la par vino su conocimiento sobre el activismo gordo y empezó a liberar todo ese dolor: primero desde el Stand Up y después escribiendo. Volvió a sus comienzos, a ser un poco esa niña que prefería ir a la playa antes que hacer dieta. 

La infancia atravesada por las dietas de Cormillot

A Nazareth Nine la cambiaron del colegio que amaba a los nueve años. En ese momento, empezó a engordar. Un año después se mudaron con su familia a Mar del Plata y fue ahí cuando su mamá la llevó a Dieta Club, del Doctor Cormillot. En su primer día había muchas personas, de todas las edades. Completó junto a su mamá un formulario y les entregaron la dieta. Tenía 10 años y mucho entusiasmo por adelgazar. Pensó que hacer dieta y adelgazar la iba a hacer sentirse bien y que finalmente la iban a aceptar en el colegio nuevo

La dieta era una pesadilla. De un día para el otro su mundo se convirtió en cruzar los dedos por haber bajado de peso semana a semana. La dieta incluía particularidades como tomar levadura de cerveza -que le daba arcadas- o comer el famoso caramelo antes de las comidas para sentir saciedad. Y comenzó la angustia en la balanza: cada vez que se pesaba, había bajado 200 gramos. Pero para Dieta Club no era suficiente.  

Las reuniones grupales eran los sábados. Hablaban como si fueran adictxs. A veces Nazareth no sabía de qué hablar. Otras se convertía en una comparación con aquel o aquella que adelgazaba más o menos. Y un día ganó la competencia. Había llegado a ese peso esperado. Como recompensa la invitaron a una de las radios más importantes de Mar del Plata para dar testimonio. Con 10 años estaba rodeada de adultos que le preguntaban cómo había logrado el objetivo de adelgazar tanto y tan rápido. Ella se sentía una estrella. 

Hoy lo recuerda y se da cuenta lo prematuro que fue hacer una dieta así de restrictiva y culposa. El sistema no funcionó: “Recupere cada gramo perdido en aquella carrera y plan anti nutricional carente de todo tipo de conciencia con la salud integral”, cuenta Nazareth. 

Desde ahí toda su vida continuó haciendo dietas restrictivas. Cada año. Hasta que se encontró con una nutricionista, naturista, que le enseñó sobre la combinación de alimentos. Con ella aprendió a conectar con la alimentación. “Cormillot no tiene idea de esto. Es un sistema fordista de dieta, industrial, desconectado de toda humanidad y subjetividad. Un delincuente”, expresó Nazareth. 

El negocio de la nutrición 

Se hace lo imposible por ser flacx en un mundo gordo-odiante. En el combo de intentar encajar en la norma vienen las dietas peligrosas, los cálculos de calorías, la balanza que apuñala con sus números, el hambre que no deja ni pensar e incluso medicamentos y cirugías. 

A partir de este deseo por entrar en los estándares de belleza, vinieron grandes negocios de nutricionistas que prometían la salvación. Uno de ellos fue Máximo Ravenna, nutricionista de famosos y reconocido por sus dietas restrictivas de 800 calorías diarias. El más conocido posiblemente sea Alberto Cormillot, uno de los nutricionistas más enriquecidos, dueño de Dieta Club, su marca de alimentos y de la clínica que lleva su nombre. 

En la actualidad, los modelos de dietas de hambre comienzan a quedar antiguos y lxs nutricionistas modernos buscan aggiornarse

El aspecto más importante de Cormillot es su gran participación en medios de comunicación masivos. Un ejemplo es “Cuestión de peso”, programa del que formó parte y reality fomentador de estigmas discriminatorios en el que hacía comedia a partir del sufrimiento de lxs participantes con graphs como “Luisito chupó el plato”, “15 gelatinas a la basura” y “el grupo en guerra por el robo de viandas”. “Lo que hizo Cormillot fue hacer negocio con la vergüenza corporal y hacer de la humillación de las personas gordas un espectáculo”, expresó Laura Contrera, abogada, activista y coeditora del libro 'Cuerpos sin patrones'. 

De esta llegada a los medios de comunicación sacó provecho hasta en lo político. El médico especializado en nutrición fue partícipe de varios de los proyectos de la Ley de Trastornos Alimenticios y enfocó la problemática en la obesidad. “Cormillot aprovechó la vidriera que le daba el programa Cuestión de Peso y su llegada para que salga la Ley y así encubrir sus negocios bajo la máscara de la preocupación y la salud de las personas gordas. Lo que había detrás de esto eran sus negocios. Era uno de los principales beneficiarios”, explica Contrera.

El lobby apuntó a que la ley contemple el control médico en las dietas para las personas gordas. “Se hablaba de que la dieta fuera controlada por el personal de salud y que fuera incluida en el plan medico obligatorio. Pero estas también son prácticas dañinas de todos modos y mutilantes: desde cirugías bariátricas a regímenes hipocalóricos”, expone Contrera, autora del blog “Gorda! Zine”. 

En la actualidad, los modelos de dietas de hambre comienzan a quedar antiguos y lxs nutricionistas modernos buscan aggiornarse. Sin embargo hay especialistas como, por ejemplo Monica Katz, que construyó un emporio en torno a la no dieta pero que mantiene los mismos conceptos patologizantes y estigmatizantes de la gordura de Cormillot y Ravenna. Y también los negocios: Katz es Presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición pero mantiene sus vínculos con empreas productoras de alimentos ultraprocesados, el factor más significativo de una mala nutrición.