Chineo: un crimen racista y patriarcal

por Estefania Santoro
Fotos: Mariana Varela
29 de septiembre de 2020

Mujeres Originarias de las 36 Naciones que habitan el territorio argentino se organizaron para denunciar las violaciones que se cometen en sus comunidades y que los criollos disfrazan desde hace siglos como costumbre cultural. Con la campaña “Basta de chineo” buscan romper el silencio y señalar las violencias que padecen.

Volvía de la escuela con mi prima, agarradas de la mano, estaba cerca de mi casa, faltaba poco para llegar. Ella alcanzó a correr pero yo no. Me subieron a un auto, eran hombres blancos, y me violaron. Hoy no quiero que eso le suceda a ninguna de mis hijas, por eso digo basta de chineo.

Éste es uno de los tantos relatos sobre una realidad silenciada, que hoy sale a la luz gracias a la unión y la organización de mujeres indígenas de distintos territorios decididas a terminar con los abusos sexuales que sufren desde hace siglos. El chineo, como le han puesto los hombres que lo llevaban a cabo, es una práctica delictiva disfrazada de costumbre cultural.

A través de la campaña “Basta de Chineo”, las Mujeres Originarias de las 36 Naciones organizadas en el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, denuncian las violaciones y torturas perpetradas por criollos con cierto poder económico y social. Hoy, abrazadas a la fuerza de sus ancestras, se toman de la mano para exigir justicia y que estos abusos sean investigados.

"Hay mucha gente que desconoce el tema y otras personas lo conocen como una práctica o costumbre cultural"

 

Relatos de la violencia

Mi abuela siempre me cuidaba demasiado, hasta que un día me contó que a sus nueve años la violaron un grupo de hombres blancos, ella fue víctima de chineo, un crimen racista y patriarcal que desde entonces continúa en los territorios.

La campaña recopiló y registró las voces de las mujeres indígenas que relatan los abusos. No quieren dar sus nombres, porque la justicia no las protege y tienen miedo de las represalias.

Noelia Chumbita pertenece a la Nación Diaguita de La Rioja y es parte del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir. Dice que transformaron el dolor en lucha cuando escucharon los testimonios de sus hermanas abusadas. En octubre del año pasado, mientras realizaban una toma pacífica en el Ministerio del Interior para visibilizar sus reclamos, varias mujeres se animaron a contar los abusos que sufrieron. En febrero volvieron a reunirse en el Campamento Climático: Pueblos Contra el Terricidio y al calor de ese encuentro nació la campaña que hoy llevan adelante. 

Chumbita asegura: “Muchas hermanas manifestaron los abusos que sufrían, cada vez eran más los casos y dijimos no nos callamos más. Iniciamos la campaña para que se difunda, porque hay mucha gente que desconoce el tema y otras personas lo conocen como una práctica o costumbre cultural”.

Mi hija apenas había cumplido 15 años cuando le quitaron la felicidad y la inocencia. Desde ese momento siempre tuvo miedo y nunca más volvió a estar tranquila. El día de su cumpleaños desapareció, creí que estaba en la casa de un familiar, pero no fue así. Unos criollos la secuestraron de la comunidad, se la llevaron a Rivadavia Banda sur (localidad del noroeste de Salta), después a Tartagal. La iban a mandar a Formosa y después a Jujuy para prostituirla, pero agradezco a Dios que un ayudante de esas personas la dejó salir y hoy está con nosotros, pero con mucho miedo. Creo que las personas mayores nos tenemos que agarrar de las manos, proteger a los niños y concientizarlos. Es un dolor muy feo, pero entre todos podemos decir basta.

 

En el vientre del patriarcado colonial

Estos abusos se dan en todos los territorios, pero mayormente en las comunidades del Norte del país. Hasta el momento solo un caso tomó relevancia mediática y la Justicia condenó a los responsables. Se trata del caso de Juana -se le dio un nombre ficticio para proteger su identidad- una niña wichi de 12 años que fue violada por un grupo de ocho criollos. Pero el calvario de Juana no terminó allí, sufrió un sinfín de torturas desde el Estado cuando, producto de esa violación, quedó embarazada.

Ser mujer indígena es padecer múltiples formas de opresión, sumadas a la violencia patriarcal dentro y fuera de las comunidades.

Su madre denunció los hechos, pero no fue escuchada, le negaron el acceso a un aborto no punible previsto por la ley y la niña fue obligada a gestar. Después de 31 semanas le practicaron una cesárea, porque el embarazo era inviable y con diagnóstico de anencefalia. La lucha materna para conseguir justicia terminó en una condena ejemplar: seis de los ocho hombres que participaron del ataque recibieron 17 años de cárcel por el delito de abuso sexual con acceso carnal de la niña, y otros dos, que eran menores cuando ocurrió el hecho, fueron derivados a la Justicia juvenil.

Mi niña Irupe tenía solo siete años, jugaba a la doctora, soñaba con cantar. De pronto su sonrisa se borró y en su mirada escondía un gran dolor, causado por tres personas de buena familia, según decían. Dos hombres blancos la violaron y una mujer era cómplice, la amenazaba con que si hablaba iba a matar a su familia. La humillaba, la hacía sentir nada, le decía que se lo tenía merecido porque era igual que su madre. No queremos más sonrisas borradas de las niñas y los niños, no más sueños rotos por culpa de los blancos.

La campaña no solo fue creada para concientizar al conjunto de la sociedad sobre las atrocidades que sufren las niñas y mujeres indígenas; también lo hacen al interior de las comunidades, para que las hermanas pierdan el miedo, se animen a denunciar y puedan desarrollar estrategias de defensa ante la violencia patriarcal de los criollos. 

Las mujeres indígenas se propusieron llevar la campaña a todos los territorios para interpelar a sus semejantes, especialmente en los lugares más aislados, donde no existe señal ni teléfono celular con el que puedan comunicarse. Llegan a pie o a caballo y ya recorrieron varias comunidades. Chumbita: “Recién ahora se animan a contar lo que sufrieron, hay casos de niñas que lograron ser rescatadas pero aún no pudimos llegar a algunas comunidades que están más alejadas y no sabemos lo que está pasando ahí”

¿Cómo les afecta la pandemia? “Lamentablemente nos es imposible trasladarnos, pero seguimos adelante con la campaña para acercarnos a las hermanas que más nos necesitan. Así nos vamos fortaleciendo y convenciéndolas de que no tengan miedo, que puedan hablar y las podamos ayudar, conocer sus situaciones. Sabemos que los violadores apadrinan a las familias que son víctimas directas del chineo con alimentos. Al ser familias que tienen muchas necesidades porque es tanta la pobreza que tienen, se aprovechan de eso para que se callen”.

"Esta práctica viene hace siglos, sabemos que no se va a terminar de un día para el otro, pero seguimos para apoyar a las hermanas en comunidad y protegernos entre nosotras"

 

Viejas costumbres de humillación

Los hombres blancos y criollos poderosos de hoy son los mismos que desde hace siglos saquean el territorio indígena y perpetúan el racismo y la violencia colonial. El genocidio indígena no finalizó con la llamada “Conquista del desierto”, sino que continúa hasta nuestros días cuando las comunidades sufren la violencia institucional de las fuerzas de inseguridad y la desidia de un Estado que las ignora y les niega derechos básicos como educación, salud y vivienda. La condena de este tiempo es la pobreza extrema.

También se sienten las consecuencias del modelo extractivista, desarrollado por empresas multinacionales que, en complicidad con los gobiernos de turno, contaminan y despojan a los territorios y sus habitantes de los recursos naturales. Ser mujer indígena es padecer esas múltiples formas de opresión, sumadas a la violencia patriarcal dentro y fuera de las comunidades. En ese contexto, las indígenas se organizan desde la autogestión y autonomía para fortalecerse y protegerse colectivamente.

"Sabemos que los violadores apadrinan a las familias que son víctimas directas del chineo con alimentos"

Chumbita explica los orígenes de estos crímenes sobre sus cuerpos: “Los propios criollos lo nombraron chineo y lo calificaron como una costumbre cultural, es parte del colonialismo. El propósito no es solo dañar el cuerpo de nuestras niñas, también humillar y lastimar una identidad y a la Nación a la que pertenecen. Ellos a nosotras, las aborígenes, nos llamaban 'chinitas', y de ahí sale la palabra chineo. También utilizan la expresión 'rameada', lo que ellos llaman agarrar de los pelos y violar a una niña; y así empezaron a ejercer esa práctica que es una violación. Nosotras sostenemos la palabra chineo porque negar la palabra sería negar todo este crimen racista, por eso pedimos que se lo sancione y se lo tipifique como crimen de odio”. 

–¿Cuál es el principal objetivo de la campaña?

–Lo que nosotras estamos pidiendo como una forma de erradicar el chineo, es que se sancionen los abusos ocurridos, porque mientras se disfraza de impunidad, se siguen cometiendo. En la mayoría de los casos no les toman la denuncia y también, lamentablemente, hay casos donde quienes cometen estos hechos tienen la complicidad de los caciques y los loncos de las comunidades. Se callan y no apoyan las denuncias de las hermanas que sufren estas aberraciones. Por eso nosotras como movimiento de mujeres salimos a levantar la voz para que las hermanas no sigan sufriendo esto, porque además son constantemente amenazadas. Las violentan en su hogar, les arman causas, les niegan alimentos. Esto es una red que llevan a cabo los que tienen poder social y económico dentro de las comunidades. La mayoría son pueblos muy chicos y siempre se trata del comisario en complicidad con el que tiene la farmacia o una ferretería, que son los que tienen más poder económico.

–¿Por qué callan los loncos?

–La mayoría calla por complicidad. Cuando nos reunimos para salir adelante con la campaña, nos enteramos que a un cacique de la comunidad que sabía de los abusos, le entregaron dos camiones con leña y se calló la boca. Por eso hablamos de una red de cómplices y pedimos que se tipifique como un crimen de odio, que no se lo siga nombrando como una práctica cultural, porque es una práctica colonial, sistemática, y también pedimos que se declare imprescriptible, porque hay hermanas que llevan mucho tiempo tratando de denunciar esto y lo primero que les dicen cuando van a una comisaría es que ya pasó mucho tiempo y por eso no le quieren tomar la denuncia. También hubo casos donde los empleados de las empresas que van a trabajar en territorio indígena llevan adelante el chineo y estamos pidiendo que se responsabilice e inhabilite a trabajar a esas empresas que tengan empleados violadores.

"Negar la palabra sería negar todo este crimen racista, por eso pedimos que se lo sancione y se lo tipifique como crimen de odio"

–¿Hay casos recientes?

–Sí hay casos, pero nosotras no podemos especificarlos porque las hermanas no quieren dar sus datos, elegimos resguardar su identidad porque son constantemente amenazadas. No solo por ellas, sino también por sus niñas que pueden ser arrebatadas.

–¿Hubo algún cambio desde que iniciaron la campaña?

–Hubo algunos avances, mucha gente se concientizó, algunos no sabían que esto existía y en los territorios también pasó lo mismo, en algunas zonas bajaron un poco los abusos. Esta práctica viene hace siglos, sabemos que no se va a terminar de un día para el otro, pero seguimos para apoyar a las hermanas en comunidad, para protegernos entre nosotras, porque estamos muy abandonas por los hombres de las mismas comunidades. Estamos trabajando con las hermanas para fortalecernos entre nosotras, que puedan hablar, que se sientan acompañadas. Lo más importante es que se termine esta práctica. Lamentablemente, todavía hay mucho miedo.
 

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