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La hoguera que dejaron encendida

por Manuela Abuela (Desde Santa Fe)
Fotos: Victoria Cuomo
29 de diciembre de 2020

Una historia en primera persona sobre la necesidad de que el aborto sea legal para desterrar los mandatos históricos que el patriarcado instaló en la conciencia social. La maternidad será deseada o no será.

Era un miércoles, mediaba el mes de junio y la pandemia nos devoraba. Hacía cuatro meses que estábamos buscando ser xadres con mi compañero, Rodri, y cuando en marzo vimos el test con el signo + por unos instantes nos quedamos dures, con un poco de miedo por el panorama epidemiológico que se vaticinaba. Pero después de abrazarnos y emocionarnos, encontramos en el otre esa alegría compartida y ese sustito quedó atrás.

La primera ecografía la hicimos en un lugar de diagnóstico por imagen nuevo en mi pequeña ciudad santafesina, San Jorge, a las seis semanas de gestación. Los protocolos eran estrictos y podía pasar yo sola. Antes de irnos nos entregaron las imágenes de la eco, las miramos y empezamos a llamar al embrión Renacuaje, porque tenía colita aún. Era un día de lluvia y mi vieja nos hizo la gauchada de llevarnos en auto. Recuerdo contarles cómo le latía el centro, muy parecido a la lucecita de un arbolito de navidad. Y es que Renacuaje iba a llegar para esta fecha, más o menos, anunciándose como “el regalo”.

Ese miércoles había muchísima humedad, pero era un día especial de todas formas. Estábamos ansioses, porque a las cuatro y pico de la tarde teníamos turno para la ecografía de los tres meses y habíamos elegido otro centro médico donde los protocolos no eran tan estrictos y Rodri podía pasar conmigo a presenciar ese momento donde el Renacuaje ya no tendría más colita.

La secretaria de este nuevo centro me pidió que retenga líquidos por 6 horas, por lo que cuando llegué estaba molesta, con unas ganas terribles de ir al baño. Pero mi malestar aumentó más allá de la humedad y la retención, cuando me dijo que la ecografía no pasaba por mi obra social.

Después de una discusión en la que ella me decía “pasá, que cuando salgas te digo cuánto es” y que yo le insistiera en que no iba a pagar una fortuna por una ecografía, se acercó el médico ginecólogo encargado de realizar la eco, le explicó a la secretaria que eran sólo $220 pesos y me mandó al baño pidiéndome disculpas, ya que como la ecografía era intravaginal justamente la vejiga tenía que estar totalmente vacía para no obstaculizar la visión.

Hacía cuatro meses que estábamos buscando ser sadres con mi compañero, Rodri, y cuando en marzo vimos el test con el signo + por unos instantes nos quedamos dures.

Después de ir al baño, ingresé a la sala de ecografías más relajada.

–¿De cuántos meses estás? –me dijo el médico, después de un rato que tenía el transductor en mi vagina y la pantalla en negro.

–De doce semanas –le respondí rápido.

–Bueno, entonces tengo una mala noticia: el embarazo se detuvo.

En ese momento se me hizo un nudo en la garganta.

Después de mostrarnos que el embrión no creció más, ya que estaba casi como lo vimos la primera vez aún con la colita de renacuajo; y de explicarnos que esto era totalmente normal ya que uno de cada cinco embarazos no llega a término; y de decirnos que era una lástima que sea en nuestro primer intento; y hasta de tratar de matizar el momento con una broma poco acertada, nos quedamos en silencio con Rodri hasta salir. En la puerta nos dimos un abrazo largo y lloramos juntes.

Lo siguiente fue esperar a que mi cuerpo expulse naturalmente al embrión. Fueron treinta días largos e invasivos de controles, tactos, ecografías intravaginalesy de una ansiedad distinta a la que vivíamos antes. También fueron treinta días de no ceder ante las presiones de muches que me decían que me saque “eso” porque tenerlo en mi útero me podía hacer mal (lo que desmintió mi ginecóloga).

Pasó un poco más de un mes. Se trazaron ante mí dos caminos viables para terminar el proceso que mi cuerpo no pudo realizar. Uno de ellos era el legrado, que hasta la ginecóloga me dijo que lo tomara como última opción porque incluye una intervención en quirófano, anestesia, un procedimiento más complejo. La segunda, sin grandes riesgos ni intervención hospitalaria, el misoprostol. Y no lo dudé.

Aquel discurso disciplinador, sostenido por el dogma religioso, trazaba como único camino válido y digno para las mujeres parir y amar.

Con Rodri nos habíamos acomodado las jornadas laborales dejando los días miércoles y jueves libres para que pueda realizar las tomas del misoprostol tranquila y estar juntes. Con receta en mano, el martes a la mañana me dirigí a la farmacia que fui toda mi vida, la del barrio, donde me fían, para conseguir las pastillas con un día de anticipación.

“4 unidades de Misop 200” bien grande, con firma de la médica, era todo lo que rezaba ese papel; además, por supuesto, de la fecha y el sello. Se lo di a la empleada, que lo leyó y me la devolvió rápido. Le gritó fuerte a la farmacéutica que se acercara donde estábamos y, cuando llegó, me hizo seña con la cabeza de que le diera la receta.

A diferencia del fresco de Miguel Ángel que retrata la creación del hombre, ese momento donde nuestras manos se tocaron con la receta de por medio no derrochó la energía creadora que el artista quiso retratar, sino todo lo contrario. Después de agarrarla, la leyó, se miraron entre ellas y la farmacéutica empezó a entrar y salir, desde el sector de atención al público hasta el depósito, unas dos o tres veces, sin sacarle los ojos a la receta, mientras la farmacia se iba llenando de gente que esperaba ser atendida.

En ese momento, la farmacéutica se olvidó que hacía tres meses estaba tomando ácido fólico, que compraba en su farmacia, y que le había contado recontenta que estábamos esperando un hije. Ella se olvidó o se dejó llevar por el pañuelo verde que tenía atado en la mochila, algo que les pasa a muches. Tomó coraje, se paró frente al mostrador y me dijo me dijo con voz fuerte y el local lleno: ¿Vos para qué lo querés?.

Esa pregunta encarna años, siglos enteros de edificación de una mentira muy eficaz por parte del sistema patriarcal: la construcción ideológica de la maternidad. Construcción que empezó con la caza de brujas llevada adelante por la Santa Inquisición a comienzos del siglo XV, reconocida por Silvia Federici como uno de los genocidios más grandes de la historia de la humanidad, donde se sojuzgó a las mujeres, sus deseos sexuales y el conocimiento que detentaban sobre su propia cuerpa y la naturaleza. Y lamentablemente, obtuvo los efectos deseados.

Mi pañuelo verde sigue en la mochila, con algunos hilos colgando y el logo de la Campaña medio despintado ya, de tantas lluvias, vientos y rayos de sol que lo percudieron.

En primer lugar, la misoginia empezó a calar hondo en la población y cualquier iniciativa anticonceptiva, abortiva o sanadora podía ser percibida como perversión o acto demoníaco. Después, el miedo de las mujeres que veían arder a otras en la hoguera sin una razón, lo que hizo que corriera la sensación de que “cualquiera podía caer” y las volvía obligadamente más dóciles, más obedientes al poder, a la Iglesia y a sus esposos. Así, las cuerpas de las mujeres, su trabajo, poder sexual y capacidad reproductiva fueron colocados bajo el control de los Estados. Como el mismo Lutero expresó, la mujer valía por su capacidad reproductiva, en sus palabras, como “productora de la raza humana”.

Con el advenimiento del sistema capitalista, eso no cambió. Al contrario, las mujeres fueron transformadas en recursos económicos y máquinas creadoras de mano de obra. Pero la novedad en esos tiempos fue la instalación de UN nuevo condimento en el discurso patriarcal: el instinto maternal, el cual se hizo carne en el inconsciente colectivo durante los siglos XIX y XX, instalando un estereotipo de mujer ligada al hogar y a la maternidad e iniciando el mito del amor maternal como natural.

La idea de que la mujer se completa cuando es madre condenó a aquellas que no compartían ese deseo y sobre estas “irreverentes” recayó todo el peso estigmatizante de aquel discurso disciplinador, sostenido por el dogma religioso, que trazaba como único camino válido y digno para las mujeres parir y amar. Un mandato tan potente que sigue rigiendo hasta hoy y llega hasta el momento en que la farmacéutica de la esquina de mi casa me preguntó para qué quería tomar misoprostol.

"Ahora que sabe qué es el aborto, se va a sacar el pañuelo verde", tuvo que escuchar mi mamá y no lo dejó pasar.

¿Qué tan fuerte tiene que ser un mandato para creer que podés decirle a otra persona que lo que le pasó es parte de un castigo, o de una especie de “enseñanza por la fuerza”, sin conocer verdaderamente su situación?

¿Qué potencial moralizante podés creer que tiene un discurso como para intentar convencer a otre que es su culpa perder un embarazo, contra todo pronóstico médico?

¿Qué tan eficaces son las mentiras que construye el patriarcado, que hace que muches tomen como natural construcciones sumamente peligrosas que restringen los derechos de las personas gestantes y que llegan a culpabilizarles y hasta criminalizarles por decidir sobre sus cuerpes?

“4 unidades de Misop 200” bien grande, con firma de la médica, era todo lo que rezaba ese papel. Se lo di a la empleada, que lo leyó y me la devolvió rápido.

Mi pañuelo verde sigue en la mochila, con algunos hilos colgando y el logo de la Campaña Nacional por el Aborto Legal Seguro y Gratuito medio despintado ya, de tantas lluvias, vientos y rayos de sol que lo percudieron.

Es el mismo que me voy a colgar en el cuello hoy, cuando vaya a la plaza con mis compañeres de militancia, donde vamos a poner una pantalla para compartir juntes el debate y votación de la Cámara de Senadores y Senadoras de la Nación, pintadas de color esperanza.

Porque somos conscientes de cómo este sistema capitalista y patriarcal transformó nuestras cuerpas en máquinas, destruyó el poder de las mujeres, nos sometió para la reproducción de estas estructuras que nos ubican en el último peldaño. Porque sabemos que nuestro valor no radica en nuestro útero.

Porque nos pasamos los mandatos por los ovarios, para odio de aquelles que se empecinan (por conveniencia o ignorancia) en mantener en pie esos pilares que están temblando y que, si hoy el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo se trasforma en ley, saben que se empezará a caer.

Porque sabemos que la ilegalidad, la criminalización y la penalización de las mujeres por abortar es la hoguera que dejaron encendida. Y tienen miedo, porque ya no tenemos miedo.