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Ser mamá de una niñez travesti trans: "No hay que romantizarnos"

por Estefanía Santoro
Fotos: Hernán Vitenberg
18 de enero de 2023

Araceli cuenta cómo fue acompañar a su hija en un proceso que también la puso a prueba a ella. Una deconstrucción día a día, mientras sufrían la discriminación social de la escuela, de compañerxs y xadres, y también del sistema de salud. La mirada biologicista de la ESI y los sueños que persigue Jessi a sus diez años.

A sus tres años Jessy comenzó a mostrar las primeras manifestaciones de identidad, algo que Araceli, su mamá, no notó inmediatamente por la vorágine del día a día y la sobrecarga de la crianza de sus cinco hijes. Tiempo después, reconoció que no tuvo la valentía ni las herramientas de acompañarla en ese primer momento cuando su hija empezó a dar algunas señales.

"Voy a decir algo muy patriarcal, pero que es parte de mi deconstrucción. A Jessy la sentaba a ver La Sirenita y a ver Cars y ella elegía La Sirenita, se ponía una toalla en la cabeza y usaba mis remeras. Cuando con mi compañero y papá de Jessy comenzamos a ver ese comportamiento, en una decontrucción minuto a minuto, lo primero que dijimos fue ‘va a ser marica’", recuerda Araceli.

A medida que crecía, Jessy manifestaba con más fuerza su identidad y se encontró con la cara más cruel del binarismo de género: la discriminación social. Su expresión de género feminizada no encajaba con la masculinidad hegemónica que desde temprano atraviesa a las niñeces al momento de la socialización escolar. Esas normas de género que se reproducen en todos los ámbitos institucionales, donde se fijan los límites de lo que puede y lo que no puede hacer, vestir y decir un nene por el solo hecho de haber sigo asignado al sexo masculino al nacer. Son imposiciones que las niñeces incorporan y que si las desobedecen son objeto de castigo, burla, exclusión, discriminación, violencia simbólica y hasta incluso física.

A medida que crecía, Jessy manifestaba con más fuerza su identidad y se encontró con la cara más cruel del binarismo de género: la discriminación social

Araceli repasa un momento trascendental en la vida de Jessy: cuando le comunicó a su familia como quería ser llamada. "A los seis años, cuando Jessy empezó primer grado, las cosas empeoraron porque ya se le notaba muchísimo su lado afeminado. No encajaba en ningún lado y menos en el colegio, sufrió muchísimo bullying durante su primer grado. Llegaron a tirarle piedras y en la escuela no hicieron nada, dijeron que esa era la forma en la que se expresaban los chicos, pero ella la pasó muy mal. Me hacía preguntas muy duras como si podía sacarse su pene o si en lugar de llamarse Mateo podía llamarse Matea. A los seis años, cada vez me hacía más preguntas. Tenía pesadillas y miedo de todo, se hacía pis en la cama y solo quería ponerse la ropa de su hermana porque en ese momento decía que las calzas eran más cómodas. Hasta que dos semanas antes de cumplir los siete nos dijo que se llamaba Jesica y que quería que la llamemos así o si no, no la llamemos más. Para nosotros fue algo de un día para el otro pero para ella fue una construcción de años y de sufrimiento en soledad".

Frente a un total desconocimiento sobre niñeces trans, Araceli buscó información en internet. Afortunadamente encontró las historias de vida de dos grandes referentes: Susy Shock y Lohana Berkins. Siguió investigando y llegó a la Asociación de Infancias Libres, donde tuvo una experiencia de deconstrucción que le sirvió para acompañar a su hija. Sin embargo, en la escuela faltaron la contención y los abrazos. "Ir a hablar al colegio fue horrible, me encontré con una institución binaria, biologicista, expulsadora de personas de la diversidad, fue una experiencia horrible. Una psicopedagoga me llegó a decir que las travestis están paradas en una esquina porque les resulta más fácil que salir a estudiar o trabajar. La maestra de mi hija trató de ayudar pero la directora se negó a anotarla con su nombre autopercibido, a pesar de contar con la ley de Identidad de Género. Ante eso, tuve que ir a hablar con la inspectora distrital, que en lugar de ayudarme me dijo que la cambie de colegio".

"La maestra de mi hija trató de ayudar, pero la directora se negó a anotarla con su nombre autopercibido"

Dos semanas después de haber comenzado su transición en el colegio, Jessy tenía un acto escolar. Las opciones eran gaucho o paisana. Jessy eligió el segundo papel, su mamá la acompañó en esa decisión y para protegerla le advirtió que algunas reacciones de las personas podrían herirla. Araceli recuerda ese día cuando llegaron a la esquina del colegio: "Toda la comunidad educativa que estaba en la puerta se abrió en dos como la escena del agua de Moisés y empezaron a codearse. Jessy me miró a los ojos y me apretó fuerte la mano para darme fuerza, ella era la que me daba aliento. Un padre llegó a decir que iba a limpiar la silla donde se había sentado mi hija porque lo que tenía era contagioso". 

 


Sueños de brillitos y arcoiris

Jessy es fan de Sudor Marika y sueña con ser artista. Aprovecha cada oportunidad y en las movilizaciones siempre termina arriba de un escenario, "A mi lo que me hace feliz es verla correr y jugar en las marchas", asegura Araceli. Pidió tener su propia cuenta de Instagram, para la que pensó un nombre especial “Super Travita”. Tiene una personalidad que arrasa, en cada una de sus acciones y en la forma de encarar el mundo, Jessy da cátedra con su vida, nos enseña la importancia de respetar a las niñeces, de escucharlas y valorar sus decisiones rompiendo con las normas adultocentristas. "Ella lucha por un mundo de brillitos y arcoiris", dice su mamá. 

Hoy a sus 10 años Jessy se autopercibe como trava sudaca, sus xadres le preguntaron que significaba para ella ese nombre y de dónde lo había sacado. Pensaban que era algo que repetía sin conocer su significado, pero Jessy lxs sorprendió: "Las travas sudacas son las travas negras, las travas de los pueblos originarios y yo soy negra", les dijo.

Jessy es fan de Sudor Marika y sueña con ser artista. En las movilizaciones siempre termina arriba de un escenario

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, aún con una ministra de educación que prohibió y amenazó con penar el uso del lenguaje inclusivo en las aulas, incorporó en las planillas de inscripción a las escuelas la opción “mujer trans, travesti”. "Creo y tengo la convicción de lucha que esta planilla que, a muchos les va a hacer ruido, para otres será el disparador para cambiar la ESI que tenemos hoy, que es biologicista y binaria, donde hay solamente dos corporalidades. Una de un varón con pelo corto y pene, y otra de una niña con pelo largo y vulva. Ahí no están las corporalidades de todos nuestres niñes."

--¿Qué experiencias tuviste en el sistema de salud con Jessy?
--El sistema de salud es muy complicado. A mis otres hijes que son cis, les puedo llevar a cualquier pediatra, pero a Jessy no. Primero tengo que ir yo sola, hablar con el pediatra, comentarle lo de Jessy y si me parece que la va a respetar, recién ahí voy con ella. Todavía se usa el percentil de niña o niño, es una curva de crecimiento que te dice si el peso y la talla de tu hije está bien o mal. Es algo que quedó viejo porque les niñes de ahora no hacen las mismas cosas que antes. Me ha pasado que me pregunten por el tema de armonización de inhibidores o qué va a hacer con su pene. Nosotres como sus xadres acompañamos el hoy de Jessy. Tenemos que hablar de lo que trae aparejado la hormonización que muchas veces se utiliza para lograr encajar en los estereotipos de mujer cis género que rigen en esa propia sociedad que las está expulsando. Normalicemos que las mujeres tienen pene, la espalda cuadrada, nuez de Adán y lo mismo con los varones trans que necesitan ir al ginecólogo, que abortan porque es un derecho, el derecho a la salud, sin importar el nombre que tenga o lo que tiene entre las piernas. Las travestis siempre llegan tarde al sistema de salud porque saben que las van a tratar mal, que le van a hacer un montón de preguntas horribles, no reciben atención a tiempo de la silicona que se le derramó por el cuerpo, porque el sistema de salud las expulsa y la sociedad también.

--¿Qué consejos les darías a lxs xadres para ejercer una crianza respetuosa de sus hijes trans?
--Lo que necesitamos primero es escuchar a les niñes, porque sino estamos perdidos. Lo segundo es que hay que sentarse, calmarse y aprender. Acompañar a una niñez travesti trans es muy complicado. Antes de salir a luchar por esas niñeces, hay que tener fundamentos, lean la identidad de género, escuchen a esa niñez y si mañana cambia también hay que acompañar. Hoy mi hija es Jessy pero tal vez mañana me dice que es género fluido o no binarie y la vamos a acompañar. 

"Lo que necesitamos primero es escuchar a les niñes, porque sino estamos perdidos. Lo segundo es sentarse, calmarse y aprender"

--¿Qué significa ser mamá de una niñez travesti trans?
--Ser mamá de una niñez travesti trans para mi es hermoso, es aprender día a día que llorar está bien, que si no luchas no conseguís nada y lo más importante, es que todos los días te decontruís y te descubrís. Y con esto quiero decir también que no hay que romantizar a las mamás que acompañan a las niñeces trans, también la pasamos como el traste. Algunas personas piensan que nosotras somos esa muralla, que tratamos que no llegue nada de todo lo que yo te estoy contando y al final del día me pregunto: ¿será verdad lo me está diciendo toda la gente que me dice que estoy loca? ¿estará bien lo que estoy haciendo? Muchas veces dudé. Cuando vemos a una madre parada con la bandera del orgullo que dice ‘yo acompaño a mi niñez trans’, nadie sabe todo lo que pasó esa mamá, de cuántos lugares la expulsaron, que se quedaron muchas veces sin familia, sin compañero, prácticamente solas y se las trata de locas por querer acompañar a esa niñez a la cual aman y respetan todos los días. Por todo esto digo: no romanticemos a esas madres. 

Cada vez que Araceli ve en una marcha a una mamá de una niñez trans siente un nudo en la garganta y la emoción es mutua. Sin conocerse y sin pensarlo lloran juntas y se funden en un abrazo que sin decir ni una sola palabra significa un “te entiendo porque yo también pasé por ahí”. Araceli concluye sobre su rol: “Parece que las madres siempre estamos en los dos extremos, si acompañamos estamos obligando, pero si no acompañamos no estamos haciendo nada por esas niñeces. Parece que siempre está mal lo que hacemos. Si exponemos a nuestras niñeces a una marcha está mal, pero si las guardamos no estamos acompañando la lucha. Me gustaría que dejen de juzgarnos. Nosotras acompañamos como podemos”.