Río Tercero, una ciudad inflamable

por Daniel Díaz Romero
Fotos: Sebastián Salguero
03 de abril de 2023

En 2018 hubo cuatro incidentes en un mes por las industrias químicas radicadas en la localidad cordobesa, donde una explosión en la fábrica militar se cobró siete vidas en 1995. La falta de controles en un rubro que genera tantos puestos de trabajo como contaminación instala el peligro inminente de una catástrofe.

Sebastián Salguero, fotógrafo oriundo de Río Tercero, realizó un trabajo de varios años para registrar con su cámara las consecuencias de las explosiones que se produjeron en noviembre de 1995 en la Fábrica Militar de su localidad. Las fotos que acompañan esta nota forman parte de ese registro documental, que fue recopilado en el libro "Abrazos partidos" (2021). Más info y fotos acá.


En el año 2018, en un lapso de 32 días hubo cuatro incidentes en dos industrias químicas de Río Tercero por escapes de gases tóxicos. Por poco, un episodio contaminante semanal en esta pequeña ciudad de 60.000 habitantes que es uno de los polos más importantes de la industria química de Latinoamérica, en cuanto a la producción de agroquímicos y pesticidas.

Atanor, Petroquímica y Fabricaciones Militares vuelven a estar en la mira porque desde el inicio de sus actividades, estas empresas cuentan trabajadores muertos en sus factorías como consecuencia del contacto con sustancias peligrosas que manipulaban puertas adentro, provocando permanente riesgo de accidentes industriales con consecuencias para los empleados, la población y el ambiente. 

Alertas tempranas, sirenas, escapes de gases, explosiones y muerte acompañan a la historia de la ciudad de Río Tercero. Allí, la industria química sigue mostrando su flojedad empresarial, bien acompañada por la falta de controles de organismos gubernamentales. Una ciudad que acaba de conmemorar que hace 27 años (el 3 de noviembre de 1995) una sucesión de explosiones en la Fábrica Militar se cobraron siete vidas y daños materiales valuados en millones.

Pero los archivos de la localidad recuerdan –además de aquel infausto episodio– cómo las industrias químicas se han ido cobrando vidas a lo largo de décadas en el interior de sus muros. Todas víctimas que la memoria colectiva ha borrado muy rápidamente.

 

Trío certero

El Grupo Albaugh es una importante corporación a nivel mundial: se trata del mayor productor privado de herbicidas, fungicidas, insecticidas y reguladores de crecimiento. Es el único productor de 2,4-D y 2,4-DB del Mercosur, el segundo productor de glifosato de Argentina y uno de los principales productores de atrazina y dicamba a nivel mundial; todos estos agroquímicos camuflados bajo la etiqueta de “productos para la protección de cultivos”.

La compañía Atanor, que forma parte del grupo, es reconocida dentro de las tres empresas más importantes en producción de agroquímicos del mercado argentino. Petroquímica Río Tercero produce TDI (diisocianato de tolueno) entre otros productos de línea química. A su vez, estos complejos fabriles están interconectados entre sí: el complejo estatal Fábrica Militar le provee a Petroquímica Río Tercero cien toneladas de producción diaria de ácido nítrico y esta última utiliza fosgeno para la elaboración de productos.

El fosgeno es un agente químico que daña el sistema respiratorio de forma irreparable y puede producir la muerte por asfixia de forma inmediata; su historia está manchada de muerte ya que el ejército alemán lo utilizó como arma química en los inicios de la Primera Guerra Mundial.

Río Tercero, una ciudad de 60.000 habitantes, es uno de los polos más importantes de Latinoamérica en cuanto a la producción de agroquímicos y pesticidas.

 

Dos muertos, cuarenta internados

Eduardo Aime es abogado y técnico químico. Entre 2004 y 2015, Aime estuvo al frente del Área de Residuos Peligrosos de la Secretaría de Ambiente de la provincia de Córdoba. En esa década, se produjeron escapes de fosgeno, de ácidos nitrosos, hubo más de 40 operarios internados por haber sufrido exposición a los gases y dos trabajadores muertos.

El ex funcionario traza un panorama inquietante: “En el polo químico de Río Tercero muchas industrias no aplican los protocolos de seguridad ni el mantenimiento de su infraestructura y esta situación se agravará con las dificultades económicas que atraviesa el país, por lo que es posible que comiencen a repetirse estos sucesos por falta de control e inversiones”. 

Aime hace referencia a los cuatro incidentes de escapes de gas que se produjeron en el polo químico de Río Tercero, en 2018, en el lapso de un mes. “El polo está fundamentalmente orientado a la producción de agroquímicos y las empresas de Río Tercero trabajan en conjunto con Atanor, por eso el tema de las industrias químicas es bastante complejo”, advierte.

Las factorías químicas locales están bajo el control de organismos estatales pertenecientes a la Municipalidad, a la Provincia y a la Nación. “En otras épocas, hemos hecho auditorías conjuntas con los tres organismos por la magnitud del peligro que representa el polo químico riotercerense”, dice el ex-funcionario de Ambiente. Cuenta que tuvo la oportunidad de visitar esas industrias varias veces durante su gestión, una de ellas “por un escape de fosgeno en el que fallecieron dos operarios a raíz de la inhalación de este gas”. 

El 12 de junio de 2007 murió Jorge Molina, un trabajador de 53 años, y en la madrugada del día siguiente falleció otro: Marcelo Martinelli, de 22 años. Ambos hacían tareas de mantenimiento en la planta de TDI (diisocianato de tolueno) de Petroquímica.

 

Riesgo químico constante

“Hubo varios incidentes en Río Tercero con el fosgeno”, relata Aime. Los registros oficiales que figuran en un documento del Defensor del Pueblo de la Nación rubrican sus dichos: “… 40 operarios de Petroquímica y de Fábrica Militar fueron hospitalizados, en tanto que una decena permaneció en terapia intensiva, tras haber sufrido una severa intoxicación por la emanación de gases de la planta química. En otro incidente, 6 operarios de Petroquímica resultaron con quemaduras al manipular ácidos y pese a la gravedad de estos hechos, aun después de la muerte de 2 trabajadores, Petroquímica Río Tercero siguió funcionando al día siguiente”

En ese mismo informe se detalla: “… mientras se realizaban tareas de mantenimiento en un equipo de la planta de producción de TDI (diisocianato de tolueno), en Petroquímica Río Tercero, se derramó imprevistamente el compuesto químico en estado semisólido proveniente de la línea de succión de una bomba centrífuga. El derrame motivó que se salpicasen con esta sustancia cuatro operadores de modo directo y otros dos de modo indirecto. Los afectados fueron trasladados a dos clínicas locales y todavía no fueron dados de alta por sufrir síndrome post traumático”.

La ciudad acaba de conmemorar que hace 27 años (el 3 de noviembre de 1995) una sucesión de explosiones en la Fábrica Militar se cobraron siete vidas y daños materiales valuados en millones.

–¿Fue motivo de inquietud el polo de Río Tercero durante su gestión?

–Siempre, todo lo que es químico, continuamente fue un problema. Hace unos años hubo un evento de contaminación del río. Es muy complejo el tema: Atanor, Petroquímica, Fabricaciones Militares… los controles tendrían que estar ahí todo el tiempo para fiscalizar.

–¿Es peligroso que este polo industrial se ubique cerca de zonas urbanizadas?

–Por supuesto, desde que se instaló estuvo muy próximo a la ciudad, por lo que no existe una zona de exclusión más amplia como la que debiera tener. La urbanización está muy cercana y no da tiempo de reaccionar a la población en caso que se desencadene una emergencia química. Si bien está instalado un sistema de alertas, no sé si eso bastaría si se desatase un hecho de gran magnitud.

El ex funcionario señala que ya no ocupa su antiguo cargo, a pesar de haber ganado un concurso, porque el actual ministro de Agua y Ambiente, Ing. Fabián López, le quiso dar otro sentido al área no validando su puesto: “Mi jurisdicción estaba conformada por técnicos e ingenieros, un espacio profesionalizado para realizar los controles”, dice. ¿Qué sucede ahora? “Si alguien va a mirar qué se hace hoy en la Secretaría de Ambiente, la respuesta será obvia: nadie controla nada, lo que evidencia que necesitaban darle una mayor libertad a algunas empresas sin molestarlas. Pueden hablar con cualquier empresario del ramo y les dirán que no los controlan”.

 

El riesgo de cáncer y la necesidad de trabajo

En el polo químico de Río Tercero “frecuentemente hay escapes de ácido clorhídrico, nítrico y de amoniaco”, afirma María Luisa Pignata, doctora en Ciencias Químicas que trabaja en el Área de Contaminación y Bioindicadores del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal, además de pertenecer al Departamento de Química en la Universidad Nacional de Córdoba. 

Pignata explica: “Los escapes de ácido, si bien son muy molestos, no son de alto riesgo porque no son cancerígenos. El amoniaco tiene un efecto irritante que promueve enfermedades respiratorias como asma o rinitis, pero no hay que temer en lo que hace a toxicidad”. Aclara, en cambio, que “si el escape se produjera en Atanor sería grave, porque allí producen 2,4-D, que es un herbicida cancerígeno”. 

"Ni loca viviría en Río Tercero, no se pueden derramar por descuido toneladas de ácido."

Desde agosto de 2016, por resolución de Sergio Busso, ministro de Agricultura y Ganadería de Córdoba, en todo el territorio cordobés no se puede aplicar el 2,4-D en un período que va de agosto a marzo de cada año. La promesa es aplicar una prohibición total, ya que tiene una deriva contaminante de hasta 30 kilómetros. Es más, la aplicación del 2,4-D está prohibida totalmente en el departamento Colón y en algunas pedanías de Totoral y Río Primero.

Las primeras denuncias sobre los efectos del 2,4-D y del 2,4-DB se generaron por parte de los productores de vides de la localidad de Colonia Caroya a fines de la década del ’90, quienes vieron afectada su producción por el efecto de este producto fabricado en Atanor y aplicado en los campos sojeros.

“Petroquímica y Fabricaciones Militares tienen una infraestructura muy obsoleta”, afirma la doctora en Ciencias Químicas. Desde su punto de vista, “son tan arcaicas que cuando uno las conoce, dice: ¿qué tipo de control ambiental se puede hacer acá?”. La respuesta: “Ninguno, porque las roturas se producen permanentemente”. 

Sobre el contexto local: “Esta desidia hace que haya que evacuar a los vecinos, porque una sucesión de escapes de ácidos quema las vías respiratorias, es peligroso, no podés estar respirando eso. En Río Tercero se genera una escenario muy complicado porque un gran porcentaje de los vecinos trabajan en esas industrias; si ese contexto no existiera, creo que los ciudadanos ya se hubieran movilizado hace años”.

 

Lluvia ácida sobre Río Tercero

Pese a la consecución de escapes de gases que ya sufrió la ciudad, Pignata plantea un escenario hipotético más complejo: “Sería muy grave si se produjera un escape de las sustancias de Petroquímica y Fábrica Militar simultáneamente con los compuestos orgánicos de Atanor. Se formarían tóxicos en el aire y, en ese caso, hablaríamos de combinaciones altamente cancerígenas. Pero, además, el efecto sobre el medio ambiente es delicado, porque afecta el suelo y la vegetación. Por ejemplo, en el lugar está cayendo una lluvia ácida que mata la vegetación, afecta cultivos y suelos. Ése es el efecto de una emisión de ácidos”.

–Entonces, ¿Río Tercero está sufriendo lluvias ácidas?

–Sin ninguna duda, y es una de las formas de contaminación del aire más conocidas por sus consecuencias; se podría decir que hay episodios de lluvia ácida, consecutivos y recurrentes en Río Tercero.

–¿Viviría en Río Tercero?

–Ni loca. No se pueden derramar por descuido toneladas de ácido, es la verdad. Se puede dispersar por alguna negligencia hasta que te das cuenta y cerrás la válvula, pero toneladas no. Además, el polo químico industrial está muy cerca de la ciudad. Primero estuvieron las empresas, pero luego la gente que trabaja en esas industrias fue poblando los alrededores. En realidad, habría que hacer una evaluación del impacto ambiental, porque además, si hay industrias que tienen chimeneas muy altas, la zona más afectada no es la que está debajo de los conductos donde está la fábrica, sino que esos tubos de escapes altos llevan una dispersión de contaminantes a mucha distancia. Es una locura, no debería suceder.

Pignata afirma que “es muy serio que existan escapes de fosgeno en la planta de Petroquímica”, ya que es un gas “muy peligroso y tiene efectos mortales en las personas expuestas”. La experta explica: “Petroquímica amplió su planta por asociación con el Grupo Piero para producir más TDI, que se usa en la fabricación de espuma de poliuretano. Si no hay controles y las normas de seguridad no se cumplen, el riesgo es mayor que ante la pérdida de ácidos sulfúrico o nítrico”.

"Se genera una escenario muy complicado porque un gran porcentaje de los vecinos trabajan en esas industrias; si ese contexto no existiera, creo que los ciudadanos ya se hubieran movilizado hace años."

Ante eso –advierte la especialista– debemos preguntarnos: ¿cuáles son las garantías que brindan las empresas y los órganos de control para que estos episodios, que ponen en riesgo la salud física y psicológica de la población, no sucedan más? y ¿por qué se repiten eventos de emisión de contaminantes que deberían ser excepcionales?.

Pignata dispara: “Si a raíz de estos episodios de escapes masivos de contaminantes nos enteramos de que estamos ante actividades que significan un alto riesgo para las personas expuestas, ¿no podríamos pensar que si ocurren estos accidentes no controlados por las empresas responsables, del mismo modo podrían no estar controlando sus emisiones de contaminantes durante su funcionamiento habitual? ¿Cuáles son los valores de contaminantes atmosféricos que mide la Municipalidad de Río Tercero? ¿Los valores de concentración de contaminantes en aire se publican periódicamente? ¿Están dentro de los valores permitidos?”.

Los interrogantes quedan flotando en el aire, como los gases y humos tóxicos que se han ido convirtiendo con los años en una postal habitual de Río Tercero. Por acción combinada de empresas y gobiernos, esta pequeña ciudad cordobesa parece rehén de quienes tomando decisiones de espalda a la sociedad.

Como si se tratara de alquimistas tecnologizados que buscan convertir en oro la contaminación y las muertes, han naturalizado que la producción industrial puede engendrar una pesadilla recurrente en una localidad de 60.000 habitantes. Los crímenes químicos.