Maxi, Darío y una lucha multiplicada

por Mariano Pagnucco
Fotos: Nicolás Cardello
26 de junio de 2019

A 17 años de la Masacre de Avellaneda, familiares, militantes y organizaciones políticas y sociales se reunieron para recordar a Kosteki y Santillán. El despliegue policial impidió que llegaran al Puente Pueyrredón, pero la memoria de los piqueteros asesinados sigue tan viva como sus ideales.

“Usted está en la estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki”, dice la voz del altoparlante del tren Roca al llegar a destino. Es la primera señal de una presencia multiplicada: la de Darío y Maxi, que hace 17 años fueron asesinados por efectivos de la Policía Bonaerense en esa estación, antes llamada Avellaneda y luego rebautizada a fuerza de memoria y militancia. Varios inviernos después de aquella “Masacre de Avellaneda”, la estación se ha transformado en un santuario pagano donde es imposible no ver a Kosteki y a Santillán, a Maxi y a Darío. Están -sus caras, sus nombres, sus consignas- en pintadas, en cerámicas, en graffitis, en carteles, en murales, en esculturas. Están.

En la mañana fría de un nuevo junio, la estación expulsa de sus entrañas más gente de la habitual, que se va juntando en el hall, en las escaleras de ingreso, en la vereda, en la calle, donde se pueda. Traen banderas, bombos, remeras, stickers en los termos, estandartes… allí también sus caras, sus nombres, sus consignas.

A las diez de la mañana, la avenida Hipólito Yrigoyen está cortada al tránsito; a la altura de la estación, la cortan cientos de militantes, dirigentes sociales, estudiantes, laburantes y personas memoriosas que han venido para marchar al Puente Pueyrredón en homenaje a los piqueteros caídos; dos cuadras hacia el Riachuelo, el corte lo produce una descomunal valla metálica que interrumpe el paso de vereda a vereda y está acompañada detrás por carros hidrantes, motos, móviles policiales y cientos de uniformados armados como para una guerra.

Las pancartas del Polo Obrero, el Frente Popular Darío Santillán, el Frente de Organizaciones de Base, el MTD Aníbal Verón y el Frente de Organizaciones en Lucha miran, dos cuadras más allá, hacia un horizonte militarizado que indica claramente una cosa: el acceso al Puente está cortado para tantas personas que han llegado desde tantos lados para marchar hacia el Puente, que es el emblema de cada 26 de junio.

 

Padre parido por su hijo
Alberto Santillán, el padre de Darío, emerge entre la multitud con una sonrisa amable. Tiene el recuerdo fresco de la jornada cultural del día anterior en la estación, con muchos amigos, amigas y gente solidaria que se acercó para hacer la vigilia de costumbre.

¿Cómo fue para vos, en estos años, el proceso de pasar de ser el padre de un hijo asesinado para convertirte en el padre de un hijo que es referente de militancia?
Cuando fueron los asesinatos de Darío y de Maxi, yo estuve muchos meses como estúpido; Leo (su otro hijo) fue el que salió a dar la cara por el hermano. A mí me corrieron del mundo estructurado que tenía como laburante. Yo considero que Dari es grande hasta en eso, porque me sacó de la burbuja, de estar catorce horas laburando, y me puso los pies sobre la tierra: “Che, gordo, yo no estoy pero en este lugar tenés que estar vos”. Siguiendo las enseñanzas de Darío, es un proceso de transformación en el que hoy estoy metido, no sólo pidiendo justicia por mi hijo, sino también acompañando otras causas. Tenemos que entender que todas las luchas son una sola lucha. Esa transformación se sintetiza en eso que dicen de que uno es un padre parido por un hijo. Es verdad: a mí me parió mi hijo, sino no estaría acá. Yo sé que hoy Darío estaría acá. Voy a muchos lugares donde sé que hay luchas que mi hijo acompañaría.

¿Qué te pasa cuando ves a las generaciones más jóvenes, que no vivieron esa época, y tienen a Darío como bandera?
Es maravilloso, hace 17 años que vengo viendo eso. No sólo lo tienen en las banderas, también ven los videos, los documentales y los libros que hay. Además de su cara, que tenía barba y pelo largo, es estar en su lucha permanentemente. Así como Darío se sentía parte de la sangre de los treinta mil, también hay mucha juventud que se siente parte de la sangre derramada por Darío. A mí me sorprende, porque la juventud se va renovando pero hace 17 años que veo a la juventud que acompaña. Mi hijo tenía 21 años, era muy joven. Además de su lucha, Darío tenía una parte humana de muchísimo amor, y el amor se paga con amor. Si no tenemos amor para recordar a nuestros caídos, no podríamos seguir en la lucha.

A las once, en la cuenta regresiva para que se realice el acto programado en el Puente, las columnas –más nutridas, más coloridas, más diversas (desde mamás con bebés hasta ancianxs, pero también adolescentes mezclados con curtidos militantes)- avanzan en dirección hacia la valla.

Hay clima festivo, con cantitos piqueteros, charlas entre compañeros y compañeras y cierta expectativa por lo que se viene. Los efectivos policiales cierran también el paso a los costados de la valla gigante, sobre ambas veredas.

Varios inviernos después de aquella “Masacre de Avellaneda”, la estación se ha transformado en un santuario pagano donde es imposible no ver a Kosteki y a Santillán.

 

Memoria piquetera
Cuando la manifestación llega a pocos metros de la valla, el aire se enrarece. Están las hermanas de Maxi (Vanina, Mara, Julieta), el hermano de Darío (Leo), papá Alberto. Intentan un diálogo con el jefe del operativo. Vinieron a hacer su acto en el Puente. La orden política es que no avancen. Se producen forcejeos entre algunos militantes y los efectivos que custodian el paso. Los familiares piden calma. Enseguida se disuelve la tensión. 
 
A un costado está Eduardo “Chiquito” Belliboni, histórico referente del Polo Obrero que tiende paralelismos represivos entre los gobiernos nacionales: “Patricia Bullrich era miembro de la Alianza (como ministra de Trabajo) que debutó en la Argentina matando piqueteros en Corrientes y que tiene la mayor cantidad de muertos por represión, el 19 y 20 de diciembre de 2001, en el gobierno de de la Rúa. Esta mujer tiene las manos manchadas de sangre y evidentemente no trepida en armar dispositivos represivos que ponen en riesgo a la población. El derecho a la protesta es el primer y principal derecho que tienen los trabajadores en un país en el que faltan el trabajo, la comida y la educación”.

¿Qué valor tiene para ustedes hacer el acto en el Puente?
Esta reivindicación de este lugar y de esta movilización tiene que ver con muchas cosas con las que estamos luchando, no es solamente una conmemoración. Tiene que ver con la lucha cotidiana. Maxi, Darío y todos los que estuvimos ahí ese día peleábamos contra el hambre, la desocupación, por el trabajo genuino y por una salida para la población trabajadora. Hoy seguimos peleando por eso.

¿Cómo interpela esta fecha a los más jóvenes, que no vivieron de cerca la Masacre de Avellaneda?
Es un aprendizaje para las nuevas generaciones de cómo actúa el Estado. Cuando Larreta corta dos días una calle o una autopista por un festival, no pasa nada. Pero cuando los trabajadores queremos hacer un acto, una marcha o reclamar, ahí aparece el dispositivo represivo, escandaloso, costosísimo, que liquida los recursos del Estado que no van a la educación ni a la salud ni al trabajo. 

¿Qué queda en el presente del legado de Maxi y Darío?
Es un mandato más que un legado. Recogemos las banderas de Maxi y Darío, las levantamos, las llevamos al puente y a todos lados porque ellos están presentes cuando hay una lucha por trabajo, por educación, cuando hay una represión en alguna provincia, contra un gremio, ahí están las figuras de Maxi y Darío. Son nuestros compañeros, nuestros piqueteros.

"Hay veces que hay que romper todo, pero también tenemos que ser inteligentes. Nosotros ya pusimos mucha sangre de este lado, pusimos muchos muertos."

Responsabilidades pasadas y ausencias actuales
Pasado el mediodía, después de una reunión entre los referentes de las organizaciones presentes, la decisión consensuada es leer el documento desde un escenario móvil que atraviesa la avenida, delante de la súper-valla policial. El primero que toma el micrófono es el abogado Pablo Pérez Ledesma, de la APDH La Matanza. Cuenta que el día anterior presentaron en el Juzgado Correccional Nº 5 de Capital Federal un habeas corpus preventivo para realizar el acto en el Puente.

¿Cuál fue la respuesta del juez Manuel De Campos, además de rechazar la presentación? “En un procedimiento que no es para nada habitual, le informó a la ministra Bullrich que presentamos un habeas corpus”, dice enojado. “Es una aberración lo de este juez”. Enseguida surge la consigna de cientos de gargantas: “¡Fuera Bullrich!”.

Ahora inunda el aire la voz potente de Liliana Daunes, que comienza la lectura del documento:

“Juicio y castigo a los responsables políticos de la Masacre de Avellaneda: Eduardo Duhalde, Aníbal Fernández, Felipe Solá, Juan José Álvarez, Alfredo Atanasoff, Luis Genoud, Jorge Matzkin, Oscar Rodríguez”.

“Estamos acá para denunciar que los responsables políticos deben ser candidatos sólo a la cárcel”.
 
“Los grandes medios de comunicación comenzaron a difundir rápidamente la versión oficial de un supuesto enfrentamiento entre las organizaciones piqueteras, pero la movilización popular y el coraje de muchos comunicadores y muchas comunicadoras desbarataron la farsa”. (¿Cómo olvidar el histórico título de tapa del “gran diario argentino” al día siguiente de los asesinatos: “La crisis causó 2 nuevas muertes”?)

“Logramos las condenas ejemplares del comisario Alfredo Fanchiotti y del cabo Alejandro Acosta por los homicidios de Darío y Maxi, pero lo cierto es que los responsables políticos de aquella represión criminal siguen impunes”.

“Las causas judiciales que debían investigar las responsabilidades políticas de la masacre permanecen cajoneadas desde hace años. La causa federal, instruida para acusar a los funcionarios nacionales, descansa en el juzgado de Ariel Lijo, en algún cajón de los tribunales de Comodoro Py. Pasaron cuatro fiscales pero jamás avanzó un centímetro”. 

“Los asesinos de ayer no pueden ser los salvadores de hoy”.

Antes y durante la lectura del documento, sólo hubo dirigentes partidarios del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) entre la multitud: Myriam Bregman, Nicolás del Caño, Romina del Plá, Daniel Solano, Vanina Biasi y Juan Carlos Giordano, entre otros nombres. 

¿Cómo olvidar el histórico título de tapa del “gran diario argentino” al día siguiente de los asesinatos: “La crisis causó 2 nuevas muertes”?

 

Avivar el fuego
El tramo más emotivo fue la seguidilla final de testimonios de familiares que pasaron por el micrófono, entre la tristeza, la bronca y el desahogo después de una mañana con momentos de tensión.

Vanina Kosteki:

“No vamos a derramar más sangre, la sangre va a empezar a ser del otro lado. Ellos tienen que ser juzgados y condenados por cada asesinato cometido, por cada joven muerto en el país. Los responsables políticos deben pagar. Todos los gobiernos son responsables. Más de 30 años de democracia y siempre termina muerto el pueblo argentino”.

“Necesitamos un Gobierno de los trabajadores, que el pueblo deje de ser oprimido. Eso es lo que querían Maxi y Darío, lo que quería cada compañero que salió a luchar y perdió su vida”.

Leo Santillán:

“Hay veces que hay que romper todo, pero también tenemos que ser inteligentes, cumpas. Nosotros ya pusimos mucha sangre de este lado, pusimos muchos muertos. Hoy tenemos la enorme tarea de recordar lo que pasó en la estación, que fue un lugar horrible pero hoy está lleno de vida, de lucha, de ejemplo. Darío ese día estuvo resistiendo con Maxi y con otros dos mil o tres mil compañeros que estuvieron bancando. Darío se quedó cuidando a Maxi”.

“Si no hay justicia, tiene que haber escraches. Tenemos que ir a la casa de Duhalde y de Solá a decirles lo que son. No nos vamos a callar, nosotros no transamos con ningún asesino”.

"Así como Darío se sentía parte de la sangre de los treinta mil, también hay mucha juventud que se siente parte de la sangre derramada por Darío."

Alberto Santillán:

“Parece que no alcanza con las muertes de Darío y Maxi. Este Gobierno, como los anteriores, está predispuesto a seguir reprimiendo y a que los muertos los sigamos poniendo nosotros. Alguna vez los muertos no van a ser de este lado”.   

“La justicia la tenemos que hacer nosotros en la calle. Porque en la calle fueron presos Fanchiotti y Acosta, en la calle logramos que la estación cambie el nombre del genocida Avellaneda y tenga el nombre de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, y en la calle conseguimos también que se desarchive la causa contra Duhalde y todos los demás. Son los responsables políticos de los asesinatos, de los treinta y tres heridos con plomo y también de todas las consecuencias físicas y psíquicas que les dejaron a los compañeros”.

“Nosotros necesitamos este respaldo para que vea la Justicia y la clase política que no nos corremos, que Darío y Maxi se multiplicaron en un montón de jóvenes que están acá, en las provincias. Están en esos pequeños fuegos que son lugares de resistencia, y son miles. No es un solo fuego, son miles de fuegos”.

En la desconcentración posterior, cientos de personas se echan a andar por las calles con la conciencia encendida a pesar de la temperatura invernal. Como dijo Alberto, y como escribió también alguna vez Eduardo Galeano, ese gentío en movimiento –que comparte banderas, cantos y memoria– se parece bastante a un mar de fueguitos.

En este borde del conurbano bonaerense, las llamas se multiplican. Como Maxi y Darío. Como Kosteki y Santillán.

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