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Brotes verdes entre el cemento

por Lautaro Romero
Fotos: Vicky Cuomo & Juan Pablo Barrientos
11 de enero de 2021

Las huertas urbanas se multiplican en terrazas, veredas, terrenos baldíos y junto a las vías del tren. Aunque el modelo de ciudad que propone el Gobierno priorice el gris por sobre el verde, una revolución silenciosa empieza a germinar en las conciencias porteñas.

A Carlos Briganti lo conocimos hace dos años. Nos recibió amablemente en su ph de Chacarita, en una terraza con 60 metros cuadrados de huerta agroecológica; una “resistencia arriba de un techo”.

Desde entonces, al referente del colectivo El Reciclador Urbano le ronda por la cabeza el sueño de plantar árboles de paltas y limoneros en las plazas públicas de la Ciudad de Buenos Aires, para que de esa manera sus habitantes puedan ver cómo crecen estos frutales, y al mismo tiempo puedan acceder a ellos.

“¿A quién jode la palta?”, se pregunta y luego amplía: “Un palto de 20 años te da mil paltas al año, un palto de 7 años entre 300 y 500. Es parte del activismo y la militancia, convencer a la gente de que esto iba a pasar… y pasó. A mí no me agarra de sorpresa la crisis alimentaria, otra sería la circunstancia si la mayoría de la gente se hubiese preparado para esto. Hay mucha gente que básicamente está tratando de sobrevivir y comer. Tenemos que reaccionar y ser estratégicos, si no nos pasan por arriba. Tenemos los actores, los militantes, los profesionales, los activistas: ¿Qué estamos esperando?”. 

En su terraza, motivado por conseguir que cualquier persona pueda llevarlo a cabo con poco esfuerzo, ideó una huerta vertical con bidones de seis litros y medio para ver cuánto produce y en qué contexto. Felizmente, en todo el otoño, con dos horas y media de sol por día, pudo obtener una huerta altamente productiva, manejada por un contenedor de apenas tres o cuatro kilos de tierra que da zanahoria, repollo, habas, acelga, mostaza y plantas aromáticas.

Briganti calcula que actualmente en la Ciudad hay 20 mil hectáreas potencialmente cultivables que permanecen inservibles: “Es obsceno tener terrenos improductivos en esta situación que estamos viviendo, es un crimen de lesa humanidad. Terreno ocioso, terreno que debe producir alimento. Hay que visibilizarlos con carteles y mostrar que ahí se quiere construir una huerta agroecológica. ¿Cuántas paltas metés ahí? Mientras tanto, metemos macetas en las veredas y colonizamos el espacio. Hay que reconvertirse. Millones de personas empezaron a cambiar y a desconfiar de los sectores de poder. Empieza a gestarse una resistencia muy pacífica pero muy firme. Atentos los poderosos porque no estamos dormidos: detrás de una huerta hay una rebelión”.

Pero el Reciclador no está solo. En la capital argentina existen colectivos huerteros, activistas, organizaciones sociales, asociaciones civiles, instituciones académicas y educativas que promueven la agricultura urbana y la agroecología. Creen en un cambio verdadero de paradigma y en la reconversión del ser humano.

En las huertas urbanas, en medio del cemento, es donde entran en simbiosis las personas, donde trabajan la tierra y toman contacto con las plantas. Donde discuten sobre las problemáticas de cada territorio y militan para que no haya espacios sin cultivar. 

Donde las personas aprenden sobre semillas y facilitan el intercambio. Donde hacen compost, descubren la materia orgánica y el reciclado. Donde producen alimento sano y soberano, respetando los tiempos de la naturaleza y no los tiempos del hombre. 

Donde la gente piensa, respira tranquila y está conectada con el ciclo de la vida. 

Donde todo se convierte.

Donde se gesta la rebelión.

"Empieza a gestarse una resistencia muy pacífica pero muy firme. Atentos los poderosos porque no estamos dormidos: detrás de una huerta hay una rebelión."

Durante estos meses de aislamiento, el Reciclador Urbano generó 13 huertas en las veredas de los barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Una de las primeras huertas urbanas y públicas en nacer fue la de Roseti, entre Forest y Zabala, con la autorización de cada frentista.

Desde hace un tiempo los vecinos y vecinas se involucraron, regaron y cuidaron las plantas. Sembraron  y cosecharon. Fortalecieron el tejido social. Recuperaron el contacto con la tierra. Experimentaron un proceso de cambior interior y toma de conciencia respecto a la producción de alimento y el cuidado del medio ambiente.

Pero todo esto no pareciera tener demasiado peso específico para el gobierno porteño, que tiene la intención de sacar la huerta de Roseti. La amenaza del desalojo vil y deleznable estaba previsto para este lunes 11 de enero, pero no se materializó.

Puede haber sido por el temporal que las autoridades no avanzaron y atropellaron con todo a su paso. O tal vez gracias a la fortísima campaña de protesta y difusión que gestionó el Reciclador en las redes sociales: "A alguien le molesta. No a los vecinos, pero sí al Gobierno de la Ciudad que debería rever lo que quiere hacer. Necesitamos más espacios verdes, más huertas y menos cemento".

Las bestias están al acecho. Y los frentistas, a la expectativa. Luchan para defender la huerta y cada parcelita, cada palta, níspero, girasol y mora que brota, crece y florece en cada uno de esos tachos y cubiertas recicladas, frutos del esmero y el trabajo comunitario. 

 

Una revolución silenciosa

Carlos Briganti no tiene dudas: si prestamos atención a los costados de las vías del tren, hay parcelas disponibles para cada persona que quiera trabajar la tierra: “Ahí está la revolución, al costado del tren. Es un punto de discusión, de convergencia donde podemos ver nuestra independencia, nuestra soberanía alimentaria, nuestro futuro”.

Eso es justamente lo que hicieron los vecinos y las vecinas de Villa Pueyrredón: ver su futuro en ese pedacito de pasto a la vera de los rieles de la línea Mitre.

En 2018, replicando la tarea del Reciclador, empezaron haciendo talleres de huerta en terrazas. Rápidamente agitaron el avispero en el barrio (Comuna 12) y zonas aledañas. Había interés en la comunidad. Una necesidad urgente de tomar conciencia y recuperar saberes ancestrales olvidados; pero fundamentalmente, de saber qué comer y cómo producirlo. “La primavera fue trayendo el resto”, reflexiona Cecilia Gregoratto, una de las quinteras a cargo de la Huerta Vecinal Villa Pueyrredón, donde actualmente se cultiva acelga, repollo, citronela, lechuga, timbó, poleo, romero, curry y apio.

En época de pandemia, huerteros y huerteras hacen guardias una vez por semana para trabajar la huerta. Es un sábado soleado y alrededor de diez personas aparecen casi al unísono, entre casas bajas y armoniosas. Traen picos y palas. En bolsas enormes juntan colchones de hojas secas para conservar la humedad del suelo.

"Hay mucha gente que básicamente está tratando de sobrevivir y comer. Tenemos que reaccionar y ser estratégicos, si no nos pasan por arriba. Tenemos los actores, los militantes, los profesionales, los activistas: ¿Qué estamos esperando?"

A centímetros de las vías, una compostera enorme. Cáscaras de naranja. Huevos y verduras de hoja. Restos de materia orgánica, tan valiosa para hacer abono. Lombrices californianas, serpenteantes, se mueven cuando salen a la luz.

Hay niñxs que corren, tocan las plantas y experimentan una nueva sensibilidad. Cecilia explica: “Es un espacio más socioeducativo que productivo. Estos dispositivos son fundamentales para el cambio del paradigma. Hablamos de economía circular, pero acá tomás conciencia como consumidor del tiempo que le lleva a una planta crecer, florecer, dar fruto; y a la tierra transformarse en esto que nos va a llenar de nutrientes. Todo ese trabajo te desbloquea la cabeza”.

Generalmente, lxs vecinxs de Villa Pueyrredón no llegan a levantar la cosecha: la gente pasa y se lleva los frutos como “souvenir”, porque son llamativos a simple vista. Por el momento, les queda la satisfacción de trabajar la tierra y compartir logros juntos, aunque su deseo a futuro es aumentar la producción de la huerta.

Cecilia: “Se trata de fortalecer la construcción comunitaria en base a la soberanía popular con los espacios verdes que tenemos. Decidir si queremos que una empresa venga y ponga una planta, haga una linda vereda, con un lindo corredor con juegos y elementos para hacer gimnasia; o si podemos aprovechar ese espacio verde de otra manera, en una ciudad donde hay un paradigma del mal uso del espacio público, un manejo poco transparente, con marketing y sin intermediación de la democracia participativa”.

Un claro ejemplo de esto son los dos predios –de varias hectáreas, bajo el dominio de Nación– linderos a la estación ferroviaria de Villa Pueyrredón que utilizan la Policía de la Ciudad y el Ministerio de Ambiente y Espacio Público como depósitos.

Depósitos de autos secuestrados con orden judicial. Depósitos que juntan mugre, ratas y favorecen la transmisión del dengue. Cecilia comenta una iniciativa vecinal: “Queremos armar una unidad productiva en uno de esos lotes. Creemos que todo lo que pueda representar trabajo de base, de organización comunitaria, es una respuesta real ante la problemática que estamos atravesando”.

A centímetros de las vías, una compostera enorme. Cáscaras de naranja. Huevos y verduras de hoja. Restos de materia orgánica, tan valiosa para hacer abono. Lombrices californianas, serpenteantes, se mueven cuando salen a la luz.

 

Polinizadores y terrazas

En un subsuelo de la avenida San Juan, en el porteño barrio de San Cristóbal, funciona el Museo del Hambre. Es un espacio de encuentro colectivo, de gestión social, de charlas, talleres, de albergue transitorio de semillas, de biblioteca popular, de sinergia… Su “facilitador”, Marcos Filardi (abogado y especialista en Derechos Humanos y Derecho a la Alimentación), nos da la bienvenida un sábado en plena cuarentena.

Filardi cree que todo terreno es propicio para sembrar alimento: “terrazas de edificios, baldíos, a la vera del ferrocarril, obras en construcción”. Confiesa que recién a los 38 descubrió el mundo de las huertas urbanas. 

Subimos algunos pisos hasta llegar donde actualmente vive Filardi.

Lo que vemos es una pequeña África en medio del corazón de Buenos Aires: una región de Burkina Faso, llamada Tiébelé, recreada a escala en su terraza. Hay una casa de barro con techo de paja. Pinturas ancestrales que rompen con la monotonía de la metrópoli. Tiene que ver con los viajes que hizo al continente africano en busca de respuestas y con haber conocido la hambruna de cerca.

"Decidir si queremos que una empresa venga y ponga una planta, haga una linda vereda, con un lindo corredor con juegos y elementos para hacer gimnasia; o si podemos aprovechar ese espacio verde de otra manera."

Filardi toma la palabra: “Gran parte de lo que ves acá ha sido construido colectivamente gracias a aportes y saberes. Yo no hubiese podido hacer nada solo, desde la bioconstrucción, los murales, la huerta. Hay una masa crítica mucho mayor que otros años, que activa y replica. Hay mucha gente que hizo el clic y está arrancando con una macetita en el balcón: eso ya te conecta con el ciclo de la vida. Cultivar tu propio alimento es un acto revolucionario. Es bellísimo tener la posibilidad de compartir estas cosas y conectarnos con la naturaleza”.

El fundador del Museo planta en cajas de medicamentos que recicla de la farmacia de enfrente. Composta en tachos de helado. Pronto las semillas que produce su huerta pasarán a formar parte del nodo que posee en el Museo del Hambre la Red de Albergues Transitorios de Semillas, siempre con la creencia de que es mejor que las semillas circulen y terminen en la tierra.

Filardi cultiva lechuga, rúcula, copete, caléndula, zapallo, boldo, zinnia, tomates rojos y cherries amarillos. También mandarina, naranja y limón. Tiene un pequeño jardín para atraer mariposas, abejas, colibríes y abejorros; entre varios insectos que le visitan a diario y favorecen la biodiversidad: “Toda la Ciudad la podés pensar de otra manera. En las paradas de colectivos vos podrías poner plantas que atraigan polinizadores de modo que se te haga todo un corredor biológico, que los polinizadores te sigan el colectivo”.

Al igual que Filardi, Guillermo Folguera –doctor en Ciencias Biológicas por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, filósofo, investigador del CONICET–, aprendió mucho de las charlas con el Reciclador. También sus vecinxs le ayudaron al iniciarse en el mundo de las huertas urbanas. Dice: “Cuando viajo me cuida la huerta la vecina de abajo, Débora. Cuando puedo le doy algo de la producción, eso afianza los lazos sociales. La huerta no se podría sostener de manera individual, uno está yendo y viniendo todo el tiempo”.

Hace tres años que Guillermo arrancó con la siembra agroecológica en la terraza de su casona antigua del barrio de Paternal. Antes vivía en un edificio en Villa Crespo. Todo cambió cuando se mudó y comenzó a incorporar nuevos conocimientos empíricos, cuando cosechó y guardó semillas por primera vez. Cuando produjo materia orgánica fértil (compost) y dejó de ver a la basura, como basura: “No pude aplicar mucho de lo que sé de Biología. Hay una distancia entre la teoría y la práctica. Hay cosas que salen mal. Hay mucho error. Es interesante cómo la vida te pone a prueba. No sé si produzco más pero de algo estoy seguro: las plantas se enferman menos”.

"Hay mucha gente que hizo el clic y está arrancando con una macetita en el balcón: eso ya te conecta con el ciclo de la vida. Cultivar tu propio alimento es un acto revolucionario."

 

¿Por qué las huertas urbanas son la esperanza del mañana?

Según la ONU, para 2050 la población que viva en núcleos urbanos habrá crecido un 75 por ciento. En síntesis, hablamos de un mayor impacto de la contaminación, de inseguridad alimentaria y efecto invernadero.

Folguera analiza: “Evidentemente, los procesos migratorios que se están dando a nivel global y a nivel local en los sectores urbanos obligan a hacer dos reflexiones: por un lado, esta concentración urbana no es sostenible porque hay un problema estructural que amerita una política pública para poder revertirlo. Y en el mismo sentido interpela cómo estamos viviendo en las ciudades, nos lleva a buscar algún tipo de alternativa tanto a nivel de producción de alimentos como a la cantidad de árboles en la vía pública. Hay muchos elementos asociados”.

Si la política pública no surge por voluntad del Estado, es la ciudadanía la responsable de reclamar por sus derechos vulnerados: el derecho a ocupar, producir, transformar y disfrutar ciudades, pueblos y asentamientos urbanos de manera justa, inclusiva, segura, sostenible y democrática. El derecho a la soberanía alimentaria y a una alimentación adecuada.

Estos son algunos de los principios del proyecto de ley que fue presentado en 2020 en la Legislatura porteña para crear un Sistema de Huertas Públicas y Agroecológicas en la CABA. Cuenta con la adhesión de una docena de organizaciones que militan la agroecología, la conservación de la biodiversidad, la sostenibilidad y la economía circular. Entre los firmantes están: el Reciclador, el Museo del Hambre, la Huerta Vecinal de Villa Pueyrredón, Interhuerta y la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UBA.

¿La finalidad de la ley? Propiciar el uso racional del suelo, el uso urbano de técnicas agroecológicas, la contribución a la educación ambiental, la integración social, la soberanía alimentaria y alimentación saludable, el desarrollo local y la valoración de los cultivos y los residuos.

“Con esta ley se hace ruido, es un marco legal para que no te echen a patadas en los espacios públicos. Pero no me quedo esperando la ley: nosotros venimos huerteando sin permiso de nadie. Vos te descuidaste y te planté una palta en el balcón, donde sea que estés”. Desde su terraza brotada de vida, Carlos Briganti siembra en las conciencias porteñas una semilla de transformación. Hay en marcha una revolución silenciosa que se esparce por las huertas.