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El despertar de los Grasas

por Horacio Dall'Oglio
24 de julio de 2016

Un cuento que explora hasta el extremo las consecuencias políticas de creer que “saliendo de la General Paz, la gente no come lomo”.

¿Qué sería de nosotros si los Grasas un día se despertaran de su eterno sueño? ¿A dónde iríamos a parar si un día se levantaran y dijeran “hoy no quiero ir a trabajar”, pero no uno, ni cien, ni mil, sino millones? ¿Y si dejaran de pagar sus impuestos, y quemaran las iglesias y los bancos y los papeles pintados con las caras de grandes muertos o animalitos en peligro de extinción, y nos pusieran a nosotros, los Magros, en un paredón de fusilamiento? ¿Y qué pasaría si en el instante previo a la balacera redentora algún Grasa dijera, con ese dialecto que los caracteriza: “No, no los matemos; que estos “gatos” vayan a laburar”? Nada, absolutamente nada pasaría porque nosotros “laburamos” a cada segundo, no cómo los Grasas, obvio, para eso los criamos a ellos.

Es duro el trabajo de  ser un Magro: todos los días hay que inventar  mentiras más sutiles para que los Grasas sigan alimentándonos, para que sigan “laburando”. Es así, ¿triste, dirán? No, es la justa realidad. A los Grasas los criamos como ganado, los engordamos para navidad, y después los engullimos, a diario, nos comemos sus vidas, es decir su fuerza vital. No por nada “ganado” se escribe casi igual que “ganancia”, porque son el trofeo que nos “ganamos” a fuerza trabajo, a fuerza de amasarlos y de amansarlos con el garrote y el plomo, con el hambre y la desocupación, con la bandera y la escuela. Fue un gran maestre Magro quien nos guió en el razonable camino, un hombre ilustrado que nos lego una de las mejores enseñanzas: a los Grasas hay que educarlos, si no se salen de los corrales y, como ganado salvaje, empiezan a conseguir su propio alimento y después  se juntan con otros Grasas y se ponen a soñar con revoluciones.

Hace muchos años podíamos llegar a decir como algún poeta “sueñan los Grasas con ser Magros”, pero eso ya no es posible. Los Grasas son grasas y los Magros, magros. Hubo un tiempo, perdido para siempre (¿para siempre?), en que los Grasas, además de comer tortas fritas y tortillas mugrientas con chicharrón en las esquinas de sus barrios, tenían memoria y se acordaban de otros Grasas y de las luchas de otros Grasas de otros tiempos, en el que pueblos enteros de Grasas se levantaban, como toros embravecidos que saben que están a punto de ser carneados, y se rebelaban contra su destino de Grasas chamusqueados con sus cuerpos grasientos ensuciando los asfaltos, las plazas y las escaleras de los bancos con su sangrienta grasa.

Puede parecer raro, pero a los Magros nos encanta el olor de los Grasas cuando se derriten, cuando arden; sea con el fuego lento de cada día, con el látigo, en sus trabajos mal pagos, en su afán por sobrevivir; como cuando se chamuscan de golpe con el fulgor de la pólvora. Pero los tiempos cambiaron, y los Grasas ya no tienen memoria y pastan mansamente como ganado sin distinción entre el hoy, el ayer o el mañana. Son puro presente donde disfrutan de su felicidad. Al eliminar la memoria los Magros eliminamos también los conflictos, y acertamos ahí donde otros antiguos Magros erraron: somos puro consenso, arriba los de arriba y abajo los de abajo; como siempre debió ser.

Antes, por la flojera de ciertos Magros y por las divisiones que se suscitaban en nuestra especie entre los que creían que a los Grasas había que engordarlos y los que creían que había que enflaquecerlos -de allí el dicho de “épocas de vacas gordas y épocas de vacas flacas”-, los Grasas conservaban el doble sentido de la palabra griega phármakon: eran fármacos, remedios, útiles pero también peligrosos, podían curarnos a los Magros pero también matarnos llegado el caso.

Claro que con los años los Magros fuimos perfeccionando la técnica de crianza de los Grasas hasta que solos comenzaron a explotar uno de los dos polos de sus virtudes, el menos conflictivo, el que siempre nos favoreció, y los Grasas ya no pudieron cantar cosas como “votar, cagar, llorar, pagar”, porque los Grasas ya no lloran. Todos ganamos, ellos son felices, a su manera, y nosotros también. Sin embargo, me pregunto, en estas horas finales, si no será como cuando juego con mi gata: “¿Quién  sabe si ella  no se divierte  conmigo y  no  yo  con  ella?”, dijo aquél viejo Magro que quería convertirse en un Grasa a través de la escritura, Michel de Montaigne ¿Y si supieran de todas las mentiras con las que descarnamos sus cuerpos llenos de grasa, con las que hundimos hasta el cabo nuestro cuchillo y los degollamos en todo momento para que brote su grasa a borbotones porque es ella, su grasa, la que vale oro?¿Dejarían los Grasas de pastar mansamente si cada instante fuera una posibilidad para liberarse del yugo de ser ganado de cría?¿Desterrarían de sus cuerpos grasientos el espíritu de camello que tienen los Grasas, por el que todo el tiempo quieren que “los carguen bien” cargados? ¿Serían capaces de saltar todas las vallas y todos los corrales, y saldrían a correr bajo el sol con nuestras cabezas en sus manos?

Hemos criado un monstruo, un Leviatán, hecho de millones de Grasas y por ahora, sólo por ahora, hemos podido dominarlo, pero bien sabemos que no hay garantías. Es un trabajo duro el de criar generaciones y generaciones de Grasas, y por su falta de memoria, todos los días hay que recordarles la importancia de sus impuestos, de las iglesias, de los bancos y de los papelitos pintados. De hecho ya no sé para quién escribo esto, si para los Magros que vendrán o para que los Grasas se despierten.