Crónica desde Andalgalá en días de represión

por Manuel Fontenla
09 de mayo de 2022

Luego de la represión del gobierno de Catamarca, el pueblo de Andalgalá volvió a marchar contra la megaminería como todos los sábados. ¿Qué pasará ahora? ¿Habrá megaminería o habrá agua? ¿Habrá vida o habrá muerte?

*Por Manuel Fontenla, para Asamblea Pucara.

1. Los escudos

Son casi las nueve de la noche del domingo. Hace una hora volvimos de Andalgalá. Salimos desde la ciudad el sábado al mediodía, con el tiempo justo para llegar allá, tomar unos mates en Chaquiago, abrazarnos con lxs compas, y arrancar a la plaza 9 de julio para la Caminata por la vida N° 640. Como nos imaginábamos, no fuimos los únicos en viajar para sumarnos a la caminata. De Belén, de Santa María, de Tucumán, de Poman, de Londres, de Ancasti, de la Rioja, también se vinieron. Así pasa cada vez que el gobierno represor de la provincia de Catamarca vuelve a querer callar al pueblo de Andalgalá, cada vez que la empresa Yamana Gold insiste en su proyecto a través de la violencia.

Todos vamos llegando de a poco, pero la Caminata no comienza hasta que llegan los vecinos de Choya. Esos vecinxs que hasta hace unos meses jamás hubiesen imaginado que su pueblo iba a estar en los titulares de todos los medios locales y nacionales; lxs vecinxs que tampoco sabían lo que es un ataque de la policía, lo que es una bala de goma golpeando el cuerpo, el olor de la pólvora, los gritos y las corridas; y al otro día, las citaciones judiciales, el hostigamiento de los patrulleros, los fiscales cobardes asechando a la distancia. Vecinos y vecinas, que conocieron en una semana, toda esa violencia junta. Por eso son los más esperados, los más aplaudidos en la plaza, los más abrazados. También por eso, son los primeros en tener la palabra.

Son tres las vecinas que suben los dos escalones de la plaza y se ponen de frente a una calle repleta de gente. Mientras dos sostienen una bandera, otra agarra el micrófono. Con la voz firme nos cuenta eso que todos vimos en los videos. Se detiene especialmente para contar ese momento que nos estrujo el corazón, cuando Karina Orquera abre los brazos, y se planta, con las manos desnudas y la cara descubierta frente a 8 policías armados, y les grita esa frase que ya es inmortal, y que es otra de las frases que nos llena de coraje, de valor y de resistencia. Esas frases que nos vuelven poderosos, dignos, invencibles: Tengo un escudo más fuerte que el de ustedes. Esa frase, es también el escudo, su voz y su cuerpo son el escudo, la plaza llena de gente es parte del escudo, los 12 años de resistencia son el escudo, el bloqueo en el cerro es escudo, la asamblea el Algarrobo es escudo, la decisión inquebrantable de que Agua Rica se vaya, es el gran escudo que protege el agua, al Aconquija y a los choyanos.

2. La cuesta más larga de América del Sur

52 km tiene la cuesta que va hasta Minas Capillitas, hasta el campamento donde empieza Agua Rica. 52 km que los defensores del Cerro suben y bajan desde el 5 de abril para sostener un bloqueo que debe ser único en nuestra historia: a cuatro mil metros de altura, donde no hay señal de teléfono, donde no hay paredes para refugiarse del frio, y, sobre todo, donde no hay escapatoria cuando la policía sube con 30 efectivos y los vecinos son menos de 10. Pero las luchas, realmente, no se cuentan en números de individuos. Bien lo saben en estas tierras donde los números siempre fueron una desventaja, porque siempre son más los policías y gendarmes, siempre son más los funcionarios corruptos al servicio de la empresa, siempre son más los medios pagados, siempre son más los fiscales y jueces truchos. Siempre en los números nuestra lucha es desigual.

Pero poco le importa eso a los choyanos, a los que vieron con sus propios ojos como la minería empieza a destruir sus ríos y cerros. Ellos saben que su fuerza no proviene de los números, proviene de su convicción en que son las mineras o son ellos, proviene de su amor por esas tierras en las que han vivido toda su vida. Y lo saben también, por los mensajes de los Cerros, como el del lunes 2, el día anterior a la represión. Ese día, relatan los vecinos, un gran guanaco se acercó al acampe de allá arriba. Los choyanos saben que los guanacos son huidizos, son tímidos, rara vez se dejan ver. Ante el mínimo ruido, se van cerro adentro. Pero esta vez fue distinto. El guanaco se acercó hasta los vecinos. Caminó lentamente de un lado al otro por delante de ellos y luego se fue despacio. Para los que estaban ahí, bajo el sol implacable y el viento que corta los labios, el mensaje fue claro: la pacha, también es parte del escudo de los choyanos. Por eso a ellos los protege y en cambio a los mineros los asusta, los persigue en la noche y en sus casillas. Ellos mismos lo dicen, medio por lo bajo, para que no escuchen los patrones. Pero entre vecinos no se mienten, los mineros andan con miedo por entre el cerro, saben que no son bienvenidos arriba, saben que el Aconquija esta de nuestro lado, y que él también se empieza a despertar contra la minera que lo quiere explotar.

Foto: Susi Maresca

Foto: Susi Maresca

3. El carnero y los cobardes

El otro que tiene miedo, es Raúl Jalil. El gobernador de las empresas, el que no puede pisar el pueblo de Andalgalá. Tiene miedo por lo que le cuentan los suyos. Los funcionarios que anduvieron dando vueltas. Los que estas semanas pasan rapidito y en silencio por Choya. Los que vienen con mentiras brillantes y se encuentran con verdades ásperas que los vecinos les plantean en la cara, decididos, informados, seguros. Vienen, y así como llegan pegan la vuelta para la capital.

No hace falta que cuenten mucho, el carnero se entera todo por la cobardía en las miradas. Por eso manda a otro, y a otros, pero nunca viene él. Es que no tienen qué decir, comentan los vecinos, “si acá se ve clarito como están destruyendo el rio, qué va a poder decir”, repiten de casa en casa. Por eso manda gente de afuera, patotas privadas que vienen de Tucumán, fiscales nuevitos que no duran ni un día y ya están pidiendo el traslado. Y así como el carnero se esconde en su guarida, la empresa saca a la calle todo su arsenal, porque también se la ve fea. Ya no le alcanza con repartir sus miserias, ya no le alcanza con sus propagandas y promesas. La gente le desconfía, ellos cada vez más ricos, y acá todos cada vez más pobres. Por eso sacan la vajilla de fiesta, regalan motos, bicis, juguetes, hacen concursos, sobornan y compran, endulzan y reparten. Pero, así y todo, la bronca no afloja, los globos se desinflan y la tensión sigue ahí en el aire, inamovible. El encanto de la fiesta dura poco, la música se apaga, pero el murmullo de la bronca sigue latiendo en cada casa del pueblo, por eso a penas se hace de noche, tienen que volver a sacar a la policía.

4. El horno no está para bollos

En cada conversación se escucha lo mismo: estamos hartos, esto ya no va a ir para atrás, esto es a vida o muerte. Si no se van, no va haber paz, ni mañana, ni en los próximos diez años. Ya no importan las represiones, ya no importa “que nos vuelvan a cagar a palos”. Ya hubo una en 2010, y otra el año pasado, y otra esta semana. Y al principio se metían solo con los “referentes”, con los más conocidos. Y después empezaron a meter en cana a los jóvenes y las mujeres. Y ahora le empiezan a disparar a cualquiera, a vecinos que trabajan en sus campos y están ahí en sus casas, ya no se sabe que puede pasar. Ya no se aguanta más, y de acá la gente no se va a ir. Los de choya están hace mil años ahí, qué hay más catamarqueño que un choyano, se preguntan y se ríen. Pero la risa dura un segundo no más y después vuelven a trabar la cara: el horno no está para bollos. Dice una vecina que otra le contó que ya están desarmando La Alumbrera, parece que se llevan las máquinas grandes para otro lado, “ojalá se lleven todo a la mierda de una vez”, me dice mientras mira unos árboles hermosos en la plazoleta del barrio centenario.

La semana vuelve a comenzar. Mientras salga el sol mañana, los choyanos van a seguir allá arriba en el bloqueo, y las máquinas de la empresa también van seguir allá arriba en el cerro, pero los dos no pueden convivir, uno tiene que bajar. Y por si les quedan dudas, no van a ser los nuestros, no van a ser los defensores de Andalgalá.

Foto: Susi Maresca

Foto: Susi Maresca

 

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