Compartir

Cítrica a pura droga: una experiencia de autogestión extrema

por Horacio Dall'Oglio
24 de abril de 2014

El reparto de suscripciones en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores.

La Revista Cítrica se reparte en bicicleta o de a pie. Así llegamos a todos los rincones de la Ciudad de Buenos Aires. En los barrios de Belgrano y Almagro tenemos mayor suceso. A menudo nos tocan suscriptores que no se conocen y viven en la misma cuadra o hasta en el mismo edificio. Ese fue el caso de Nicolás y Martín por ejemplo, vecinos de edificio en la calle Amenabar. Para nosotros su cercanía es una gran alegría. Porque la autogestión durante el verano no es amiga de los largos recorridos. En la ciudad más bien que mal nos las arreglamos sin terciarizar. Sin embargo cuando nos piden la revista en los alrededores debemos prepararnos de otra manera. 

Miércoles de mediados de marzo. Son más de las cinco de la tarde y el sol pega con sus últimos arrebatos de verano. La revista salió en febrero y todavía no terminé de repartir las suscripciones así que, de vuelta del laburo, decido bajarme en Lanús y hacer en remís las tres que quedan. En Monte Chingolo, barrio de históricas resistencias, pido un auto sobre Centenario Uruguayo. No tengo código. La recepcionista me explica con cansancio que sin código no pueden llevarme. Insisto. Tengo que ir hasta Temperley, paro en tres lados. Entre los choferes sentados en un banco de madera afuera de la agencia, asoma su cabeza un muchacho por el umbral de la puerta y se ofrece a hacer el viaje. Con una lapicera y mucho desgano, la recepcionista muestra el auto, afuera. 

El primer suscriptor queda cerca; está a diez cuadras de la agencia y a media de Centenario. El lector no respondió ningún mail y tampoco pagó el número anterior, por lo que no tengo muchas esperanzas. Bajo del auto y golpeo las manos. De la casilla de adelante sale una señora entre medio de unas cortinas plásticas. No vive más acá, dice la doña detrás de un tejido mal trecho mientras se seca las manos con la falda del delantal de cocina. Se mudó a Berazategui, creo. No, no tengo el teléfono. Gracias. El sobre de madera con el número 7 de Cítrica, en su nuevo formato de 48 páginas y Milo Lockett en tapa, vuelve a la mochila.

Ahora Temperley, calle 14 de Julio al 523, cerca de la estación del tren. Hay que pasar del plano 7 de Lanús al 6 de Lomas de Zamora. Al chofer le da curiosidad saber qué llevo en esos sobres de papel madera ¿Revistas...? Culturales, aclaro para su desazón. La casa es de material, hecha hace ya tiempo con un garaje al costado y un muro bajo. La lectora, una simpática jubilada, aparece por la puerta lateral del garaje donde cuelga un cartel de: Taller de Arte. No tengo para pagarte ahora, venite después del 20 que cobro, dice la señora a la vez que mira las tapas de los distintos números y le dedica un sarcasmo al primer director del quebrado diario Crítica. Arreglamos para el próximo número, no se haga problema, le indico y me retiro.

Queda una suscripción más por repartir. Según la guía, hay que ir hasta Pasco, pasar el túnel, cruzar Hipólito Yrigoyen y hacer unas cuadras a la derecha. Paramos con el remisero en una esquina de Turdera, estamos perdidos. La calle San Roque aparece en el límite del mapa y no se distingue la altura. En la esquina de 9 de Julio y San Mateo, a unas seis cuadras de nuestro destino, vemos a un patrullero que frena en el cruce y decidimos preguntarle. En la camioneta hay un solo policía que habla y se ríe por su celular. Disculpe, dice el remisero desde su ventana, y el policía mira hacia el auto sin dejar de hablar y de reírse. ¿Conoce la calle San Roque al 500?, el remisero redondea la numeración para ahorrarle trabajo al policía. No, ni idea, responde el oficial con desdén en su tono, antes acelerar y hacer chillar la correa de distribución de su camioneta.

El remisero recuerda que en algún lugar del auto tiene un GPS. Revuelve la guantera, frente a la palanca y por fin, del cubículo de su puerta, surge el aparato. Carga la dirección y enseguida la voz venida de algún satélite empieza a dar órdenes: gire a la izquierda, gire a la derecha, avance trescientos metros. La gallega mandó fruta, dice el remisero, dudando de la veracidad de las indicaciones, cuando estamos a punto de chocar las vías del tren. Avance, avance, continúa la vocecita. Y sí, mágicamente, aparece frente a nosotros un puente que nos deja del otro lado de las vías de Turdera, en la calle San Roque. La casa de la suscriptora está a unas tres cuadras, y pronto una perra ruidosa me recibe con sus dientes entre unas rejas negras y puntiagudas. Después de entregar la revista, volvemos hacia Temperley donde tengo que tomar el tren de vuelta a casa. El auto avanza por una calle empedrada a baja velocidad hasta que un patrullero se acerca por atrás y prende su sirena.

Nos están parando, dice el remisero con tranquilidad mientras mira por el espejo retrovisor y se estaciona a un costado de la calle angosta. ¡Salgan!, grita el policía con la cabeza afuera de la ventana. Bajamos. En el piso del auto, frente a la butaca, quedan la mochila con revistas, la guía y un cuaderno. ¡Las manos en el baúl! exige el oficial que ahora sí se baja rápido. Al menos no nos está apuntando, pienso al verlo salir de la camioneta. ¡La cabeza abajo! ¿Dónde está la merca?, protesta el milico mientras me cachea. ¿Qué merca?, pregunto, desorientado. “¿Qué merca?”, dice y me imita el tono de desconcierto. Si yo vi que te estabas dando un pase. ¿Un pase?, pregunto, aún más confundido ¿Qué tenés en los bolsillos? Sacá todo, sacá todo, pide el oficial, apurado. Una billetera con documentos y algo de guita, tres monedas de dos pesos, un pase mensual del tren, una tarjeta SUBE y un celular sin tapa quedan sobre el baúl verde oscuro del remis. Enseguida aparecen por la calle empedrada dos camionetas más con sus sirenas al aire ¿Qué están haciendo, de donde son?, pregunta, acelerado. Estoy repartiendo revistas, respondo. Ajá, repartiendo revistas, ¿y vos? Soy remisero, trabajo en una agencia de Centenario, en Lanús. El muchacho me pidió que viniéramos para acá porque no conoce la zona, responde con serenidad el chofer mientras lo cachean. ¿Y la merca?, vuelve a insistir el policía, que recién al mirar al costado lo reconozco. Es el mismo que nos contestó con desprecio que no sabía donde quedaba la calle. Flaco, alto, de pelo bien corto, engominado y con los ojos treméndamente colorados. Viste chomba azul, pantalones negros de cargo, borceguís en los pies, el arma en la cintura y sin identificación. Dale si yo te vi, insiste, mirándome. No señor, yo no permitiría algo así, dice el remisero, con firmeza.

Ahí seguimos, con las manos en el baúl del auto. No hacían muchos días tuve que mentirles a unos canas que querían guita. Me agarraron en un control de tránsito con la Verificación Técnica vencida. En los asientos de atrás llevaba las revistas para enviar a los diarios de las provincias. Les dije que andaba repartiendo las revistas, que estaba laburando, que me iban a echar si no llegaba. Uno era el policía malo, que quería secuestrarme el auto. El otro era el policía bueno, y explicaba todo lo que iba a tener que pagar si me quitaban el Falcon '70. Lloré un poco, les mostré la billetera vacía y les pedí que me dejaran ir. Finalmente, el policía bueno me preguntó si no tenía “un entero”. Podría haber dicho si no tenía “un Roca”, “un Evita”, “un violeta”, pero no quiso decir “un cien” y dijo: “un entero”. No, no tengo. Me largaron, por rata. No quería que me retengan de vuelta así que elegí un remís para las suscripciones. Sin embargo, de los dos patrulleros ahora bajan cuatro policías. Uno bajito, uno barrigón, uno morrudo y otro flaco. No lo puedo creer.

Buenas tardes señores. Buenas tardes, decimos en coro. Documentos por favor, pide el policía petiso y prolijo, con buen tono y cara de jefe. ¿Qué están haciendo señores? Estoy repartiendo revistas, digo por enésima vez, al tiempo que tres canas se acercan al auto y miran desde la puerta abierta. ¿Quién es el dueño?, pregunta el mismo que pidió los documentos. Acérquese que van a revisar adentro, dice y el remisero se mueve hasta la puerta de adelante. ¿Qué revistas?, pregunta el morrudo mientras hociquea en la butaca donde estaba sentado. Culturales, respondo, como si esa denominación pudiera servirme de escudo. Yo lo vi, dice el cana intentando convencer a sus compañeros a la vez que fuma con pitadas rápidas, nerviosas. Estaba dándose con merca, insiste el policía sin identificación. De pronto me vienen unas ganas terribles de rascarme la nariz, pero me aguanto para no levantar sospechas. No soporto más, y aprovechando que no encuentran nada, salgo en mi defensa. No lo quiero contradecir, pero no me estaba dando ningún pase, digo. ¡Ah! ¿no?, dice el milico. ¿Yo soy un boludo, no? Te veo dándote un pase ¿y ahora yo soy el boludo?, dice el policía casi a los gritos, mientras tira la colilla del pucho y la pisa con broca. No dije eso, simplemente digo que no estaba haciendo nada. Le preguntamos dónde estaba una calle y dijo que no sabía. Ahí te vi, ahí te vi, dice el policía con fervor y me señala con su dedo índice.

El barrigón, el morrudo y el flaco de las camionetas de atrás ya se aburrieron de la situación y se van a charlar aparte, sobre la vereda. El cana que nos detuvo se queda atrás con el petiso mientras nos averiguan los antecedentes. ¿No nos habrán plantado algo, no?, digo, desconfiado, al remisero que apoya los codos en el baúl y descarta enseguida mi hipótesis. Naa. Los miré bien cuando revisaban. Vamos, dice el barrigón y arranca la camioneta donde también se sube el morrudo. No pasa nada, quedate tranqui, dice el remisero que ve en mi cara el temor de que nos inventen una causa. Entonces, el petiso se acerca a nosotros con los documentos en la mano. Disculpen señores, dice el jefe y nos invita a continuar con lo nuestro. ¿Vos viste la cara del chabón?, dice el remisero cuando arrancamos para la estación de Temperley. Sí, lo vi, respondo. Él estaba re drogado, dice el chofer y me consuelo al saber que no soy el único que lo piensa. Por suerte no revisaron la mochila, porque ahí sí que tenía droga. Un kilo, quizás. Una droga especial, de diseño si se quiere. Artesanal. Una droga cultural y autogestionada, donde cada ejemplar debe pesar cerca de 100 gramos, más o menos.