Un héroe para el lío de la vida ordinaria
por Federico CoguzzaFotos: Rodrigo Ruiz
15 de junio de 2026
Referente de la contracultura nacional y líder de una tribu fiel que lo adoptó como antídoto poético ante una realidad que solo reserva la belleza para una minoría, el Indio Solari condensa los dolores y las pasiones argentinas. Por eso sigue sonando en tantos corazones.
Murió el Indio Solari. Y como cuando tocaba con Los Redondos, o en su etapa solista junto a los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, lo que sobrevino fue un desborde de las emociones, esta vez para hacerle frente a una palpable sensación de orfandad: llanto, desconsuelo, grito afónico, rabia y un abrazo multitudinario, poético por donde se lo mire, algo así como una risa pícara y compinche.
Redondos 10 años pasaron del inolvidable recital de Tandil. Ese en el que más esperadamente que nunca arrancó con “Nuestro amo juega al esclavo” y en el que anunció que estaba enfermo. En la previa de aquel show, Solari brindó una entrevista para el documental Tsunami, un océano de gente. Ahí, visiblemente emocionado, el músico, cantante y poeta, único e irrepetible, incapaz de ser globalizado, traducido a otras latitudes, es decir, de acá, todo nuestro, afirma: “Yo no sé por qué soy el Indio Solari”.
De las canciones a las emociones
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Uno de los textos fundamentales para pensar la cultura popular, y vaya si el Indio Solari forma parte de todo ese guiso, se llama “De los medios a las mediaciones”. Lo escribió el español nacionalizado colombiano Jesús Martín Barbero en 1987, cuando las canciones de Gulp! y Oktubre apenas eran escuchadas por un grupo minúsculo de personas que se metían en los sótanos donde la banda de La Plata hacía sus primeras presentaciones.
Posible de ver en Youtube, en poco más de 7 minutos (un instante de belleza muy cruel), Barbero cuenta la anécdota que lo llevó a desarrollar su teoría: alguien le avisa que hay una película que está hace más de 6 meses en cartel (algo por demás extraordinario), entonces decide ir a verla acompañado de colegas a un cine en el centro de Cali. Cuando llega, el 80 por ciento son hombres y lo que están por presenciar es un melodrama.
Barbero y sus colegas comienzan a reírse, porque la película les parece sólo posible de ser vista en clave de comedia, sin embargo, dos hombres se les acercan y les dicen: “O se callan o los sacamos”. Barbero decide hacer silencio, deja de mirar la pantalla y comienza a prestar atención a su alrededor: los hombres lloran conmovidos por la película. Están mirando la misma película, pero están viendo una totalmente distinta. No hace falta irse a un lugar desconocido para encontrar una cultura que desafíe a la propia, y cada uno pone su vida al servicio de la obra.
Pensar al Indio Solari implica necesariamente poner arriba de la mesa su excepcional capacidad de desafiar las convenciones, de amalgamar poesía, cultura de masas y cultura popular. Una que no subestimó nunca a sus interlocutores, que les ofreció reparo y sosiego a los que viven temiendo despertar de sus sueños y también a aquéllos que no pueden dormir por la noche. Pensar la obra del Indio Solari es ponerse frente a frente con la contracultura, es zambullirse en la música y la poesía para encontrar allí una trinchera ante el odio, la violencia, la injusticia, ante un mundo que día a día es más aterrador.
Ser contemporáneos de Solari fue la posibilidad cierta de ver, sentir y experimentar “una película”, una vida distinta a la que desde los satélites habían decidido mostrarnos; fue la oportunidad de saber que quienes querían desafiar la vieja cultura frita no estaban tan lejos de vos ni de tus virtudes, y que valía la pena, aunque sea para perder la forma humana, poner la propia vida al servicio de sus canciones.
Todo, sin que él lo pidiera. Todo, sin proclama ni panfleto. Todo producto del milagro artístico.
El hecho maldito y plebeyo del rock
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Luego del último acorde de “Ji Ji Ji” en el recital de Tandil de 2016, Solari les dice a las casi 200 mil personas que colmaron el hipódromo: “Es imposible abarcar esto. No sé de qué se trata. No me quiero hacer cargo. Gracias”. En esa sentencia y agradecimiento hay también algo que se condensa y es la particularidad que tiene Argentina de que crear liderazgos (Perón, Maradona) fuertemente heterogéneos, sumamente plebeyos, que irrumpen en la calle y los espacios sociales, en condición gregaria. Imposibles de ser apropiados y clausurados en sus sentidos.
Los Redondos y el Indio Solari son del pueblo, y es el pueblo el que les asigna un sentido, o varios, pero siempre en línea con saber de qué lado de la mecha estar, como un norte lejos de las convenciones que intenta imponer la vida ordinaria, como una forma de sensibilidad para acceder a la belleza y al amor.
El Indio Solari les permitió (y seguirá permitiendo, aunque ahora el dolor revuelva las tripas) a varias generaciones proteger su estado de ánimo, y en base a ello construyó una historia de amor en la que, como quedó demostrado en su despedida, había lugar para todas y todos.
El Indio Solari fue un héroe en este lío, un gran remedio para un gran mal.
Fuegos de junio
Miles de voces en la despedida en Villa Domínico conformaron una canción nueva, casi una plegaria colectiva como respuesta a la huella imborrable que dejó el Indio Solari en tantas vidas a través de su lírica y su música.
Maldición, va a ser un día...
Empiezo por mi principio. Una semblanza ricotera, perdida en alguna parte y encontrada donde la arrojaron las tempestades.
Una copa de lo mejor
Se fue El Indio. Se fue el líder del pogo liberador, de la misa pagana y de la palabra justa para los marginales y para las pibas violentadas en los barrios. A las caídas y los caídos de todo sistema, les habló al oído Patricio Rey. Y eso no se olvida. ¿Para vos qué fue? Acá te cuento el efecto amplificador de su música en una adolescente de los '90.
