Miles de voces en la despedida en Villa Domínico conformaron una canción nueva, casi una plegaria colectiva como respuesta a la huella imborrable que dejó el Indio Solari en tantas vidas a través de su lírica y su música.
Es difícil explicar la tristeza y la alegría del pueblo. Cuando se juntan, la tarea se vuelve todavía más compleja. Parlantes que retumban en las esquinas, brazos que se agitan hacia el cielo, llanto, risas, baile, pogo.
“Al primer recital que fui tenía 14 años. Fue un maestro: no entendías una palabra, entonces la buscabas en el diccionario.”
Paty, chori, sándwiches de milanesa, panchos, tortas fritas, chipá; hasta flan con dulce de leche hubo en la despedida del Indio Solari. Remeras, gorros, vasos grabados, jarras de birra, fernet, banderas. Todo un despliegue impactante de esa economía popular que siempre se hizo presente en cada misa ricotera.
“El Indio es mi primera referencia política, estética, poética, artística. El Indio y Los Redondos nos forjaron una identidad que es solo nuestra, bien argentina”.
La gente esperaba tranquila, en paz. La fila para ingresar a despedirlo llegó a tener más de noventa cuadras. Por momentos, la masa humana apretaba, casi desbordando las vallas que la propia multitud –organizada para que nadie saliera lastimado– se encargaba de sostener.
“Mi primer recital fue en el año 94. Es la voz del pueblo. Se me murió mi papá y hoy siento que estoy enterrando a mi viejo por segunda vez. Se nos están muriendo los buenos.”
Qué honor que todo un pueblo te despida. Cuánta gratitud y belleza puede condensar un ídolo; cuánta pasión y amor inabarcable, incalculable. Todo un país agradecido diciéndole adiós. Qué placer ser parte de un momento histórico e inolvidable, un hecho único que solo se puede entender si se vive en Argentina.
“Es muy difícil despedirse de alguien que fue tan importante para todos y para la historia del país.”
Cuerpos que no durmieron, que permanecieron despiertos toda la noche del sábado para, al día siguiente, ser los primeros en la fila para abrazar a su máximo referente. No importaban el frío ni la lluvia: la misa ricotera se convirtió en una procesión absoluta, interminable como esas cuadras de vigilia.
“Esto es cultura, rocanrol, patria. Lo escuché a los 14 años por primera vez. Gracias al Indio viajé por todo el país.”
En cada esquina había un grupo armando un pogo, parlantes sonando a puro rock, personas hundidas en abrazos eternos y lágrimas que condensaban amor y ternura pura.
“Es una pasión, me acompañó durante 30 años. Conocí a la mujer de mi vida gracias a su música y hoy no sería lo que soy si no fuera por el Indio.”
Un hombre que interpeló e interpretó a todo un pueblo. Que nos brindó una poesía magnífica, excepcional, y que generó un fenómeno tan extraordinario que todavía hoy es difícil de dimensionar.
“Tengo 52 años y más de 30 recitales por todo el país. El Indio es identidad popular, es familia.”
El dolor popular se respeta, se atiende, se organiza; y también impacta, entristece. En la despedida del Indio estaban lxs fanáticxs históricxs, lxs ricoterxs que supieron forjar su propia comunidad, pero también estaban quienes apenas habían escuchado un par de canciones. El Indio trascendió generaciones, clases sociales y territorios.
“El Indio marcó toda mi adolescencia y cada frase de él se la llevo a mis alumnos. Recién me crucé con una alumna acá; verla tan chiquita es hermoso porque esto es cultural, es popular, es del pueblo.”
Despedir al Indio fue una forma de afectarse y doler en comunidad. La orfandad que deja hace más grande la soledad en tiempos donde gobiernan el individualismo y la crueldad. Sin embargo, aquella expresión tan inmensa de amor nos hace sentir menos solxs.
“Tengo 50 años y lo sigo desde los 12. El Indio es cultura, es historia.”
El Indio nos regaló la rebeldía para cuestionar al poder. Nos dio la poesía popular y la crítica a un sistema que destruye almas; entendió las injusticias y las hizo canción. Nos permitió alzar las banderas de la autogestión sin una discográfica detrás, sin pautas publicitarias ni sponsors.
Movilizó multitudes. Lo censuraron cuando ya nadie se atrevía a recibir sus shows. El Indio lo desbordó todo, conquistó millones de corazones y por eso se lo va a recordar siempre. Nos dejó un legado de canciones invaluables.
“Los Redondos generaron en los noventa un lugar de pertenencia porque fue una banda que nunca se vendió y, además, cantaba lo que sucedía en la esquina.”
Villa Domínico fue el escenario del velorio más grande del mundo, de un duelo colectivo que no se puede explicar solo con palabras. El cielo gris acompañó la tristeza, pero el pogo sostuvo la alegría que corre por las venas de su gente. Esa alegría que el Indio supo sembrar. Y cuando un artista le regala alegría a su pueblo, se convierte en algo infinito.
Se fue el dios de lxs rotxs, pero quedará en todos los corazones. Le habló a cada unx de ellxs, fue la banda de sonido de la vida de multitudes. La muerte se lo llevó, pero sus fieles lo mantendrán vivo para siempre porque “donde hay dolor habrá canciones”.
Maldición, va a ser un día...
Empiezo por mi principio. Una semblanza ricotera, perdida en alguna parte y encontrada donde la arrojaron las tempestades.
La última misa ricotera
A través de fragmentos de la obra del Indio Solari, recuerdos de adolescencia y escenas de calle, la despedida es un duelo íntimo y una liturgia ricotera. Canciones como lenguaje común para nombrar la pérdida y sellar el mito de quien hizo cuerpo al rock argentino.
Dai, la jugadora eterna
En este perfil especial, que es parte de una cobertura colaborativa de LAVACA, Perycia y Cítrica, el Club Atlético Lilán de Laprida recuerda a la joven que apareció muerta en una comisaría de la ciudad, a la espera de conocer la verdad de qué pasó. Sus compañeras de equipo y el entrenador relatan anécdotas de afuera y adentro de la cancha que reflejan, acaso, lo mismo: "Ponía mucha garra y sacrificio”.
