La presencia imborrable de Luciano Arruga

por Florencia Ferioli y Ornella Rapallini
Fotos: Florencia Ferioli
30 de enero de 2022

A 13 años de la desaparición forzada seguida de muerte del adolescente de La Matanza que se negó a robar para la Policía Bonaerense, un recorrido por los lugares clave de una historia que sigue viva en la memoria de su hermana y de quienes denuncian la continuidad de la represión estatal.

Luciano hoy sería un adulto de 29 años, una persona muy alegre y feliz. Hubiéramos disfrutado la vida de la forma que siempre nos merecimos. Cuesta imaginarse a una persona que no está, pero me lo imagino alto, flaco, riendo con sus dientes muy grandes y blancos, siempre riendo, con mucha simpatía. Sería muy inquieto, porque él era muy curioso. Le gustaba la música, la historia, la política. Quizás hubiese militado y generado espacio en esta sociedad tan cruel, porque era muy solidario. Ésa es la imagen que tengo de él. 

Vanesa Orieta describe a su hermano, desaparecido el sábado 31 de enero de 2009 en Lomas del Mirador, partido bonaerense de La Matanza, como si lo estuviera viendo en tiempo presente.

Luciano Arruga tenía 16 años y una vida llena de sueños. Tocaba la guitarra, jugaba a la pelota y leía mucho. Entrada su adolescencia comenzó a cuestionar diferentes situaciones que tenían que ver con su vida y con la de muchos pibes como él. Comenzó a preguntarse sobre las discriminaciones, la criminalización y los temores que aparecían en determinadas personas con todos los pibes de barrio similares a él. 

A pesar de todas las situaciones que padeció, era un pibe con muchas ganas de salir adelante en una vida sacrificada como es la de los pibes que nacen en barrios humildes y que sufren diferentes formas de violencias institucionales. Tenía buen corazón y entendía lo que era no tener o que algo escasee en el hogar.

La personalidad de Luciano toma vida en la memoria de su hermana, que emprendió una búsqueda incansable por la verdad y justicia, convirtiéndose casi por necesidad y propia voluntad en una militante de los derechos humanos para visibilizar la problemática estructural de violencia institucional y represión estatal que ataca sin miramientos a los pibes y pibas de los barrios más vulnerados. Esta juventud, tipificada como “potencialmente peligrosa” por su ropa, color de piel, zapatillas o pertenencia barrial, es la destinataria repetida del hostigamiento policial.

Antes de su desaparición forzada, Luciano había podido expresar que sufría persecución de la Policía Bonaerense por negarse a robar para ellos y en reiteradas oportunidades fue detenido ilegalmente. 

Tenía mucho miedo, se empezó a notar en sus ojos, yo pude ver ese cambio, él llegó a decirnos a mi mamá y a mi que se negó a salir a robar para un grupo de personas representantes de la Policía, como así se presentaban ante los pibes que reclutaban.

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Las paredes del barrio 12 de Octubre no permiten olvidar la cara de Luciano. Sus ojos, en diferentes murales, son testigos de lo que sucede a su alrededor: pibes y pibas ranchando en la calle mientras escuchan música en sus celulares, familias sentadas en la vereda tomando mate, otros vecinos compartiendo una cerveza, piletas de lona en las puertas de las casas donde los y las niñas juegan. 

Luciano ve patrulleros que vigilan y policías que lastiman. En el aire se mezclan impunidad y lucha, en una batalla sin fin. Hace calor, el cielo está completamente celeste. Hay pocos autos circulando, pero muchos estacionados en los cordones de las veredas. Los perros sin dueño se apropian de las calles y acompañan a las señoras que vuelven de comprar en el almacén. 

El día está pesado. Empieza a caer la tarde y Luciano observa desde las paredes, diciendo mucho sin hablar. Está presente en cada espacio. Las casas son de tres o cuatro pisos, con ladrillos a la vista y las cortinas de las ventanas se zarandean al son de un viento cálido. 

Se pueden ver construcciones nuevas, rejas abiertas e inscripciones que anuncian que el “911 está prohibido”. Los paredones y las puertas de los garajes alertan: “cuidado, policía suelto”. En el barrio los vecinos se cuidan, saben muy bien que los pedidos de “más seguridad” traen aparejadas situaciones de violencia hacia la gente laburante de la zona.

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Luciano estuvo detenido en lo que fue el Destacamento Policial Nº 8 de Lomas del Mirador, dependiente de la Comisaría 8va, que en tiempos de dictadura fue conocida como “Sheraton” y funcionó como Centro Clandestino de Detención. Los efectivos del destacamento insultaban y amenazaban a Luciano también en la calle. Le decían que iba a “terminar en un zanjón” y al mismo tiempo lo ponían contra la pared con el arma en el pecho, reconstruye Vanesa.

Es muy duro para cualquier adolescente sentir la violencia de un grupo de policías que pueden atravesarte el cuerpo de un balazo. Estas cosas siguen siendo moneda corriente, les están cagando la vida a los pibes, niños, adolescentes, jóvenes, porque le generás miedo, inseguridad, lo fracturás, quedan traumatizados.

En cada una de las detenciones ilegales, Luciano sufrió violencia física, psicológica y torturas. La peor situación la había sufrido el 22 de septiembre de 2008, meses antes a su desaparición, cuando fue torturado por Julio Diego Torales, único detenido de todos los policías que estaban en ese momento “trabajando”. En mayo de 2015, fue condenado a 10 años de prisión efectiva. Los tormentos físicos y psicológicos que sufrió el joven fueron constatados por un médico del Policlínico de San Justo que declaró en el juicio.

El destacamento, como tal, estaba destinado a tareas administrativas. Sin embargo, conserva huellas de otros Lucianos que pasaron por allí. Las marcas de los chicos siguen intactas, son rastros del dolor que atravesaron los pibes y las pibas frente al hambre de las fieras con gorra.

Es muy importante haber podido lograr el cierre del ex destacamento y que hoy sea un espacio que se haya resignificado en función de que participen los y las vecinas. Las puertas están abiertas y el corazón también a los pibes y pibas de los barrios.

Gracias a la lucha de organismos de derechos humanos, familiares y amigos, la sede policial fue reconvertida en “Espacio para la memoria Luciano Arruga” y funciona como un centro social y cultural destinado a jóvenes de los barrios 12 de Octubre y Santos Vega. 

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El ex destacamento de Lomas del Mirador está rodeado de casas bajas habitadas por personas de clase media, que a raíz de un pedido de “mano dura” comenzó a funcionar como tal. El ingreso tiene rejas coloridas y un camino de cemento. En la puerta, el rostro de Luciano grafiteado en color rojo sangre recibe a los visitantes con una leve sonrisa invitando a pasar. Esa imagen cuida el espacio. 

Es temprano, las persianas están cerradas y cuando se abren dejan entrar la luz de la mañana que ilumina los libros de la biblioteca popular, creada por por amigos y familiares de él. Hay carteles que ordenan la ubicación de los libros. “Cultura”; “Historia”; “Violencia Institucional”. Son varias habitaciones. Hay tachos de pintura, mate, fotos, témperas, marcadores en las mesas. 

Al fondo está la cocina, el lugar más macabro. Fue una decisión dejarla así, con las huellas de los pibes torturados por la Policía, en el mismo lugar que hoy ofrece actividades culturales. El espejo apoyado en la mesada refleja el sitio donde se desató la crueldad. “Cuidame viejo”, escribió con birome en el marco de la ventana un pibe. “El negro”, firma otro que estuvo detenido ahí. En las rejas de esa ventana los ataban. Tirados y atados debajo de esa ventana, los torturaban, los golpeaban y los insultaban. Todas las amenazas que les decían, eran llevadas a cabo por efectivos del personal policial. 

Hay cinco puntos dibujados en la pared donde está la ventana. Se puede ver una J. ¿Habrá sido Juan? ¿Habrá sido Javier? ¿Joaquín? ¿Jerónimo? ¿Será Jessica? ¿Julieta? ¿Con qué lo habrán escrito? Parece carbón. Las marcas de las manos del horror que atravesaron quienes estuvieron detenidos allí también están, superpuestas, desesperadas, simbolizando huellas de ese dolor. 

¿Los ataban de a uno? ¿De a dos? ¿Se escuchaban sus gritos desde el patio? ¿Los vecinos oían las quejas causadas por los golpes? Ahora se escuchan pájaros cantar. 

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La noche del 31 de enero, Luciano fue atropellado por un vehículo en una situación que aún no está esclarecida. Lo habían visto por última vez en el destacamento.
Al joven lo atropellaron en la Avenida General Paz, a la altura de Emilio Castro. Los testigos declararon haberlo visto correr lastimado, desesperado y sin zapatillas. Es una avenida de carril rápido que tiene un cruce bajo nivel para los peatones. Luciano vivía a pocas cuadras y sabía que por allí no se cruza.

La persona que lo arrolló con su vehículo hablaba de un pibe que corría huyendo de algo, de alguien. Un segundo testigo informó a la Justicia que sobre la colectora de General Paz había una patrulla de la Bonaerense a la cual le hacía señas para asistirlo, ya que todavía seguía con vida. Luego se supo que falleció a las pocas horas en el Hospital Santojanni. 

Seguimos sosteniendo la misma denuncia: fue la Policía Bonaerense la que llevó a Luciano hasta ese lugar, fueron los que lo obligaron a cruzar la General Paz. Fue la Policía Bonaerense la que ocasionó un sufrimiento horas antes en su vida y fue la justicia la que se encargó de generar impunidad.

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Al costado de la Avenida General Paz hay una ladera alta que está dividida por un guardarrail de cemento. Es de noche y está nublado. Nadie sube hasta allí. Nadie cruza la autopista caminando. No hay semáforo. Autos, colectivos, camiones y motos pasan a toda velocidad. Nadie se atrevería a cruzar la autopista caminando. Tampoco corriendo. Sería como cruzar la Avenida 9 de Julio con el semáforo en verde y los ojos cerrados. 

“Fium, fium, fium” cada vez que pasan los autos. Se escuchan bocinas abajo, en la Avenida Emilio Castro, donde sí hay un semáforo y un bajo nivel para que crucen los peatones. Si alguien tiene que pasar de Provincia a Capital no cruzaría la Gral Paz, ni caminando ni corriendo, porque probablemente no sobreviviría. Nadie que no estuviera en riesgo la atravesaría. A nadie se le ocurriría subir corriendo la montaña de tierra y pasto, saltar el guardarrail de cemento, cruzar la ancha avenida a riesgo de ser atropellado en menos de 30 segundos. 

No hay un momento en el que paren de pasar autos. “Fium, fium”. Uno tras otro. A nadie se le ocurriría cruzar. A Luciano sí. Para escapar de la Policía corrió, descalzo, lastimado y golpeado. Corrió como nunca antes había corrido. Fue la última vez. Luciano prefirió exponerse a ser abatido por un auto que seguir recibiendo las torturas en su joven y herido cuerpo. 

Seis carriles tiene la General Paz. Luciano no llegó a cruzarlos. 

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Desde el 31 de enero de 2009 no se supo más nada por la “vergonzosa” investigación que llevaron adelante las fiscales y el juez de ese momento. Hasta que el 17 de octubre de 2014, luego de presentar por segunda vez un habeas corpus hallaron el cuerpo en el Cementerio de la Chacarita. Había sido enterrado como NN, a pesar de que la familia de Luciano estaba pidiendo desesperadamente por un pibe de 16 años que había desaparecido. 

Nosotros fuimos a todos los lugares que entendíamos que teníamos que ir: comisaría, hospitales, llamamos y fuimos a la morgue en esos primeros días de desaparecido, pero nos decían que no estaba allí.

Durante todo ese tiempo, Vanesa puso el cuerpo en muchos lugares atravesando numerosas humillaciones: una fiscal de la causa que no la atendía, la intervención de los teléfonos a la familia durante un año y 6 meses, la sospecha de que Luciano se había ido solo, la derivación de la investigación por parte de la fiscal a la misma Policía que estaban denunciando y una serie de maniobras distractivas que redireccionó la causa en dirección opuesta a la investigación necesaria para una desaparición forzada.

Eso fue letal, porque mientras investigaban un autosecuestro, se perdían pruebas sustanciales para la aparición con vida de mi hermano.

Mientras tanto, ella intentaba visibilizar la cara de Luciano para que alguien le dijera si lo vio, con la esperanza de encontrarlo con vida. De a poco se fue armando un grupo de familiares y amigos que las acompañó, sostuvo y abrazó hasta convertir esta causa en emblemática.

Iba todos los días a la fiscalía... ¿qué tenés? ¿qué investigaron? ¿qué saben? Así me pude dar cuenta de que lo que estaban haciendo era mucho daño. Yo buscaba a mi hermano desaparecido y mi vieja lo esperaba. 

Pasaron 5 años y 8 meses hasta que encontraron los restos de Luciano. El segundo habeas corpus se presentó cuando la causa pasó de la Justicia provincial a la federal, cambiando su carátula de “averiguación de paradero” a “desaparición forzada”, algo que la familia había pedido desde un primer momento. 

Gracias a esto encontramos sus restos. Cinco años después logramos que se cotejen las huellas dactilares y supimos del accidente de tránsito. Muy bien hecho el trabajo de la Justicia generando impunidad, porque es un cuerpo que no habla, son restos que no hablan. Cerrás esa etapa pero abrís otra, que es reconocer un esqueleto. Se hizo un cotejo donde dio que un 99,9% eran los restos de él. 

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El Cementerio de la Chacarita es grande, enorme. Su entrada es imponente. Un camino de árboles, como si fuera un arco, recibe a los visitantes. Están las bóvedas de los costados, donde descansan familias enteras. Algunas tienen rotos sus vidrios, otras tienen candados cerrados y telas de araña. En muchas hay flores de plástico, sucias con tierra, con un dejo de color gris. Parece que no fueron visitadas en mucho tiempo. Los gatos circulan por los techos y por momentos maúllan suavecito. Hay algunas que tienen estatuas de ángeles, que a lo lejos parecen ser niños sentados. 

La soledad prima y el silencio es abrumador. Está el sector donde se pueden ver tumbas de personalidades famosas, con distintos ornamentos; tumbas de gente “común” acompañadas por rosarios, floreros con flores secas y agua estancada. En algunas hay camisetas de fútbol, osos de peluche y cartas viejas. Las tumbas tienen la fecha de nacimiento y la de fallecimiento, el nombre de la persona y en algunas hay dedicatorias: “A la mejor abuela que nos pudieron dar, que descanses en paz”; “Gracias pá, te vamos a extrañar, tu familia que siempre te amó”. 

En el subsuelo hay un mundo aparte: se extienden distintos pasillos. Este laberinto de cemento con paredes altas es para quienes arriendan los nichos. “Llamar a Carlos” dice un cartel sobre una mesada extensa de madera en uno de los pasadizos. Al parecer, Carlos cuando se aleja de esa mesa, deja un aviso con ese cartel. Arriba, en la superficie, también hay paredes con nichos. Y un sector que tiene pozos, tierra removida. No se ven cerca trabajadores ni cuidadores de ese espacio. No hay quién llore sobre esos cuerpos. 

Un letrero informa que ese sector es la “sección tierra Nº 15”, donde están los “NN”, personas que no fueron reconocidas ni identificadas. El olor es intenso y extraño. Está cerca del lugar donde se realizan las cremaciones. Si, es olor a carne quemada. O a pelo quemado. Hay que tener cuidado cuando se camina por el sector de los NN porque hay muchos pozos, algunos no son visibles. 

¿Cuántos restos sin reconocer habrá debajo de los pies de las pocas personas que caminan por acá? ¿Quién cuida a los NN? El pasto crece y crece a los costados de los pozos. No son tumbas, son pozos. Es tierra que pareciera haber sido removida. Algún árbol tiene como fruto una especie de “algodón” que vuela y se deposita en las falsas tumbas donde descansa gente que no tiene nombre, ni rosario, ni osito de peluche que lo recuerde. 

En alguna parte de este sector descansaba Luciano sin ornamento ni tumba ni una familia que lo visite, porque no sabían que él estaba ahí. Pero Luciano sí tenía y tiene un nombre, apellido y el reconocimiento de muchas personas que hoy, 13 años después, siguen luchando por conseguir justicia.

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Después del 17 de octubre de 2014 aparecen otras broncas, dolores, otros traumas que hay que transitar, pero siento que recorren un camino muy diferente al que te toca recorrer cuando buscás desesperadamente a un ser querido como desaparecido.

Manuel Trufó es director del área de Justicia y Seguridad del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el organismo de derechos humanos que litiga de forma coordinada con la querella de familiares y amigos. Dice sobre la causa federal: “No hay avances en la posibilidad de establecer una verdad judicial sobre qué es lo que sucedió esa noche en la Avenida General Paz; está parada la investigación judicial de reconstrucción de los hechos”. A 13 años de los hechos, la causa continúa en etapa de instrucción y nadie fue juzgado por su participación en la desaparición forzada seguida de muerte.

En el tiempo transcurrido la lucha fue muy intensa, sostiene Vanesa. Los primeros dos años no podía dormir pensando que su hermano estaba sufriendo. Todos los días tenía algo para hacer: ir a hablar con un funcionario, con la fiscal, con los medios. Participar de distintos espacios de medios comunitarios, alternativos y populares y organizaciones sociales.

Mi mamá y yo no pensamos que nuestras vidas iban a seguir un camino de organización, lucha y militancia. Fue importante salir del aislamiento y entender que no éramos las únicas, somos muchas familias afectadas y eso te da la posibilidad de resignificar el dolor estando acompañada.

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El barrio donde vivía Luciano se llama 12 de Octubre y tiene más de 50 años. Es una manzana que fue creciendo, de a poco, y donde se estableció la gente trabajadora que lo hizo. 

Está ubicado en una zona donde viven otros vecinos que han tenido mayores posibilidades que la gente de nuestro barrio, y al lado de una plaza preciosa donde la mayoría de las pibas y pibes jugamos.

Para Vanesa se formaron lazos solidarios muy fuertes en el barrio, entre vecinos y vecinas.

Siempre se tiende a generar organización cuando falta, escasea o el Estado no está presente con la posibilidad que deberíamos tener todos de acceder a nuestros derechos fundamentales. La Policía no se comporta de la misma manera en el barrio de Palermo que en un barrio humilde, donde generalmente entran a las patadas o a los tiros y las personas sufren la desigualdad de una forma brutal y cruel, mientras parte de la sociedad pide más mano dura, más cámaras de seguridad y más patrulleros. En función de generar tranquilidad en una clase social se van generando políticas que terminan destruyendo la vida de un montón de familias pobres y eso tiene que ver con el control social de la pobreza.

Con 13 años de diferencia, para ella no hay ningún cambio positivo, sobre todo por las cifras de la llamada “violencia institucional”. Ahí establece una diferenciación, ya que esa violencia engloba la falta de acceso a derechos fundamentales como la salud, la educación o la vivienda. Otro asunto es la violencia represiva o represión estatal.

Es letal la combinación de esas dos problemáticas. Una cosa es la falta de derechos desde que nacés, que tiene que ver con una política clara de un sistema capitalista cruel, desigual e individualista; y otra tiene que ver con el accionar del Estado. La represión estatal es el súmmum de las violencias, porque es generar políticas de control y disciplinamiento a personas que ya sufren el empobrecimiento.

La familia de Luciano insiste en que es necesario poder avanzar con el enjuiciamiento a los tres funcionarios judiciales de la Provincia de Buenos Aires que fueron los responsables en todo el proceso de impunidad: la fiscal Roxana Castelli, quién delegó la investigación en la Policía que era denunciada; la fiscal Celia Cejas Martin y el juez Gustavo Bancos, responsables de haber investigado durante un año y seis meses con escuchas telefónicas al entorno de Luciano, perdiendo un tiempo clave para seguir la pista de la actuación policial.

Es muy difícil que se generen condenas materiales, políticas y judiciales, que son las que corresponden en un caso de desaparición forzada. Nos cuesta a nosotros como le cuesta a la causa de Santiago Maldonado, de Sergio Ávalos, de Daniel Solano, de Facundo Rivera Alegre... Todas las causas donde podemos identificar desapariciones forzadas, la verdad que es difícil poder decir ‘queremos justicia’, porque lo que notamos sistemáticamente es que se quiere todo lo contrario.

Hubo luchas, llanto, visibilización sobre hechos espantosos y horrorosos que atravesamos como sociedad. Sin embargo, hay determinadas lógicas que siguen operando con un Estado que intenta invisibilizar estas situaciones. Vanesa sigue apelando a la sensibilidad social para que se dejen de naturalizar hechos tan crueles.

Queda un lugar de esperanza y es la sensibilidad social, la lucha y la toma de calles. Es hora de que dejemos de hablar de democracia en términos idealistas. La democracia es otra cosa: es la posibilidad de todos de poder acceder a nuestros derechos para poder tener una vida digna en felicidad. ¿Por qué hay personas que no pueden disfrutar de sus vidas y ser felices? ¿Por qué están condenados a la violencia eterna? Hay que empezar a exigir la democracia que nos merecemos todos y todas.

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Los niños y niñas del barrio 12 de octubre son libres en la plaza. Juegan, corren, gritan. Algunos trepan los juegos de colores. Otros disputan el momento tal vez más importante de la tarde: el partido de fútbol. “Eu, pasala para acá!”, “¡La pelota amigo!”, se gritan unos a otros. Y la pelota no hace caso, se aleja rápidamente de la cancha donde juegan los pibes y cruza solita la calle. 

Los asientos de cemento tienen insignias relacionadas a Luciano. “¿No dijimos nunca más?”, “Debajo de cada gorra hay un pibe con su historia”. Los más chicos están en otro sector de la plaza ayudando en una ardua tarea: pintar un mural de Luciano. Hay adultos que entre mate y mate examinan la obra, los niños pincelan y los grandes también. 

“Arte x libertad” firma el mural. Alrededor del rostro inconfundible dice “Plaza Luciano Arruga” en color negro. Y abajo se recuerdan los crímenes que sufrió: “secuestrado, torturado y desaparecido en democracia por la Policía”. Acá y allá, pibes y pibas juegan en libertad. 

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