Yo vi morir

por Gabriela Cabezón Cámara
Fotos: Agencia Télam
22 de febrero de 2022

Gabriela Cabezón Cámara escribe sobre el desastre ambiental en Corrientes y sobre todo lo otro: la vida y el mundo que está muriéndose de incendio en incendio, de derrame de petróleo en derrame de petróleo, de récord en récord de emisiones de carbono y de ríos contaminados con desechos industriales y agrotóxicos.

¿Pensás que se puede hablar de dolor? Dentro de la lógica de mercancía en la que se sume todo, ¿el dolor cómo cotiza? ¿Dónde entra? ¿Cómo se calcula la pérdida, el duelo? ¿Vos sabes? Y la ira, que como el fuego, arrasa y después queda esto mismo: una tierra yerma, cenicienta. Dolor. Ese que revela el gesto de las bocas de los animales carbonizados. ¿Viste morir a un animal? Los estertores, el último aliento. Se mueren igual que los seres humanos. Yo estuve con mi papá sus últimos instantes. Y con varios animales queridos. El último, un pajarito que se cayó varias veces del nido e intenté mantener con vida. Lo quise esos tres días. Se murieron igual mi papá y el pajarito: estertoraron, respiraron fuerte una última vez. Y quedaron con la boca y el pico abiertos: no se resignan, parece, la boca, el pico, a dejar de respirar. Somos animales nosotros también. Sentimos, todos, dolor. Y no lo sabemos leer pero adivinamos el dolor de los árboles, del micelio. El de la Tierra, que es el nuestro: somos parte de la vida de la Tierra. Apenas una de sus formas. Latimos como todo late. Respiramos el aire que respira casi todo lo que vive. Ese que el mar y los bosques hacen del sol. Comemos sol, como todo. Somos vida de la vida de la Tierra. A la mierda Platón, a la mierda toda la mierda judeocristiana: somos carne de la carne de la Tierra. No hay otro mundo. Ni ideal ni paradisíaco. Es este, hoy. Todo lo demás es mentira: mentira.

La vida son estos cuerpos, este tiempo, estos placeres, estos dolores, esta mirada, estas intenciones. Y está muriéndose. De a poco, de incendio en incendio, de derrame de petróleo en derrame de petróleo, de récord en récord de emisiones de carbono, de metano. De río muerto en río muerto por desechos industriales, mineros, agrotóxicos. Mientras, esta runfla de clase dirigente que tenemos juega al “yo señor, no señor, él”. Abonan la grieta, el juego que juegan que, sabemos, tiene pactos tácitos. Por lo menos para el común de la ciudadanía: en ningún lugar está explicitado uno de los acuerdos básicos que parecen tener oficialismo y oposición. Se trata de la entrega de lo común, de lo que es de todos. El agua, por ejemplo. Los humedales, por ejemplo. El mar, por ejemplo. Los ríos, por ejemplo. La tierra toda, también. Son las fuentes de la vida. De la nuestra, de las generaciones que nos siguen y tienen tanto derecho a tener agua, aire y tierra como tenemos nosotros. De los otros seres vivos que tienen tanto derecho a vivir como nosotros también.

¿Cuánto se perdió en términos monetarios con el incendio de Corrientes? ¿No convendría más proteger esa zona, no permitir plantaciones de pinos, no permitir la ganadería y la agricultura que no dejan atrás la costumbre del fuego? Ese dinero con el que van a compensar a los productores lo pagamos todos. Los cinco millones de jubilados que cobran esa suma de indigencia que es la jubilación mínima. El sesenta por ciento de los chicos argentinos que son pobres. No dan las cuentas ni en los términos de ellos. Todo quemado. Todo arrasado. Para pagarle al Fondo Monetario Internacional parece demasiado. Para lograr una riqueza hipotética que no sucede nunca, también parece demasiado. Rematar lo que ellos, los de la mercancía, oficialismo y oposición, llaman “recursos naturales” a cambio de monedas y bienes manufacturados es una larga tradición latinoamericana. Colonia se llama. Puede, a veces, cuando hay viento a favor y algún sector progresista gobierna, otorgarnos breves períodos de relativa prosperidad. Pero no dura casi nada. Y nos quedan los muertos, los humanos –¿nadie se va a hacer cargo de los pueblos fumigados, por ejemplo?– y los no humanos. Y una tasa de pobreza que, con algún que otro sube y baja, mirada desde la dictadura hasta acá, no hace más que subir. Y no va a dejar nada para los que nos siguen. Ese señor de ultraderecha que acaba de hacer una gran elección dice que el cambio climático es un invento del comunismo. Sus colegas de oficialismo y oposición no dicen eso. Pero actúan como si lo fuera. El progresismo no muere por la emergencia de payasos siniestros como Milei. El progresismo los produce a fuerza de hipocresía, a fuerza de cagarse en la democracia, a fuerza de satisfacer a los más ricos. Y eso también duele. No sé qué hacemos con todo este dolor. ¿Qué hacemos?

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