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Fausto, otro Jones Huala que el Gobierno quiere preso

por Revista Cítrica
20 de mayo de 2018

Mientras Clarín y La Nación anuncian que se libró un pedido de captura en su contra, pero poco y nada cuentan sobre su vida, uno de los testigos del asesinato de Rafael Nahuel habló con Cítrica. La causa, una niñez atravesada por la violencia institucional y las preguntas de su hija: "¿Por qué a los mapuche los meten presos? ¿Y por qué, papá, te pegó la policía?”

“Yo tenía ocho años cuando la policía me pegó por primera vez. Me pegaron patadas en el piso y me arrastraron. Me acuerdo que esa vuelta había muerto un hombre por hipotermia, que vivía en una casita tapada con alfombras. Mi familia había ido a acompañar el reclamo de la gente de un barrio de Bariloche, porque las inundaciones en invierno se repetían y el municipio la única solución que daba era un pedazo de nylon, un metro de leña y arreglensé como puedan. Estábamos en la puerta de la municipalidad y de repente salió el intendente. Cuando la gente quiso entrar le cerraron la puerta en la cara. Había una mujer que tenía un bebé en brazos, y la policía que estaba en la puerta del edificio, en un momento le quiso pegar a una chica y le pegó una piña al bebé. Se armó una discusión con los policías. La comisaría estaba a dos cuadras y enseguida llegaron más policías que agarraban a todos. Detuvieron a mis dos hermanos, Facundo y Fernando. A Facundo lo arrastraron desde la entrada del municipio hasta la comisaría porque no pudieron subirlo a un patrullero. Yo me colgué varias veces de mi hermano, y ahí fueron los primeros golpes que recibí por parte de la policía. Me patearon en el piso, y me arrastraron. Tenía ocho años”.

Fausto Jones Huala hoy tiene 24. Y tiene en brazos a su hijo menor, de cuatro meses. Mientras habla con Cítrica, en la televisión dicen que se acaba de librar una orden de captura hacia él y Lautaro González. Ambos, el 25 de noviembre pasado, cargaron el cuerpo de Rafael Nahuel herido de muerte.

Nos metieron en un calabozo, esposados, arrodillados, sin poder hablar ni movernos.

Rafita, que recibió un balazo de 9 mm que le entró por la nalga, disparado por un prefecto del Grupo Albatros, se murió en los brazos de esos dos jovenes mapuche que hoy, a casi seis meses de ese otro crimen de Estado, son los más perseguidos por la Justicia.

 

UN ITAKAZO EN LA BOCA

“Yo tenía 16 años cuando me detuvieron junto a mi hermano y otro peñi. Fue por apoyar la recuperación de tierras de la comunidad Paichil Antriao. A mí me quisieron subir aquella vez a una camioneta de Bianchini, un terrateniente. No pudieron porque estaba mi mamá. Y entonces nos subieron a un patrullero. Nos llevaron, esos cinco o seis kilómetros hasta la comisaría, pegándonos todo el camino. Cuando llegamos a la comisaría, hicieron un pasillo de policías y nos metieron en el medio. Recibíamos patadas y golpes de todos lados.

Después nos hicieron arrodillar contra la pared y nos levantaban del pelo preguntándonos cosas. Yo tenía 16 años y no me creían.

Me levantaron dos o tres veces de los pelos diciéndome que dijera la verdad, que no tenía 16 años. Después nos metieron en un calabozo, esposados, arrodillados, sin poder hablar ni movernos. A partir de ese día empecé a sentir problemas para respirar. A las horas llegó mi mamá a la comisaría. Entregó la libreta donde salía la fecha de nacimiento de todos nosotros y ahí vieron que era menor. Me llevaron a constatar lesiones. Tenía una cicatriz como para cinco puntos en la boca. Me pegaron un itakazo en la boca y casi me desmayaron. A Facundo ese día le desfiguraron la cara, producto de los golpes que le daban contra la pared”.


¿ORDEN DE CAPTURA?

Mientras hablamos con Fausto, en varios medios aseguran que el Juzgado de Bariloche ya emitió la orden de captura. “Por ahora, los dos jóvenes mapuches no lograron ser hallados”, dice Clarín, que levanta la información del diario Río Negro.

“No sé cómo pueden publicar esas cosas -dice Fausto-. Hace unos días me llamaron de la Policía Federal, y además siempre me presenté, porque no tengo nada que ocultar y además por mi familia: uno tiene madre, hijos y compañeros, y estas son cosas que preocupan a la familia”.

¿Cómo se viven todas estas situaciones al interior de una familia mapuche que es sistemáticamente perseguida? ¿Cómo son las infancias de los niños de esas familias? Esas preguntas, que la urgencia de la coyuntura siempre dejan para después, también serán parte de esta nota.

¿Por qué el tío está preso?, ¿Y por qué a vos, papá, te pegó la policía?,¿Por qué a los mapuche los meten presos?, ¿Por qué la policía tira tiros?.

En la tele pasan una imagen de uno de los hermanos de Fausto, de Facundo Jones Huala, detenido desde el 27 de junio y a la espera de que la Corte Suprema decida sobre la extradición a Chile que decidió el juez Gustavo Villanueva. Ese juez, que ordenó el desalojo de la lof Lafken Winkul Mapu que derivó en el asesinato de Rafael, es el mismo que lleva adelante la causa. La causa que debería determinar quién mató a Rafael y que, hasta ahora, no tiene ningún prefecto detenido ni procesado.

Fue a Villanueva que la Cámara de Casación Penal “reprendió” por aceptar la excarcelación de Fausto y Lautaro. Los jueces Eduardo Riggi y Liliana Catucci no sólo consideraron que tienen que estar entre las rejas. Sin siquiera pruebas y en oposición a lo que dicen los propios fiscales, expresaron que Fausto y Lautaro pudieron haber cometido “atentados al orden constitucional y a la vida democrática”. A raíz de esa “barbaridad jurídica”, la abogada Sonia Ivanoff presentó un pedido de nulidad y de recusación a los jueces

Además, hoy junto al también abogado defensor Matías Schraer interpondrán un recurso extraordinario federal ante la Sala III de Casación Penal en Comodoro Py, contra la sentencia que revoca la excarcelación.

 

LA BALA QUE LO DEJÓ SORDO

Se escuchan los disparos y los nenes venían llorando y gritando que estaba la policía. Había unos cuatro efectivos de Infantería que ya estaban adentro de la lof. Nosotros respondimos con piedras, pero cada vez eran más los disparos: se escuchaba casi un tiro por segundo. En un momento me agacho y siento un golpe en la cabeza. Yo tenía capucha y creo que eso fue lo que me salvó, para que el golpe no haya sido peor. Ese golpe fue muy grande e hizo que me cayera. Los que estaban al lado mío me levantan y me llevan hasta la guardia.

Ahí es donde lo veo a Emilio que venía tapándose la cara y chorreando sangre, porque ya tenía el impacto en su mandíbula. Era como un hueco en la cara, por el disparo.

El relato de Fausto es del 11 de enero del año del 2017 en la Pu Lof en Resistencia del Departamento de Cushamen. El día anterior, Gendarmería había ingresado a la comunidad, golpeando a mujeres y niños, en un operativo impresionante, ilegal y extremadamente violento, que resultó el antecedente de lo que meses después ocurriría con Santiago Maldonado. Ese día, luego, policía de Chubut y empleados de Benetton persiguieron a tiros a siete personas que se habían acercado a solidarizarse. Las golpearon, las torturaron, las detuvieron e incluso las tuvieron “desaparecidas” durante algunas horas. Todo eso pasó el 10 de enero. Pero al día siguiente, el terror y los disparos volvieron a la lof. Y Fausto, que bien pudo haber muerto, ese día dejó de oír del lado izquierdo. “Me chorreaba sangre por el oído. Me dolía muchísimo la cabeza. Yo no quería ir al médico pero al rato no podía coordinar las palabras, no podía hablar ni moverme. Entonces la gente decidió trasladarme hasta el hospital. En la mitad del camino me descompensé. Me desperté al otro día y estaba en el hospital de Bariloche, en terapia intensiva. Después de todo eso, fue muy difícil volver a ser la misma persona. Me costó mucho recuperarme. Todavía tengo mareos, y a veces me hacen perder el equilibrio. En el lugar a donde recibí el disparo todavía tengo como una zona sensible, porque tuve un traumatismo de cráneo con pérdida del oído, perdí parte de la audición”.

 

LAS PREGUNTAS DE LOS NIÑOS MAPUCHE

Fausto también tiene una hija, de cuatro años. Y la misma edad tiene el hijo de su compañera. Preguntan, preguntan mucho todo el tiempo: "¿Por qué el tío está preso?”, “¿Y por qué a vos, papá, te pegó la policía?”, “¿Por qué a los mapuche los meten presos?" o "¿Por qué la policía tira tiros?".

“Si bien uno trata de explicarle, a veces es medio complejo saber cómo hacerlo para que después no tengan miedo a la hora de ver a un policía, o que no sufran después en sus ambientes escolares, en el jardín, o donde estén. Porque una cosa es estar y conversar con ellos en casa, y otra cosa es en el jardín, donde les preguntan, por ejemplo, ‘¿por qué no son argentinos?’, ‘¿Por qué usan esa bandera?’ y esas cosas. Es complicado pero es algo que uno trata de hacer, de explicarles: ‘Nosotros somos mapuche, un pueblo que existe antes de que existiera el pueblo argentino, y lo que tratamos de hacer es defender la poca tierra que nos queda’. Uno trata de explicarles de alguna manera y que no se les genere un conflicto en su cabeza, pero es difícil”.

 

RAFITA MURIÓ EN SUS BRAZOS

“Yo me acerqué ese día a acompañar a la gente de la comunidad, como varias veces hemos participado de varios procesos de recuperación de tierras o conflictos en manos de terratenientes, y otros conflictos que tienen que ver con la problemática de nuestro pueblo. Ese 25 de noviembre entramos con Rafa al campo. Estuvimos esperando todo el día. No se escuchaban nada ni se veían movimientos abajo. Nosotros estábamos alto, en la montaña, y a la tarde decidimos bajar para ver qué era lo que sucedía, porque no teníamos ninguna noticia. Y cuando empezamos a bajar nos cruzamos a los Albatros y no nos dieron ni un segundo de reacción.

Nos vieron, gritaron 'Alto' y al segundo salió un disparo, y después otro, y otro, y otro.

Lo único que pudimos hacer nosotros fue correr y resguardarnos un poco. Cuando llegamos a un lugar más o menos parejo empezamos a defendernos con lo que teníamos a mano, que eran piedras. Primero hirieron a uno de los peñi, después a otro y ahí es cuando le pegan a Rafa. Sabíamos que si dejábamos de tirar piedras, ellos iban a seguir subiendo y nos iban a agarrar. Seguimos tirando piedras hasta que no se escucharon más disparos. Ahí nos dimos cuenta que ellos habían bajado. Fuimos a ver a Rafa, vimos que tenía un tiro. Le costaba respirar. Nos decía que sigamos y sigamos, que lo dejemos ahí. Pero nosotros no podíamos dejarlo ahí. Entonces armamos la camilla. empezamos a bajarlo. y más o menos a la mitad del camino, su cuerpo estaba helado, ya no respondía ni se movía. Seguimos bajando igual, y cuando llegamos a la ruta, nos vieron y nos apuntaron con armas de todo tipo. Nosotros lo único que le decíamos era que teníamos a nuestro peñi muerto, y que nos íbamos a ir con él. Que no queríamos dejarlo, ni que nadie lo toque. Entonces nos agarraron y nos esposaron. Nos dejaron ahí, tirados en la ruta, durante más de seis horas. Y también dejaron ahí tirado el cuerpo de Rafa”.


EL LEGADO DE SUS ABUELOS

Consciente es una palabra que usa mucho Fausto. “Uno tiene que afrontar lo que le toca con dignidad, con tranquilidad y la frente en alto, porque cuando uno elige este camino es consciente de todo lo que puede llegar”. Esa conciencia también lo lleva a no esperar nada de la Justicia. “Es que es siempre para el rico, para el que tiene plata, para los terratenientes, la Sociedad Rural; toda esa gente mueve el poder político y judicial. Pasó con Santiago Maldonado y después con Rafa, ahora esto último fue mucho más notorio. Pero desde siempre hemos tenido problemas los mapuche para que la Justicia salga de nuestro lado”.

Al mismo tiempo, Fausto es “consciente que esto también es un bien para nuestros hijos, para nuestros nietos, para nuestros sobrinos. Para todos los nenes, en realidad; no solo mapuches. Nuestra lucha es para toda la gente, solo que hay que aprender a convivir. Nosotros no pretendemos crear un Estado aparte o sacar a toda la gente de lo que hoy ya está creado, de las ciudades, sino que lo poco que nos queda tratar de resguardarlo, de cuidarlo, de vivir como lo hacían nuestros antepasados. Es una lucha que nos han dejado ellos. En quinientos años no nos pudieron doblegar. No había las herramientas que hay ahora, y es necesario que hoy en día, con las herramientas que tenemos a mano, la gente pueda levantar la voz con mucha más razón. Sabiendo la verdadera historia, todo lo que tuvieron que sufrir. Sin ir más lejos nuestros padres, nuestros abuelos. Que podamos decir con orgullo: ‘Soy mapuche y voy a salir a pelear por lo que me toca’”.

¿Cuáles son tus sueños?

“Uno sueña con muchas cosas: estar tranquilo, vivir en el campo, vivir de la siembra, de los animales. Es algo que, lamentablemente, nosotros no vamos a poder lograr. Tal vez sí lo van a poder lograr mis hijos o mis nietos, si es que uno sigue peleando así. Pero es muy difícil”.