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El agronegocio que intensifica la violencia

por Nahuel Yali (B.C)
30 de agosto de 2018

Entrevista a Martín Céspedes, director de “Toda esta sangre en el Monte”. La película que -a través del proceso judicial por el asesinato de Cristian Ferreyra- narra una realidad profunda y punzante en una Argentina campo adentro.

Todo ese rodaje en el monte podría haber sido el nombre del documental de Martín Céspedes debido a la cantidad de tiempo y el meticuloso trabajo de retratar de la forma más real posible la vida campesina y la organización territorial del Mocase.

La película muestra el proceso judicial por el asesinato de Cristian Ferreyra, (miembro del Mocase) por parte de Javier Juárez, sicario de un empresario sojero, al mismo tiempo que pinta con puestas de cámara fuera de lo común una realidad profunda y punzante en una Argentina campo adentro.

El planteo era no hacer una película romántica sobre el campesinado.

Cielo, hormigas, niños bañándose al aire libre y todo el silencio que abruma a los más urbanos cinéfilos tiñen de color el duro relato político. Trabajadores, atardeceres y mates con un tiempo distinto al que se nos esfuma a los habitantes de las ciudades nos guían entre la lucha contra el arsenal de abusos realizados por la industria del agrotóxico en Santiago del Estero.

Sin música como banda de sonido Martín deja hablar al monte...


Poca gente que haya visto la película debe saber que hubo un brote previo con la misma temática, pero en formato de cortometraje... ¿por qué decidiste volver sobre la temática?

Yo viaje en 2012 para hacer una nota sobre el Mocase, lleve una cámara y equipos básicos para hacer un registro, no conocía mucho sobre el conflicto campesino específicamente…

En ese momento intuí que había algo muy potente para filmar o para empezar a desarrollar pero no sabía muy bien qué.

Desde ahi empecé a ir cada vez que podía, cada vez que surgía un viaje me iba y seguía filmando. En esa misma situación fue que en uno de los que viaje que hice mientras estaba entrevistando a la madre de Cristian Ferreyra nos llamó la gente del Mocase diciendo que habían asesinado a un compañero (Miguel Galván), y que iban a realizar el velorio y si podíamos ir a registrar el momento. Por la propia situación de encontrarme en ese lugar es que decidí sacar un cortometraje con todo el material que venía filmando como denuncia. Luego de eso seguí yendo a filmar sin saber cómo iba a continuar o donde me llevaba ese proceso. Hasta que entendí que debía hacer una película y eso ya fue comenzar otro proceso de planificación y rodaje.

¿Crees que además del hecho sobre el caso de Cristian Ferreyra el documental pretende retratar la vida campesina en su aspecto más íntimo?

Cuando decidí hacer la película, una de las primeras premisas que me puse fue tratar de correrme del lugar del porteño que va al campo a mostrar como son los campesinos. Con esa lógica traté de evitar todo tipo de bajada de línea o intento de segmentar el discurso con entrevistas.  Porque muchas veces sucede que con las preguntas vas direccionando para donde querés que vaya el relato.

Entonces -en ese sentido- me abrí a que la película tenga vida propia, la gente del Mocase entendió eso perfecto y de algún modo se puso al hombro la producción y la tomó como propia. El planteo era no hacer una película romántica sobre el campesinado sino más bien mostrar lo multifacético que es el movimiento campesino y la organización que hay.

El juicio es el punto de partida para entrar al mundo campesino. No creo que la película sea sobre el caso de Cristian Ferreyra o sobre el Mocase, creo que todo ese universo sirve para hablar de la violencia. Por más que nosotros como sujetos urbanos ya tenemos la violencia más naturalizada y forma parte de nuestro paisaje, hay cosas que nos impactan de otro modo. En los territorios campesinos que ahora están puestos en foco con la llegada del agronegocio se ve cómo se intensifica la violencia y también lo descarnada que puede ser.

Interpela modos de vida, acá en la ciudad tenemos un poco más relegados pensar otras formas de vida, tenemos como muy en el centro de nuestro pensamiento como hacer que todo sea más rentable y eso en el territorio campesino no sucede. Hay otras formas.

¿Cómo creés que la urbanidad entiende la vida cotidiana de la gente que muestra el documental? Su forma de cocinar, sus acciones cotidianas...

Después de varias semanas el análisis que hago es que hay bastante desconocimiento del conflicto político por un lado, pero también se nota cómo la naturalización de la violencia urbana está presente con respecto al caso de Cristian, porque no hace falta mencionar cuántos casos parecidos hay por semana en cualquier ciudad, y sin embargo eso mismo puesto en otro lugar llama la atención. O simplemente el hecho del sacrificio de los animales para alimentarse. Todo el mundo compra la bandejita en el supermercado pero se horrorizan de ver el proceso natural de esa acción cotidiana, esas son sin dudas las cosas que más los impactan.

Por otro lado, también mucha gente que cuando termina de ver el documental me dice “che pero re bien estos campesinos. Yo pense que era gente bruta y están re organizados”. Desde las grandes ciudades, hay mucho prejuicio y mucho desconocimiento de lo que es vivir en el campo o ser un campesino.

¿Ves el documental con ojos ficcionales, por las puestas de cámara y los lugares no comunes en los que se va tejiendo el relato, o está vez ocurrió así y puede no serlo la próxima?

Si, la forma que más me interesa del documental como género es la que no es testimonial. Hice durante bastante tiempo documentales más clásicos, en el sentido que se desprendían de una investigación o una nota específica, pero también porque los tiempos eran más acotados. En esta oportunidad pude hacer unos 60/70 días de rodaje, con lo cual la relación con la gente que aparece en el documental fue completamente distinta, fue también la forma que pude encontrar para que las imágenes se cuenten por sí solas, por el propio hecho de estar en el lugar.

Yo no quería que sea una película “militante”, no porque no estuviese cargada de contenido político, porque si lo tiene, sino para que no quede enclaustrada en un círculo que se retroalimenta y no suele salir de ahí. Quería que tuviese más poesía que lo estrictamente político.

Esa es de las cosas que más me gustan de la película, que sea política pero no deje de ser artística.

¿Se puede entender el final de la película como la síntesis de la lucha campesina?

Probé varios finales de todas las horas de rodaje que tenía. Por dos sentidos era el final que más cerraba, una casi obvia y es el hecho del duro momento anterior que muestra la película. A toda la carga emocional y resolutiva había que ponerle otra onda.  Al mismo tiempo me parece que el final sintetiza muy bien la impronta del Mocase, esa idea de no bajar los brazos ante la adversidad y la potencia que tienen ellos en los momentos más difíciles de levantar la cabeza y darle para adelante. Es súper emocionante además de representativa de su lucha.