“Tenemos derecho a tener nuestras propias semillas”

Javier Souza reflexiona sobre los intentos de modificación de la Ley de Semillas que beneficiaría a grandes empresas privadas de la industria semillera imponiendo un canon a lxs productores por la reutilización de sus propias semillas.

Javier Souza*

La ley de semillas de 1973 permite el reuso de las semillas para que los productores y todos podamos acceder, para seguir mejorándolas. En ningún caso la ley marca una patente, sino que marca un derecho de quien obtiene la semilla pero no impide que otro tome esa semilla y la siga mejorando o que un productor pueda reusar su propia semilla. Si yo -por ejemplo- hago una planta de tomate, que la fui seleccionando y mejorando para resistir a los pulgones, puedo tomar esa variedad y mejorarla más todavía, y otro productor -a su vez- puede usar mi semilla y sacar tomates,y guardar la semilla de esos tomates.

Desde hace aproximadamente unos 20 años la industria semillera, que obviamente está concentrada en muy pocas empresas, ha intentado generar algún tipo de restricción. Han pasado por todas las posibilidades, por ejemplo, con los transgénicos la idea de poner patentes. En 2005, 2012 y 2014 intentaron que aquellos que quisieran reusar las semillas tengan que pagar por eso. Ahora intentan cobrar a los productores un canon por el reuso de sus semillas. 

Vos comprás semillas de trigo, las sembrás y cosechás, a fin de año una gran parte del trigo lo podés vender y te guardás semillas para el año que viene. Esto los productores lo han hecho siempre. ¿Qué es lo que están intentando con esta nueva reglamentación? Prohibir la reutilización de semillas, y si lo hacés, vas a tener que pagar; y esa plata el Gobierno la va a distribuir entre empresas públicas y privadas que estén haciendo mejoramiento de semillas.

Sobre esto hay dos cosas a cuestionar, primero el tema económico, no hay que pagar por algo que es propio; y lo segundo es lo ético, las productoras y productores tienen derecho a tener sus propias semillas. Estas son las críticas que hacemos a las modificaciones de la ley de semillas. Quieren cobrarle a los productores un canon por toneladas cosechadas, como un impuesto para que paguen por el reuso de las semillas, y después ese dinero distribuirlo entre las empresas semilleras. Estamos hablando de Syngenta, Monsanto y empresas que están en manos de universidades haciendo mejoramiento de semillas en alianza con las empresas privadas.

¿Qué es lo que están intentando con esta nueva reglamentación? Prohibir el reuso de simillas

Uno piensa en los productores de cereales, soja, trigo y maíz, pero pensemos también la cantidad de huerteras y huerteros que vuelcan una parte de sus excedentes en el mercado y también pueden ser afectados por esto. Nosotros guardamos nuestra propia semilla y eso tiene que ver con un asesoramiento que a veces no linda con el dinero, sino con cómo pensar y trabajar desde nociones que tienen que ver con la inclusión de los seres humanos, la valorización de las semillas como un bien común que los seres humanos hemos creado. 

Ahí entramos en otro juego, la semilla de maíz y de trigo que hoy conocemos son muy diferentes a las que había dos mil o tres mil años atrás porque los seres humanos las hemos ido modificando, seleccionamos las mejores semillas. Tiene que ver con los modos de cultivos, suelos, climas y gustos culinarios diferentes porque hay maíz para hacer pochoclo, locro, polenta. Los seres humanos mejoramos eso, es el trabajo de decenas de hombres y mujeres en muchos lugares del mundo que fueron mejorando las semillas y las empresas ahora toman esa semilla y no le pagan absolutamente nada a los productores para haberla mejorado. Al revés, quieren cobrar por lo que ellos hicieron.

Esto también afecta fuertemente a los pequeños productores y a los productores agroecológicos. Muchas veces los productores familiares son quienes han atesorado semillas que han podido mejorar, que tienen muy ajustados los costos de producción. Pagar más obviamente los va a afectar.

No es solo un tema de costo, sino también de acaparamiento de propiedad que tienen las grandes empresas de algo que no es de ellos. Si el maíz hoy lo tenemos es porque los productores lo han mejorado, es una conjunción de la naturaleza y los seres humanos para ir mejorando, y ahora las empresas se quieren apropiar de eso, cobrar por lo que vos ya pagaste. 

El trigo transgénico es una semilla de trigo a la cual se le ha incluido de manera no natural un gen, información que hace que ese trigo transgénico tenga una característica que naturalmente no tenía. Los transgénicos son organismos no naturales. No hay ahí una recombinación de la naturaleza sino que un gen de una especie se incorpora en otra especie de manera no natural.

Sobre este trigo transgénico, que va a permitir resistir a la sequía y ser tolerante a un herbicida, tenemos que pensar en la alimentación: vamos a comer genes que no estábamos acostumbrados. Además hay que pensar en el tema del cambio tecnológico: el trigo transgénico es tolerante al glufosinato de amonio, un espermicida que va a contaminar los suelos, el agua y a las personas. 

Quieren cobrarle a los productores un canon por toneladas cosechadas, como un impuesto para que paguen por el reuso de la semillas, y después ese dinero distribuirlo entre las empresas semilleras.

Si  la soja transgénica implicó ampliar la frontera agraria en Santiago del Estero, Chaco, Formosa, Salta y Misiones ¿Qué va a pasar con este trigo transgénico? La frontera va a ir ahora para San Luis y  La Pampa, van a haber más suelos frágiles. También hay una contaminación de los trigos transgénicos a los trigos no transgénicos, a través de la  fecundación cruzada. En Buenos Aires, donde se viene cultivando de forma natural hace por lo menos 200 años, ahora este tipo de trigo sería contaminado por ese trigo transgénico.

En relación a las políticas agrarias hay una continuidad en Argentina desde la presidencia de Carlos Menem, la Alianza, los tres gobiernos kirchneristas, Macri hasta Alberto Fernández. Esa mirada extractivista sobre los bienes naturales se ha mantenido. Me refiero a la minería de cielo abierto, los transgénicos, el uso de plaguicidas. Las represas, la mirada extractivista utilitaria sobre el ambiente no ha cambiado, tampoco cambió respecto al tema de la liberación de transgénico.

Veo que el contexto político fue siempre proclive a que se liberen transgénicos con esta idea de desarrollo ligado al crecimiento: producir más para exportar más, para generar más divisas, cobrar más retenciones, porque ‘Argentina no puede detener su crecimiento y su desarrollo’. Esa es la misma cantinela de siempre y ahí los transgénicos se acoplan a varias cosas: La ampliación de la frontera agraria, pasó con la soja que se llevó a Santiago del Estero, Salta y Chaco; el trigo transgénico se supone se va a expandir hacia zonas más semiáridas, como Buenos Aires, La Pampa y San Luis. Siempre lo digo, transgénicos y su paquete asociado: plaguicidas, fertilizantes, etcétera. 

Las empresas siempre ejercieron presión. En 2019 aparece el líder y el CEO de Syngenta Antonio Aracre, junto con nuestro presidente en la Facultad de Agronomía hablando de la Mesa del Hambre y cómo las empresas iban a colaborar. El 3 de diciembre de 2020, en el día internacional del no uso de plaguicidas, nuestro Presidente aparece con Aracre inaugurando una planta, y lo mismo pasó con Macri. No ha variado la presión de las empresas y su lobby. 

La responsabilidad social empresaria que hacen en las comunidades es un lobby empresarial muy fuerte y siempre con esta idea que si no se desarrollan los transgénicos no hay crecimiento posible. También las empresas junto con organizaciones del Estado e instituciones forman parte de la Comisión Nacional de Biotecnología que es la que se encarga de alguna manera de regular la autorización de transgénicos.

Excepto los partidos de izquierda, el radicalismo, el PRO, el socialismo en Santa Fe y el Frente de Todos jugaron a favor de los transgénicos. A mí me ha pasado, por ejemplo, en la Cámara de Diputados, donde presenté proyectos e hice jornadas sobre transgénicos y plaguicidas con muy poca presencia. Las presiones de las empresas son muy fuertes y las presiones de los medios de comunicación hegemónicos influenciados por las empresas también. Indudablemente están Clarín, La Nación, Radio Mitre, La Red, Continental, en cualquier momento del día vas a encontrar justamente ahí publicidades de semillas y de plaguicidas. De los años 90 a hoy creo que el lobby más grande a favor de la liberación de transgénicos es de Clarín, atado a la idea de que transgénicos es igual a desarrollo, lo que es falso; y más producción es igual a más bienestar, lo cual sabemos que no es cierto. 

Hubo fuertes presiones y un fuerte lobby de la industria, en este caso apoyando la campaña contra el hambre o hablando de su responsabilidad empresarial, apoyando a escuelas o incluso muchas veces jugando con investigaciones realizadas en centros de estudios y universidades.

 
*Docente de la Facultad de Agronomía, coordinador regional de la Red de Acción en Plaguicida de América Latina y miembro de Movimiento Agroecológico Latinoamericano y del Caribe (MELA).
 

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