Vivir de la basura

por Susi Maresca
Fotos: Juan Pablo Barrientos
18 de noviembre de 2022

En Luján se encuentra el basural a cielo abierto más grande del país. Son 12 hectáreas a las que todos los días van 200 familias. Según el censo que hizo el municipio, el 33% son mujeres que se acercan a buscar comida y ropa. Ahora quieren convertirlo en una planta recicladora y crear un centro ambiental. Quienes trabajan allí se ilusionan pero también dudan.

El sol todavía no salió, pero un grupo de jóvenes ya está separando y clasificando basura que quedó del día anterior. Un colchón escarchado es la leña que enciende la fogata que será abrigo mientras dure encendido. Una ronda alrededor, como un ritual cotidiano es excusa para charlas variadas. Hablan de la vida mientras esperan que llegue el primer camión. Se conocen hace tiempo. Es de madrugada y el humo que va creciendo por la combustión química que producen los desechos se ilumina con los primeros rayos de sol. Eso es lo que respiramos durante toda nuestra estadía, eso es lo que respira a diario cada persona que llega hasta aquí. En Luján, a 67 km de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y a unos pocos metros de la basílica, está el basural a cielo abierto más grandes de Argentina. “La quema”, como se lo llama, es un predio municipal de 12 hectáreas que existe hace 50 años. Es un predio, también, adonde llegan por día 120 toneladas de basura que no reciben ningún tratamiento previo.

En las montañas de residuos acumuladas, entre ratas y caranchos, trabajan para ganarse el sustento unas 200 familias en diferentes turnos según el último censo que realizó el municipio de esta misma localidad, en 2021. El 33% son mujeres que se acercan –principalmente– a buscar comida y ropa para sus hijos. Pero también hay un 20% de recicladores que tienen menos de 18 años y que encuentran allí una salida laboral. Esta situación se vio agravada durante la pandemia, ya que muchos trabajadores de la economía popular quedaron excluidos de sus puestos de trabajo por el aislamiento social (albañiles, ayudantes, empleadas domésticas, vendedores ambulantes, etc.). Pero también es una profesión que tanto hombres como mujeres pasaron a sus hijos e hijas de generación en generación. 

Desigualdad constante. Capitalismo. Pobreza estructural. Esas grietas donde existe la humanidad. Donde muchos no tienen nada y poquitísimos tienen mucho.

Hace varios años quieren convertirlo en una planta recicladora y crear un centro ambiental para que las y los recicladores urbanos trabajen en condiciones dignas. Se trata de un proyecto que financiará el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y que intentará resolver las problemáticas sanitarias y ambientales que se generan en el predio. 

“Ahora la tarjeta que nos paga el municipio es de 54 mil pesos, pero como no nos alcanza seguimos recolectando basura”
 

Según Pedro Vargas, subdirector de Residuos de la Municipalidad de Luján, la planta recicladora se va a ubicar en el actual predio de la estación Sucre, que queda a dos kilómetros del basural. “La función que va a cumplir es que todo el material reciclable de la ciudad va a ir a parar a esa planta y el resto que no se pueda recuperar va a ir a un relleno sanitario. Se van a construir cuatro celdas ahí y una en el actual basural. Estamos en la última etapa, ya se hizo la consulta pública y esa sería la última etapa burocrática que tendríamos. Si todo va bien, en 45 días empezaría la construcción de la planta recicladora. A los meses que empiece la planta, se va a reconvertir el actual basural donde se va a dejar un espacio de sacrificio para que se siga volcando la basura de Luján y que los trabajadores no se queden sin laburo”. Vargas estipula la recepción de 90 toneladas diarias, de las cuales se recuperarían cerca de 32. El resto, bajo tierra, literal. 

Lo que piden quienes trabajan allí, cada día de sus vidas, son mejores condiciones laborales porque uno de los grandes temores que tienen es que el sueldo fijo que les paguen, si la planta se abre, no les alcance para vivir. O lo que es peor, temen quedarse sin el pan y sin las migas.

 
Relatos de la basura

Marcos tiene 47 años y es uno de los tantos recicladores que, en nuestro país, vive de la basura. Hace unos años trabaja en la cooperativa del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE). Esto le permite acceder a una tarjeta que le paga el municipio de Luján, con un sueldo mínimo base y que les brinda acceso a la salud, a la jubilación y a reciclar en mejores condiciones. 
Quienes forman parte de la cooperativa juntan los residuos, se vende todo junto y luego se reparten las ganancias por partes iguales. “Yo empecé a venir cuando tenía ocho años. Lo que estamos pidiendo es trabajar en condiciones dignas, que se apague el fuego que es lo principal y que los compañeros tengan un sueldo digno si se concreta la planta recicladora. Ahora lo recuperamos bastante al basural, antes era peor”, cuenta Marcos.

Guillermo, de 53, trabaja en el basural hace 30 años. Y dice: “Queremos que nos paguen bien, ahora la tarjeta que nos paga el municipio es de 54 mil pesos, pero como no nos alcanza seguimos recolectando basura. La mercadería la maneja cada uno afuera. Yo junto de todo, plástico, vidrio, metal, todo lo que me ayude a vivir”.

“Esto para mí no es bueno, es tóxico, pero yo necesito llevar el mango a casa. Por eso junto ropa, la lavo muy bien y la vendo en la feria”

Marcela (54 años) cuenta su historia y la de su familia: “Mi hijo empezó a venir a los 14 años porque como era menor no lo tomaban en ningún lugar, después trabajó en una carbonería y cuando cumplió la mayoría de edad arrancó en la construcción. Eso se le cortó con la pandemia y volvió al basural. Esto para mí no es bueno, es tóxico, pero yo necesito llevar el mango a casa. Por eso junto ropa, la lavo muy bien y la vendo en la feria, pero como mezclan todo en la basura hay ropa muy buena que, aunque la laves bien queda manchada y solo sirve para trapo. La gente no tiene conciencia de separar lo que sirve de lo que no. También junto metales y eso lo vendo”.

Graciela, de 57 años, trabaja en el basural hace 20. Para ella, la crisis de 2001 se extendió hasta hoy. Padece artrosis severa. Sus manos están llenas de anillos que se fue encontrando entre los desechos. Antes reciclaba junto a su marido, pero hace dos años falleció. “Yo junto principalmente metal y ropa porque tengo ocho nietos y la ropita está muy cara –relata–. Vengo de lunes a sábado de 9 a 18, pero como tengo problemas en la columna y los brazos a veces los sábados no vengo. Pedí hace años el certificado de discapacidad, pero nunca me lo dieron. El cobre lo pagan 1500 pesos el kilo, pero es difícil juntarlo, a veces estás todo el día y te llevás sólo una bolsita. Lo único que estoy cobrando es la tarjeta de acá de la cooperativa y eso me ayuda. Mientras Dios me conserve las piernas, la vista y los brazos yo voy a seguir acá trabajando”.

Daniel tiene 25 años y es parte de la cooperativa del basural. Recicla chatarra, botellas, cartón, vidrio y todo lo que se pueda vender desde que es adolescente. “Lo de la planta que quieren poner es complicado porque por un lado nos beneficia, pero por otro no. Yo lo que digo es que, si va a ser bueno para todos que se haga, si nos pagan bien como lo que hacemos acá, está bien”, dice.

Fernando tiene apenas cuatro años más que Daniel (29) y comparte su mirada: “Por lo que tengo entendido quieren hacer la reconversión del basural para empezar a reciclar los residuos, que trabajemos más cómodos y que tengamos mejores condiciones para separar y tratar el material, que de a poco la gente tome conciencia y lo más importante es que nadie pierda su trabajo, imagínate que acá son 200 familias que viven de esto. La mayoría de los pibes que trabajan acá viven en los barrios cercanos, a nadie le gusta trabajar con humo. Nosotros queremos mejores condiciones, que las cosas mejoren, pero no que la gente se quede sin ingresos o tener que salir a cartonear por el centro para venderle a la planta. Nosotros sabemos lo que se junta acá, el dinero que se saca por día”.

Con 42 años, José Luis lleva toda una vida trabajando en este basural. “Desde los 9 años que vengo acá, antes nos bañábamos en esa tosquera, la que está ahí abajo, llena de basura”, recuerda. Y agrega: “Trabajando acá crié a mis hijos y saqué a mi familia adelante. Yo pienso que lo de la planta recicladora está bueno mientras no nos dejen sin laburo y que nos den un buen sueldo, porque acá si trabajás duro por día hacés 5000 pesos y mejor que acá no ganás en ningún lado. Hace poco un señor decía que su nieta se había muerto por el humo de la quema y bueno eso no está bueno que pase. Nadie tendría que morir. Por suerte ahora ya no hay tanto humo, fueron limpiando todo, antes era peor”.

En esta quema de 12 hectáreas, uno de los cinco mil basurales a cielo abierto del país, coexisten las distintas problemáticas ambientales, sanitarias, económicas y sociales que atraviesa la Argentina.
 

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