La historia de Mabel, una de las últimas enfermeras de Malvinas
por Estefanía SantoroFotos: Rodrigo Ruiz
04 de agosto de 2026
Hija de un guerrillero uruguayo, escapó de la dictadura de Bordaberry en una balsa de neumáticos. A los 21 años, durante la guerra de Malvinas, la enviaron a Bahía Blanca a embolsar cadáveres y curar heridos. El retrato de una sobreviviente que el Estado abandonó y prefiere no ver.
Mabel Silva sabe perfectamente lo que es huir para sobrevivir. Tenía apenas 16 años cuando, en 1973, cruzó el río desde Uruguay junto a su padre, su madre y su hermana gemela en una balsa improvisada con neumáticos de auto. Escapaban de la dictadura de Juan María Bordaberry; su padre militaba en la guerrilla y debió sumergirse en la clandestinidad para evitar la cárcel.
Llegaron a Buenos Aires con lo puesto y se alojaron en un hotel de la calle 25 de Mayo. Pero el refugio duró poco: las persecuciones no sabían de fronteras. Su madre terminó presa durante seis meses por ser la esposa de un militante de izquierda. La soltaron porque trabajaba como empleada doméstica para un militar. Mabel, en medio de ese desamparo, se aferró al estudio. Se recibió de enfermera en la Cruz Roja y empezó a estudiar psicología. Creía que lo peor ya había pasado.
Se equivocaba.
En 1982, con 21 años recién cumplidos, el teléfono sonó. La Cruz Roja la convocaba para ir a la guerra de Malvinas. No hubo opción de decir que no. “Ustedes van porque tienen que cumplir”, les dijeron. Antes de enviarla, la única condición que evaluaron para considerarla "apta" fue preguntarle si tenía hijos; como no los tenía, la mandaron al frente. Mabel fue destinada a Bahía Blanca junto a otras tres enfermeras. Hoy, es la única de las cuatro que sigue viva.
“Estuve 74 días en Bahía Blanca realizando tareas de enfermería y parte de lo que se llama embolsamiento. Curaba a los chicos que traían derivados y embolsaba cadáveres de los soldados fallecidos. Estábamos en la frontera de Bahía, y ahí nos traían a los muchachos, a los gendarmes heridos. También recibíamos a los pibes que habían muerto.”, relata Mabel, con una lucidez que estremece y la voz afónica que le causa la intemperie del invierno de Buenos Aires y el asma que contrajo durante su estadía en Bahía Blanca.
El horror no venía con etiquetas. La mayoría de los soldados que morían en sus manos eran NN. No había nombres en los uniformes, solo cuerpos mutilados de adolescentes congelados. “Una guerra es para toda la vida. Sentís un motor que hace ruido y automáticamente te viene el ruido de una bomba. La cabeza del humano es una computadora, es mentira que uno se olvide. Es eterno, está con vos hasta el día que te mueras”, cuenta.
Cuando la guerra terminó, el calvario de las secuelas recién empezaba. Mabel regresó a Buenos Aires a las tres de la mañana de un día frío, con las manos y los pies quemados por el caucho de unas botas deficientes que acumulaban el frío y calcinaban la piel.
"Es mentira que te hacían cura del sueño o choque eléctrico, nada te borra esa parte porque está en el centro del cerebro. El solo hecho de ver sangre ya me recuerda a un chico en la guerra. La mínima sangre, para una es un agujero enorme".
Mabel recuerda el abandono material que sufrieron las delegaciones sanitarias y los soldados en el frente: “Nosotros comíamos porque nos traían los ingleses la comida. Nos traían la olla de comida, porque si no nuestra comida era avena hervida, arroz hervido, mandioca y chocolatada con leche en polvo. Estábamos cagados de hambre. Siempre fui de pesar 70 kilos, cuando volví pesaba 42”, recuerda con los ojos a punto de desprender lágrimas.
“Me siento rechazada por el Estado. Cuando fui a reclamar para que reconozca mi tarea como enfermera me dijeron que tenía que llevar todos los papeles y yo les dije ‘díganle a los que nos mandaron allá, que ellos tienen que tener nuestra historia’. Ellos tienen que saber cuándo nos llevaron, cuándo nos trajeron. Porque a nosotros no nos dieron nada. Nosotras trabajábamos 12 horas por día”, recuerda.
El Hospital Borda como centro de tortura
Desesperada por los flashes de la guerra y los ruidos de la ciudad que le taladraban la cabeza, Mabel buscó ayuda médica. La respuesta del sistema de salud de la época fue el espanto: la internaron en el Hospital Borda para aplicarle electroshock. “Estuve tres meses. Mal. Te pelan acá - dice, señalando su cabeza-, te ponen la electricidad, después quedás planchada y cuando te recuperás estás media tonta. Yo pensé que me iba a liberar, pero no, nada de eso existe”.
“Los recuerdos de lo que viví los voy a tener siempre. Eso es algo que quiero que entienda la gente. Una guerra es para toda la vida. Yo siento el motor de un auto y ya me viene automáticamente el ruido de una bomba. Es mentira que uno no se acuerda o que olvida. Es mentira que, como dicen, con el tiempo se pasa. Es eterno, esos recuerdos los tenes hasta el día que te mueras, igual que ver a los pibes heridos, mutilados. Eso no se borra. Porque el que lo vivió, lo siente. Cuando lastiman a un militante, ver sangre enseguida me recuerda a un chico en guerra. Nada te borra esos recuerdos”. En su último mes de internación, a Mabel la encadenaron de pies y manos, y llegó a orinarse encima en una camilla.
Fue un enfermero del hospital quien le salvó la vida. Le advirtió que la querían dejar ahí para siempre, catalogada como "loquita" para que no hablara. “Ahí entendí que cuando estuvieron los militares, mucha gente tiene que haber estado en ese lugar. Muchos desaparecidos tienen que haber pasado por ahí, porque es un lugar de tortura”. Con la ayuda de ese enfermero, Mabel logró escupir las pastillas y escapar. Tenía 22 años y estaba en la calle.
La estafa, el desamparo y el tren como refugio
Mabel logró reconstruir su vida. Un hombre le ofreció trabajo y un lugar donde dormir. Tiempo después consiguió empleo como enfermera en la Clínica Lanús y en el Hospital Ramos Mejía. Trabajó allí durante años, siempre de manera informal, sin registrarse, porque recuerda que así le pagaban más. Formó una familia, se casó y, ante la imposibilidad de la madre biológica de criarlas, adoptó a dos niñas a las que les dio todo: colegio, niñera, un hogar.
Pero la crueldad volvió a golpear. Tras la muerte de su esposo, en octubre del año pasado, sus hijas la estafaron. Aprovechando su situación y falsificando firmas, vendieron la casa que estaba a nombre de Mabel. Una de ellas atravesaba consumos problemáticos; la otra, simplemente le dijo: “Vos ya hiciste tu vida, me toca hacer la mía”.
Mabel no quiso pelear por las paredes. Sin recursos para pagar un abogado, se enfrentó otra vez al destino que la persigue desde los 16 años: la intemperie. Pasó por habitaciones prestadas en Moreno y casas de amigas que solo la toleraban si aportaba dinero. Hoy, con 65 años, la última enfermera viva que cumplió funciones durante la guerra de Malvinas duerme en los trenes de Buenos Aires.
“Me tomo un tren, me subo para estar calentita, voy y vengo. Eso hago cuando hace frío. Cuando hay solcito, me voy al Parque Lezama. ¿Por qué tengo que pasar por esto si yo tengo derechos?” se pregunta y reclama: “Yo cumplí pero el Estado no cumplió conmigo”.
Hace siete años, el Estado le quitó la pensión por discapacidad que tenía con la excusa de que ya cobraba una pensión mínima por viudez. “Mis lesiones son comprobables de dónde son. No me lesioné bailando, me las hice cuidando a los pibes. Yo no reclamo millones, reclamo la mínima que me corresponde para no andar dando lástima”.
"Este gobierno es un genocida"
Mabel mira la realidad actual con los ojos de quien ya vio pasar demasiadas atrocidades y promesas rotas. No le esquiva al análisis político y es tajante al calificar al gobierno actual: “Es un genocida, un segundo Hitler. No solo con nosotros, los viejos, sino con todos. Cerró todas las fábricas, no tenemos derechos las mujeres. Dice una cosa y hace otra. El tipo dice 'ficha limpia' y él es el primer chorro, y la hermana la segunda. Son diez personas manejando un país de 45 millones”.
También le duele la anestesia social. Recuerda con indignación cómo la sociedad llenó las calles por un partido de fútbol mientras los jubilados son reprimidxs cada miércoles en el Congreso: “A nosotros nos muelen a palos, nos tiran en el hospital y la sociedad es ciega con nosotros. En el 2001 salió todo el pueblo a la calle. Ahora hay miedo. Pusieron el cartel del miedo: que si protestás, te llevan en cana; que si dormís en la calle, te llevan en cana. Tienen miedo”.
Mabel Silva se sienta en un banco de la plaza Congreso a comer el guiso que cada miércoles lleva un grupo de “Camioneros Solidarios”, camina entre la gente camuflada en el anonimato de la miseria que el sistema produce y oculta. Lleva en su cuerpo las marcas del frío de Bahía Blanca, en su mente el horror que vivieron los soldados de Malvinas, y en su presente, el abandono absoluto de un Estado que prefiere colgarse medallas de soberanía antes que darle un techo a las mujeres que remendaron su historia.
El alimento del futuro
Un cuento de Pablo Ramos sobre la guerra de Malvinas con ilustraciones originales de Omar Martini.
Malvinas: secretos, tabúes y miserias de una guerra que no fue
Tulio Fraboschi, referente del campamento TOAS de Plaza de Mayo, de la Ciudad de Buenos Aires, emplazado por Veteranos de Guerra que, durante 10 años, reclamaron por ser reconocidos, cuenta cómo se dio el combate aeronaval entre Argentina y la OTAN en plena Patagonia.
Por el nombre del hijo
A 35 años de la guerra de Malvinas, más de 80 familiares de ex combatientes piden la identificación de los NN enterrados en el cementerio de Darwin. El largo camino de las madres por recuperar esas identidades terminará cuando se realicen las exhumaciones en agosto de este año.
