Algunos apuntes alrededor de la serie española “Los Años Nuevos”, el peligroso avance de la Inteligencia Artificial (IA) y las conductas fallidas que nutren la experiencia vital de nuestra especie.
Gente que recurre a la Inteligencia Artificial (IA) para decorar el living o para elegir el nombre de sus hijos o para escribir un poema. Dentro de no mucho, el mercado ofrecerá desodorantes con olor a transpiración para recuperar la experiencia humana. La humanidad (la condición sensible del ser humano) es un distintivo en esta era tan maquínica que la Humanidad (la especie con su evolución) ha creado. Y cuando todo es Matrix, toca encontrar el engranaje que pueda hacer saltar la maquinaria por los aires para devolvernos algo de lo humano.
Esto lo reflexiona y lo explica muy lindo Miguel Benasayag, un filósofo e investigador científico argentino exiliado en París desde la dictadura. Su planteo, muy bajado al llano: la máquina pide funcionamiento continuo, rendimiento; nuestra especie humana, que depende de un componente orgánico para la vida, encuentra en las fallas la posibilidad de seguir existiendo. El cáncer es una falla, un alerta para el organismo sobre un comportamiento celular anómalo. En el desvío de lo esperable surge una respuesta (orgánica).
Lo mismo pasa con la creación: del error, del malentendido nace la invención. El humor, por ejemplo. Un elemento colocado en un lugar inesperado provoca la risa. La cáscara de banana que interrumpe la caminata. Palito Ortega mezclado con Montoneros. Una reflexión adulta de Mafalda en medio de un juego infantil. Entonces, lo que nos puede salvar es lo que nos hace genuinamente humanos. No funcionar sin freno como las máquinas, sino existir en el devenir cambiante, complejo y fallido de la vida.
Esto dijo Benasayag en una entrevista que le hicimos meses atrás en Cítrica: “Es un paradigma funcionalista donde hay que funcionar bien, donde todos son medios sin ningún sentido y hay que ser útil. Y entonces la gente se autoevalúa: cómo soy útil, no soy útil, funciona bien, no funciona bien. Y es ahí donde efectivamente tenemos que hacer una suerte de apología teórica y práctica de la profunda inutilidad de la vida, de que la vida es su propio fin. La vida no debe servir a algo. (…) No hay que ser útil para nada. Hay que vivir”.
Uniendo los puntos de gente que me ayuda a pensar, el poeta quilmeño Pedro Patzer publicó en sus redes una bellísima oda a la torpeza:
La torpeza es una forma de soledad (un entre paréntesis entre la locura y la cordura, un decir adiós, para decir hola) que nos recuerda que todos somos anónimos hasta que amamos a alguien. Para amar hay que ser torpe. En la torpeza desnudamos el ser. No existe amor que no sea torpe.
Y aunque los ladrones del sentido propongan reyes que moldean la perfección de la humanidad, no es posible que la torpeza de la juventud no intente romper el mundo, hasta apropiarse de la aurora; porque la aurora, antes que un fenómeno astronómico, es un acontecimiento humano. Como la torpeza.
Amor, torpeza, humanidad. Santísima trinidad como antídoto para la Matrix. Todo eso (y más) encontré en “Los Años Nuevos”, una serie española de 2024 que está en el catálogo de la plataforma Mubi. La crearon Sara Cano, Paula Fabra y Rodrigo Sorogoyen. A él lo conocí como director por “Las bestias” (2022), una buenísima peli dramática que transcurre en el campo español profundo.
Hay muchas cosas buenas para decir sobre “Los Años Nuevos”, pero la más potente: un cine que se parece mucho a la vida. Una historia de amor de una pareja que evoluciona imperfectamente durante una década (cada episodio es un Año Nuevo en la relación), como sucede con los vínculos fuera de la pantalla. Si la IA se utiliza como juguete de la industria audiovisual para intervenir en los guiones y la producción, acá el efecto creador humano es casi documental.
Como si la cámara prendida registrara el devenir de la vida: diálogos entrecortados por el pulso del presente, cuerpos que se mueven con naturalidad, personajes que espejan sentimientos reconocibles (por humanos, no por estereotipos de ficción). La pareja protagónica también está formada por dos “bestias”. Ella, Iria del Río; él, Francesco Carril.
Hay un episodio que me gustó especialmente. Es una cena familiar de la pareja con padre y madre de ella, y madre de él. En una sola locación y casi en tiempo real, las pasiones humanas se ponen a bailar y lo que comienza como un ritual protocolar (juntarse a comer en Año Nuevo) va cobrando espesor y mostrando la profundidad de cada personaje.
Si algo nos va a salvar de la Matrix es seguir fracasando como humanos para probar caminos nuevos. Igual que sucede con el amor.
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