Pañuelos verdes en tu corazón

por Revista Cítrica
14 de junio de 2018

En la calle se hizo historia. La vigilia, a pesar del frío, no decayó en ningún momento y demostró que el pueblo se hace oír, y que el mundo se puede transformar.

Este miércoles las calles de la ciudad volvieron a ser verdes. Pibas, chicas, grandes, amigas, compañeras; organizadas o solas: todas llegaban a la plaza. Había que estar, permanecer en la vigilia verde. La marea empezó temprano y se quedó a aguantar los pañuelos.

Y a los trapos verde aborto, se le sumaron también maquillajes, bengalas, bufandas, gorritos y mochilas, había hasta personas vestidas completamente de verde, para terminar de confirmar, por si acaso quedaba alguna duda, que esta marea volvió a las calles para revolucionarlas.

Mates, vino, sonrisas, brillantinas, nervios, emoción, calor humano y cantitos de por medio: “...somos las nietas de aquellas brujas que no pudiste quemar/ salimos todas, a luchar, a luchar, a luchar/ este es mi cuerpo, y yo decido/ que el aborto sea legal…”. Esas y otras canciones se escuchaban bien fuerte y bien alto, para que también escuchen adentro las y los que todavía no definían su voto. En la calle la decisión del pueblo ya estaba tomada.

En los pueblos la ley es el aborto clandestino. La ley es que mujeres mueren por abortar.

Las chicas más jóvenes, que hoy sorprenden y entusiasman por la claridad y la convicción con la que expresan sus ideas; se animan a sumarse a este gran tsunami verde que desborda todas las calles del centro de la Ciudad. Julieta vino de Rosario con sus compañeras de quinto año. "Todas apretadas" en el micro con el centro de estudiantes de la universidad: "Tenemos que estar, hasta el final. Y acá no termina. Poque si se aprueba la ley después hay que cumplirla. La lucha sigue".  

Delfina llegó a la marcha con un pañuelo verde en la muñeca y brillantina del mismo color en las mejillas. Ella va a la escuela Nuestra Señora de Luján, de Parque Patricios, donde le prohíben expresarse: “No tienen por qué imponernos sus ideales porque nosotras tenemos que ser libres de pensar y hacer lo que queramos, porque no nos pueden prohibir llevar un pañuelo o defender la causa que queramos solo porque es contraria a la de ellos”. Agustina, su amiga, la alienta: “No queremos más muertes de mujeres por abortos clandestinos”.

Va llegando la madrugada. Y con ella, el frío y la larga vigilia. Es hora de abrigarse, de abrazarse, compartir un vino para calentar la garganta. Los fogones invaden la avenida Callao y la Plaza Congreso. Las chicas que vinieron desde Villa María, Córdoba, ya abren sus bolsas de dormir. Se autoconvocaron porque “en los pueblos la ley es el aborto clandestino. La ley es que mujeres mueren por abortar”. Por eso llegaron, juntas, hasta acá. Para decirle al Congreso que esto debe cambiar, que el aborto legal, seguro y gratuito es urgente. Es ya.

Agustina y Lucía vinieron desde La Plata a vender "tortas hechas por tortas”. Ríen, se besan, se abrazan, son libres. Quieren que las mujeres sean libres, que nadie más que ellas, pueda decidir sobre sus cuerpos.

Dos de la mañana. La vigilia sigue. Una chica de Santa Fe se acerca a un fuego para pedir una madera prendida para avivar otro fuego, el de su grupo. 

Me alegra que las pibas chicas levanten la bandera que las otras generaciones no pudimos levantar.

Tres de la mañana, cuatro, cinco. Quién sabe ya. La situación se repite. En Callao y Corrientes, sobre el asfalto, está escrito en letras verdes: “Que el aborto sea ley”. Y grupos de personas que van y vienen se sacan fotos con la leyenda.

En la vigilia se comparten los mates, una chica le dice a otra: "¿Pensás que sale?", y la otra le responde: “¿Y tu corazón qué siente?”.

Gladys, una mujer de 53 años que se acercó al Congreso desde Adrogué, también nos comparte su punto de vista: “Me alegra que las pibas chicas levanten la bandera que las otras generaciones no pudimos o no quisimos levantar. La religión, en vez de poner trabas en el asunto, tendría que dar una mano y ayudar a que esta ley finalmente se concrete”.

Con su claridad y su parsimonia al hablar, Gladys es un ejemplo más de todo este movimiento de mujeres que parece estar enseñándole a la sociedad que con pasión y con lucha, el mundo se puede transformar. Y que la sororidad, esa palabra mágica que tanto se empezó a escuchar, hoy está más vigente que nunca.

Amanece y ya se sabe que recién después de las 9 será la votación. Ahora en la Plaza están las y los que sostuvieron la vigilia, quienes se fueron y volvieron, quienes se suman ahora con entusiasmo. Las facturas y los cafés van de mano en mano. El semáforo de Callao y Mitre se queda en verde, parece símbolo de una tendencia que se revierte: sí, la información que llega desde el Congreso, por primera vez, dice que la aprobación al proyecto le gana al rechazo.

En la esquina de Callao y Rivadavia, esa donde el movimiento feminista sostuvo los martes verdes, hay incertidumbre. Las expectativa de miles de personas a las que no les importa el frío de esta mañana se concentran frente al Congreso. Todas miran las pantallas: la gigante, donde todavía hablan diputados y diputadas; las de sus celulares, donde amigas y familia les cuentan "qué dicen en la tele". 

Escuchan a las y los oradores, a un hombre que dice que él “no tiene idea de cómo puede ser tomar la decisión de abortar o no", que "un hombre no puede decidir por las mujeres". Escuchan a una mujer que saluda a los hombres por el Día del Padre. No hace falta decir cómo votaron.

Y se vota. Y estalla la plaza y la avenida Callao. Abrazos, llantos, bailes, cantos y la certeza de que aún queda mucho por luchar, pero también sabiendo que ahora que sí nos ven, el patriarcado -al menos por hoy- se cayó en la Cámara de Diputados.

Aunque la certeza más importante de todas la comentan dos mujeres mientras ven cómo las jóvenes saltan y festejan: “Esto es para que ellas no tengan que sufrir como sufrimos nosotras”.

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