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Noches de enero en Buenos Aires

por Revista Cítrica
29 de enero de 2017

La ciudad, que durante todo el año nos agobia, nos reconforta en este mes que está terminando: nos muestra su faceta más amable y menos conocida. Disquisiciones sobre la magia que envuelve a las calles porteñas en cada verano.

¿Cuánto más linda sería Buenos Aires si todo el año fuese enero? ¿Cuánto más felices seríamos? En este mes que ya termina, a diferencia de todos los otros meses, la ciudad que nos agobia de repente nos reconforta: nos ofrece una cadencia inesperada y hermosa, que invita a la contemplación, necesaria para cualquier persona, para cualquier porteño. En esa magia de verano, la ciudad se redescubre. Porque deja de ser un hostil gentío y vuelve a ser una ciudad afable: con calles desiertas, el ruidito del eco de los zapatos que caminan a lo lejos, el silencio como idioma. 

Es sábado a la noche, el calor no da tregua y Avenida de Mayo, en 2017, es como la que caminó Federico García Lorca en 1934: una avenida señorial y bohemia. Hay turistas tomando cerveza en un tugurio con mesas afuera, señoras tomando cerveza en una confitería coqueta, y cartoneros tomando cerveza en la vereda. Esta noche, la cerveza iguala: la calle es el banquete de los pobres y de los ricos. De los que están laburando y de los que están de paseo. De los que tratan de sobrellevar la existencia.

Con el calor, la basura de los tachos de Avenida de Mayo despide un olor que campea los aires porteños. Sin embargo, hay una estética en esa basura. Algo que pese a todo sigue envolviendo a la ciudad, algo que la convierte en encantadora, como seduciendo al que está enojado con ella por tanto quilombo, por tanta vida malgastada durante todo el año. “Mira eso”, dice un gringo. Su dedo índice señala el Palacio Barolo, iluminado y resplandeciente. El Barolo es el faro. El imán que hace mirar para arriba y ver la otra parte de Buenos Aires: esa ciudad que, mientras nosotros caminamos, vuela. Un vuelo que en enero es mucho más libre.