Maxi Castillo lleva siete años preso, desde que tenía 16. Creció en la calle, sufrió verdugueos, torturas y la represión policial dentro y fuera del sistema penal. Su vida, ahora, está en un libro de poesía. La abogada especializada en Prevención de la Violencia Institucional Tatiana Delgado lo entrevistó y analiza, a partir de su historia, cómo y por qué la baja de la edad de punibilidad no soluciona nada.
Maximiliano Omar Castillo tiene 23 años, pero cuando entró al instituto penal juvenil Manuel Belgrano era un niño, no tenía conocimiento de casi nada: había vivido una vida –como dice él– “de cero a cien”. Es que, de bebé, su mamá cayó presa y fue criado por sus bisabuelos, quienes trataron de mantenerse alejados de todo: le dieron educación, alimento y salud en la medida de sus posibilidades. A él le gusta la música, el arte y cantar. Pero lo cierto es que a los 13 años comenzó a “estar en la calle, a bardear (robar) y a consumir drogas”. Lo dice así, directo, y nos abre su mundo como un abrazo para que, tal vez, otro pibe o piba del otro lado sienta que hay otros caminos posibles a pesar de tantas oscuridades.
En los barrios, explica Maxi, las pibas y los pibes comienzan a manejarse solos a temprana edad porque sus madres, padres o quienes los cuidan deben trabajar muchísimas horas al día para conseguir la plata para cubrir, apenas, sus necesidades. Así, van a la escuela, viajan en colectivo, andan por la calle donde pueden encontrar de todo, vecinas que los conocen y los cuidan de reojo, comedores y merenderos con espacios de juegos que los contienen, organizaciones que dan talleres y los convocan. Pero también pueden terminar “en la mala”. Es decir, consumiendo drogas, robando y entrando a destacamentos policiales, camino a institutos. Maxi fue uno de los que terminó en este último camino y así ingresó al instituto penal juvenil Manuel Belgrano a los 16 años.
Estando en contexto de encierro, la vida se volvió más difícil, sin sentido, sin idea de futuro, más aún cuando le tocó atravesar la pandemia y dejó de recibir visitas. Ahí mismo, en medio de esas soledades, estudió gastronomía, maestro pizzero, seguridad e higiene, plomeria, robótica, reparación de plaquetas electrónicas, de celulares, marroquinería, refrigeración, aires acondicionados e hizo un taller de filosofía. También con la Universidad Tecnológica Nacional logró hacer el secundario, marketing digital, fotografía, teatro y literatura. ¡Un montón!
Como todos, intentó quedarse en el Manuel Belgrano, aún cuando cumplió los 18 años de edad, para poder continuar con su proceso educativo. En este punto, destaca principalmente que pudo publicar su primer poemario, Pequeños Sentimientos en un Mundo Amarillo. Pero también pudo hacer otras cosas: había colaborado para organizar la cooperativa La Revancha, que realizaba tareas de encuadernación y en la que hicieron un proyecto que implicó armar un cisne enorme que, luego, fue exhibido en la ex Esma.
Sin embargo, de su relato se desprende que tanto la ansiedad como la droga que ingresa, desvían a los adolescentes de poder progresar. Si bien tenían libros para poder trabajar y leer, eso ocurría en un ambiente en el que sucedían requisas violentas, el robo de los “bagallos” (mercadería y elementos de uso personal que les traen las familias) y las cosas que les faltaban como alimentos en buen estado.
En relación a su situación puntual, Maxi contó que, en ocasiones, el personal de requisa entraba a su celda y se llevaba los cuadernos donde escribía, los rompía, sabían cómo hacerlo “explotar, para dar fundamento de que yo hacía las cosas mal y poder trasladarme”. Los pibes detenidos no denunciaban a la policía y así debían tolerar que los golpeen, que la requisa se robe sus pertenencias o que implementen modos que no corresponden a los familiares, como por ejemplo desnudarse.
Maxi empezó a promover reclamos sobre esas cuestiones, a hablar con los defensores y con oficinas de Derechos Humanos. Y ahí empezaron a bajar un poco el nivel de violencia. Pero no fue gratuito, rápidamente lo vieron como un líder negativo. En consecuencia, cuenta que, “en un hecho me sentaron amarrocado (esposado) en una silla, me hacían mirar cómo sacaban a los pibes amarrocados, arrastrados, todos golpeados, mientras rompían todo, me sacaron un mes las visitas, me rompieron la cara, me cortaron la oreja a patadas, nos empapelaron mal (elaboraron informes negativos sobre ellos) y nos trasladaron a adultos”.
Las leoneras
Él cuenta que, dentro del sistema penal juvenil, sólo recibió ayuda de “tres profesionales (dos psicólogas y un trabajador social)” y que el resto “no se preocupan por lo que hacen los adolescentes, hacen los informes sin entrevistarlos”; incluso, “por ahí tenés un día malo… y ya te ponen que sos reservado… y dicen ‘este es uno más’”, mientras “había una psicóloga que me empapelaba todas las semanas y eso lo ve el juez”.
Con el tiempo, y con el acompañamiento de esas personas y de Uma Nielsen, empezó a conocer sus derechos y a “abrirle la mente a pibes quemados por la pasta base, por la calle, para que puedan reclamar”, algo que “molestaba” porque “era toda una calesita de corrupción, donde los defensores oficiales, los jueces y los institutos están todos arreglados”; relata que si denunciaban violencia -“te pega la gorra”-, “no te daban bola”, por lo que él mismo presentaba “habeas corpus” y escritos para enseñarles a otros.
Finalmente, Maxi resume: “Nosotros nos reinsertamos porque nosotros queremos, porque no nos ayudan… vi pibes que hicieron buena conducta para salir pero a los dos meses caían presos de nuevo… conocí pocos pibes que hicieron el click”.
Cuando fue trasladado de un instituto penal juvenil a la cárcel de Ezeiza del Servicio Penitenciario Federal, Maxi pasó de convivir con chicos de su edad -que, según describe, “hacen maldades por rebeldía”- a un entorno mucho más hostil. En el sistema juvenil, pese a situaciones extremas como intentos de suicidio, tenía acceso a espacios de estudio y cierta posibilidad de compartir con otros. Esa dinámica cambió por completo en Ezeiza: quedó alojado en las llamadas “leoneras”, junto a adultos de hasta 40 años con condenas perpetuas, “gente que su vida es la cárcel y crecen ahí, tumberos le decimos”. Y agrega: “Es triste, porque uno quiere ser diferente, pero la policía es corrupta, sanidad no te presta atención, podés esperar tres o cuatro horas para que te atiendan y hay mucha gente consumida por las drogas”.
También señala el deterioro físico y psicológico que implica ese encierro: “Conocí pibes que ingresaron a los 18 y salieron a los 23 peor de lo que entraron. Te afecta psicológicamente. Tomás agua de pozo que a la larga te hace mal, hace frío, hay humedad, comés poco o no comés, te duelen todos los huesos. Capaz dos pibes tuvieron un problema y la gorra entra a reprimir, a tirar gas pimienta y a escopetazos”. A diferencia del circuito penal juvenil, donde “tenés cursos todos los días”, en la cárcel -remarca- “no había nada”.
Barrios populares y violencia policial
Los barrios populares son los que sufren, principalmente, la inseguridad, pero en una doble faceta. La del delito callejero, constituido por robos, peleas, lesiones, etc, y la de la violencia institucional, particularmente aquella ejercida por agentes de las fuerzas de seguridad.
“Yo viví eso en carne propia entre 2017 y 2018. A mi la Gendarmería me torturó ocho horas, me apagó cigarrillos en la espalda, me levantaban en la camioneta y me agarraban a itakazos, me sacaron las zapatillas y las tiraban al techo, me clavaron una navaja en la mano. Los de la guardia esa tenían una perimetral, no se me podía acercar y los mandaron a la Gardel”, contó.
–¿Cambió algo la policía de un tiempo a esta parte?
–La Policía de la Ciudad hace lo mismo. Los re verduguean, los hacen abrir las piernas, le gritan, los patean. No cambió la forma en la que tratan a la gente.
A Maxi le da bronca que maltraten a los más débiles, que se la agarren con un chico que está consumiendo paco, que ya tiene la vida arruinada: “¿Qué vas a conseguir cagándolo a palos? A los chicos de 14 y 15 años los ponen contra la pared, les abren las piernas y les pegan cada cachetazo. Uno que es de barrio está acostumbrado y lo vive como normal.
–¿Qué mirada tenés de la baja de edad de punibilidad a 14 años?
–Yo que conozco sobre los pibes en la calle y sobre el sistema carcelario, van a arruinar una banda de vidas. Hay pibes que no tienen ayuda, que no tienen familia y por ahí están drogándose. A los 16 todavía no era tan maduro como para reflexionar, en la cárcel no podes ser bondadoso, no podes ser buena persona, porque donde mostrás debilidad te van a robar, te van a cagar a puñaladas. Todos apenas entramos pensamos ‘tenemos que agarrar una faca (elemento punzocortante) y ganar un lugar para vivir. A nadie le importa el juicio, los testigos, las pruebas. Recién les cae la ficha cuando baja el martillo, cuando te condenan. Yo me deprimí cuando me condenaron a siete años, me mediqué, tenía problemas con los internos, con los cobanis (agentes penitenciarios). Después me puse las pilas e hice todo lo que conté.
–¿Y con qué situación te encontraste al salir, con el contexto actual?
–Se hizo complicada la situación. Mi bisabuela ya no estaba, estábamos mi bisabuelo y yo y contaba con poca gente. Antes estaban todos y ahora no está nadie. Tengo que remarla y salir adelante, todavía no conseguí trabajar en blanco, empecé en una cooperativa de reciclaje pero me arriesgaba a que me corte o me lastime. Y la verdad es que estudié muchísimas cosas. Lo que sí hicimos con mi bisabuelo también fue abrir un merendero en Villa Soldati, estamos en esa.
Una ¿necesaria? reforma de la ley penal juvenil
Si, la reforma de la ley penal juvenil era necesaria puesto que la vigente era una norma proveniente de la época de la última dictadura cívico militar argentina. La misma fue observada, en numerosas ocasiones, por el Comité de los Derechos del Niño de la ONU como así también por el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Sin embargo, la recientemente promulgada Ley 27.801, que bajó la edad de punibilidad a 14 años, constituye un retroceso en la materia e hizo exactamente lo contrario a lo que se le demandaba al Estado.
Si uno pregunta las razones por las cuales no debía bajarse la edad de punibilidad, encontramos rápidamente las más comunes: la criminalidad juvenil no es un problema de grandes dimensiones. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, según las estadísticas elaboradas por el Observatorio de Políticas de Seguridad de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata, la participación de menores de 18 años en el total de delitos denunciados bajó de 4,2 % en 2009 a 2,2 % en 2023.
La llamada “inflación punitiva” lleva más de dos décadas de implementación, aumentando penas según se produzca algún crimen resonante o, simplemente, acompañando los vientos políticos. Lo cierto es que, tras todos estos años, este tipo de medidas que pretenden resolver todo con el derecho penal, no han logrado dar respuesta a la criminalidad en general. Y, a su vez, las situaciones que deberían resolverse con políticas sociales, se “atienden” con más y más policía.
Cabe destacar que no sólo bajó la edad de punibilidad, sino que se dejó en una situación de grave afectación jurídica a aquellos que tienen menos de 13 años. En estos casos, si bien son considerados inimputables, es decir, no se los puede someter a proceso judicial, el juez penal puede continuar la investigación para determinar responsabilidades, es decir, se seguirá adelante con el proceso pero sin que el adolescente cuente con derechos y garantías como corresponde.
También se le faculta a ordenar que se realicen informes médicos, psicológicos y psiquiátricos al adolescente, así como adoptar “medidas de protección”. Todas éstas facultades le corresponden a los Juzgados civiles o de familia. Como se observa, una vez más se utiliza el derecho penal para “resolver” situaciones que responden a conflictos sociales.
En tal sentido, no es irrelevante mencionar que muchos de los casos de delincuencia juvenil se asocian a otras problemáticas como el consumo problemático de estupefacientes o adicción a juegos o apuestas online, las cuales no encuentran atención en centros de salud públicos de calidad. El desfinanciamiento de la salud pública en general coloca en situación de mayor riesgo a los adolescentes y, por tal motivo, deviene absurdo suponer que, frente al fracaso (cuando no eliminación) de las políticas públicas de acompañamiento del Estado, sea el poder punitivo el que intente resolver sus problemáticas.
En este punto, la ampliación de los principios rectores de la ley penal juvenil explica, en buena medida, cómo ha mutado el interés en la protección y resocialización de los adolescentes, hacia una supuesta superación del “riesgo social”. Es decir, se corre el eje primordial que es el protagonismo del adolescente como sujeto de derechos a quien el Estado debe acompañar en su proceso de integración, hacia una perspectiva que los aísla, los encierra en mayor cantidad, para que “no molesten a la gente de bien”.
Pequeños sentimientos en un mundo adolescente
“Me subí a un re bondi y ahora tengo que viajar”, pensó Maxi, cuando empezó a imaginarse la publicación de su libro. Así, con esa reflexión, nació el poemario Pequeños sentimientos en un mundo amarillo. “Tenía que pedir permiso para usar una computadora, los cobanis (personal de seguridad) no pasaban mis pedidos de contactar gente, ni los pedidos de entrevistas. Para todo te ponían una traba”, dijo sobre el proceso de escritura.
El libro, aunque recorrió el camino de un año entero para poder concretarse, se presentó en el Instituto Manuel Belgrano cuando Maxi tenía 19 años. Allí relata sus experiencias y vivencias ajenas. Lo que es el barrio, el prejuicio contra nuestra clase social, el encierro, la pobreza y el rencor: “En todo momento me saqué el odio escribiendo. Hablo sobre la calle, mis amigos que están muertos, mi familia. Cargo con principios y valores que me enseñaron mis bisabuelos. No tenía mamá ni papá, solo tenía un hermano chiquito y ya cargué una mochila. Yo iba a juntar cartón con mis bisabuelos que me enseñaron a ganarme las cosas dignamente, y tuve que ser un padre para mi hermano más chiquito que también terminó en la calle conmigo”.
El 17 de abril –para Maxi, para todos los pibes que pasan o pasaron realidades como las de él, y para todas y todos los que nos importa habitar un mundo más justo– es una fecha importante. Es un testimonio viviente de los efectos de agencias policiales que dirigen el poder punitivo a los jóvenes de los barrios, dirigen la violencia policial y de un sistema penal juvenil que lejos de acompañar a los adolescentes los encierra en un círculo de abusos, hostigamientos y desatenciones.
No se trató nunca de bajar la edad de punibilidad, sino de hacer del sistema penal juvenil y, sobre todo del sistema de promoción y protección de derechos de la niñez y la adolescencia, un conjunto de políticas públicas sostenidas de manera real, con recursos pero también con una impronta humana que haga que los chicos y chicas puedan superar las situaciones que los llevaron a delinquir o a estar expuestos a situación de violencia institucional.
Ahora, el autor del libro elige un poema para compartir: “Preguntas”. Dice que es el que más le gusta: “Es el más puro, a cara bien de perro, más suelto, que me identifica. Es un resumen de mi vida en un poema. Se llama ‘Preguntas’ porque hago de cuenta que una profesional me las hace y yo en el mismo poema me fastidio. Onda, ¿para qué me preguntás si no me vas a ayudar? Surgió estando en el Agote, con una psicóloga a la que le dije que escribía poemas y que iba a publicar un libro, y me miró como si yo fuera un irresponsable, y me dijo ‘el que mucho abarca poco aprieta’. Me enojé y no le di bola. Me fui re enojado y a los dos años publiqué mi libro”.
–Para cerrar, ¿cómo te sentiste al sacar ese libro estando preso?¿Qué viene ahora?
–Me senté, puse mis libros sobre una mesa. Me olvidé que estaba preso, de mi familia, de todo. Vino Uma, me acuerdo, todos me felicitaron por lo que había hecho. Era yo. Ahora quiero publicar un segundo libro de poesías que empecé en el Belgrano. En Ezeiza, la verdad, no pude escribir mucho porque ahí había que cuidarse, estar con la faca todo el día. Donde te volaste te echaron, robaron o te cagaban a palos. Quiero que sea menos oscuro, porque la gente tiene que sentir otras cosas. Que vean cómo vivimos, por qué tomamos decisiones negativas y que sepan que la única manera que los jóvenes presten atención es acompañándolos. Armar un día del niño, actividades, aún cuando los tiempos sean difíciles y ya casi no haya tiempo de ayudar…siempre se puede.
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