El Bafici pone en cartelera Cosmos, una película que une a dos figuras rebeldes y originales que sufrieron la censura comunista en Polonia y atravesaron el exilio.
Los dos personajes principales, llamados Witold y Fuchs, tienen en común un estado de inadaptación social y una frondosa imaginación. El primero acaba de ser reprobado en sus exámenes en la facultad de Derecho, el segundo ha renunciado a su empleo en una casa de modas. Huyen del mundanal ruido. Deciden alquilar un cuarto en una especie de pensión de una familia campesina, donde se les presentan diversos influjos tenebrosos: un gorrión ahorcado en el bosque, después un palito en estado análogo, luego extraños signos dibujados en el techo, y más simbologías en el jardín. En la casa de sus anfitriones hay una sirvienta con la boca defectuosa, en tanto la hija de los dueños es bellísima. De ella, como es posible esperar, Witold se enamora locamente pero ella está recién casada con un arquitecto. Abruptamente, el barullo mental de Witold lo induce a colgar a un gato del lugar. Todo permite imaginar un cuarto ahorcamiento, el de una persona.
Ante el film, el crítico argentino Roger Koza escribió que «el relato, como es de esperarse, dista de proponer una linealidad narrativa o racionalidad evidente que lo acoja. Cosmos, perfectamente, se podría haber titulado Caos, pues las escenas que seguirán de aquí en más tendrán su propio orden de forma autónoma, si se las mira de un modo segmentado: una cena, el intento de escribir un libro, leer filósofos y novelistas, enamorarse y hablar, incluso Witold puede llegar a mirar a cámara y expresarse como si el Pato Donald lo hubiera abducido. Sin embargo, como los acólitos de la teoría del caos saben, el sistema de Zulawski-Gombrowicz tiene un orden implícito, el cual se descubre aquí en una estructura general dictaminada por las elecciones de espacio: la casa principal, un viaje cerca del mar, una caminata por una montaña en la que se ve una escultura de un Cristo; todos los fragmentos empujan hacia un telos (propósito): confrontarse con el límite del lenguaje, o saber que la nada y el vacío yacen en el horizonte del sentido.»
Gombrowicz vivió casi 24 años exiliado en la Argentina (1939-63), donde escribió en polaco varias novelas originales, relatos breves, dos voluminosos diarios personales y algunas obras de teatro. La editorial Cuenco de Plata está difundiéndolas en castellano, en especial Ferdydurke, Transatlántico, El Casamiento, Bacacay y Cosmos. Hoy son frecuentes las adaptaciones al cine, al teatro y a la televisión. Versiones de Cosmos han sido escenificadas en Polonia, Bélgica y Francia.
En una carta dirigida a Gombrowicz el 19 de junio de 1965, el crítico Constantin Jelenski expresaba: «Cosmos es para mí uno de los libros contemporáneos más sensacionales y más profundos. Es una novela que se sitúa a una verdadera escala cósmica: la macrofísica de las constelaciones y la microfísica de los pastos y los desechos opuestos a un cosmos análogo en el ser humano, sobre la base de correspondencias, de equivalencias, de señales.
He ahí la transposición artística de todo el problema del determinismo y del no determinismo, de las fluctuaciones de toda la ciencia contemporánea. Se trata, asimismo, de una de las primeras incursiones en un dominio descuidado por Freud: el inconsciente físico, que está en el funcionamiento total del cuerpo en toda actividad humana.»
Witold Gombrowicz centró gran parte de su obra a estudiar y exponer las «formas que deforman». Durante sus últimos años en Francia conversó ampliamente con el estudioso Dominique de Roux, a quién le expresó: «En Cosmos se narra la historia simple de un simple estudiante.
Este estudiante se hospeda, durante las vacaciones, en una casa y allí conoce a dos mujeres; una tiene una boca horrible, de resultas de un accidente de coche, y la otra una boca atractiva. Ambas bocas se asocian en su mente, y eso se convierte en una obsesión. Por otra parte, ha visto un gorrión ahorcado con un alambre, y un trozo de madera colgando de un hilo. Todo ello, un poco por aburrimiento, un poco por curiosidad, un poco por amor, por pasión violenta, empieza a arrastrarlo a una determinada acción, a la cual se abandona no sin escepticismo. ¿Qué hay en ello de extraordinario? Puede ocurrirle a cualquiera. ¿Por qué, para contar estos hechos, hubiera debido buscar otra cosa que una simple narración? Cosmos introduce de manera ordinaria en un mundo extraordinario, en cierto modo, entre los bastidores del mundo.»
Zulawski captó el desafío. Y lo llevó hasta sus últimas consecuencias, navegando a toda vela entre los torbellinos de la mente humana. El gorrión colgado preludia una serie de signos sumamente extraños que se van anudando entre ellos, en una atmósfera cada vez más asfixiante de falsa novela policial, hasta el desenlace brutal, en una seguidilla de colgamientos.
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