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Bafici 2025: un cine en los bordes de la ciudad vidriera

por Revista Cítrica
14 de abril de 2025

Del 1 al 13 de abril, el BAFICI 2025 encendió sus salas en barrios porteños. Entre la fiesta cultural y los recortes, el festival fue un refugio para el cine argentino, las historias olvidadas y la lucha por el derecho a narrar desde los márgenes.

Las luces se prendieron en el Teatro San Martín, el Gaumont, el Cultural San Martín, el Lugones, el Alvear y en complejos como Cacodelphia y Cinépolis Plaza Houssay, durante trece jornadas que ofrecieron más de 298 películas entre cortos y largometrajes, cargadas de dolor, memoria y urgencia.

En medio de un contexto marcado por los recortes del gobierno nacional a las políticas culturales, el festival amplió su programación, agregó días, salas y funciones, se animó a reflejar un cine diverso, desafiante y totalmente imprescindible. Según las palabras del director artístico Javier Porta Fouz, “contra viento y marea, el BAFICI propone un día más, más funciones y una programación de lujo”.

Una estrategia simbólica fue el nuevo Gran Premio Ciudad de Buenos Aires: con 10.000 dólares, se otorgó al film argentino LS83, en lo que fue una señal clara de apoyo al cine nacional en medio del desmantelamiento del INCAA 

 

Entre voces que emocionan

Martina Cruz, cineasta del Conurbano sur, presentó su documental Nuestra cosa perdida, filmado a partir de las últimas palabras de su padre. Y contó: “Es muy zarpado para nosotros poder llegar hasta acá en medio de este caos. El Gobierno está destruyendo y sacando oportunidades todos los días. Por eso, nos resulta emocionante festejar esas pequeñas victorias". Y agregó: “Siempre es una victoria una función de cine argentino. Tenemos que seguir defendiendo el derecho a ver películas que estén filmadas en nuestro país y que nos representen.” 

La virgen de la tosquera, inspirada en cuentos de Mariana Enríquez, ganó el Gran Premio en la Competencia Argentina, y fue el alma de la edición. También sobresalió el documental paraguayo Bajo las banderas, el sol, que obtuvo el Gran Premio de la Competencia Internacional, con una mirada que exige memoria frente al resurgir de autoritarismos.

El BAFICI no fue solo pantallas; también fue debate. El Teatro San Martín, por ejemplo, no solo recibió funciones, sino charlas y debates gratuitos con figuras de la industria local e internacional, transformando al festival en un cruce entre cine y encuentro político.

Y el público respondió: salas colmadas, documentales sobre derechos humanos con capacidad agotada, y espectadores que discutían con directorxs, interpelaban desde la butaca, preguntaban desde el deseo de contar lo propio.

Con una mirada federal y consciente de la precariedad cultural, el festival mostró su doble cara: la de un BAFICI brillante en cartelera y, fuera de las salas, una escena cultural que se sostiene con alfajores para recaudar fondos, con tarifas impagables para centros culturales barriales y subsidios que no llegan.

Este festival reluce, sí. Pero también expone que, sin ecos más amplios --sin políticas reales que reviertan el cierre de espacios culturales, sin subsidios sustentables y sin una red de apoyo federal digna-- su luz será cada vez más tenue.