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Ana Tapia: "Envejecer es seguir luchando”

por Tomás Ramírez Labrousse
Fotos: Sarah Pabst
13 de marzo de 2026

A los 72 años, Ana Tapia no descansa. Activista desde la adolescencia y hoy referente en “Jubilados Insurgentes”, carga en su cuerpo las marcas de la represión y en su voz, la convicción de que envejecer con derechos es pelear todos los días. Su historia revela cómo la discriminación por edad, la pobreza y el derecho a la protesta se entrecruzan en la Argentina de hoy.

“No hay un día que no milite. De lunes a lunes. Es lo que más me gusta hacer”, dice Ana.

Ella se define como una jubilada militante. No cualquiera: una jubilada “insurgente”. 

“Cuando vi la palabra ‘’insurgente’, me atrapó. No me fui más de ahí”, recuerda sobre su llegada a la organización “Jubilados Insurgentes” hace tres años y medio. Desde entonces, cada miércoles viaja desde la localidad bonaerense de Bella Vista hasta el centro porteño para exigir lo que considera básico: una vejez digna. “Envejecer con derechos es seguir luchando. No nos van a avasallar así nomás”, insiste.

De la calle a la calle

Su vida es una secuencia de trabajos y luchas. De joven fue empleada doméstica, trabajó en tareas de limpieza y cuidados en casas de familia los fines de semana, manejó un remis y durante años se dedicó a transportar personas con discapacidad. “Ese fue mi lugar, donde me sentía útil. Fue la época más hermosa de mi vida”, recuerda con ternura. Todavía mantiene contacto con muchos de los chicos y familias de aquel tiempo.

Pero la jubilación mínima que cobra no le alcanza. Para complementar sus ingresos, limpia casas una vez por semana y maneja un remís. “Yo trabajé más de 30 años, por lo que tenía aportes jubilatorios de sobra. ¿Cómo puede ser que hoy tenga que seguir trabajando para sobrevivir?”, cuestiona. Su frase se parece a la de miles de jubilados,  que no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas, quedando por debajo de la línea de la pobreza. Las personas mayores enfrentan serias dificultades para cubrir sus necesidades básicas,  frente a los aumentos de los medicamentos y de los servicios por la reducción de los subsidios. 

En la Plaza, contra el silencio

El lugar donde Ana siente que su voz se potencia es la calle. Cada miércoles, se suma a los jubilados que protestan en Plaza del Congreso. Allí estuvo también el 12 de marzo de 2025, cuando el violento accionar policial alcanzó niveles comparables a la represión de 2001.

“Yo me iba para mi casa cuando vi cómo le pegaban entre 17 policías a un pibe en el piso. Instintivamente, grité: ‘¡Déjenlo!’. Y ahí me agarraron. Sentí que me tiraban  y después, los balazos de goma en las piernas”. Cuando la entrevistamos, Ana todavía tenía marcas de balas de goma en su cuerpo. Ese día, entre gases y palazos, la ayudó el padre Francisco “Paco” Olveira. “A mí me balearon, pero los periodistas y  fotógrafos también se juegan la vida al lado nuestro”, dice con gratitud. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La represión, sin embargo, no la detuvo. Al contrario, reforzó su convicción. “Cada miércoles me despido hasta de mi perro. Porque si bien es el único lugar donde nos agreden tanto, yo sé que tengo que estar ahí”.

El peso del edadismo

Ana también carga con otro tipo de violencia: la del edadismo. “De repente, me cambiaron el nombre. Ya no soy Ana: soy la vieja, la doña. Y eso me mata”. Para ella, no se trata solo de palabras: es un sistema que invisibiliza, subestima y descarta. “A los adultos mayores,  nos ignoran. En vez de apapacharnos y escucharnos, nos ven como una carga”.

Su indignación contrasta con las experiencias que la marcaron en viajes a comunidades indígenas, donde la ancianidad es respetada. “En Jujuy nos cuidaban, nos apapachaban. Allá, a los viejos, se los reconoce como sabios. Acá somos invisibles”.

Una herencia de lucha

Ana insiste en que su militancia no es solo por ella, sino por lo que vendrá. “Esa es la herencia que les vamos a dejar a las generaciones: la lucha. No les vamos a dejar otra cosa y no es poco”.

Su mensaje, justamente, trasciende generaciones. A quienes hoy rondan los 30 años y sienten miedo a envejecer, les dice: “Miedo o sin miedo, te va a pasar igual. Lo importante es que nadie te baje la autoestima. Vos sos lo más valioso que tenés: protesta y dignidad”.

El contexto argentino explica parte de su bronca. El ajuste previsional del gobierno de Javier Milei, sumado a una inflación que pulveriza los ingresos, empujó a miles de jubilados a la calle. El 12 de marzo de 2025, la represión policial expuso la doble vulneración que denuncia la campaña  “¡Age Loud! Envejece con fuerza”: pobreza estructural y criminalización de la protesta.

“Todos los miércoles, nunca sabés si regresás a tu casa, si terminás en un hospital, en la cárcel, cómo llego a mi casa…”, cuenta.

Ana lo vive en carne propia. “No me podría arreglar nunca con la jubilación mínima. Y no está bien, porque estoy en edad de descansar, de hacer lo que me gusta. Pero no se puede”.

Retrato de una vida que no se rinde

En las fotos de Sarah Pabst, Ana aparece con mirada firme, banderas en la mano y cicatrices en las piernas. No es casual: su cuerpo es la crónica de lo que significa envejecer en un país que castiga la vejez. Pero también es testimonio de dignidad.

“Envejecer con derechos es defenderlos en la calle. No nos van a avasallar así nomás”, repite, casi como un mantra.

Ana Tapia no habla del futuro en términos individuales, habla en plural. Deja en claro que lo que importa no es solo su vida, sino la de quienes vendrán. “Siempre la vida da revancha. Lo importante es confiar en nosotros mismos; y después nadie va a poder con nosotros”, asegura.
Mientras tanto, cada miércoles vuelve a despedirse de su perro y se encamina hacia el Congreso Nacional. Ahí donde la policía reprime, los medios de comunicación miran poco y el Estado se calla, Ana insiste en gritar. Porque, como dice, “envejecer con derechos es seguir luchando”.