Gabriel, víctima de gatillo fácil y mural en Lugano

13 de mayo de 2026
Estefanía Santoro

La compañera de Gabriel González, el vecino asesinado por la Policía de la Ciudad en plena Navidad, lo recuerda en medio del duelo, los impactos de bala de goma que aún molestan y el vacío de su economía familiar. Nelly pide justicia y denuncia el intento de encubrimiento oficial.

Nelly Portillo llega a su casa y su perrita Dana la recibe moviendo la cola y ladrando de felicidad. Dana tiene trece años y Nelly cuenta que, tras la pérdida de Gabriel, la perra se enfermó y dejó de comer. Gabriel solía llevarla a pescar, una de sus grandes pasiones, junto con su amor por River y el club de su barrio. Gabriel González tenía 45 años.

Las lágrimas de Nelly persisten durante toda la entrevista. Todavía siente el dolor de las heridas provocadas por los impactos de bala de goma que recibió en la Navidad de 2025 en la que un policía asesinó a su compañero de vida, Gabriel. Sin embargo, lo que más le duele es la ausencia absoluta.

“Ahora estoy con mi perra, con mi amiga, con la que me salva la vida también –cuenta Nelly–. Es mi compañía de día y de noche, mientras peleo mucho con mi cabeza. Porque cerrar los ojos es muy difícil; haber pasado todo eso frente a mí...verlo tirado en el piso, fue la última vez que pude verlo bien, no tuve la oportunidad de estar con él después. Cuando lo volví a ver, ya estaba en un cajón cerrado. Peleo todo el tiempo con mi cabeza para poder aceptar que ya no vuelve. Y eso es una lucha de todos los días. Todo el tiempo. Cuando salgo de esta casa, cuando entro, cuando intento hacer algo”.

 

 

El compromiso de Gabriel con su barrio

Nelly conoció a Gabriel cuando tenía 18 años y él 20. Ella había llegado desde Paraguay a los 15. Crecieron juntos. “Siempre tuvimos una conexión única, éramos muy compatibles, almas gemelas. Él era un hombre y un padre maravilloso”, lo recuerda con una ternura que se le trasluce en la mirada. Cuando se conocieron, Gabriel tenía a Angel de ocho meses. Tiempo después, Nelly quedó embarazada de Dante. “Acá se compartió siempre todo. Cuando Ángel vivía con nosotros, se lo criaba de la misma forma que a Dante. Si se compraba algo para uno, se compraba para el otro también. Gabriel fue un padre muy presente para los dos”.

Gabriel trabajaba en la construcción y lideraba su propio equipo. Llegó a tener hasta 15 personas a su cargo; solía darle trabajo a los pibes del barrio que atravesaban problemáticas de consumo. “Gabriel los animó a trabajar sin hacer diferencia, sin discriminarlos”, evoca Nelly. Sus dos hijos también trabajaban con él y se movilizaban con todo el personal en una camioneta Traffic.

“Él siempre buscaba rescatar a alguien, le interesaba mucho su barrio. Decía: ‘Nací, vivo y voy a morir en Villa Lugano’”. Gabriel defendía su lugar y siempre estaba dispuesto a dar una mano a los vecinos. Hoy, un mural lo recuerda en la esquina donde solía juntarse con sus amigos a comer choripanes a la parrilla.

Solían pasar las fiestas con los padres de Gabriel, que viven en el mismo barrio, a tres cuadras de su casa. Su padre tiene 83 años y su madre 81; a ella se le quiebra la voz apenas habla de su hijo. “Es muy duro lo que estamos viviendo”, dice, al borde del llanto. El Año Nuevo era el momento de disfrutar del río; siempre era el plan familiar. A Gabriel le apasionaba la naturaleza y la pesca; tenía un equipo completísimo para la actividad.

 

Cara de asesino

El 24 de diciembre hubo celebración, como de costumbre, en la casa de los padres de Gabriel junto a sus hermanos y sobrinos. Esa noche fue larga. A las cuatro de la mañana acompañaron a Nelly a su casa, mientras Gabriel se quedó festejando con sus hermanos.
Nelly se recostó en el sillón, pendiente del regreso de Gabriel y su hijo. La despertaron los golpes de una vecina en la puerta: “Vení, que la policía le está pegando a Gabriel”. La vecina le relató que Gabriel vio a un grupo de efectivos discutiendo con unas mujeres y se acercó para ver si su hijo estaba allí. En ese momento, un oficial lo increpó: “Con vos no es, negro”. Mientras Gabriel intentaba ingresar al pasillo, una oficial lo interceptó y le pegó con el casco. Allí comenzó una golpiza feroz.

Los efectivos seguían golpeando a Gabriel. Su amigo y compañero de trabajo estaba allí y gritaba para que lo soltaran. Cuanto más lo pedía, más le pegaban al grito de: “¡Dale, negro de mierda! ¡Gordo, esto es todo lo que tenés! ¡Villero!”, repetían los oficiales. Nelly llegó desesperada pidiendo auxilio; se interpuso y recibió también varios golpes. En ese instante llegaron más policías y un patrullero.

“Yo estaba en el medio y le seguían pegando. Lo insultaban, lo incitaban a pelear. ‘Mostrame lo que tenés, dale gordo, dale negro, villero’, me acuerdo que le decían. Yo pedía por favor que no le peguen más, que lo estaban lastimando un montón, tenía una parte de la cara toda ensangrentada. Tenía el ojo ya tapado de sangre. Les pedí por favor que lo dejaran, que yo lo iba a llevar a mi casa. Pero no había forma, la golpiza seguía”.

En ese momento arribaron otros patrulleros. Nelly recordó: “Un oficial bajó de una de las camionetas con una escopeta apuntando directamente a Gabriel.” El policía Darián Gastón Miño disparó contra el cuerpo de Gabriel a una distancia de menos de cinco metros. No le dijo ni una palabra. “Se le veía en los ojos una agresividad, una cara de asesino que venía en busca de alguien. Gritó y escuché el disparo”.

Nelly recibió tres impactos de bala de goma de parte de una de las oficiales: uno le rozó el brazo y los otros dos le dieron en la pierna. En medio de la desesperación, no notó las heridas en el momento; se dio vuelta y vio a Gabriel en el piso. Intentó acercarse, pero la policía se lo impidió, del mismo modo que lo hicieron con la hermana de Gabriel, que es enfermera.

“Había un muchacho que todo el tiempo me decía: ‘Tranquila, que son balas de goma’. Entonces yo también me quedé tranquila porque pensé que no le pasaría nada; en mi cabeza las balas de goma no matan. Pedíamos por favor a los gritos, con mi cuñada, que llamaran a una ambulancia. Ellos constantemente nos decían que si seguíamos haciendo quilombo, la ambulancia no iba a venir”.

Minutos después, Nelly notó que no podía caminar por los impactos en su pierna. “Me acuerdo que no sé si me senté o me caí, pero nunca le quité la vista a Gabriel. Cuando vi que mi suegro estaba entre la mano y la cabeza de Gabriel, dije ‘todo va a estar bien porque está su papá’. Pero después le vi la mano... cuando yo lo miraba, él tenía la mano cerrada. A medida que pasaba el tiempo, Gabriel las iba abriendo. Ahí intenté pararme y ya no pude”.

La ambulancia tardó. “Cuando vi que la médica se acercaba a Gabriel, tenía tanta esperanza de que estuviera vivo. Pero al ver sus manos abiertas, supe que ya no era el Gabriel que yo había visto minutos antes”.

La coartada de la impunidad

Como si fuera una delincuente, Nelly fue custodiada por un policía al ser trasladada al hospital, sin saber nada de Gabriel, ni siquiera a qué centro médico lo habían llevado. Dos horas después, aparecieron dos oficiales y le dijeron que estaba detenida por “agredir a un oficial en la vía pública”. Querían ocultar el asesinato e inventaron una coartada tan precaria que fue desmentida a las pocas horas.

El oficial Miño no solo asesinó a Gabriel, sino que sus compañeros se complotaron para instalar su propia versión: una supuesta pelea entre vecinos y una herida de arma blanca. Les exigieron a los vecinos las cámaras de seguridad y les ordenaron limpiar la escena. Pero los vecinos no confiaron; sabían que Gabriel había sido ejecutado. También detuvieron al amigo de Gabriel y a su hijo Dante. “Cuando le dieron la noticia a la familia de que Gabriel había fallecido, dijeron que fue por una herida de arma blanca. La familia pidió ver la herida y se lo negaron. Todo el tiempo buscaron que nosotros fuéramos los culpables”.

“Vivimos en un barrio donde hay mucha droga. Acá no hay nadie que nos proteja. La policía no nos cuida, todo lo contrario, porque todos saben lo que pasa”, denunció Nelly. Y agregó: “Todos sabemos que ellos sacan sus migajas de acá y cada vez vemos más chicos en situación de consumo. Hay más gente que vende, más lugares, y nadie hace nada por más que hagas la denuncia”.

El oficial de la Policía de la Ciudad, Darián Gastón Miño, fue detenido y se encuentra en prisión preventiva. Hay otros cinco agentes investigados por presunto encubrimiento.
Gabriel era el sostén de la familia. Hoy Nelly está sin trabajo y sobrevive como puede. “En el barrio no tenemos la seguridad de que alguien nos cuide. Hacen lo que quieren con nosotros porque creen que no tenemos derechos. Acá pasa de largo el narcotráfico; la policía está para hacer sus negocios. Él siempre lo decía cuando volvía de trabajar y lo paraban para requisarlo: ‘Venimos de trabajar, vayan allá donde ya saben, los pibes están en el consumo y ustedes se llevan su tajada’”.

“Me hubiese gustado que las autoridades, que son quienes nos tienen que cuidar, me hubiesen llamado; que me hubiesen dado al menos un poco de aliento o se acercaran a ver mis necesidades. Me quedé sin el sostén del hogar y hoy las carencias son muchas. Pero lo más importante, lo que más me duele, es que nadie se acercó a decirme ‘lo siento’. Eso nunca sucedió. Sin embargo, espero con fuerza y prometo justicia. Si tengo que hacer lo que sea para que se cumpla, te juro que voy a tener la voluntad. Que sea lo último que me quede por hacer, pero lo voy a lograr. Que se haga justicia, que el tipo pague y que paguen todos los demás. Porque no fue uno solo: acá son varios los que participaron para encubrirlo. A mí me sacaron todo y continuar es dificilísimo. A mis hijos les sacaron a su papá, a quien ellos esperaban disfrutar por mucho tiempo más”.

Nelly hace silencio y el vacío de la casa se vuelve pesado. En una esquina, Dana vuelve a acomodarse, esperando quizás un paso que ya no va a escuchar. El mural de la esquina de Villa Lugano sigue ahí, recordándole a los pibes que Gabriel no era solo un número ni una "coartada berreta" de la comisaría, sino un hombre que defendía su territorio.

Mientras el oficial Miño espera el juicio y la investigación sobre el encubrimiento avanza a paso lento, Nelly sobrevive. Se levanta cada día con los perdigones todavía marcados en la piel y el recuerdo de esa última mano que se abría en el asfalto. No busca venganza, busca que el Estado deje de mirar para otro lado. Porque en los barrios donde la policía hace sus "negocios", la justicia es la única forma que tienen los sobrevivientes para volver a cerrar los ojos y, finalmente, poder descansar.