Revista Cítrica

Los alumnos de Haroldo


03 de febrero de 2015

Revista Cítrica

El escritor Haroldo Conti trabajó como maestro en la escuela Juan José Paso, del barrio de Balvanera, y dejó un legado imborrable.

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Antes de transformarse en profesor, en docente secundario, Haroldo Conti tuvo muchos trabajos. Piloto civil, vendió libros en la calle, fue constructor de barcos y guionista de cine y publicidad. La literatura, su gran pasión, no era suficiente para ganarse la vida. Incluso ya siendo un escritor reconocido por la crítica y el público, el autor de Mascaró tenía que dejar de hacer lo que más le gustaba en el mundo (escribir) para ir a cumplir horario en diferentes colegios. Odiaba ese momento. Como también odiaba tener que ponerse saco y corbata. Sin embargo, una vez en la clase, el profesor Conti volvía a ser ese hombre que, si bien no se sentía libre, hacía un culto de la libertad.

“Haber sido alumno de Haroldo Conti fue una experiencia particular. Él eligió un camino absolutamente novedoso y creativo. Aunque tampoco puedo decir cómo era como docente porque no dio la materia que tenía que dar”, dice el poeta y hombre de radio Tom Lupo, quien recuerda como si fuera hoy el día que vio ingresar al aula del colegio Juan José Paso a ese hombre desgarbado, que vestía un piloto oscuro y cuyas primeras palabras fueron: “Yo debería darles Educación Democrática, pero es una basura y no sirve para nada. Les voy a leer literatura argentina y latinoamericana. Si ustedes no me traicionan, están todos aprobados”. Acto seguido, Haroldo tomó asiento y se puso a leer "María la rubia", un cuento de Dalmiro Sáenz en el que el protagonista hace el amor con una prostituta que termina siendo su madre. Algunos de esos jóvenes que lo escuchaban abrían grandes los ojos y no entendían bien de dónde había salido ese personaje. “En mi caso, fue excelente lo que viví a partir de ese momento. Ni me acuerdo de otros maestros, y él me quedó muy grabado. Yo no sabía la importancia que tenía para la literatura de entonces. Era un escritor como de culto, no muy conocido popularmente. Recién algunos meses después nos enteramos que era escritor”, cuenta Lupo.

Sus colegas y alumnos lo recuerdan siempre con un libro bajo el brazo y una pequeña libretita. Solía vestir saco y pantalón claros, y era común que llevara puesto un largo piloto. Nadie recuerda que haya levantado la voz en alguna clase, pero todos coinciden que en su hora no volaba una mosca. Hasta los más rebeldes lo respetaban. “Con su presencia imponía autoridad. Era seco, muy serio, distante, pero nunca lo escuchamos gritar. Era un tipo taciturno por un lado pero por otro con algunos grupos se armaba más confianza y ahí era bastante afable”. El que habla es Juan Travnik, un reconocido fotógrafo que también fue alumno de Conti en el Nacional Mitre de la calle Valentín Gómez, muy cerca del Abasto. “Lo tuve todo un año como profesor de Educación Democrática, en el 65. Para él era muy importante la carpeta que uno tenía que llevar. Nos pedía recortes de diarios, y comentar las noticias que uno eligiera con libertad. Y después había un libro. Nos decía estudien esto y eso era lo que tomaba. Tenía un manejo numérico de las notas poco convencional”.
Más de una vez el profesor Conti tuvo problemas con autoridades escolares que no entendían cómo ninguno de sus alumnos se iba a examen. “Era un tipo querido por sus alumnos, no le importaba tanto las notas. La cuestión formal no le interesaba para nada. A todos les ponía entre seis y ocho y no tenía ningún aprecio por la cuestión burocrática. También era famoso porque al ingresar al aula decía 'ardesados', que era el equivalente del “buenas tardes, sentados” que repetía la mayoría de los docentes. 

“Una de las cosas que me dejó él como otros docentes es eso de llevar adelante una enseñanza con una cierta impronta personal. Más allá de lo que proponen las instituciones”, dice Travnik, quien desde muy joven da clases de fotografía y en la actualidad dirige la FotoGalería del Teatro San Martín y la Diplomatura de Fotografía de la Universidad Nacional de San Martín.

Fuera de hora, el trato distante de Conti cambiaba un poco. Se volvía más irónico, más compinche. Y le gustaba que a sus alumnos le interesara la literatura. Les recomendaba autores y hasta hablaba de política.“A mí, por ejemplo, me ayudó mucho a entrar en el pensamiento nacional. Antes yo sólo leía a los autores rusos o norteamericanos. Y en ese sentido el fue un gran maestro, me alentó a leer a Scalabrini Ortiz a Jauretche, y eso que no eran tan de su agrado. Más allá de su ideología nos daba material que a nosotros nos podía interesar. Era un tipo muy abierto. No era cálido ni afectuoso, siempre con cierta frialdad te trataba. Había una pequeña distancia en la transmisión. Pero un buen profesor te estimula, te tuerce el destino, y eso es lo que a mí me pasó con Conti”. Lupo, precursor en darle espacio en sus programas de radio a Sumo, Soda Stereo, los Redonditos de Ricota y otras bandas y artistas que se harían gigantes, hace no mucho y en una sesión de terapia se dio cuenta de la influencia de Conti en su vida. "A mí me tocaba ser un simple conductor de un programa, reproducir los modelos vigentes de conductas, y me corrí para otro lado y busqué otra cosa. Pareció una repetición de lo que hizo Haroldo. A los jóvenes busque darles música nacional cuando todos le daban importada. O les hablé de cine, cuando se hablaba de otras cosa. Sin darme cuenta es como que estaba devolviendo lo que Conti hizo por mí. Un tipo que se jugaba por los jóvenes, que arriesgaba su puesto. Si lo descubrían, lo echaban y calificaba sin tomar examen. Y yo un poquito me jugué también, porque pedí permiso para poner música nacional y me dijeron que iba a fracasar. Pero igual la puse, y le daba pelota a los jóvenes y ponía sus demos. Yo tenía un modelo, lo tengo: se llama Haroldo Conti y ha influido en mi manera de interactuar con la juventud".

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