Revista Cítrica

El EAAF: una certeza entre tantas dudas


19 de octubre de 2017

Maxi Goldschmidt

El Equipo Argentino de Antropología Forense analizará el ADN del cuerpo hallado en el Río Chubut. En 2015, Cítrica publicó la historia de este colectivo, un faro que nos representa en todo el mundo.

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Corría el año 1984 y en Argentina la dictadura cívico-militar era mucho más que un trágico recuerdo reciente. El miedo y el terror estaban en el aire. En ese contexto, Clyde Snow llegó a nuestro país. Snow era un reconocido profesor y antropólogo forense estadounidense, que poco antes había sido contactado por Abuelas de Plaza de Mayo y la Conadep. Al interiorizarse de lo que había pasado en esta tierra, tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre, pero sobre todo la de la humanidad. No es exagerado decirlo. Su creación, el Equipo Argentino de Antropología Forense, permitió devolverle la identidad a cientos de víctimas en todo el mundo. Y a sus familias, que pasaron años sin saber donde estaban sus muertos, les permitió cerrar el duelo.

Hoy el EAAF, tal sus siglas, cuenta con 65 profesionales, tres oficinas en Argentina y otras en Nueva York, Sudáfrica y México, laboratorios de antropología y genética forense. Participó en investigaciones y formó equipos de trabajo en unos 50 países del mundo. Sus miembros, también formaron parte de exhumaciones históricas como las de Ernesto Guevara, Salvador Allende o Pablo Neruda. Nada de todo esto podía imaginarse hace 30 años cuando Snow, quien falleció hace menos de dos meses, tuvo que recurrir a estudiantes porque desde el Colegio de Gradudados de Antropología no recibió respuestas a su pedido.

“Estábamos en una marcha en el centro y alguien dijo que había un norteamericano que quería hacer una exhumaciones y que necesitaba gente que lo ayudara”, relata Luis Fonderbrider, el hoy presidente del EAAF y quien en ese entonces era un estudiante de apenas 19 años. En esa reunión, a través del traductor Morris Tidball, quien había realizado la convocatoria, Snow les explicó que pretendía aplicar las técnicas de búsqueda de restos prehistóricos a las exhumaciones de los restos de los desaparecidos por la dictadura. Y los invitaba al primer trabajo, en un cementerio en San Isidro.

“Él tenia orden de un juez para exhumar y necesitaba ayuda. Nosotros le dijimos que lo íbamos a pensar. No estábamos muy seguros”, se acuerda Patricia Bernardi, quien en ese entonces estudiaba Ciencias Antropológicas y que, junto al resto de los jóvenes convocados, analizó “las condiciones políticas. Recién llegaba un gobierno democrático. Clyde era una persona reconocida pero no sabíamos qué iba a pasar con nosotros cuando él se fuera. Pero como estábamos estudiando una carrera humanística, coincidimos en que podíamos aportar nuestros conocimientos. Era un aporte a una causa que lo valía. Así que le dijimos que sí”.

Antes de la aparición de lo que luego se formalizaría como el Equipo Argentino de Antropología Forense, las exhumaciones la realizaba exclusivamente la Policía Federal, justamente una fuerza implicada en muchas de esas desapariciones, y a través de sepultureros y palas mecánicas. De esta manera, se perdieron y dañaron muchos cuerpos que no pudieron ser identificados o que costó años reconocer. Otra de las maneras de borrar las evidencias del genocidio.

En sus tres décadas de trabajo en Argentina, el EAAF exhumó 1200 cuerpos de personas desaparecidas en la última dictadura, de los cuales 620 fueron identificados. La etapa que comenzó en 2003, que identificó muchos de los cuerpos NN enterrados en los cementerios de todo el país, prácticamente está terminada. A su vez, de más de 60 cuerpos que aparecieron en las costas argentinas y uruguayas del Rio de la Plata, fueron identificados 25.

En este momento, se está llevando la etapa de prospección en dependencias militares y policiales, algo que se desprendió de las investigaciones que realiza el equipo, que incluye entrevistas con familiares de las víctimas y sobrevivientes de los centros clandestinos. “Hay testimonios que certifican que hubo fosas en La Perla, en Córdoba, donde por la dimensión de la superficie aún no logramos encontrarla. Y también se está trabajando en el Cementerio Norte de Tucumán, y en el Pozo de Vargas, también en esa provincia”, puntualiza Patricia Bernardi, quien a su vez apunta que “acá en Buenos Aires nos dedicamos más al trabajo de laboratorio, dado que tenemos 700 esqueletos sin identificar. En el interín siguen saltando identificaciones. Para ello, sigue siendo fundamental que se sigan acercando familiares de desaparecidos y nos aporten su muestra de sangre”.

LA IMPORTANCIA DEL ADN

“Gracias a la genética se pudo identificar a muchas personas, sobre todo cuerpos de jóvenes que no tienen grandes traumas óseos. Antes la identificación se hacía mediante una ficha odontológica, algo que era muy difícil de conseguir. Ahora con una gota de sangre basta”, describe Bernardi el proceso que, a partir de la década del noventa, permitió identificar a más personas. Sin embargo, pese al avance de la ciencia, hasta el 2003 en nuestro país los tiempos eran más largos. “Nosotros trabajábamos con laboratorios de Inglaterra y Estados Unidos. Mandábamos una prueba y el resultado podía estar en un año”. Ahora todo ese proceso es más rápido, desde la creación de un laboratorio propio en la ciudad de Córdoba, lo que permitió un aumento significativo del número de personas identificadas. En ese sentido, Fornderbrider remarca “la importancia de una política de estado que se interese y colabore permanentemente en la búsqueda que venimos realizando. Esto antes no pasaba y ahora permite que, por ejemplo, gracias a la Iniciativa Latinoamericana para la identificación de personas desaparecidas, que nos permitió tomar muestras de sangre masivas, haya crecido el número de identificaciones. Y de esa manera logramos sacar del anonimato a muchas víctimas”. Bernardi coincide: “A partir del gobierno de Néstor Kirchner empezamos a recibir subsidios y a recibir un apoyo que antes no teníamos. A diferencia de los primeros años, hoy podemos realizar nuestro trabajo con bastante libertad. En zonas militares tenemos permiso para entrar y trabajar cómodamente y se ha vuelto algo común que la Prefectura nos ayude con el traslado de los restos”.

LA RELACIÓN CON LOS FAMILIARES

Tanto en Argentina, como en varios de los 50 países donde el EAAF trabajó para recuperar la identidad de miles de víctimas de represión estatal, étnica o religiosa, la relación de los miembros del equipo con los familiares de esas víctimas es muy estrecha. “Es un vínculo muy fuerte el que entablamos. Pasamos horas entrevistándolos y conociendo sus historias. El hecho de darle un nombre a esos huesos con los que trabajamos también es algo difícil de explicar. Sacar el papelito que tiene letras y números, que indica la ubicación, y ponerle un nombre y apellido es algo que te marca mucho”, expresa Patricia.

"Para los familiares es un momento terrible porque es el final de una búsqueda, lo que implica la certeza de su muerte, pero a su vez muchos nos dicen que es la posibilidad de terminar con tantos años de incertidumbre”, sostiene Fonderbrider.

“Esta labor que parece tan patética permite cerrar el duelo”, explica Estela de Carlotto, a quien le tocó más de una vez ver como sus compañeras “besan los restos de sus hijos. Es un momento único, en el que la ciencia se mezcla con los sentimientos”. La propia presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, gracias al trabajo del EAAF, pudo dar con el cuerpo de su hija. “Cuando enterramos a Laura, los depredadores tal vez pensaron que enterraban a una de estas ’locas'. Todo lo contrario. No se cierra la búsqueda de Justicia, sino que se fortalece aún más. Y mucho tiene que ver este grupo, que para las Abuelas son como nuestros ’ahijados'”.

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