La derecha al delirio: una mirada villera
por Nelson SantacruzFotos: Rodrigo Ruiz
04 de marzo de 2026
Entre ajustes y discursos que criminalizan la pobreza, las villas porteñas atraviesan un escenario de estigmatización creciente. La Libertad Avanza y el PRO se pelean por ver quién es más de derecha y la oposición no hace nada. ¿Qué lugar tienen los barrios populares en la Ciudad?¿Qué ocurre con ese sujeto político villero en tiempos de derechización de la política argentina?
"¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?(...) La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado, ni será tampoco mirada por el televisor. El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas. Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega", El derecho al delirio, Eduardo Galeano.
Pensé en ese poema de Galeano mientras un transa del barrio me decía por qué es transa. Se me vino a la mente woke que tengo: “¿Qué tal si deliramos por un ratito?” Porque, después de todo, es verdad que tenemos derecho al delirio en tiempos como los que corren. O, como dirían los memes actuales, está bien “fingir demencia”. Lo que veo es la villa llena de basura, “kiosquitos” por todos lados, el tusi de moda girando de mano en mano, obras públicas abandonadas, el apuro atrás de cualquier trabajo en negro que esté al alcance y familias enteras con deudas impagables con el banco o Mercado Pago. Las balas de sector en sector, comedores populares cerrados y un horizonte repleto de incertidumbres mientras a media hora de distancia, en el Congreso, casi todo lo nuestro es rifado y destruído por señoras y señores de “bien”, que ganan muy bien y que gobiernan muy mal.
El veranito 2026, desde la óptica villera porteña, lejos está de cualquier costa argentina o las playas de Brasil. Un maremoto de “anti políticas públicas” cayó de lleno sobre la vida cotidiana de los que menos poder adquisitivo tenemos. No alcanzó con un Jorge Macri que persiguió a las feriantes, vendedores ambulantes, gente en situación de calle, cartoneras. Ya a estas alturas el paquete de La Libertad Avanza, desde la Legislatura porteña, comienza a asomar sus narices para ser aún más cruel que el primo Jorge. Su estrategia antipobre no fue lo suficientemente antipobre, y por ello -para alegría de personajes como Ramiro Marra- se abre camino la criminalización de los migrantes que vivimos en estos barrios. Esto recién comienza.
Atención: las villas en peligro
El Macri original, Mauricio, dijo hace unas semanas atrás que los pobres “estamos mucho mejor que un rey de hace cien años”. Fue poco tiempo después de que Marra -expulsado de LLA pero que pretende ser Jefe de Gobierno de CABA- viralizó en sus redes una villa explotando. Estas construcciones simbólicas tienen un eco cruel en la realidad. El Macri trucho, Jorge, recortó de manera histórica el presupuesto para obras públicas en las villas -como se ve en el Instituto de Vivienda de la Ciudad- al mismo tiempo que dice que ya no habrá más viviendas sociales porque la “clase media nunca las tuvo”. Que por acá no pagamos impuestos, somos delincuentes y que no trabajamos. Como se dice en twitter, para los villeros esto es “el verdadero se viene”.
La agenda de la Ciudad de Buenos Aires es anti villa y anti políticas públicas. LLA y el PRO se pelean por ver quién es más de derecha y la oposición de la que nada esperábamos casi nada está pudiendo hacer al respecto. Hasta se expande la gestión de utilizar un QR, una App, para geolocalizar y rastrear raciones de alimentos de los comedores populares. Se secuestran carros de cartoneros en la Villa 31, las Fuerzas de Seguridad caminan aireados por los pasillos donde violentan impunemente y desalojan sin orden judicial viviendas de Rodrigo Bueno o los conventillos de La Boca. Y por si el disparate no fuese suficiente, estuvieron confiscando pelopinchos de las veredas donde se refrescan los niños.
Tenemos casi todo en contra, pero aún así no alcanza la saña.
Lo ordinario de las sesiones viene de la mano de una reforma laboral y la baja de la edad de punibilidad. Pero también con la línea trumpista de construir narrativas digitales y políticas contra los migrantes que vivimos en barrios como los que describí anteriormente. El combo es explosivo y pareciera que la Justicia no quiere hacer nada al respecto: dejó la zona liberada. Porque la “modernización laboral” es para los patrones, no para estos lares donde vivimos quienes somos parte de ese casi 50% de los laburantes en el país bajo la informalidad. Porque la baja de punibilidad a 14 años es contra los chicos que están empobrecidos, en consumo, sin contención en nuestros pasillos. Porque el señalamiento migrante es otra vez la estrategia para echarnos la culpa de todos los males que hace el Ministerio de Economía, con las deudas que toma tanto con Trump como con el FMI. Otra vez esos platos rotos los pagamos los pobres.
Los anuncios se potencian cada mes. Siempre hay una anti política pública y una medida anti pobre nueva, se vuelve inabarcable en territorios muy golpeados desde la pandemia. Porque, después de todo, ¿qué es esta nueva democracia? Las asambleas populares, sin dirección política clara, sin perspectiva real, temen lo que se viene. La militancia, esa progresista que antes colmaba nuestros pasillos, ahora está sufriendo los golpes de la represiva economía -como nosotros- y llegó el tiempo de replantear qué puertas, cómo y cuándo tocar. Pero, ¿dónde? Toda la estructura de la gobernabilidad está derechizada.
Desafíos populares en tiempos de delirio político
La fragilidad del tejido comunitario no es únicamente responsabilidad de esta derecha al delirio. Como tampoco únicamente es resultado de las organizaciones sociales y partidarias que fallaron, y bastante, con los cambios estructurales en nuestras villas. Hay algo más, es como si el mundo cambiara y nos estuviésemos quedando atrás. La fragmentación, inspirada por las diferencias orgánicas de las izquierdas y los peronismos, es otro factor que perjudica notablemente a los barrios populares organizados.
Además, hay que decirlo: la derecha tiene todavía aceptación popular. A pesar de todo, a pesar de tanto, Milei y Macri son bien vistos con sus políticas antipobres en los barrios pobres. La dolarización, el ataque a comedores y a la asistencia social -como el Potenciar Trabajo-, la represión a jubilados y otros manifestantes, la baja de la edad de punibilidad a 14 años e incluso la reforma laboral suman porotitos en las villas a favor de las derechas. Hoy todavía el PRO y LLA ganan las elecciones.
Es verdad que parece un ensayo pesimista. Pero también es real que hay movimientos populares de autoconvocados villeros que empiezan a surgir. Es también sabio comprender que recién estamos a mitad de camino de la gestión libertaria. Como también, siento, es cauto prepararnos -a este ritmo- para otra victoria importante de los violetas y amarillos en 2027. Es cierto que hay estructuras partidarias que le otorgan mayor protagonismo a nuestro sector en los asientos del poder. La pregunta es, ¿qué representatividad potente, genuina, puede condensar al sector sin que sea -otra vez- una figura blanca y de clase media?
La necesidad es como una olla de presión que cuando estalle no se sabe en qué dirección va a esparcir toda la mierda que se cocina en nuestros barrios. Muchos desearían que sea un “que se vayan todos, que no quede ninguno”. Pero los tiempos cambian y estas no son oraciones a mano alzada, porque las construcciones agresivas contra nuestras comunidades -sumadas al estrangulamiento de todos los derechos de salud, educación, trabajo y hábitat- tienen un enemigo visible desde hace años: las grandes firmas monopólicas de comunicación.
Ahí, en los medios, es donde la disputa de sentidos, la construcción de la nueva moral, es cada vez más aporo-odiante. Y tal vez es el campo de batalla a ocupar para que se vean nuestros rostros y se oigan nuestras historias. En ese aspecto un Pitu Salvatierra, una Nathy Zaracho, un Ale Vilca, una Fernanda Miño en la escena política son de necesidad y urgencia. Pero tenemos que sembrarnos también en la protesta cultural, mostrarnos en masa como sujetos políticos con arraigo territorial por fuera de las banderas ya conocidas. Porque en este momento estamos bajo ataque.
Desde allí, en la política institucional, los medios y la cultura cocinan las consignas que luego se vuelven políticas públicas y que, en muchos casos, son de exterminio. Una especie de “nueva configuración de la pobreza” en manos de los que rifan los glaciares, el petróleo, los inmuebles de las grandes ciudades, los ríos, los minerales, los bosques y cualquier rastro de soberanía. Es todavía muy atractivo decir que los villeros ocupamos terrenos, comemos gratis, no pagamos impuestos y somos todos delincuentes. Cambiar ese discurso, mientras ellos se roban todo, es una tarea titánica para un sector muy golpeado por la historia política reciente, como también muy cagado a palos por el día a día.
A una empleada doméstica, con suerte, le pagan cinco mil la hora. Un cartonero está ganando también cinco mil pesos al día por 100 kilos de cartón recolectados. Con eso apenas y se puede comprar un cuaderno de tapa dura para sus hijos en edad escolar, después de sudar una jornada completa. ¿Qué horizonte político, en qué momento del día, puede construirse con las bases absolutamente vapuleadas?
Y. al mismo tiempo me pregunto, ¿qué tenemos a favor? Existir y ser un montón. Permitirnos pensar, juntarnos, construir alternativas villeras en la política deshumanizada, parece muy difícil pero va queriendo. La atomización del sector, esperando las órdenes orgánicas de las orgas o los partidos, ya empiezan a incomodar a referentes populares que tendrán que elevarse a la escena por necesidad. Porque si de algo se está seguro por la villa, parafraseando a un artista de moda por ahí, es que mientras uno esté vivo, uno debe luchar lo más que pueda.
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