El hombre que dio dos vueltas al planeta en moto

por Jorge Torres Fariña
16 de abril de 2017

Emilio Scotto viajó con una Honda Goldwing a través de 279 países durante más de diez años. Cruzó dos guerras, estuvo preso seis veces, lo acusaron de espía y casi muere de malaria, pero al final terminó una travesía que hasta el hombre que pisó la Luna elogió.

A los siete años le dijo a su madre que iba a ser el primer hombre en llegar a la Luna. A los ocho, cambió de opinión y decidió que iba a recorrer todos los países del mundo. Era el comienzo de la década del 60 y su familia pensaba que eran sueños de chicos. Sin embargo, Emilio Scotto no dejó escapar sus deseos y en 1985, a los 30 años, comenzó una de las travesías más grandes de la historia: dio dos vueltas al mundo en moto. Paradójicamente, en 2007, Buzz Aldrin –el segundo hombre en pisar la Luna en 1969— le dedicó las siguientes palabras de admiración: “Mi amigo Emilio Scotto ha realizado uno de los viajes más fantásticos jamás antes intentado por un ser humano”.

Durante 10 años, dos meses y 19 días, Scotto condujo su Princesa Negra (una moto Honda Goldwing que compró en 1980) a lo largo y ancho de 279 naciones, y completó así el recorrido más largo realizado en motocicleta. Desde que partió, el 14 de enero de 1985, hasta que el 2 de abril de 1995 entró a la Avenida 9 de Julio, hizo 735 mil kilómetros. Ingresó, por supuesto, en el Libro de los Récords Guinness en 1997, fue nombrado el “Rey de la Carretera” en 2002, y en 2005 su travesía fue catalogada como “imposible de repetir”, por la época y las condiciones en que la realizó.

Scotto atravesó dos países en guerra, estuvo preso seis veces, fue acusado de ser espía, tuvo malaria y casi muere. En algún momento pensó en abandonar, pero su fuerza de voluntad y el deseo de seguir viviendo su gran aventura fueron más fuerte. A tal punto llegó ese deseo, que después de dar una vuelta al mundo volvió a comenzar porque se había dividido la Unión Soviética y quería pasar por cada una de los países que la habían conformado. Con dos vueltas al mundo, es considerado unos de los viajeros más importantes de la historia, en un listado que comparte con Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes y Neil Armstrong, entre otros.

—¿Por qué para algunos recorriste menos países de los que en verdad visitaste en tu viaje?

—Pasa que hay países que son de la ONU y otros no, de ahí las diferencias. Yo he visitado 279 países y naciones de la tierra. En los 214 países que reconoce el Guinness, por ejemplo, quedan de lado naciones que no son parte de la ONU pero que tienen gobierno propio, como Escocia, Irlanda del Norte, Guyana Francesa, Macao, Polinesia, Hong Kong, Puerto Rico, Tibet, Nueva Caledonia, Samoa, etcétera. No he usado ese sistema de nación y país tan finamente, pero tampoco incluí a Córcega, Flandes, el país Vasco o incluso Cataluña y otros lugares que reclaman ser país, porque entonces tendría 500 países y naciones visitados con la Princesa Negra.

—Cuando recorriste el mundo, la tecnología a disposición era escasa. ¿Creés que los avances alientan a los viajeros a lanzarse a la aventura?

—Sí. Antes había que viajar preguntando a los lugareños, mirando un mapa de papel muchas veces inteligible, o usando el instinto y el sentido de ubicación, y teniendo mucha suerte.  Ahora uno abre la laptop y le pregunta a Google Maps por donde ir. Y escribe en el GPS la dirección. Luego, si la puerta está cerrada, llama por el celular. Antes había que llevar los billetes, ahora tarjetas. Antes no era posible recibir dinero en cualquier parte, ahora son solo unos minutos en la compu para hacer una transacción bancaria. Conclusión: para Cristóbal Colón todo fue más difícil. Al que vino después menos difícil, y menos al siguiente, y así sucesivamente.

“En Papúa Nueva Guinea, cada 10 años ellos sacan a los muertos de sus sepulturas y los llevan a sus casas durante 30 días. Son cadáveres que se conservan muy bien por la tierra, que es muy especial, por lo que no tienen olor. Los sientan a la mesa y les hablan como si estuvieran vivos. Tuve la suerte de llegar justo en esa fecha y hasta le hablé al cadáver del padre del hombre que me dejaba quedar en su casa a cambio de que yo cocinara arvejas”

—Durante tu viaje atravesaste conflictos de todo tipo, fuiste noticia en muchos países y estuviste preso seis veces.

—Atravesé El Salvador, cuando estaba en guerra con Guatemala y Honduras, y unos años después hice lo mismo durante la guerra de Somalía, de donde terminé escapando cuando nos atacaban los piratas. Además, mi nombre recorrió el mundo cuando crucé el Muro de Berlín. De las seis veces que estuve preso, algunas fueron más impactantes que otras por distintos motivos. Eso fue lo peor del viaje, aunque no la peor parte, ya que climatológicamente hubo cosas peores. En Liberia fui acusado de querer matar al presidente Samuel Kanyon Doe (quien finalmente fue asesinado en 1990). Como venía de pasar por Sierra Leona, donde se encontraba el líder guerrillero Charles Taylor, quien combatía al presidente, presumían que yo era un espía. En la República Popular del Chad fui acusado de ser espía de Gadafi, porque ellos se enteraron que en Libia él me había recibido muy bien y di la vuelta de honor con la bandera argentina en el estadio de fútbol, durante la final del campeonato de África. Allí me quitaron la moto y el resto de mis cosas, hasta que se esclareció el hecho. En Zimbabue estuve detenido por supuesta portación de pasaporte falso. Los pasaportes argentinos están en español y en francés (idioma diplomático), pero ellos decían que tenía que estar en inglés, por lo que deducían que lo había falsificado. En Estados Unidos fue la más divertida, aunque sólo al principio. Allí estuve preso por contrabando de drogas. Fue como una película, por los helicópteros, las patrullas y las luces. Era la primera vez que veía algo así en mi vida, me resultaba divertido porque parecía estar en una película. Pero dejó de serlo cuando fui a juicio, en el que finalmente me absolvieron.

—Saliste de Buenos Aires sólo con 300 dólares. ¿Cómo financiaste el viaje?

—A lo largo del mundo la gente me fue ayudando. Me regalaban combustible, comida y alojamiento. Diego Maradona me pagó el hotel en Nápoles cuando lo conocí y le conté sobre el viaje que estaba haciendo. Además, con los años aprendí seis idiomas y, viajando, me terminé haciendo corresponsal de prensa de varios medios del mundo. Con el tiempo entendí que tenía cierta facilidad para aprender otras lenguas porque había perdido completamente la vergüenza, aunque siempre destaco que el idioma fundamental en los viajes es el de las señas. Excepto en China, en todo el mundo te hacés entender con las señas. Igualmente en todos los pueblos que visitaba  se sentían agradecidos por mi intento de hablar su idioma.

—A lo largo de tu travesía recorriste naciones con costumbres y creencias muy distintas a las nuestras.

—Indudablemente en el planeta hay lugares raros. Uno de ellos es Papúa Nueva Guinea. Los papuanos son los que se ponen los palitos en las narices y visten todo el año sus cuerpos pintados. No tienen carreteras y se acercan a los aeropuertos para ver llegar un avión, porque creen que son dioses. Eso se debe a que, allá por los años 70, los aviones dejaban caer bolsas de comida con paracaídas para los exploradores europeos y, como ellos se encontraban estas cosas, pensaban que eran regalos de los dioses. Así que iban al aeropuerto a ver a Dios. Además, cada 10 años ellos sacan a los muertos de sus sepulturas y los llevan a sus casas durante 30 días. Son cadáveres que se conservan muy bien por la tierra, que es muy especial, por lo que no tienen olor. Los sientan a la mesa y les hablan como si estuvieran vivos. Tuve la suerte de llegar justo en esa fecha y hasta le hablé al cadáver del padre del hombre que me dejaba quedar en su casa a cambio de que yo cocinara arvejas. Para ellos, que les calentara arvejas con tomates pisados era algo sorprendente. Cuando me tocó cruzar Yemen, estoy seguro de que era prácticamente el único extranjero en un país olvidado, cuya capital fue declarada patrimonio de la humanidad no hace mucho. Una particularidad de ellos es que tanto chicos, como grandes y ancianos portan un puñal curvo en su cintura con el que resuelven sus disputas. Allí no existen los semáforos ni las licencias de conducir, pero sí los autos. Por eso, si hay un accidente, lo resuelven entre las familias. También hay islas en el Pacífico que son países independientes tan chicos que uno los camina de una punta a la otra, como ocurre en Tuvalu, Kiribati y Naurú. Tales son sus tamaños que el único deporte que se practica es el fútbol, porque al tener aeropuertos internacionales con pistas de pasto, allí ponen los arcos y juegan. Sólo detienen el partido cuando aterriza o despega un avión. Otras repúblicas de esa zona no llegan siquiera a ser islas, si no que son atolones. En Tuvalu fui el turista 69 en llegar y si bien nunca averigüé en profundidad, creo que fui el primer argentino.

“En Liberia fui acusado de querer matar al presidente Samuel Kanyon. Como venía de pasar por Sierra Leona, donde se encontraba el líder opositor Charles Taylor, presumían que yo era un espía”

—A lo largo del viaje conociste a muchos famosos que se sorprendieron por tu aventura y con algunos de ellos terminaste teniendo una amistad. ¿Quiénes fueron los que más te sorprendieron?

—Para bien, por su simplicidad, me sorprendieron Osvaldo Ardiles, Palito Ortega, Atahualpa Yupanqui, Muhammad Ali (Cassius Clay), Juan Pablo II, Mario Vargas Llosa, Buzz Aldrin, Kevin Costner y Arnold Schwarzenegger. Para mal, Mercedes Sosa. Ella tenía una actitud arrogante hacia personas que la admiraban, incluso usaba palabras despectivas.

—¿Cómo fueron los días posteriores a tu regreso de semejante viaje?

—Un desastre completo. No me reinserté. Volví a Argentina y al tiempo me fui a Estados Unidos. Me encerré casi un año en la casa de unos amigos en California. No sabia que hacer con mi vida. Mi profesión era la de viajero, escritor, fotógrafo, y ahora habían terminado mis viajes. Tardé unos años en reinventarme. Me hice productor de cine y ahora, empresario de turismo exótico en moto. Logré mentalizarme en que no estoy reinsertado en ninguna parte ni pertenezco a ningún sistema, soy mas bien un trashumante, un errabundo que a veces está más tiempo en algún lugar que otro.

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