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La red feminista que ayuda a sacar la voz

por Gabriela Alvarez
18 de abril de 2026

El documental “Jasmín”, de Gisela Gorbalán, cuenta la historia de una niña que supera una situación de violencia sexual gracias a todas las compañeras que va encontrando en el camino. Un relato de vulnerabilidad y silencios que se transforma por la potencia de la lucha colectiva.

El viernes 6 de marzo, día del estreno en el cine Gaumont, el documental “Jasmín” llenó la sala que tenía entradas agotadas desde hacía varios días. En la previa, en la vereda del cine, se respiraba un clima de movimiento y euforia. Carteles alusivos a la temática del abuso sexual en la infancia interviniendo la entrada con pañuelos rojos: “Yo sí te creo”, “Acompañar es político”, “La salida es colectiva”, “Nombremos lo que duele para transformarlo”.

También cantos como “olé olé olé olá / con las niñeces / no jodan más / a los abusos no volvemos nunca más”, además de abrazos, reencuentros y mucho entusiasmo. Ya en la sala, Jasmín, la protagonista, agradeció al público y le mandó un especial abrazo a su mamá Marcosa.

Gisela Corbalán, la directora, realizó este documental grabando escenas de la vida de Jasmín desde 2018 hasta su cumpleaños de 21, en 2020. Fue un rodaje autogestionado, a partir de acompañar su mundo, el mundo de la militancia, de los hogares, de los barrios. Marcosa, originaria de Perú, trabajaba en Argentina cuando Jasmín, siendo niña, fue víctima de abusos intrafamiliares en Lima.

Jasmín quedaba a cuidado de Vilma, su hermana mayor. Cuando Vilma y Jeni (otra hermana) salían de la casa, quedaba con sus hermanos, Nicolás y Jorge.  En ese contexto sucedieron los abusos. No le pasaba nada cuando iba y venía a la casa, sino dentro de ella, cuando se quedaba con sus hermanos varones. Esto lo explica la estadística: el 80% de los abusos sexuales en la infancia son intrafamiliares, lo que hace que sea común guardar silencio, en muchos casos por temor a disolver una familia. 

En 2012, con 12 años, Jasmín llega a la Argentina, a vivir al barrio Rodrigo Bueno con su papá, su mamá y sus hermanas. De Lima a Buenos Aires, con la incógnita de cómo iba a ser el lugar. Se encontró con un paisaje de río y escombros, ceviche y arroz chaufa que cocinaban sus otros paisanos. Una villa en el borde de una de las metrópolis más modernas de latinoamérica.

Allí transcurría su vida jugando con sus amistades del barrio, yendo a la escuela, conociendo nuevos lugares, hasta que un día se acercó a un espacio comunitario y, luego de un tiempo, decidió contar las violencias que había vivido. La abrazaron, ella lloró. Lloró mucho tiempo. Se quedaron en silencio, la sostuvieron, todo lo que ella precisara.

Sacó la voz y cambió su destino. 

 

La red aparece cuando el silencio se rompe
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El documental muestra, a través de su testimonio, cómo confluyeron en solidaridad mujeres de diferentes lugares y la acompañaron. “Acompañar es político”, fue el sentimiento que dio fuerza a esta trama que ha logrado transformar el dolor en lucha. Luego de abrir su historia con la organización barrial, buscó un espacio que trabajara específicamente con el tema de abusos. 

Allí construyeron una salida concreta a esa situación: irse de su casa para estar en un espacio cuidado. Buscaron referencias de hogares, insistieron en que le toque una vacante en el que tenían más confianza. Si bien una de las activistas de la organización ofició como su tutora legal, siempre estuvo acompañada en colectivo. 

El hogar, aun con sus desafíos, representaba una opción más segura para esa instancia de su vida. Se lanzó al abismo y en el abismo había un tejido de mujeres esperándola para que no esté sola. El esplendor del feminismo comunitario, cuando circulaba el afecto y el cuidado.

Hay una realidad que atraviesan los menores que están en los hogares cuando finalmente no consiguen adopción. A los 18 años salen del hogar y deben conseguir un ingreso económico, una casa, vínculos de sostén. Esa situación está reflejada en “Jasmín” y refuerza la necesidad de fortalecer políticas públicas para que existan acompañamientos luego de los egresos de los hogares.

A Jasmín la espera después una casa para convivir con mujeres y disidencias feministas, compartir la economía, la vida cotidiana. Una red que ella misma tejió la invita a compartir la vida y allí transita la experiencia de estar acompañada en una comunidad afectiva de compañeras bajo el mismo techo, como una familia. Cada lugar, muestra la película, es habitado por el placer de compartir: una charla, un mate, un aperitivo, una picadita. 

En el documental la vemos mudarse de Lima a Rodrigo Bueno, de ahí a un hogar de niños, niñas y adolescentes, del hogar a la casa de las amigas que la red le dio y, finalmente, a su casa propia, obtenida por la Ley de Urbanización del Barrio Rodrigo Bueno. 

El impacto de esta ley en su vida, obtenida por una lucha de años de los habitantes del barrio, se ve en los ojos de su mamá y su papá, llenos de lágrimas y emoción al ver a su hija con su propio colchón, en su propia casa, rodeada de su otra familia, la que la acompañó en su adolescencia desde que decidió hablar. En esta locación también se dan conversaciones de reflexión entre egresadas de hogares sobre lo que significa vivir en un hogar y contar o no con una red. 

Es un camino de luces y sombras. Dolor y alegría. El relato de lo siniestro de un abuso, el terror que genera esa situación, en primera persona. En contraste con el amor derramado de la militancia feminista hecho hogar, hecho casa, hecho poema de vida y acompañando su lucha por la justicia social y la necesidad de reparar la herida.

La historia de Jasmín está atravesada por lo interseccional: género, clase, migración. La historia de una niña en un mundo adultocéntrico, de una mujer en un mundo patriarcal, de una migrante de país limítrofe de piel morena en un país de historia racista y xenófoba, de una familia en búsqueda de trabajo porque el capitalismo la fuerza a viajar, no por placer, sino por exilio económico.

El documental es un llamado a recuperar, en una época de repliegue del movimiento feminista, una historia potente que nos invita a reencontrarnos con lo profundo del sentido que motiva a la militancia. 

 

La búsqueda de justicia y la reparación de la herida
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Sanar las heridas es un camino profundo en cada una. Reparar, para volver a pararse después de una caída, para curar algo del daño que deja cicatriz y se transforma para siempre. La vulnerabilidad que se abre en una trama de confianza, en espacios de sororidad, afecto, cuidado y cariño; vulnerabilidad que se comparte y potencia la fuerza interna a través de una salida colectiva. 

Para Jasmín era necesario hacer la denuncia a su agresor y llegar a las máximas instancias de la justicia. Ese camino era reparador de su herida y también se fue resignificando.

El documental pone luz también en los cuidados de las madres. Si bien ella tomó los recaudos de distanciarse cuando fue pertinente y pudo, también llegó al punto de mirar a Marcosa como una madre que hizo lo pudo, con las herramientas que pudo. La propia madre testimonia también haber vivido situaciones de violencia y arroja el dolor de madre de haber perdido un hijo por las agresiones que cometió contra Jasmín. 

Lejos de hacer foco en el punitivismo, el documental ilumina la ternura presente en Jasmín como hija, amiga, compañera, luchadora, denunciante, sobreviviente, estudiante y activista, abriendo generosamente su vida al mundo, hablando en primera persona de lo que vivió e inspirando a muchas otras a sacar la voz.