El Indio y el alma de Gardel
Postales desordenadas que unen la despedida del Indio con la de Gardel, hace casi un siglo. Desde un cuadrito en un bodegón de Pompeya hasta las noches de Paladium en los ochenta. Y un sonido hipnótico que permanece: las canciones de Los Redondos en los autos, por las calles, que conforman el velorio más grande del mundo.
En el bodegón de Luisito, en Caseros y Trole, hay un cuadrito que permanece inalterable hace 40 años. Es la tapa del diario Crítica del 5 de febrero de 1936: “Sobrecogidas de emoción, 30.000 almas recibieron los restos de Carlos Gardel”, dice el título. Más abajo, dos fotos muestran una multitud junto al féretro del cantor que por esos días empezaba a convertirse en mito. Casi un siglo de mitología.
Gardel había muerto el 24 de junio de 1935, pero su cuerpo llegó a Buenos Aires –a lomo de mula, tren y barco– ocho meses después. Hubo largas cuadras de gente que lo fue a despedir al Luna Park, y luego a su entierro en el cementerio de la Chacarita. El pueblo lo lloraba en las calles.
En este bar al sur de Buenos Aires, en el límite difuso entre Pompeya, Boedo y Parque de los Patricios, el cuadrito dispara una señal: es posible que dentro de 100 años, en algún otro bar de nuestra ciudad o de nuestro país, haya otro cuadrito que muestre lo que fueron estos días de despedidas y dolores dulces. La muerte del Indio Solari hace nacer otro mito, aunque el mito ya estaba creado hace tiempo. Otro músico argentino que deja refucilos de eternidad en cada canción.
Desde hace días, los temas de Los Redondos suenan en los autos de una Buenos Aires musicalizada para una despedida, para lo que queda y para quienes nos quedamos. Un gigantesco e interminable velorio a cielo abierto que suena en los barrios del conurbano, en los de Buenos Aires, La Plata, Rosario, Entre Ríos, Córdoba, Río Negro o Mendoza.
La promesa de eternidad del Indio también está ahí: en esa radio ambulante desplegada por las calles de todo un país.
Mario Levrero escribió que cada vez que alguien ponía un disco de Gardel, lo que se escuchaba no era su voz, sino su alma. Y que lo que viajaba por el aire era un alma gardeliana que solo buscaba subir, trascender en un Plano Superior.
¿Por dónde viajará el alma del Indio ahora? ¿Por los grafitis de los paredones? ¿En las banderas y remeras que se multiplican en canchas y recitales? ¿En las canciones que suenan en autos y celulares? ¿O, cómo escribieron estos días, cada vez que hagan bailar a un filósofo y leer a un ladrón?
Gardel mira al Indio como lo miraba en aquella pared mítica de la pista de Paladium –el Zorzal Criollo hecho gigantografia en medio de la psicodelia multicolor–, cuando en 1986 Patricio Rey y los Redonditos de Ricota presentaban Oktubre. Fuegos de Oktubre, noches de Buenos Aires. La ciudad de la furia bajo el frenesí narcótico de los ochenta, el destape sexual y la primavera democrática, mientras el Indio ofrecía las primeras piezas para la construcción de su mitología.
Pero la construcción, al menos en este Plano Inferior, terminó.
Queda, eso sí, la poesía popular, el fraseo encriptado, los consejos que salvan y las letras de un rocanrol del país que se evanesce en el aire y que, como soñaba Atahualpa Yupanqui, caló tan hondo que muchas personas las repiten sin saber que son del Indio. El “ya no habrá más penas ni olvido” o “veinte años no es nada” de Gardel ahora tienen otra rima, otra letra, otra época:
Vivir solo cuesta vida
Cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón
Atrapado en libertad.
O, como escribe Levrero sobre Gardel y como ahora le pasará al Indio:
Nadie es capaz de matarte en mi alma.