Mi cuerpo no prescribe

26 de junio de 2026
Silvina Ojeda

Desde Río Negro, nuestra colega Silvina Ojeda vuelca en una carta abierta su experiencia como sobreviviente de Abuso Sexual en la Infancia (ASI) y su repudio al avance del proyecto legislativo que busca perseguir las “falsas denuncias”.

Sobre la foto de portada: Mujeres Andando Cipolletti fue una organización social feminista del Alto Valle de Río Negro dedicada a la lucha contra el Abuso Sexual en la Infancia (ASI). Su activismo comenzó a raíz de las denuncias contra un docente de música del Jardín N° 85 que había abusado de sus hijos/as. “Fueron las que me creyeron, abrazaron y acompañaron a denunciar a mi progenitor, Jorge Ojeda Bucich, el 17 de febrero de 2016”, dice la autora. 


Cipolletti, Río Negro. Junio de 2026.

Me llamo Silvina Ojeda y hoy elijo poner mi nombre, mi apellido y mi cara. No porque no tenga miedo, sino porque el silencio ya no es una opción. Fui abusada sistemáticamente cuando era una nena, cuando era menor de edad, por mi propio progenitor, Jorge Ojeda Bucich. Durante años, ese espiral espeso de horror me quemó por dentro y me robó la infancia.

Si hoy puedo estar acá, escribiendo esto, es porque a mí me salvaron otras mujeres. Me salvó la mano que me sostuvieron mis compañeras y el abrazo de las que me creyeron cuando yo misma dudaba. Me salvó la red. El abuso te aísla, te encierra en un cuarto oscuro, pero el feminismo y las mujeres me sacaron a patadas de ahí y me enseñaron que la culpa no era mía.

Mi abusador murió en Chubut solo, en la calle, en diciembre de 2025. Murió impune, sin que la justicia formal lo alcanzara jamás, dejándome con la pesadez de tener que reconstruir una vida asumiendo que el sistema judicial me falló. Los abusadores nos roban hasta la posibilidad del dolor, y encima nos toca soportar que la sociedad o los de afuera cuestionen qué lloramos, qué sentimos o cómo tramitamos la muerte del monstruo. Viví buscando justicia en un sistema que nos da la espalda y nos obliga a habitar el abismo de la norma.

Por eso, ver hoy cómo desde los sillones del Congreso la senadora Carolina Losada (Juntos por el Cambio, Santa Fe) impulsa con saña un proyecto de ley sobre “falsas denuncias” me revuelve las tripas. No es ingenuidad, es política. Es una estrategia corporativa y machista para castigarnos por haber roto el pacto de silencio, disciplinar a las madres protectoras, amedrentar a los psicólogos que hacen las pericias y garantizar la impunidad biológica a los violentos. Quieren subir las penas a quienes denuncian para que la próxima víctima piense mil veces antes de hablar, bajo la amenaza de terminar tras las rejas si el Poder Judicial patriarcal decide no creerle.

Nos quieren correr con el fantasma de que las mujeres inventamos. Pero dejen de mentirle a la gente: la mentira de la “epidemia de falsas denuncias” no se sostiene en ningún papel. Los datos oficiales de la ONU y de la propia Justicia argentina (como los informes de la Unidad Fiscal de Delitos contra la Integridad Sexual) demuestran que las denuncias falsas en estos casos representan entre el 2 y el 6 por ciento global. Es decir, el mismo porcentaje que en cualquier otro delito, como el robo de un auto. No hay una sola estadística seria que avale la cacería de brujas que propone Losada.

¿Quieren estadísticas de verdad? Hablemos de las que duelen. Los datos del “Programa las Víctimas Contra Las Violencias” (Línea 137) muestran año tras año que la inmensa mayoría de las víctimas de violencia sexual en nuestro país son niños, niñas y adolescentes. Y en más del 70 por ciento de los casos, el abusador está en la casa: es el padre, el padrastro, el tío, el abuelo. 

El abuso sexual en las infancias no es un invento: es una realidad sistemática que destruye infancias enteras. De cada mil casos de abuso contra las infancias, solo uno llega a una condena real. La verdadera epidemia en Argentina es la impunidad, no las mentiras de las pibas.

Pretenden que estos delitos prescriban rápido, como si el trauma tuviera fecha de vencimiento. La psicología y la ciencia ya lo demostraron: una víctima de abuso en la infancia tarda 15, 20 o 30 años en poder nombrar el abuso, porque el cuerpo congela el recuerdo para poder sobrevivir. 

Yo tardé años en poder asimilar que ese hombre no ejercía como un padre, sino como mi abusador. ¿Y ahora pretenden borrar el delito con un sello de “tiempo vencido” en un expediente o amedrentarnos con penas de prisión si denunciamos lo que nos pasó?

Por la nena que fui, por las redes que me salvaron y por cada infancia que hoy está gritando sin voz... No nos callamos más.