¡Irlanda, allá vamos!
Un inescrupuloso funcionario describe en su diario íntimo los esfuerzos antipopulares que hace el Gobierno del que forma parte para que su país, ubicado bien al Sur, despegue a imagen y semejanza de un país nórdico. Cualquier parecido con la realidad...
Querido diario:
Después de un tiempo en el que estuve intensamente abocado a la desregulación de las cadenas estatales y a la liberación de las fuerzas del mercado, vengo a traerte algunas novedades en materia del objetivo principal de llegar a ser como Irlanda. Vos sabés mejor que nadie, querido diario, porque ya te lo comenté alguna vez, que me hubiera gustado quedarme en las sombras como asesor, al igual que el preferido del presidente, así detrás del cortinado, fumando con cara de malo y tejiendo los hilos de la realidad sin riesgos.
Pero a veces, solo a veces, es preciso meterse en el barro y embadurnarse hasta el tuétano para que no se pase el tren de ordenar, de una buena vez, los gastos oficiales en favor de nuestros patrones. Y en eso estamos. No es “uh qué bruto, cómo estamos acelerando”, pero habiendo transcurrido ya más de dos años podemos decir con seguridad que vamos por el camino correcto; “paso a paso”, diría el gran “Coco” Basile ¿o era “Mostaza” Merlo?, en fin.
No voy a negarte, querido diario, que desde hace más de un año tenemos un ruido de fondo por la aparente contradicción entre “la moral como política de Estado” y los diversos escandaletes de distintos funcionarios –a mí mismo casi me agarran en offside por lo de los cursos de inglés de mi esposa a la Cancillería–. Pero no tenemos que alterarnos ni ponernos mal porque en Irlanda es cosa de todos los días que un presidente promueva una estafa multimillonaria a través de una moneda virtual y después grabe una entrevista pautada con un periodista obsecuente para decir que solo la había difundido.
Del mismo modo, no hay ningún ilícito si un secretario de Presidencia recauda coimas a través de sobreprecios en medicamentos vía la Agencia Nacional de Discapacidad de Irlanda y a la vez se justifican los recortes presupuestarios de esa misma área con la radiografía de un hueso de perro; en Irlanda son cosas que pasan todos los días, querido diario.
Al igual que no hay ningún delito en Irlanda si un diputado tiene vínculos con el lavado de dinero de narcotraficantes o si funcionarios de segunda línea acceden a créditos hipotecarios del Banco de la Nación Irlandesa con tasas preferenciales aunque no reúnan los requisitos. Así como que no hay inconveniente alguno si un deslomado vocero presidencial no tiene forma de explicar los gastos exorbitantes por fuera de sus ingresos y se escuda en supuestas hipotecas no bancarias realizadas por jubiladas que no lo conocen o por integrantes de la Policía Federal Irlandesa, además de comprar y remodelar en efectivo una casa en un country con pileta y cascada incluida, hacer viajes al exterior en aviones privados o pagar excursiones a España en primera clase con el grupo de mamis del colegio. Como dice el meme: “Irlanda, no lo entenderías”.
Por eso te digo, querido diario, que se trata solo de contradicciones aparentes porque el único límite, como escribió un sabio antiguo –vaya uno a saber si fue Platón, Aristóteles o Mongo Aurelio–, es “la ética de la banda de ladrones”; es decir, que no nos robemos entre nosotros porque ahí es donde se pudre todo y porque –no tenemos que olvidarnos nunca– el único objetivo no negociable es llegar a ser como Irlanda.
Y en eso estamos, querido diario. Al igual que en Irlanda, ahora la inflación baja hacia arriba, el consumo se expande con comercios vacíos y empresas que quiebran, el empleo crece con el cierre de pymes y las fábricas se convierten en galpones repletos de productos importados; porque en Irlanda no hay industria nacional, sino que todo se importa desde China y Estados Unidos, desde un pantalón hasta el osobuco de burro para la sopa, desde un satélite hasta los huevos de la ensalada; como tampoco hay salud ni educación más que para unos pocos afortunados.
Decime, querido diario, si no estamos acercándonos a Irlanda con toda esa gente haciendo más de diez cuadras de cola bajo la lluvia para entregar un CV donde solo podían ingresar unas decenas de trabajadores. Además, querido diario, algo que entendieron muy bien en Irlanda es que un ejército de millones de desempleados disciplina mejor que nada a los trabajadores activos para que acepten ingresos de miseria con tal de no engrosar las filas de los desempleados.
No solo eso, querido diario. Fijate si no cómo, además de nuestro presi-duende –permitime el chascarrillo, confesor mío–, todas las ferias artesanales están repletas de esos seres mitológicos desde hace décadas, lo que delata que los argentinos queremos ser como Irlanda. Por lo que nos faltaría cambiar por decreto de necesidad y urgencia a San Cayetano por San Patricio, obligar al Pombero a usar alas para que se parezca a un hada y dejar de lado el tango y las chacareras por la música celta.
Así y todo, aún hace falta infligir mucho dolor, mucho más sacrificio, si queremos ser como Irlanda. Y parte de ese dolor, debo decirte, querido diario, es asumir en principio que tenemos que deshacernos de más del 97% del territorio nacional y, en paralelo, reducir la población argentina a unos manejables cinco millones. Así, en un terruño más chico que Uruguay podremos desarrollar la soñada Irlanda del sur. Qué le vamos a hacer, querido diario, el neoliberalismo champagne es así, “es un elixir”, diría el gran Mostaza Merlo, ¿no? Y qué duda cabe: ¡Irlanda, allá vamos!