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Adiós a La Perla

por Miguel Grinberg
17 de enero de 2017

Miguel Grinberg frecuentaba el bar de Once cuando ahí se gestaba la mística del rock nacional. Por esa razón, escribió una reseña sobre uno de los últimos iconos de la bohemia porteña, que pronto quedará oculto bajo el imperio de una pizzería.

La noticia fue clara y rotunda: cerraron la Perla del Once, recinto mítico considerado como la “cuna del rock nacional”, legendario café-bar donde en 1967 se compuso una canción emblemática: La Balsa, himno de los náufragos (hippies) de aquella década de los años ’60.

Remodelado como parte de una popular cadena de pizzerías, el local reaparecerá en el venidero febrero despojado de la iconografía generacional que sus antiguos dueños le confirieron a partir de 1994, cuando la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires lo proclamó como Sitio de Interés Cultural.

La placa que identificó en su momento el lugar expresaba: “Confitería La Perla del Once, lugar frecuentado por jóvenes músicos en la década del 60 que gestaron las primeras composiciones del rock nacional”. Dicha identificación pasó dos años juntando polvo en un rincón de la Legislatura porteña a la espera del ceremonial respectivo hasta que el folklorista y legislador Chango Farías Gómez le puso fecha al ritual protocolar convocando a su amigo Litto Nebbia y a otros roqueros representativos.

El periódico El Parlamentario consignó que se inauguraron en la ocasión dos placas recordatorias de La Balsa, una canción emblemática del movimiento del rock de creación argentina debida a la inspiración de Tanguito y Litto Nebbia.

Añadió que estuvieron presentes Litto Nebbia, Moris, Ciro Fogliatta, el poeta y escritor del rock, Miguel Grinberg, Kay Galiffi, y el periodista Eduardo Codina, director del periódico Comuna 3, inspirador de la resolución, entre otros.

“Insisto en sostener que los actos por la memoria, como en este caso de la cultura, son hitos de gran relevancia para que en medio de las mareas de la acción que perjudican a la creación nacional, recordemos los hechos que explican por qué somos como somos, cuál es nuestro hacer histórico y cuáles son las bases en que se sustentan. La Balsa fue un punto de partida del rock en castellano que comenzó a usar nuestro idioma y nuestro estilo propio de sentirlo y decirlo. De ese modo, estas creación de inspiración urbana se unieron cada vez más al tango y la canción nativa que en esos años se denominaría folclórica”, expresó el diputado Farías Gómez.

El legislador recordó también al locutor “Negro” Edgardo Suárez, y a los integrantes de Almendra y Manal. También hizo hincapié en que en aquellos años, 1967, la Argentina vivía una época oscura, bajo el imperio de una dictadura.

La Perla del Once, desde la esquina de avenida Rivadavia y Jujuy anduvo de la mano de otro ámbito emblemático, situado en la avenida Pueyrredón al 1700, llamado La Cueva, donde casi todas las noches se reunían fundadores como Nebbia, Moris, Miguel Abuelo, Javier Martínez, Tanguito, Pajarito Zaguri y muchos otros “extraños de pelo largo”.

A partir de 1965, esa generación pionera comenzó a construir lo que hoy constituye una tradición que en sus principios se identificó como “música beat” con enclaves como la Feria Artesanal de Plaza Francia, y escenarios tribales como la plaza San Martín: náufragos que a partir de los conciertos Beat Baires en el teatro Coliseo (1969) y el primer BA Rock en el Velódromo (1970) fueron consolidando lo que hoy se denomina “rock argentino”, una amalgama de músicos y público solidario.

Mientras tanto, la bohemia porteña se multiplicaba con figuras como Pipo Lernoud, Mario Rabey, Pedro Pujó y los fundadores del sello grabador Mandioca, con los pintores del Moderno Bar, los artistas pop del Instituto Di Tella, y los habitués de la cervecería BarBaro.

Durante una década, a partir de 1994, La Perla ofreció docenas de recitales, producidos por el ex Almendra Rodolfo García, con la participación de figuras legendarias del género. Y con un público leal que fue menguando con el paso de los años, para desazón de los dueños del local. Y ahora, de pronto, cae el telón. Seguramente la pizza será entronizada como prioridad y el rock quedará flotando triste en la esquina como la efigie del primer disco de Almendra, insinuando una lágrima.