Revista Cítrica

Volver a la tierra


06 de diciembre de 2017

Lautaro Romero

La agroecología se multiplica al igual que la conciencia de sus beneficios: conocer y producir qué necesita nuestro organismo, comer sin veneno y dejar de alimentar el negocio de multinacionales no son sólo decisiones “saludables”. Son políticas.

Juan Ignacio Calcagno
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"No habrá paz en el mundo con estómagos vacíos”, solía decir Norman Borlaug. Durante la Revolución Verde, el padre de la agricultura moderna logró un importante incremento de la productividad agrícola a nivel mundial, gracias a la cruza selectiva de plantas de maíz, arroz y trigo. Y lo cierto es que muchas personas de países con pocos recursos, como para entonces eran Pakistán e India, sobrevivieron a la hambruna. Aunque, bien en el fondo, sabemos que esos miles de millones de personas, no hicieron más que envenenar su cuerpo: Borlaug motivó el uso de fertilizantes químicos, como pesticidas y herbicidas. También la explotación intensiva del suelo mediante el monocultivo, la deforestación de los bosques y el uso de grandes cantidades de agua de riego y energía a base de petróleo.

Más allá del atropello, hoy, casi medio siglo después, los saberes campesinos echan raíces sanas y fuertes. Recobran fuerza en medio de la ciudad, son el sustento de un movimiento que busca un cambio de conciencia y le hace frente al agronegocio. 

Muchos de los que practican Agroecología encuentran un refugio en la huerta comunitaria que autogestiona el centro cultural El Transformador, en Haedo. “Es el modo ancestral de conectarse con la tierra”, nos dice Melina Tassara, quien trabaja en este espacio del conurbano bonaerense. Allí, aprenden a sembrar, siempre cuidando no dañar la tierra. A respetar los procesos naturales de las plantas. A combatir las plagas con recetas caseras, sin el uso de agrotóxicos, para causar el menor daño posible. Hay naturaleza viva alrededor. Al mismo tiempo, hay un compromiso social y ambiental, arropado por una visión holística de la realidad.

Elegir qué comer y de dónde obtener el alimento, es una de las premisas de aquellos que se involucran en este mundo consciente. Y que sostienen emprendimientos artesanales con productos agroecológicos, como alternativa a la perversidad del sistema alimentario convencional; que envenena, mata, y responde a los intereses de las grandes corporaciones.

“Apostamos por la generación de un núcleo local con el barrio. Lo bueno es que hay cada vez más gente queriendo alimentarse mejor. El mercado surgió así. A partir de la inquietud de un grupo de compañeros, armando grandes compras y organizándonos”, cuenta Melina. Cooperativas, fábricas recuperadas, pequeños y medianos productores -cerca de 40-; todos tienen su lugar en la Flor de Feria, los segundos sábados de cada mes, en el Transformador. 

El Ombú de las Piernas Cruzadas, en General Rodríguez, produce verduras aromáticas y frutales, y plantines con humus de lombriz, de manera agroecológica. Es decir: libres de veneno. “Trabajamos con fertilizantes naturales, se trata de producir alimentos sanos. Hay sistemas para hacer huertas que no son tan invasivos, como lo es hacer un surco. Nosotros no usamos máquinas. Hacemos todo a pala”, asegura Gastón, que confiesa haberse escapado de la ciudad al campo más bien por “una necesidad espirituosa”.

Para algunos, el cambio de conciencia respecto de una alimentación saludable, es gradual. “Te das cuenta que hay otras posibilidades. Que hay plantas silvestres que son alimento y las podés comer. Ni siquiera tenés que ir a comprar”, sostiene Gastón. Otras veces, es sólo cuestión de estar atento a las señales que nos da el cuerpo.

“En mi caso, el detonante de seguir este camino fue una enfermedad. Y cambiar las prácticas me fue devolviendo poco a poco la salud”, suelta Juan Daga, de Al Natural,  donde “planteamos una solución para celíacos, y aquellos que están dejando las harinas”.

Tiene que ver con un estilo de vida más allá de la alimentación, asegura su compañera de ruta, Aldana: “Si hay una persona celíaca, podemos comer todos lo mismo y alimentarnos lo más sano posible.

Mucha gente piensa que comerse un yogurt del supermercado es saludable. Lo que se vende ahí es alimento balanceado para humanos.

Los precios de los alimentos agroecológicos -que son más baratos que los “orgánicos”, porque no requieren certificación- varían, según dónde se hagan las compras. En ocasiones pueden ser más caros que las frutas y verduras que se venden en los mercados convencionales. Pero lo que es incomparable es el sabor: “Es como la fruta que comíamos cuando éramos chicos”, es una frase repetida por muchas de las personas que eligen alimentos realmente más “saludables”.

Generar un acercamiento entre el productor y el consumidor es otro de los propósitos que se persiguen en las ferias y almacenes con venta a la calle. Como ejemplo de esto, la Cooperativa de Trabajo Iriarte Verde tiene relación directa con los pequeños productores familiares hortícolas, avícolas, de la pequeña industria, harineros y aceiteros. “No somos meros comercializadadores, nosotros nos preguntamos. ¿De dónde viene lo que vendemos? Pensamos la producción, la comercialización y el consumo desde una mirada integral. Para ofrecer un producto primero lo consumimos y lo aprobamos, y después se comercializa”, explica la tesorera María Caroli.

“Es una fuente de salud y equilibrio con la naturaleza. La verdura se puede comer casi sin condimentos”, comenta Alba, quien hace dos años se acercó a Morón Surco (una de las cooperativas que produce de modo agroecológico en el oeste del Gran Buenos Aires), para escaparle a los transgénicos. Y algo más: “Me conecta con mi padre, que fue campesino y tenía huerta en San Juan. Él tuvo una vida muy dura y así y todo gozó de una buena salud, porque comía agroecológico. Eran tiempos en los que no había agrotóxicos”. 

Tampoco había tanta información disponible al alcance de la mano, como sucede ahora. Internet dejó en evidencia el oscurantismo empresarial. Y, de alguna manera críptica, favoreció el desarrollo de la agroecología en nuestro país, según apunta Juan: “Hoy se está luchando por comprobar que se puede producir a gran escala.

La agroecología está en una etapa de expansión, de a poco se van contagiando todos. Y las corporaciones saben que si esto se sigue expandiendo, ellos pierden. Con el sistema alimentario que ellos proponen, vos comés, pero no te nutrís. 

“Es un mito que no se pueda producir sin agrotóxicos”

El ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, especialista en Agrotecnología y vicepresidente del centro de graduados de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Plata, explica que "la agroecología viene a darnos elementos propios de la ecología, que son principios universales que tiene la biología para manejar sistemas productivos".

Cerdá es asesor de varios municipios que empezaron a practicar la agroecología, un sistema natural que comenzó a poner en duda el de la adicción al agrotóxico. Cada vez más productores analizan despegarse del “agronegocio” que deja de ser negocio.

Hace años se decía que el glifosato duraba "un par de días" y no se percibía la peligrosidad de los insumos químicos. Hoy los resultados están a la vista con innumerables problemas de salud. Y cada año se necesitan mayores cantidades, situación que convierte a los productores en dependientes de insecticidas, herbicidas, fungicidas y fertilizantes cada vez más caros.

La contracara es lo que se hizo desde tiempos inmemoriales, es decir, la agroecología, que utiliza la rotación, la bosta de los animales para nutrir la tierra y diferentes técnicas más efectivas y menos nocivas para producir, evitar plagas y nutrir a los suelos.

También mirada con desconfianza en las universidades, la agroecología empieza a ser materia obligatoria en varias de ellas, donde justamente -multinacionales, mediante- se enseña la agricultura predominante, industrial y basada en agrotóxicos y monocultivo.

"Es un mito que no se pueda producir sin agroquímicos", asegura quien asesora desde hace 27 años a La Aurora, un campo agroecológico modelo en Benito Juárez, que incluso fue reconocido por Naciones Unidas. Esta experiencia fue replicada en Guaminí, en Coronel Suárez, Coronel Pringles, Gualeguaychú, Bolívar, Lincoln, lo que suman un total de más de 20 mil hectáreas que no están usando agroquímicos, han bajado sus costos y mantienen rendimientos similares.

Cerdá remarca que ante "una agricultura drogodependiente”, que multiplica el uso de herbicidas, “la agroecología no es una alternativa, sino que es la agronomía que se va a venir en los próximos años”.

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