Revista Cítrica

Cuando se ilumina todo de lila


10 de noviembre de 2017

Agustín Colombo

Twitter: @ahcolombo

Como en cada noviembre, Buenos Aires se redimensiona por los colores y las flores de los jacarandás. Una ofrenda que también es cultural: muchos artistas se inspiraron en estos árboles para componer canciones. Mirá la fotogalería.

Fotos: Juan Pablo Barrientos (Viojf)
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Empecé a prestarles atención desde el día en que escuché Durazno y Convención, la canción de Jaime Roos que con el tiempo se convirtió en uno de sus hits, en uno de sus lugares más comunes. El tema –y el disco que la incluyó, Mediocampo– es de 1984, un año antes de que yo naciera. En Uruguay eran los últimos meses de dictadura; en Argentina, los primeros de democracia.

En rigor, no me acuerdo cuando la escuché por primera vez, pero probablemente haya sido casi dos décadas después de su grabación. El LP de Mediocampo ya había transmutado a cassette y, más tarde, a cedé. Y yo, mientras tanto, había terminado la secundaria, o estaba en eso. No me acuerdo tampoco si la escuché en un bar o en alguna radio que andaba sonando por ahí. Spotify era algo inimaginable, Youtube algo incipiente y bajar una canción de Napster significaba, además de mucha guita en conexión, bloquear el teléfono –que era de línea, porque los celulares apenas asomaban– durante demasiado tiempo.

Pero lo que sí recuerdo, con una nitidez inexplicable, fue el eco que quedó en mi mente cuando la voz grave de Jaime dijo la palabra mágica: “Jacarandá”. O, más largo y específico:

La calle Durazno muere sin saberlo
cuando se ilumina
toda de lila
en pleno diciembre
a la hora más lenta
la siesta obligada
del jacarandá.

Desde ese día, que no sé bien cuándo fue, aprendí a valorarlos. Como si su sonoridad me lo hubiese advertido. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que están por todos lados, y de que hay meses en que Buenos Aires es mucho más linda sólo por ellos.

Noviembre es uno de esos meses. Es, en realidad, el mes de los jacarandá: cuando brotan, cuando tiñen la ciudad, cuando dejan sus alfombras sobre el cemento, cuando convierten a Buenos Aires en una fiesta de colores. Porque sí, los jacarandá transforman a Buenos Aires –y también a Montevideo, o a cualquier otra ciudad–. La redimensionan con sus particularidades: la frondosidad de sus flores, la curva de sus troncos, la función específica en cada calle.    

Según el último censo de arbolado público, en Buenos Aires hay alrededor de 11 mil jacarandás. Los trajo, o al menos ordenó plantarlos, Carlos Thays, el paisajista que diseñó y remodeló la mayoría de los parques porteños a principios del siglo XX. Thays los hizo nuestros. Y desde esos días, los jacarandás son parte de la esencia del Río de la Plata. De la cultura porteña y montevideana. Aparecen en la canción que Jaime le dedicó a su Barrio Sur, pero también en las letras de María Elena Walsh (“Al este y al oeste/llueve y lloverá/una flor y otra flor celeste/del jacarandá”), del gran Alfredo Zitarrosa (en Milonga del Alma III), de Víctor Heredia o de Jorge Drexler. Los jacarandás están ahí, al servicio de los cantores y de los poetas. Al servicio de la cultura y de todos. Para que de sus flores salga la próxima Durazno y Convención.

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