Revista Cítrica

ANCLA: quien quiera oír, que oiga


22 de marzo de 2017

Revista Cítrica

Rodolfo Walsh llevó adelante la Agencia de Noticias Clandestina durante algo más de un año, con cuatro máquinas de escribir, su archivo personal, un mimeógrafo y numerosas fuentes. Conversación con Lucila Pagliai, integrante de esa mítica redacción.

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En los 70, los cuatro eran periodistas. Los cuatro, Montoneros. Los cuatro eran precisos, sintéticos, prolijos y muy rigurosos con la información. Las voces llegaban a sus oídos de las formas más inverosímiles, pero certeras, y chequeadas. Las fuentes generaban decodificaciones, y el cruce informativo, los cables que, desde la clandestinidad, saltaban el cerco de la dictadura más sangrienta que supo ver Argentina.

Lucila Pagliai, era una de los cuatro, junto a Lila Pastoriza, Carlos Aznarez, y -por supuesto- Rodolfo Walsh. "En el periodismo -como en cualquier cosa- lo que importa es la confiablidad de lo que decís. Además es fundamental la verificación, el lenguaje correcto, y el respeto por la inteligencia del destinatario. Al día de hoy, lo tratan como imbécil, en general. Es como lo que pasa en las redes sociales, que alguien desde su casa puede largar cualquier cosa. El caso de lo que pasó con Walsh, una vez que lo mataron, los únicos que lo supieron son los que estuvieron ahí, y no los otros, que son personas a las que le dijeron que no-sé-qué. Y sobre eso se empiezan a tejer historias, sobre si llevaba sobres o no, si logró repartirlos antes, si sobrevivió o no. Lo saben dos o tres personas, nada más. Sobre la agencia Ancla, quiénes participaban ahí, quiénes estaban dentro, se han tejido cualquier tipo de cosas".

-¿Cómo fue el momento en el Walsh les cuenta sobre la idea de crear ANCLA?

-Walsh diseñó Ancla, y nos la planteó a nosotros. Nos dijo: ¿qué les parece que hagamos eso? Y por supuesto, no había opciones. Era una orden, ¿no? (risas). Nosotros ya veníamos trabajando con él desde antes. Y es una pena que con este aniversario, Lidia esté muerta. Porque ella era como un factor de control en ese sentido. También lo es lo que decimos nosotros, estos tres sobrevivientes. Todo eso está chequeado y avalado por Lidia. Nosotros íbamos todos los días a una oficina, rutinariamente, y ahí trabajábamos. No me acuerdo a dónde quedaba la oficina, pero era en pleno centro. Hasta que ese lugar cayó. Logramos sacar las cosas. Ahí estaba el archivo de Noticias, que lo llevamos con Carlos (Aznarez) a un guardamueble. Y después nos fuimos a un departamento que era mío, que quedaba por Agüero, entre Santa Fe y Las Heras. Que esa fue la casa que cayó cuando buscaban Ancla.

-¿Qué pasó luego de la caída del departamento?

-Y ahí yo quedé prendida, porque estaba mi nombre. Y yo le agradezco por siempre al Negro Suárez, -al Negro lo agarraron, aguantó muchísimo- que nunca dijo que yo, que era la dueña de casa, trabajaba con ellos. Es decir, que podía ser que otro ponía un nombre, como solía ocurrir muchas veces. Durante mucho tiempo no supieron nuestros nombres. Ni sabían a dónde estábamos, o qué era lo que pasaba.

-¿Cómo recordás aquellos momentos?

-A fines del 76 la situación era insostenible. Al punto de que la conducción (de Montoneros) salió del país. A partir de ese momento, con Rodolfo no nos vimos más, sino que él se ve con Lila solamente. Ella, sin embargo,  lo vio una o dos veces nomás. Fue para diciembre. Porque cortamos todo el funcionamiento de rutina que teníamos. Tres meses después lo mataron a Rodolfo. Era imposible juntarse, más allá de las citas en que nos juntábamos, mediante un sistema de encuentro por teléfonos. No había teléfonos entonces, era carísimo tener uno. Una vez por día, llamábamos a una especie de centrales, y dejábamos mensajes, en un país que no había teléfonos. Y eso nos ayudaba a constatar que los demás seguían vivos. Porque el concepto de desaparecido es fácil pensarlo ahora, pero por entonces no existía. Y esa es una de las cosas que se descubrió en Ancla, me refiero al hecho de que había gente que no venía a las citas, entonces los llamaban desaparecidos. Fue Videla el que dijo en un momento que no estaban ni muertos ni vivos, estaban desaparecidos, y de ahí surgió la palabra.

-¿Cómo era el sistema de llamados?

-El jefe de cada grupo llamaba a ese lugar, a la noche, y preguntaba por mensajes ficticios. Por ejemplo de psicólogos, que preguntaban por pacientes, y por el uso del consultorio. Ese tipo de mensajes. Todo el mundo hacía eso. Y se le pagaba a quien atendía, se le mandaba un cheque por mes a esa persona. Al nuestro lo agarraron, le allanaron el lugar. Porque obviamente después salta que ese era el teléfono a donde nosotros llamábamos. Y cada uno tenía un nombre falso. Eran todos nombres de fantasía. El mío era Ana.

-¿Cómo construías tu personaje, ese que servía para el caso de que te agarrasen?

-Yo era egresada en Letras, como Eduardo Jozami. Logramos el título antes de la debacle. O antes de una militancia más comprometida. La realidad fue cambiando. Una cosa era una militancia universitaria, y otra fue cuando la gente tuvo que tomar opciones. Los que tomamos la opción de no quedarnos en la periferia de lo que estaba ocurriendo, empezamos a abandonar todo lo que teníamos en la vida pública. Y ahí sí armamos un verso. Cuando fuimos a trabajar, inventamos una cobertura, antes de lo de Ancla. Estábamos clandestinos, pero éramos legales. A Rodolfo le decíamos Basualdo; en la organización era "Esteban". Y si hay algo que tuvo este grupo toda la vida, es un sentido del humor tal que pasábamos del llanto a la risa enseguida, y creo que eso -en parte- nos salvó. El humor nos unió desde otro lado, desde el costado visceral. Todos teníamos un humor irónico. Siempre.

-¿Cómo era el día a día en la redacción?

-Teníamos un ambiente de redacción en una situación general muy tensa. Hablábamos de películas y otras cuestiones, y así nos distendíamos un rato. Pero después caía la noticia de un compañero desaparecido, y la cosa se ponía seria. El local a donde estábamos al principio, antes del Golpe, era usado por la conducción (de Montoneros), para hacer reuniones. Entonces teníamos una cercanía hacia la conducción, que otros no tenían; y además, por historias personales, no éramos para nada reverenciales. Si teníamos que decir algo, lo decíamos. Nada de chupar las medias. Y por eso tuvimos discusiones fuertes. Una vez, después del Golpe, ya estábamos en la casa de calle Agüero, y vino la conducción. Estaban en Córdoba y viajaron para Buenos Aires. Yo tenía puesto -al lado del baño- el poema de la fundación mítica de Buenos Aires, escrito por Borges.

"¿Y fue por este río de sueñera y de barro

que las proas vinieron a fundarme la patria?

Irían a los tumbos los barquitos pintados

entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río

era azulejo entonces como oriundo del cielo

con su estrellita roja para marcar el sitio

en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron

por un mar que tenía cinco lunas de anchura

y aún estaba poblado de sirenas y endriagos

y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,

durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,

pero son embelecos fraguados en la Boca.

Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo

presenciada de auroras y lluvias y sudestadas.

La manzana pareja que persiste en mi barrio:

Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe

brilló y en la trastienda conversaron un truco;

el almacén rosado floreció en un compadre,

ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte

con su achacoso porte, su habanera y su gringo.

El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen,

algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa

el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,

los hombres compartieron un pasado ilusorio.

Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:

La juzgo tan eterna como el agua y el aire".

Y por ahí pasó Roque Yäger, uno de los tres de la conducción, junto a Firmenich y Roberto Perdía o Carlos Hobert, alguno de ellos dos. Y me empezó a decir que cómo iba a tener ese poema ahí, que Borges no-sé-qué, y todo un debate al respecto. Y terminamos hablando y discutiendo sobre el papel que debería tener la cultura en un estado revolucionario. Y Walsh estaba de acuerdo conmigo en que la gente debería poder participar de la más alta cultura, si así le daba la gana. Pero al mismo tiempo, a Rodolfo le caía "gordito" que yo dijera que Borges era el escritor nacional más importante. De nuestro amor por la literatura nació una de las relaciones más particulares que tuve con Rodolfo. Él amaba leer.

-¿Qué planes o lineamientos tenían si ANCLA llegara a caer?  

-Y en verdad, si llegábamos a caer, todos teníamos una historia ficticia. Porque nosotros estábamos en un local, era una oficina, con máquinas de escribir, se producían informes, estaban los famosos recortes de diario que Carlos traía todos los días. Entraba con todos los diarios, recortaba y nos daba a cada uno de nosotros. Lila se ocupaba de gremiales, Lilia de política, yo de fuerzas armadas, educación y cultura. Hacíamos informes internos. Y después, todo eso lo usábamos para la agencia. Además estaba el archivo de Noticias. Entonces, la cobertura que nosotros inventamos, teniendo en cuenta la historia de cada uno de nosotros, era que estábamos haciendo la "Enciclopedia Integral Argentina". Y supuestamente la hacíamos para una editorial del exterior. Entonces Rodolfo me indicó que yo armase el proyecto de esa enciclopedia, que tenía que cubrir los rubros del archivo. Registramos el proyecto en derechos de autor, como para hacerlo bien. Era una época en la que había mimeógrafo, nada de computadoras ni impresoras. Uno escribía a máquina en esas hojas, con letras grandes,  y lo máximo que podías hacer era ir a que te lo amplíen. Pero no había nada más. Y me acuerdo que habíamos escrito en un papel, con letras grandes: "Enciclopedia Integral Argentina". Y lo habíamos puesto en una mampara que teníamos, a la entrada del local. Y una vez llegó Paco Urondo, miró eso y dice: "Excepcional. Al ver esto, el enemigo, desconcertado, se rinde". Y nos matamos de la risa. Urondo también tenía un humor irónico genial. Y esa era nuestra cobertura, que, hasta ese entonces, éramos legales.

-Y el resto de los compañeros?

-El Negro para ese entonces seguía trabajando en El Cronista Comercial y Rodolfo estaba de acuerdo en que siguiese ahí, porque desde ese lugar él tenía toda una serie de conexiones e informaciones en la secretaría de redacción. Incluso cuando lo secuestran, él seguía trabajando ahí.

-¿Cuándo se enteran de La Carta?

-La carta está fechada el 24 de marzo, pero él la fue haciendo antes, y tuvo un periplo dentro de la organización. No es que la redactó y la sacó porque le dio la gana. Y ahí está el mito contra el que yo trato de luchar porque es imposible. Se ha instalado en la sociedad, algo así como que a Rodolfo lo secuestran por la carta. Primero y principal, se produciría un anacronismo que se va a descubrir a la larga. Porque en realidad, Rodolfo, en el momento en que va a la cita y lo matan, Lilia estaba distribuyendo la carta. La carta -entonces- aún no había llegado a ningún lado. A las redacciones de los diarios tardaba un día, por el correo. Y de ahí, suponte que alguien se la filtrara a los servicios de inteligencia. O sea, por lo menos, otro día más de demora. Y él la mandó ese día. Tenía que tener el sello del 24 de marzo. ¡¿Cómo la iba a mandar antes?! No te olvides que era todo por correo. Con cartero. Con sello. Entonces, lo que importaba era el sello del correo. La mandó el 25 temprano, que es cuando a él lo matan. Porque está fechada el 24. Entonces, él la fecha el 24 y la manda el 25. Así fue. Pero lo tuvo todo planeado. Entonces Lila, unos días antes, se encontró con Rodolfo, y él le dice -muy contento- que está escribiendo de nuevo. Y creo que le da un borrador de la carta para que la lea, en el momento. Nadie podía llevarse a su casa cosas así. Esas son cosas que por ahí la gente de hoy no entiende. Te pescaban teniendo eso en la cartera, y era como tener una bomba.

-¿Cómo vivía Rodolfo esos días? ¿Estaba escondido?

-Él estaba escondido pero por otra cosa. Siempre fue enormemente cuidadoso de la seguridad. Enormemente, remarco. Cosa que no era habitual. Y nos transmitió eso a nosotros. Cuando -con Carlos (Aznarez)- nos vamos del país, Lila se queda porque Eduardo Jozami estaba preso, y quería dejar algo armado aquí e irse. Pensamos en que se podía continuar la agencia en el exterior pero era muy difícil porque te quedabas sin los informantes, y nadie iba a recoger la información si no estábamos nosotros. Y el Perro, que retoma la agencia cuando cae Lila también, llega de Perú, y se queda toda la dictadura. Pero estaba en un lugar muy guardado. Si no, no se podía haber quedado. Él quedó, al igual que Rodolfo, fichado con una imagen como de periodista combativo.

-¿Rodolfo pensaba que a partir del momento de la publicación de la carta cambiaría todo radicalmente por la repercusión?

-No. No iba a tener ninguna repercusión, ni acá ni afuera. No idealicemos. Afuera fue publicada por algún que otro diario, gracias a que en esos medios estaban Juan Gelman y alguna otra gente que estaba allá, y que tenía contactos, como para poder fogonear al texto. Si no, no te creas que hubiese repercutido, ¿eh? Acá, además, ¡¿quién la iba a publicar?! Tener en tu casa esa carta, era peor que tener una bomba. Por ejemplo, ¿por qué se perdieron tantos cables de Ancla? Porque los que están publicados son solamente los que pudimos recuperar. Hay muchos más. Lo que pasa es que no están.

-¿Cómo pensás la imagen de Walsh en estos tiempos?

-Al día de hoy, se sigue hablando de Walsh. Todo el mundo habla de él. Es citado hasta en TN. Y eso pasa por la carta. Es decir, por las circunstancias que rodearon a la carta. Lo matan el mismo día que él la reparte. Y pasó a integrar el imaginario colectivo de "bárbaros, las ideas no se matan".  Es decir,  a él lo matan por sus ideas. No lo matan porque era un revolucionario, militante, combatiente, que es lo que quedó en la sociedad. Queda como Urondo. A él realmente lo matan en un operativo de militancia concreta, donde él trata de defenderse.

-¿En qué lugar ubicas a Walsh, como periodista, militante, de aquellos años?

-Nadie lo puede discutir a Walsh, por supuesto, es un gran escritor. Lo que le adjudican a Truman Capote, lo inventó Sarmiento. Me refiero al género denominado No Ficción Periodística, de la escritura de ambos. Y acá lo retoma Walsh, cien años después. Y Walsh escribe Operación Masacre, diez años antes que Truman Capote escribiera A Sangre Fría. Y en el mundo, nadie se acuerda de Walsh, y se lo atribuyen a Capote. Por el prestigio, el nivel cultural, los países, etc. Walsh, en ese género, es extraordinario. Y no sólo en ese género, sino también en el de los cuentos. Y con respecto a la carta en sí, yo la publiqué en un librito de Colihue apenas volvió la democracia. Fue la primera vez que se publicó. Era un libro sobre ensayos latinoamericanos. Y yo incluí esa carta como una de las piezas más importantes de la literatura política argentina. La aparición de la carta, para mí no fue una sorpresa. Para nada. Ni me acuerdo la primera vez que la leí. Creo que él la hizo girar unos días antes, a nosotros, a su gente más cercana. Porque esa carta no se difundió en aquel entonces. Quiero decir, no se publicó.

-¿Cuál es el grado de influencia que le adjudicás a Walsh en tu vida personal?

-Walsh fue mi papá político. Yo venía de la militancia universitaria, era muy inocente. Y él me enseñó todo, en el sentido de cómo se debía funcionar, qué había que hacer, me puso mi nombre. Y yo era muy ingenua. Él siempre tuvo esa cuestión de "lo secreto". Y de la seguridad, en épocas en que eso no se usaba mucho, y no hacía verdaderamente falta. Además, él seguía funcionando públicamente. Lo recuerdo como un gran jefe. Era el tipo que peleaba por su gente y la protegía. Era muy severo cuando no hacíamos algo bien. Y muy duro en las críticas, no era un tipo complaciente, para nada. Pero era el jefe que conducía, y que los aciertos y errores que ocurrían eran colectivos. Él conducía, y por eso él era el responsable. Nunca iba a decir que fulano o fulana habían metido la pata. Era realmente una cosa colectiva. Teníamos una muy buena relación, dentro de esta situación en la que él era mayor, era distante en términos de, por ejemplo: entre el resto de nosotros nos contábamos los dramas diarios, peleas con nuestros amores, si teníamos líos. Es decir, nos contábamos todo. Nos conteníamos afectivamente también.  Y si bien Walsh no nos venía a contar si se había peleado con Lidia o cosas así, personales, sí había un compromiso personal muy fuerte. Y la otra cosa que a él lo recortó del resto, y que fue un privilegio para nosotros, fue que todas las semanas hacíamos discusión política. Llegaba, planteaba la situación, nos contaba lo que pensaba, y con total libertad podías decir lo que se te cantaba. Habilitaba a la crítica, las desmontaba, no era ningún estúpido. Era muy buen argumentador al mismo tiempo. En general desmontaba las críticas en buena forma, o las asumía con vos.

Los papeles de Walsh los recuperó Lila, de la Marina. Porque nadie los conocía. Los conocíamos nosotros, porque él nos los pasó a nosotros cuando los escribió. Ese que empieza diciendo: "está visto que la guerra está perdida". Eso nos lo presentó a nosotros. Y a sus otros ámbitos, que eran el de policiales y fuerzas armadas. Cuando lo mataron a Sergio Puiggrós, recuerdo que Rodolfo me agarró y me acompañó porque sabía que para mí, Sergio era especial. Y para él también. Y me acuerdo que íbamos caminando por la calle, y él era un tipo que no dejaba pasar las cosas. Y siento que también necesitó en ese momento, hablar de Sergio. Porque fue muy brutal.

Cuando reventaron mi casa, él tuvo un gesto extraordinario conmigo. Me dijo: "si no tenés a dónde ir, vení a mi casa". Cosa que era imposible, porque su casa era algo inexpugnable. Vivía en un ambiente, con todas las cosas de las escuchas que tenía ahí.

Una de las cosas que me acuerdo es que le enseñé a manejar, porque él no sabía. En esa época todavía estábamos legales. Nos juntábamos los sábados en una galería que había en Santa Fe y Scalabrini Ortiz. Todavía está la galería. Adentro había un bar. Allí nos reuníamos, y después íbamos a que le enseñe a manejar. Y ahí me comentaba cosas como que había que tener el pasaporte siempre al día. Porque si había algún viaje en que él me tenía que mandar al exterior, tenía que tener todo listo.  Y una vez me dijo: "no se puede salir al exterior a hacer turismo. Pero al único lugar a donde se puede ir, es a Cuba". Hablábamos mucho de literatura en general. Y una cosa que me impresionó una vez fue que, una tarde, pasamos frente a una casaquinta hermosa. Y él no era de decirte cosas como "ustedes son mi gente", o "ustedes son mi familia", o "quiero que estemos juntos". Pero sí decía cosas como: "cuando triunfe la revolución, vamos a venir a vivir todos juntos a una casa como esta, para los tiempos de paz". En el fondo, lo que él quería, era escribir. Él era básicamente un escritor. Como Urondo. Ambos hicieron el renunciamiento más extraordinario que pudieron haber hecho: entregar lo que más querían a un proyecto revolucionario, y relegar la tarea de escribir como una prioridad.

 

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