Revista Cítrica

Aleida Guevara recuerda al Che como padre


09 de octubre de 2017

Revista Cítrica

Aleida Guevara cuenta cómo fue y es ser la hija del Che. Recuerda cuando les contaba cuentos con malas palabras a ella y a sus hermanos, los juegos de aventuras y la última vez que compartieron una cena, antes del viaje a Bolivia.

Fidel, Aleida y Ernesto.
Click en la foto para ampliar

¿Conseguiste querer a tu papá por fuera del mito revolucionario?

Yo crecí amando a mi papá. Cuando fui una adolescente me vine a preguntar "¿por qué amé a mi padre si casi no lo tuve cerca?". Ahí empecé a buscar en la memoria, y en alguno de esos flashes que te quedan de niño: por ejemplo, un beso muy apretado en la noche, en el cachete. Me despertaba un poco asustada, era bien apretado el beso. O el recuerdo de él caminando a mi lado, cuando me dice que me tengo que portar bien, que tengo que ser buena hermanita y ayudar a mi mamá. O mi papá llegando del trabajo voluntario, sucio, quitándose la ropa, quedándose en calzoncillos y poniéndose en cuatro patas, para caminar por todo el pasillo de la casa, conmigo en la espalda.

Después lo fui conociendo más profundamente, leyendo sus cosas. Cuando yo tenía 16 años, mi mamá me dio un manuscrito y no me dijo quién lo escribió. Cuando empiezo a leerlo (era Notas de viaje), me encantó el loco ese con la moto. Y de pronto digo: "Espérate, éste es mi papá". Lo sentí una persona mucho más cercana a mí cuando lo leí. Me encantó papi de esa forma. La sinceridad con la que habla. Yo he hecho locuras en mi vida, pero nunca se me ocurrirán escribirlas. Y mi papá las escribió con una desfachatez total. A él no le importaba lo que pensabas, y a mí me encantó eso. Me enamoré de ese hombre joven que -ya desde esa edad- era tan honesto consigo mismo, y tan honesto con lo que pensaba. Él va madurando, va cambiando. Ese reconocimiento de nuestra América lo va transformando, y eso me llegó muy adentro.

Mi papá tiene una prosa muy bonita, describe muy bien todo. Yo tenía las imágenes perfectas de lo que él había dicho, por eso me identifiqué mucho con la película Diarios de Motocicleta. Logró captar los lugares reales que estaban descriptos en el libro, y yo volví a vivir ese momento en que lo leí. Fue muy lindo para mí. Durante toda mi vida he ido aprendiendo un poco más de mi papá. Todos los días aprendo algo nuevo de él. Yo trabajo mucho con los jóvenes, entonces hice un extracto de varias cosas que él habla para los jóvenes, y lo hago en Cuba. Y discutimos de esas cosas, porque a mi papá no me gusta recordarlo como ícono, como una figura vacía. Me gusta que podamos llevar lo que él pensaba a lo que nosotros vivimos hoy. Que discutamos con él, que analicemos con él las cosas. Y tenerlo cerca. Eso -para mí- es lo más importante. Yo aprendí a quererlo desde muy chiquita, y lo he ido amando cada día más.

Vos te reías de que Fidel hablaba en presente de tu papá y ahora vos estás hablando en presente de él…

¡A mí me dio gracia! Porque mi tío (en referencia a Fidel) hablaba de mi papá con una seriedad que yo le decía: "Entonces, ahora papi entra por esa puerta". Y mi tío me contestaba: "Es que tu papá está presente". Era para que nosotros nos diésemos cuenta también que habíamos logrado sentirlo presente. Eso se lo tengo que agradecer a mi mamá, que es una mujer que me mostró cómo lo amaba.

Yo no tengo recuerdos de mami y papi besándose. Hice un pequeño escrito, por una foto en la que están apachurrados, y dije: "¡Gracias a quien tomó esta imagen, porque esa imagen fue siempre -para mí- la más linda de ellos dos juntos!". Porque hay tanto amor, tanta complicidad, que -de verdad- me gustó mucho, fue especial para mí. Esa imagen llena todos los vacíos de los que mami nunca había hablado. Porque ella se encerró mucho en sí misma después de que murió mi papá. Quizá para poder seguir viviendo, y enfrentar al dolor.

Ella se había comprometido con mi papá a escuchar a sus hijos, y educarlos de forma que fueran hombres y mujeres dignos del pueblo en que vivimos. Y eso lo ha logrado, porque los cuatro trabajamos en Cuba. Yo hice dos misiones como internacionalista, Camilo hizo misión en Nicaragua, Ernesto en Angola, y Celia no, porque es médico-veterinaria, y nadie la pidió. Sin embargo, ella hizo trabajos dentro del país, en Escambray, donde vivió junto con los campesinos.

¿Cómo ves las ideas del Che hoy dentro del contexto de América Latina?

Tenemos que mejorar la vida de nuestros pueblos. Estamos trabajando en la solidaridad. Las ideas del Che son las de Bolívar, Martí, Fidel. Es decir, debemos pensar cómo enfrentar al enemigo común de todos nuestros pueblos: el Gobierno de Estados Unidos. La única manera es unirnos, ser un continente autosuficiente. Si después ellos quieren, también los vamos a aceptar. No hay problema. Sobre todo a las poblaciones indígenas de EE.UU y Canadá. Son bienvenidas. Y los afroamericanos también.

Fidel siempre nos enseñó que no sólo somos latinoamericanos, sino también afrolatinoamericanos, y de eso estamos muy orgullosos. Falta trabajar en la unidad. Nos han enseñado a dividirnos todo el tiempo. A pensar en el "yo" y no en el "nosotros". Cuando logremos romper esas barreras, y empezar a trabajar de verdad unidos, esta América va a ir hacia adelante.

¿Cómo te llevas con el hombre de la remera?

A mí esa foto de Korda no me gusta. Es una foto impresionante, sí, con una de esas miradas profundas. Pero ese no es el papá que yo recuerdo. Mi papá es un tipo mucho más alegre. Es el tipo que está en las fotos de sala. Mi papá es el que está tirado en el piso, lleno de fango del trabajo voluntario, con la camisa abierta, tomando agua, riéndose de los compañeros. Una mirada mucho más linda. Porque la foto de Korda es de un momento de dolor, en el que están enterrando a un grupo de cubanos que han sido asesinados. Entonces él está impactado; y hay una mirada fuerte. Pero mi papá es otro, realmente es otro. Entonces, no me gusta mucho esa foto.

Sin embargo es la más conocida y la más explotada económicamente. Me molesta mucho cuando la gente usa la imagen de mi papá para lucrar. Eso me parece una falta de respeto. Sin embargo, que tengan la remera ustedes -muchachos jóvenes universitarios- que la lleven como símbolo de lucha, eso no está mal. Todo lo contrario. Ahí lo tienen más presente, más vivo. Cuando ves trabajadores que salen a protestar y a exigir sus derechos, y usan a mi papá en sus banderas, está bien. Ahí es donde debe estar.

Alberto Granados decía que al Che no le gustaría estar en una estatua, donde los pájaros le cagaran la cabeza. Sin embargo, que estuviera en el pecho de tantos hombres, y sobre todo, de tantas mujeres bonitas, ya era otra cosa. Decía Julio Antonio Meyer que "aún después de muerto podemos seguir siendo útiles". Y esa imagen de mi papá, que se reproduce en el pecho de miles y miles de jóvenes, si algunos de ellos se pregunta: "¿Y este hombre qué hizo, quién es, por qué lo llevo acá?" y se tientan a seguirlo un poquito, eso sería muy bueno. Tendríamos garantizado un mundo mucho mejor.

¿Cómo era tu padre con vos y con tus hermanos? ¿Jugaba con ustedes?

Sí, claro. Nos contaba cuentos también. Y mi mamá se enojaba porque esos cuentos tenían muchas palabras argentinas. Malas palabras. “Tengo una vaca que cagar quería, pero no podía”, arrancaba. Y más. Pero mejor no te cuento.

¿Cómo fue la última vez que lo viste?

Mi mamá no sabía que yo me acordaba de todo. Lo hablamos en un momento determinado. Coincidieron muchos puntos de lo que yo creía. Tengo el recuerdo de "ese hombre", pero "ese" no era mi papá, para mí. Era el viejo Ramón, un supuesto amigo de mi padre. (El Che visitó una noche, a su familia, bajo otra identidad, la de Ramón).

Cuando mi papá se fue de casa, automáticamente, yo ocupé su espacio, su lugar en la mesa: la cabecera. Nadie me dijo "tienes que hacerlo". Surgió, lo hice y lo aceptaron. Nadie me dijo que no, así que yo lo adopté como mío. Y ese día me fui a sentar en ese lugar. Y Ramón, es decir, mi papá encubierto, me dijo: “No, ahí se sientan los anfitriones". De más está decir que tuvo que explicarme ¡qué cosa era un anfitrión!, porque yo no tenía ni idea de qué era eso. Me permitió sentarme en la otra cabecera de la mesa. Mi mamá le había dicho que yo conocía muchos de sus gustos, y que tenía que tener cuidado.

Entonces, mi papá se sirvió el vino puro, aunque siempre lo tomaba con agua. Y ahí yo salté como un resorte y dije: “¿Ves que no eres amigo de mi papá?”. Y él me dijo: “¿Por qué tú dices eso?”. “Porque mi papá toma el vino tinto con agua, y así es como es”, le contesté. Así que fui y le eché agua en el vino.

Y dice mami que papi estaba que no cabía en la ropa de orgulloso, de cómo esa enana lo defendía. Después de cenar seguimos jugando. Yo era la jefe de los bambiceses (que eran mis hermanos). Gritaba “¡Viva Cuba libre!”. Y me resbalé. Me di un golpe en la cabeza con una mesa de mármol rosada. Nunca se me va a olvidar el color. Acababa de comer. Mi papá, medico, me palpó, me tocó, y al final parece que esa niña sintió algo especial. Y ahí dije: “Me parece que este hombre está enamorado de mí". Y fue tremendo, porque es muy simpático decirlo ahora, pero él tiene que haberse sentido muy mal por no haber podido explicarme que me amaba de una forma especial.

Ese episodio fue uno de los que más me ayudo -cuando fui adolescente- a entender el amor que mi papá me tenía. Porque, aún sin palabras, habiéndome negado que ése era mi padre, yo sentí que me amaba de una manera muy especial . Eso es muy lindo para un hijo. Cuando sabes que eres amada de esa manera. Te sientes el ser humano más completo del planeta. Y eso es lo que nos pasó a nosotros, que siempre supimos que "ese amor" también era para nosotros.

¿Alguna vez tu papá mintió?

No, nunca. Él vivió y escribió con una sinceridad absoluta. Con una gran coherencia entre lo que dice, lo que hace, y lo que piensa. Es muy claro. Por eso yo creo que es tan admirado y respetado en el mundo actual. Es el primero en escribir sobre la revolución y luego hacerla. Decía que es más fácil hacer, que convencer a la gente. Tú no puedes pedirle a la gente algo que no eres capaz de hacer primero. ¿Por qué crees que después de tantos años de muerto sus subordinados todavía lo siguen nombrando "Mi Jefe"?  Eso es muy especial.

¿A qué personas argentinas admiras además de a tu padre?

A las Madres de Plaza de Mayo. Yo quería hacer un pequeño librito sobre la vida de estas mujeres, pero no pude escribir, porque cada vez que empiezo a escucharlas, comienzo a llorar. Es desgarrador. Una vez me junté con una Madre. Había participado de la guerra civil española, y después emigró para Argentina, donde una de sus hijas se transformó en revolucionaria.

Una noche la policía entró a la casa de su hija y se la llevó. Destruyeron todo lo que tenían al paso. Una de esas cosas era un cassette donde ella tenía copiada la voz de mi papá (el Che) en algunos discos. Cuando esta señora llega a la casa de su hija y empieza a arreglar las cosas, ve el cassette, y lo repara. Para que cuando su hija vuelva nuevamente, lo encuentre reparado (lágrimas). Cada vez que oigo eso, ya no puedo seguir. Ahí comprendí mucho mejor el miedo que vivió este pueblo durante ese tiempo. Pero, a la vez, me rebelaba contra eso, porque yo vengo de otra cultura, de otra sociedad.

Siempre me preguntan sobre la libertad en Cuba y yo digo: "No hay pueblo más libre que el mío". Es una manera de decir lo que pensamos, de discutir las cosas en voz alta, de protestar cuando creemos que algo no es correcto. Esta todo ahí. Los estudiantes, los pioneros, que es la organización más joven de Cuba, en sus Congresos pasan al Ministro de Educación. Te hablo de chicos de doce u ocho años, hablando con el Ministro, exigiéndole cuestiones que hay que mejorar. ¿Ese pueblo no es libre? ¡Es una libertad muy completa! Claro, nunca es suficiente, siempre hay que hacer algo más, siempre hay que mejorar la sociedad. Pero -de las sociedades que yo conozco-, Cuba es la más libre.

Compartir esta nota en